New York
—Arlet —respondió la voz de su madre al otro lado de la línea tras el primer tono—. ¿Alguna novedad en Londres?
—Todo bien —respondió la vampira. Su voz era helada, calculada, libre de cualquier rastro del calor que la había vulnerado horas atrás—. Solo quería avisarte que adelantaré mi viaje a Nueva York para esta misma tarde.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea. Joey, pareció dudar antes de responder.
—¿Esta misma tarde? Creí que viajarías con nosotros cariño.
—He cambiado de opinión.
—¿Ha ocurrido algo? —quiso saber su madre.
Arlet miró hacia la puerta de la habitación que acababa de cerrar. El aroma de Aslan continuaba flotando en el aire. Impregnado en las sábanas. En las almohadas. En su propia piel fría. Y, peor aún, retumbando profundo en su pecho.
—No. —la respuesta salió demasiado rápida, demasiado tajante. Del otro lado, Joey guardó silencio durante un segundo antes de asentir.
—Entendido, entonces te miraremos allá, en un par de días, cariño.
—Sí, gracias.
Arlet cortó la llamada unos minutos después y dejó el celular sobre la mesa de centro, se quedó completamente inmóvil, escuchando el silencio de la estancia.
Nueva York. Miles de kilómetros. Un océano de por medio. Eso era exactamente lo que necesitaba. No importaba que el vínculo siguiera latiendo entre ambos; no importaba que pudiera percibir la presencia de Aslan a través de esa atadura invisible. La distancia física tendría que ayudar. Tenía que hacerlo.
Porque si permanecía un día más en Londres, corría el riesgo de acostumbrarse a él. A sus visitas intempestivas. A sus flores. A su voz retumbante. A esa sonrisa insolente. A la calidez de despertarse con su brazo rodeándole la cintura. Y, sobre todo, corría el riesgo de descubrir algo aterrorizante: que ya no quería una vida en la que él no estuviera, peor aún que quería su marca.
Tres horas después, el penthouse parecía haber sido tomado por una tormenta perfectamente organizada. Maletas abiertas sobre la cama, documentos clasificados en el escritorio, cámaras y objetivos cuidadosamente protegidos dentro de sus estuches de cuero. Arlet se movía por la habitación con una eficiencia casi militar.
No estaba huyendo. Se lo repetía como un mantra mientras doblaba la ropa con precisión matemática. No estoy huyendo
. Simplemente necesitaba un cambio de aire, visitar a su familia, descansar un poco, recorrer Nueva York. Necesitaba recordar quién era antes de que un híbrido arrogante apareciera en su vida y pusiera su existencia de cabeza.
El teléfono sobre la cama vibró. Arlet lo tomó esperando confirmaciones de su vuelo, pero el nombre en la pantalla hizo que su pulso se descolocara.
Era Aslan.
>>>Aslan:
Espero que hayas sobrevivido a la mañana sin mí. Aunque tengo que admitir que yo no lo he llevado nada bien.La comisura de los labios de Arlet amagó con elevarse. Una traición involuntaria de su propio rostro que borró al instante endureciendo la mandíbula. Escribió a toda prisa:
<<<Arlet:
Estoy ocupada.La respuesta tardó un segundo.
>>>Aslan:
Eso no responde a mi pregunta.Ella negó con la cabeza, soltando un chasquido.
<<<<Arlet:
¿Qué pregunta?>>>Aslan:
Si me extrañas.La vampira contempló la pantalla iluminada. Podía mentir. De hecho, era lo sensato. Pero después de lo ocurrido entre los dos, mentirle a él comenzaba a sentirse demasiado parecido a mentirse a sí misma.
Bloqueó la pantalla.
—No voy a responder —murmuró, dejando el teléfono sobre el colchón.
Pasaron tres segundos antes de que volviera a tomarlo.
<<<Arlet:
No seas insoportable.>>>Aslan:
Eso significa que sí.Arlet soltó una risa ahogada y frustrada contra el silencio de la habitación.
—Maldito cachorro...
La pantalla volvió a encenderse.
>>>Aslan:
¿Qué haces hoy?Sus dedos quedaron suspendidos sobre el cristal. Por un instante estuvo a punto de escribirlo:
«Me voy a Nueva York» . Pero no dijo nada y mejor guardó el teléfono en el bolso de mano. No quería verlo, no quería dar explicaciones y, sobre todo, no quería darle la oportunidad de mirarla a los ojos y decirle que iría con ella. Porque, conociendo la imprudencia de Aslan, era capaz de convencerla para viajar con ella en el jet privado.
Una hora después Arlet llegó escoltada por dos miembros del personal de seguridad de la familia, a la pista privada, antes de subir la escalerilla, se detuvo un segundo.
