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Arlet

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Arlet

La lluvia golpeaba los enormes ventanales de su gran estudio, mientras Londres comenzaba a sumergirse en el gris habitual de la tarde. Arlet apenas le prestó atención, se encontraba inclinada sobre una pantalla de edición de casi dos metros de ancho, revisando las fotografías de una campaña que una reconocida marca de lujo acababa de encargarle.

A su alrededor, el enorme estudio combinaba elegancia moderna con detalles industriales: paredes de ladrillo oscuro, vigas de acero expuestas, muebles minimalistas y equipos fotográficos cuyo valor podría comprar varias casas en el centro de la ciudad.

—Esta es perfecta. —dijo una de sus asistentes señalando una fotografía en la pantalla.

—No. —respondió despues de observar la imagen durante unos segundos.

—¿No?

—La iluminación está bien. La composición también. Pero los ojos no transmiten nada.

—Arlet, es una modelo profesional. —señaló Marlene.

—Precisamente. Está posando. —dijo tomando el control de la pantalla y amplió la imagen— Una fotografía perfecta no trata sobre belleza. Trata sobre capturar algo real. —le explicó y su asistente sonrió.

—A veces olvido por qué eres tan famosa.

—Porque soy insoportablemente talentosa. —le regaló un guiño.

—Eso también.

Arlet sonrió, era una de las fotógrafas más cotizadas de Europa, revistas, campañas internacionales, galerías privadas y marcas de lujo, todos querían trabajar con ella.

Y ella disfrutaba cada segundo, la fotografía era una de las muchas cosas que había aprendido de su madre, una de las pocas cosas capaces de silenciar el ruido constante que existía en su vida.

Porque cuando estaba detrás de una cámara no era una princesa, no era la hija del Rey de los Vampiros, no era un símbolo político, era simplemente Arlet y aquello le gustaba.

Su teléfono vibró sobre la mesa, una docena de mensajes aparecieron en pantalla, su grupo de amigos que estaba conformado por humanos, vampiros, brujas e incluso un par de hombres lobos. Una mezcla improbable que solo podía existir gracias a la crianza que le había dado su madre que era una grandiosa humana.

"Esta noche salimos."

"Y no aceptamos excusas."

"Ya reservé mesa."

"Si no vienes, iremos a secuestrarte."

Arlet soltó una pequeña risa, era querida, tenía muchos amigos, personas que disfrutaban genuinamente de su compañía. Algo que seguía siendo poco habitual entre los vampiros, aunque muchos ya habían cambiado aun existía algunos que terminaban aislándose con los siglos.

Pero a ella le gustaba la gente, las historias, las conversaciones y la vida. Quizás había heredado demasiado de su madre, su mirada volvió hacia la lluvia detrás de los ventanales y entonces apareció otra vez, aquella sensación extraña, molesta e inexplicable, como una presión suave detrás de las costillas, como si algo estuviera acercándose.

Frunció ligeramente el ceño, porque llevaba varios días sintiéndolo a veces era apenas un susurro. Otras veces era tan intenso que la obligaba a detenerse, nunca había experimentado algo parecido y eso comenzaba a irritarla.

—¿Todo bien? —la voz de Ali, otro de sus asistentes la sacó de sus pensamientos.

—Sí. —respondió, pero era una mentira. No estaba mal, pero tampoco estaba bien. Simplemente inquieta, una emoción que rara vez experimentaba— Necesito un descanso. —dijo apartándose de la pantalla y caminó hacia uno de los enormes ventanales.

La ciudad se extendía bajo ella, brillante y viva, miles de personas caminaban por las calles sin imaginar que compartían el mundo con criaturas capaces de convertir las leyendas en realidad.

Los sobrenaturales convivían con los humanos, trabajaban con ellos, los apreciaban, incluso los amaban, pero revelar su existencia nunca era una opción, era una de las reglas más antiguas y una de las pocas que todas las especies respetaban. La cual solo podía romperse cuando un humano era su destinado, su alma gemela.

Su teléfono volvió a vibrar, esta vez era una videollamada, sonrió al ver quién era.

—¿Qué quieres ahora? —respondió con una pequeña sonrisa.