Londres se extendía tras ella bajo un manto de nubes grises. Dudo un segundo, pero al final subió al avión. Una vez acomodada junto a la ventanilla, sacó el teléfono. La pantalla mostraba varios mensajes no leídos, entre ellos uno de Oriana.
>>>Oriana:
¿Ya estás en el avión?<<<Arlet:
Sí.>>>
cruzar el Atlántico justo después de pasar la noche con cierto cachorro?Arlet cerró los ojos con pesadez. Su mejor amiga la conocía demasiado bien.
<<<Arlet:
Necesito espacio.Los tres puntos de lectura parpadearon al instante.
>>>Oriana:
¿Espacio o una distancia de seguridad?<<<Arlet:
Ambas.>>>Oriana:
Arlet...Bloqueó el celular antes de que apareciera el siguiente mensaje. No quería consejos ni advertencias. Necesitaba que el mundo guardara silencio.
Las turbinas comenzaron a rugir y el avión avanzó por la pista. Arlet apoyó la cabeza contra el respaldo de piel. Nueva York. Allí no habría un híbrido arrogante esperándola a la salida del estudio. No habría flores sin nota, ni miradas azules fijas en ella como si fuera la única criatura existente sobre la tierra.
No habría un Aslan para desarmarla.
El avión despegó, elevándose sobre la capa de nubes hasta que la ciudad desapareció por completo.
—Es lo correcto —susurró para convencerse a sí misma.
Pero en ese mismo instante, el vínculo en el centro de su pecho dio un latido cálido y profundo. Una pulsación vibrante, como si alguien a miles de metros abajo acabara de invocar su nombre en un pensamiento fijo.
Arlet cerró los ojos y apretó los puños sobre el regazo. Por primera vez desde que cruzó miradas con él, comprendió con absoluta claridad que ni siquiera la anchura de un océano sería suficiente para escapar de su compañero.
El vuelo sobre el Atlántico fue un silencio prolongado y tortuoso. Para un ser humano, siete horas podían ser solo un trayecto largo; para una vampira con los sentidos hiperdesarrollados, fue un intervalo interminable donde cada latido fantasma del vínculo en su pecho marcaba el paso del tiempo.
Cuando el jet privado tocó tierra en el aeropuerto de Nueva York, el aire de la tarde la recibió cargado con el rugido constante de la ciudad.
Sin dudarlo le dio una indicación rápida a la escolta y fueron directo hasta penthouse de su madre en Manhattan. Al llegar, deslizó su tarjeta magnética en el ascensor privado que subía directo al último piso. El penthouse no estaba vacío. Tenía dueño temporal.
Drac.Su hermano gemelo. Nacidos de una madre humana en un evento extraordinariamente raro, casi imposible en la historia de los seres sobrenaturales, ambos habían compartido el mismo vientre antes de que la sangre vampírica tomara el control de sus naturalezas. Aunque eran como el agua y el aceite, él cabello rubio de ojos oscuros, ella cabello negro y ojos azules, la combinación perfecta de su estirpe, Drac era la tormenta impulsiva e imponente, mientras que Arlet era el hielo calculado.
Se despidió de su escolta y subió al segundo piso, abrió la puerta de una de las habitaciones desocupadas, dejó el equipaje junto a la cama se tomó un minuto, porque el vínculo con Aslan seguía ahí, pero la distancia lo sentía un poco más tenue, como un eco lejano.
—Funciona —se dijo en un susurro, tratando de convencerse a sí misma.
Decidida a servirse un trago para apagar el cansancio del viaje, Arlet salió de la habitación y caminó hacia la imponente escalera de caracol que descendía al salón principal.
Apenas ponía un pie en el salón, Drac cruzó la puerta, llevaba el cabello rubio ligeramente despeinado por el viento de Manhattan y una expresión ligera que se congeló en el acto al levantar la vista y encontrar a su hermana gemela a mitad del lugar. Los dos se quedaron inmóviles, mirándose en silencio durante un par de segundos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendido Drac cerrando la puerta del penthouse.
—Tengo algo que contarte. —respondió su hermana Arlet abrazándolo.
—¿Qué pasó? ¿Te hicieron algo? —inquirió preocupado soltándola para verla mejor.
—No, no me han hecho nada, pero no sé a quién más contárselo. —le dijo caminando a la sala de estar.
—¿Es tan malo? —inquirió preocupado por su hermana.
—Si, encontré a mi compañero de vida —le contó dejándose caer en el sofá.
Tan dramática como siempre pensó Drac un poco más tranquilo al saber que no era nada tan grave.
— ¿Cuál es el problema? Sabes que si es humano debes aceptarlo mamá...
—No es humano —lo interrumpió— Si fuera humano no tuviera ningún problema, pero es un cambia forma parte lobo parte león ¿Puedes creerlo? Mi compañero es un hombre lobo mezclado con un León. —dijo toda dramática, cuando estaba con su familia se volvía una vampira dramática como si fuera una adolescente rebelde.
—¿Eso existen? —preguntó sorprendido su hermano, sin evitar sonreír al ver las caras que ponía.
—Si, Aslan existe es real y es mi compañero.
—¿Qué tiene de malo que sea hombre lobo? —cuestionó sentándose en la mesa del café para quedar frente a ella.
—Mitad león también, eso no tiene nada de malo se podría convertir en todos los animales del mundo, lo que tienes de malo es que es un niño de Diecinueve años ¿Puedes creer que me toco un niño de 19 años? ¿Yo que voy a hacer con un niño de 19 años? Aunque no parece niño de 19 años —dijo haciendo un puchero.
—No tiene nada de malo que tenga 19 años, estas exagerando ¿Él te identifica como su compañera?
—Si y no me deja en paz, por eso salí huyendo de Londres.
—Eres una dramática no le veo nada de malo, no seas exagerada. Mejor vayamos a cenar y me sigues contando.
—Está bien, pero llévame a mi lugar favorito. — exigió.
—Está bien.
Los hermanos salieron rumbo al restaurante favorito que no era otro que el de hamburguesas al cual Desmond los había llevado la primera vez que visitaron New York, se instalaron en una mesa.
—¡Drac! Tus ojos están rojos ¿Qué pasó? — preguntó alarmada pensando que había algún peligro pues había percibido la esencia de hombres lobos cerca y alguno no respetaban el acuerdo de paz que tenían los diferentes seres sobrenaturales.
—Yo también encontré a mi compañera —respondió cerrando los ojos para que volvieran a la normalidad.
—¿Está aquí? —inquirió y Drac asintió— ¿Quién es? —el vampiro solo respondió con un movimiento en dirección a la puerta— ¿La de piel Dorada o la rubia?
—La de piel Dorada es mía.
La camarera llegó para darles el menudo, mientras Drac observaba al par de lobas, ordenaron lo de siempre y la comida no tardó en llegar.
—Es muy bella. —comentó Arlet, mirando a la joven loba antes de concentrarse en el menú.
—Es preciosa. —declaró, su hermano como un tonto enamorado haciendo reír a su hermana.
—Dios, todos los hombres se pone tan idiotas cuando se enamoran —suspiró la vampira con naturalidad.
—¿Tu no sientes nada por tu compañero?
—No, claro que no. —respondió de inmediato.
—Mentirosa, claro que sí. —la contradijo— Sólo te encanta tu libertad y no quieres renunciar a ella, pero esto seguro que tus ojos se ponen rojos solo con percibir su esencia y tus colmillos luchan por salir cuando lo tienes enfrente para clavarlos en su cuello.
—No, claro que no. —negó de nuevo, ocultando su rostro detrás del menú, porque estaba sonrojada y nadie en su familia sabía que podía hacerlo.
—Claro que sí, lo sé porque yo lo siento también. —dijo sonriendo antes de morder su hamburguesa.
—Como digas, ahora dime ¿Como vas a hacer para conquistarla? —inquirió embarrando una papa frita en cátsup.
—Le llene el departamento de rosas y todos los días le envió un ramo de rosas. —le contó sin vergüenza.
—Ya veo. —asintió pensando que su relación era igual de como cuando eran pequeños, así que siempre se contaban todo— Eres un romántico. ¿Por qué te rechaza?
—Porque soy un Vampiro y porque dice que su familia no lo aceptaría. —Respondió antes de beber de su bebida.
—¿Quién es su familia? Supongo que ya investigaste.
—No, realmente solo le pregunté a papá si conocía a los Bogdan. —le comentó— Me dijo que es la familia Real de los hombres lobos, ella pertenece a esa familia, aunque no sé cuál es su puesto en la línea de sucesión al trono.
—¿Le dijiste que tú también perteneces a una familia real?
—No, aun no.
—Debes contarle quién eres, posiblemente así acceda a estar contigo. —le aconsejó.
—Lo estoy intentando, pero no quiere hablar conmigo. —se lamentó encogiéndose de hombros— Además tu deberías de aceptar al tuyo.
—¡Claro que no! —exclamó— Aslan es un cachorro, no me importa si fuera lobo, león o quimera, solo es la edad. —se lamentó.
—¿Es feo o es como te gustan? —inquirió Drac con tono de burla en la voz.
—Es guapísimo —admitió haciendo un puchero haciendo reír a su hermano— No parece de su edad, se ve mucho más grande pero apenas tiene 19 años. ¡Deja de reírte! —exclamó lanzándole una papa con cátsup el cual la atrapó para meterla a la boca y seguir riéndose.