—Que vengas esta noche —respondió Oriana al otro lado de la pantalla—. Hace dos semanas que no sales.

—He estado ocupada.

—Excusa.

—Trabajo.

—Peor excusa. —señaló su mejor amiga, Arlet soltó una risa.

—Eres insoportable.

—Y tú necesitas divertirte.

—Me divierto.

—Editar fotografías durante doce horas seguidas no cuenta.

—Para mí sí. —declaró y su amiga puso los ojos en blanco.

—Algún día encontrarás a alguien capaz de sacarte de ese estudio.

—Lo dudo. —dijo apoyando un hombro contra el cristal.

Había tenido relaciones, había tenido amantes, Vampiros en su mayoría y algunos humanos, pero nada que realmente permaneciera, nada que la hiciera querer quedarse, muchos se sentían atraídos por su belleza sobrenatural, sobre todos los humanos, en cambio los Vampiros siempre se sentían atraídos por su apellido.

Y algunos simplemente se intimidaban cuando descubrían que detrás de una sonrisa elegante existía una mujer capaz de partirles el cuello antes de que terminaran una frase.

Ninguno había sido especial, ninguno había logrado despertar algo más profundo, por eso nunca había pensado demasiado en los destinados, existían es lo sabía, pero siempre había asumido que aquello ocurría a otras personas, no a ella.

—Eso es porque eres demasiado exigente —acusó su amiga.

—Tengo estándares.

—Tienes una lista de requisitos más larga que una tesis doctoral. —señaló y Arlet soltó una carcajada.

—Y aun así me adoras.

—Lamentablemente. —confirmó su amiga, lo eran desde la secundaria las dos eran vampiras asi que la química fue inmediata.

—Lo sabía.

—¿Entonces vendrás?

Arlet observó la lluvia que seguía resbalando por el cristal, podía quedarse, tenía trabajo pendiente, fotografías que revisar, correcciones que enviar, pero la realidad era que sus amigos tenían razón. Había pasado demasiado tiempo encerrada entre cámaras y sesiones fotográficas.

—Está bien.

—¡Sabía que dirías que sí! —grito desde el otro lado de la llamada.

—No te emociones tanto.

—Nos vemos en una hora.

La llamada terminó antes de que pudiera responder. Arlet negó con la cabeza mientras sonreía, imposible discutir con ella.

La siguiente hora pasó entre correcciones finales, correos electrónicos y reuniones rápidas con su equipo. Cuando finalmente cerró la última carpeta digital, el enorme estudio había comenzado a vaciarse.

Sus asistentes se despidieron una a una, algunos humanos, otros sobrenaturales.

—Nos vemos mañana, Arlet.

—Que descansen.

Las luces comenzaron a apagarse poco a poco, el inmenso estudio quedó en silencio. Arlet observó una última vez las fotografías proyectadas en una de las pantallas gigantes antes de asentir satisfecha, había sido un buen día.

Tomó su chaqueta ligera del perchero cercano, luego se acercó a la estantería donde guardaba parte de su equipo fotográfico. Sus dedos recorrieron varias cámaras hasta detenerse en una más ligera que las demás, no era la más profesional, ni la más costosa, pero era perfecta para llevarla consigo durante una salida casual.

Sonrió mientras ajustaba la correa sobre su hombro, le gustaba fotografiar a sus amigos, capturar momentos que normalmente pasarían desapercibidos, una risa, una mirada, una conversación espontánea, con los años había reunido miles de fotografías. Pequeños fragmentos de vida que atesoraba más de lo que admitiría públicamente.

Después tomó un elegante paraguas negro y abandonó el estudio, la lluvia seguía cayendo, suave, constante, tan típicamente londinense. El restaurante elegido por sus amigos estaba a unas seis calles de distancia, lo suficientemente cerca como para ir caminando. Así que eso hizo.

Las luces de la ciudad iluminaban las aceras mojadas mientras avanzaba entre la multitud, nadie le prestaba demasiada atención, aunque era difícil ignorarla por completo.

Arlet atraía miradas sin proponérselo, su cabello oscuro caía sobre sus espalda en suaves ondas, contrastando con unos ojos tan claros que parecían imposibles, pero estaba acostumbrada, era buena ignorando la curiosidad ajena.