Continuemos hablando mientras disfrutaban de la cena, cuando terminaron su hermano se levanto para saludar a su loba, así que ella pago la cuenta, uso minutos después salieron del restaurante.
—Me debes la cena —dijo Arlet tomándolo del brazo mientras caminaban a la camioneta del Vampiro.
—Lo siento, solo que dijo que tenía novio y yo me puse mal. —se sinceró.
—Ya me di cuenta, será mejor que intenten no matarse la próxima vez. —le recomendó— Alguien pudo darse cuenta.
—Lo sé, lo sé. —aceptó abriendo la camioneta— Debo controlarme.
—Será lo mejor, ahora vayamos a dormir.
—Vamos.
<<<Londres, Inglaterra>>>El sol matutino de Londres apenas lograba colarse entre las nubes grises cuando Aslan cruzó la puerta del estudio de fotografía de Arlet, el lunes por la mañana, como siempre caminaba con la confianza despreocupada que lo caracterizaba, sosteniendo en una mano dos vasos de café para llevar y una sonrisa en los labios.
Se acercó a la recepción con el andar fluido de un depredador que no tiene ninguna prisa.
—Buenos días —saludó Aslan, apoyando un codo sobre el mostrador de mármol— ¿La jefa ya está en su oficina?
La recepcionista levantó la mirada de la pantalla y sonrió al reconocerlo.
—Buenos días, Aslan. Pero Arlet no está.
—Me lo imagino —respondió él con una media sonrisa, alzando los dos cafés—. Por eso le traje esto. La esperaré entonces.
—No creo que debas hacerlo —interrumpió la chica con un todo de lástima—. Arlet no va a venir a trabajar hoy.
La sonrisa de Aslan se borró al instante. Sus ojos se entrecerraron y la postura relajada de su cuerpo se tensó. El instinto protector del híbrido se encendió en un segundo.
—¿Por qué? —preguntó, con la voz volviéndose repentinamente más grave— ¿Le pasó algo?¿Ocurrió algo anoche?
—Tranquilo, cachorro. Nadie la ha secuestrado. —la voz de Oriana resonó desde la entrada.
La vampira avanzó con paso firme, taconeando sobre el suelo de madera mientras sostenía una carpeta de trabajo. Se detuvo a unos metros de Aslan y lo miró de arriba abajo con una mezcla de diversión y compasión.
—Oriana —dijo, girándose hacia ella—. ¿Dónde está Arlet?
—Salió de viaje. —respondió la vampira.
Aslan se quedó inmóvil. El calor del café en sus manos de pronto parecía insignificante comparado con el frío repentino que sintió en el pecho.
—¿De viaje? —repitió, tratando de procesar las palabras—. ¿De qué estás hablando? No me dijo nada.
—Porque no quería que lo supieras —aclaró Oriana con franqueza— Y no, no tengo idea de cuándo piensa volver. Solo sé que tomó su jet privado y se fue.
Un silencio pesado se apoderó del vestíbulo. Aslan apretó el agarre alrededor de los vasos de cartón hasta deformar ligeramente uno de ellos. Su vínculo con Arlet había estado vibrando de una forma extraña durante las últimas horas, una sensación distante y tibia que no lograba comprender del todo... hasta ahora.
—¿A dónde fue? —demandó saber, fijando sus ojos en los de Oriana.
—A Nueva York. —suspiró, inclinando la cabeza con una mueca burlona.
Aslan parpadeó. La tensión en sus hombros se aflojó un milímetro antes de que un destello de incredulidad se cruzara por sus facciones.
Nueva York.De todas las ciudades del mundo, de todos los refugios a los que su luna podría haber huyendo, había elegido exactamente el mismo destino al que él tenía que viajar esa misma semana para el concierto de su banda. Una ironía casi poética del destino.
Una pequeña y lenta sonrisa comenzó a dibujarse en la esquina de sus labios. Oriana notó el cambio de expresión en el rostro del híbrido y soltó una risa baja, negando con la cabeza.
—Aunque, viéndolo detenidamente... me da la impresión de que alguien estaba intentando escapar desesperadamente de cierto cachorro insoportable —añadió la vampiresa, dando un paso hacia el elevador.
Aslan no borró la sonrisa. Al contrario, sus ojos se iluminaron con una determinación felina y peligrosa. Se acomodó la chaqueta de cuero con una sola mano y miró hacia el ventanal que daba a las calles de Londres, imaginándose a Arlet al otro lado del océano, creyéndose a salvo.
—Que lo intente —murmuró Aslan, con una voz profunda y cargada de una certeza absoluta—. Puede cruzar el Atlántico si quiere, pero jamás va a poder escapar de mí. —hizo una breve pausa, sintiendo el latido lejano y firme del vínculo quemándole el pecho— Porque es mi luna. Y no importa a dónde vaya, siempre voy a encontrarla…