Mientras caminaba, levantó la cámara varias veces para tomar algunas imágenes, una pareja refugiándose bajo un mismo paraguas, un músico callejero tocando el violín bajo un toldo, un grupo de estudiantes riendo mientras corrían para escapar de la lluvia.

Click.

Click.

Click.

Momentos simples.

Humanos.

Reales.

Precisamente los que más le gustaba capturar.

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios mientras revisaba una de las fotografías, hasta que aquella sensación volvió, la misma presión extraña detrás de las costillas, pero esta vez fue más intensa, más cercana.

Arlet se detuvo en medio de la acera, frunció ligeramente el ceño, por un instante tuvo la absurda sensación de que alguien la observaba, no con hostilidad, ni como una amenaza, era algo diferente, algo que no supo nombrar. Miró alrededor, pero solo eran decenas de personas caminaban bajo la lluvia, nadie parecía prestarle atención y aun así la sensación permaneció como si el mundo acabara de inclinarse apenas unos grados, como si algo hubiera comenzado a moverse, algo que avanzaba directamente hacia ella sin que ninguno de los dos lo supiera todavía.

Arlet guardó la cámara y reanudó la marcha, no tardó mucho en llegar, el restaurante estaba lleno, como casi todas las noches. Las conversaciones se mezclaban con el sonido de las copas, la música suave y el murmullo constante de la lluvia golpeando los ventanales. Llegó apenas unos minutos tarde, pero lo suficiente para que Oriana la recibiera con una mirada acusadora en cuanto apareció junto a la mesa.

—Cinco minutos más y habría enviado un equipo de rescate.

—Cinco minutos más y te habría bloqueado. —declaró y Oriana sonrió ampliamente antes de abrazarla.

—Mentira. —dijo en su oído— Me amas demasiado.

—Lamentablemente.

—Lo sabía.

Arlet ocupó el asiento vacío junto a ella mientras el resto de sus amigos comenzaba a saludarla. La mesa era una mezcla tan variada como siempre, humanos que eran compañeros de los demás vampiros, una bruja, dos hombres lobos y una banshee que trabajaba como violinista profesional y que, según ella, era incapaz de mantener una relación estable porque siempre sabía cuándo alguien iba a romperle el corazón.

Aquello provocó una discusión de veinte minutos sobre si su don era una ventaja o una maldición. Arlet disfrutaba esas noches, donde todo se sentia norma, porque por unas horas podía olvidar quién era, olvidar que pertenecía a una de las familias más poderosas del mundo sobrenatural, aunque sus padres no ponían expectativas en ella, siempre estaban, sabía de sus responsabilidades y de las interminables preocupaciones de su padre, a pesar de ser la segunda al trono, pues su hermano Drac era el mayor por un minuto, asi que el heredero al trono era él, pero todo podía cambiar en cualquier minuto.

Pero esa noche solo era Arlet, la fotógrafa, la amiga, la mujer que se reía demasiado cuando estaba rodeada de las personas correctas. La cena transcurrió entre bromas, historias absurdas y varias copas de vino, pidieron entradas, luego platos principales y finalmente postres que nadie necesitaba pero que terminaron compartiendo de todos modos, exactamente como haría cualquier grupo de amigos humanos.

Porque los vampiros habían evolucionado hacía siglos, comían, dormían, bebían. Vivían prácticamente igual que cualquier humano y eso le gustaba. Su madre siempre decía que la vida debía disfrutarse, incluso una inmortal.

—¿Y entonces? —preguntó uno de los presentes—. ¿Vas a aceptar la campaña en Milán?

—Probablemente.

—¿Probablemente?

—Significa sí.

—Entonces ya podemos empezar a odiarte oficialmente.

—Lo hacen desde hace años. —dijo antes de soltar una carcajada.

—Porque eres insoportablemente talentosa.

—Y hermosa —añadió Oriana.

—Y modesta —agregó alguien más.

Las risas volvieron a llenar la mesa. Y entonces... La punzada regresó, pero esta vez fue mucho más fuerte. Arlet dejó de sonreír por una fracción de segundo, su mano se cerró alrededor de la copa, dolía, no era exactamente dolor físico, era una presión extraña, profunda, como si algo tirara suavemente desde el centro de su pecho. Frunció el ceño otra vez, ya comenzaba a perder la paciencia.

—¿Todo bien? —preguntó Oriana al notar el cambio.

—Sí. —respondió recuperando la compostura inmediatamente.

Una mentira aceptable, porque no tenía idea de qué estaba ocurriendo y odiaba no tener respuestas. Especialmente cuando se trataba de sí misma, se suponía que un vampiro no se enfermaba, simplemente no ocurría, pero ella también tenía sangre humana corriendo por sus venas y aunque nunca había sufrido ninguna limitación física por ello, técnicamente seguía siendo una posibilidad.

Quizás era alguna anomalía genética, quizás algo extraño relacionado con su herencia híbrida. Quizás necesitaba hablar con su abuela Fátima, la idea apareció de inmediato, la única persona en el mundo que parecía tener respuestas para absolutamente todo y también la única capaz de explicarle algo sin tratarla como si tuviera cinco años.

Sus padres intentarían en encerrarla hasta que se recuperara, mientras tanto la tratarían como un bebe, pero el ser de luz simplemente escucharía y luego le diría exactamente qué estaba pasando o al menos esperaba que así fuera. Porque aquella sensación comenzaba a preocuparla, aunque jamás lo admitiría en voz alta.

La conversación continuó alrededor de ella mientras intentaba ignorar el problema y poco a poco la molestia disminuyó, lo suficiente para permitirle terminar la cena. Cuando finalmente llegó la hora de despedirse, el restaurante estaba mucho más vacío, las copas estaban vacías y varios de sus amigos comenzaban a bostezar.

—Necesito dormir diez horas seguidas —declaró Oriana.

—Necesitas dejar de salir hasta las tres de la mañana entre semana.

—No me ataques personalmente.

Arlet sonrió mientras se levantaba de la mesa, los abrazos comenzaron poco después, promesas de verse nuevamente, mensajes pendientes y planes para la siguiente semana, lo habitual.

Finalmente salió del restaurante, la lluvia había disminuido hasta convertirse en una fina llovizna, se olvidó del paraguas y comenzó a caminar, su penthouse no quedaba demasiado lejos, no para ella que amaba caminar.

Londres brillaba bajo las luces nocturnas, reflejándose en el asfalto mojado mientras los últimos transeúntes apresuraban el paso para escapar del clima. Arlet caminó unos metros intentando convencerse de que aquella extraña sensación no era nada, que probablemente estaba exagerando, que bastaría una llamada a Fátima para descubrir que todo tenía una explicación lógica.

Miró a un gato resguardarse del agua, asi que casó su cámara para tomar unas fotografías, cuándo terminó, y entonces dobló la esquina que conducía hacia los edificios de la universidad.

La lluvia caía fina sobre las calles vacías mientras acomodaba la cámara dentro de su bolso de cuero.

Entonces el aire cambió.

No fue un sonido.

Ni un movimiento.

Fue un aroma imposible.

El fresco húmedo de un bosque después de la tormenta se mezcló con algo cálido, salvaje y peligroso. Como tierra caliente bajo el sol africano o un depredador oculto entre la hierba alta esperando el momento exacto para atacar.

Arlet se detuvo en seco.

Sus colmillos presionaron dolorosamente contra sus encías.

Y entonces lo vio.

Apoyado bajo uno de los arcos de piedra del campus, un desconocido la observaba como si llevara toda la noche esperándola.

Era demasiado alto, con el cabello rapado y una chaqueta de cuero empapada por la lluvia. Pero lo que la dejó sin aliento fueron sus ojos: cambiaron de azul a oro fundido y luego a escarlata en una sola mirada.

No era un lobo.

No del todo.

Había algo más pesado en él, algo más antiguo que despertó el instinto de supervivencia de Arlet de inmediato.

El desconocido sonrió lentamente y luego su voz grave atravesó el silencio como una caricia peligrosa.

—Vaya… Londres sí sabe cómo recibir a alguien…

***Intentare actualizar Lunes, Miércoles y Viernes***