Ineludible
Aslan permaneció unos segundos frente al ventanal de su piso en Londres, con el teléfono aún en la mano y aquella sonrisa imposible de borrar. Nueva York. La ciudad que Arlet había elegido para esconderse de él. O, al menos, eso era lo que su luna creía.
El Alfa Real bajó la mirada hacia la pantalla y abrió el chat con Connor.
<<<Aslan:
Cambio de planes. Salgo hoy mismo para Nueva York.La respuesta desde el otro lado del Atlántico tardó apenas tres segundos.
>>>Connor:
¿Qué hiciste ahora?<<<Aslan:
Nada.>>>Connor:
Aslan, estoy a miles de kilómetros y aun así sé que cuando dices "nada", el desastre ya ocurrió.<<<Aslan:
Arlet voló a Nueva York esta tarde.Los tres puntos de lectura parpadearon en la pantalla.
>>>Connor:
¿Y?<<<Aslan:
Y nosotros tenemos la fecha del concierto allá esta semana.>>>Connor:
La fecha es dentro de cuatro días. No seas un león intenso.Cuando leyó la respuesta un gruñido se escapó de su pecho, el lobo y el león estaba en desacierto, antes de que pudiera escribir un nuevo mensaje el teléfono comenzó a sonarle. Aslan contestó al primer tono mientras caminaba hacia el vestidor.
—Dime que no estás planeando abordar un vuelo nocturno solo para perseguir a una vampira que claramente cruzó el océano huyendo de ti —fue lo primero que espetó Connor desde el otro lado de la línea.
—No voy a perseguirla —repuso Aslan con tranquilidad— Voy porque tenemos un concierto.
—Aún falta un par de días ¿qué vas a hacer exactamente?
—Considéralo turismo estratégico —sonrió el híbrido.
—Isabella nos va a despellejar si nos aparecemos tantos días antes, ahora es toda una mujer independiente. —dijo con un poco de burla.
—Tu hermana nos adora, Connor.
—Mi hermana nos tolera porque somos parte de la familia.
—Es prácticamente lo mismo —se burló Aslan.
—Bien, pero estás exagerando, mejor ven cuando debe de ser, ese día podemos buscar a tu chica fría y a lo mejor te extraña.
Aslan lo pensó un momento, antes de tranquilizar a su bestias, su primo tenía razón, podía esperar un par de días más, asi que aceptó conversaron un poco más antes de cortar la llamada.
Aslan dejó el teléfono sobre el sofá y miró su reflejo en el ventanal. La sonrisa socarrona se atenuó apenas un poco. Arlet quería distancia, se lo estaba dejado claro con su huida repentina que necesitaba aire, espacio para procesar lo que estaba naciendo entre ellos.
Él no iba a acosarla. No pensaba ir a irrumpir en el lugar en el que se encontraba, ni a acorralarla en un callejón de Manhattan. Pero tampoco iba a pretender que el vínculo no existía, royéndole el pecho con un calor constante. Mientras esa atadura invisible siguiera latiendo, sabría que ella estaba a salvo.
Y, por ahora, eso tendría que ser suficiente.
Los siguientes días, pasaron más lentos de los normal, con sus bestias protestando, sobre todo porque tuvo contacto cero con la vampira, ninguna llamada, ningun mensaje, si quería distancia la tendría solo por esos días, pero cuando al fin llegó el momento del viaje, preparó su equipaje con la velocidad eficiente de un depredador: ropa, documentos, sus audífonos.
Un tiempo despues ya estaba en el aeropuerto, avanzó entre la multitud con paso firme y despreocupado. Subió al jet y ocupó su asiento. Durante las primeras horas de vuelo sobre el Atlántico, mientras la cabina permanecía en penumbra, Aslan miró por la ventanilla hacia e las nubes.
A mitad del trayecto, una pulsación cálida y repentina le atravesó el esternón. Un tirón sutil, pero inconfundible, en la atadura que lo unía a Arlet.
Aslan cerró los ojos y apretó los dientes, conteniendo una respiración honda. El vínculo se estaba ajustando a la distancia. Aún estaban a miles de metros de separación, pero la atadura ya no se sentía como un eco lejano; comenzaba a cobrar fuerza a medida que el avión acortaba la brecha oceánica. Por un milisegundo, la luz tenue de la cabina reflejó un destello rojo en sus pupilas antes de volver a su azul habitual. Su luna estaba allá adelante, esperándolo sin saberlo.
Cuando las ruedas del avión tocaron la pista del aeropuerto JFK, la noche neoyorquina estaba en su punto más alto. El aire helado lo recibió cargado con el olor a asfalto mojado, combustible y la vibración eléctrica de millones de vidas cruzándose a la vez.
Al salir de la terminal con su mochila al hombro, un sedán negro aguardaba junto a la acera. La puerta trasera se abrió y Connor asomó la cabeza con los brazos cruzados y una sonrisa medio resignada.
—Mírate nada más, eres un chico bueno aguantaste cruzar el Atlántico. —dijo Connor a modo de saludo mientras Aslan guardaba su equipaje en el maletero y subía al auto.
—Te dije que lo haría —sonrió Aslan, chocando los puños con él antes de darle un breve abrazo—. ¿Todo tranquilo con Isabella?
—Dijo que si ensuciamos algo nos regresa de un golpe a cada uno —respondió Connor mientras el vehículo se incorporaba al tráfico en dirección a Manhattan.
—Ella no cambia.
A lo lejos, el
skyline iluminado de Manhattan se erigía como una enorme pared de cristal y metal. Aslan apoyó el codo en el marco de la ventana, observando las luces que se aproximaban. En algún punto de esa ciudad, estaba Arlet. Podía sentir el latido tenue de su presencia retumbando en su propio pecho.
Sus pensamientos prontos fueron interrumpidos por la conversación del Gamma, quien e contó que Isabella tenía un novio y también era vampiro, hablaron todo el camino poniéndose al dia, un tiempo después, el automóvil se detuvo frente al exclusivo edificio donde vivía Isabella. Subieron por el ascensor privado directamente hasta el departamento. Isabella ya estaba dormida, así que los dos avanzaron en silencio por el pasillo. Aslan dejó sus cosas en la habitación de huéspedes que le habían asignado, se despojó de la chaqueta de cuero y cayó sobre la cama.
Pese a no necesitar muchas horas de sueño por su resistencia de híbrido, no dejaba de ser un león y una de las cosas que mejor se le daba era dormir, cerró los ojos dejando que el cansancio del viaje lo envolviera, mientras la vibración cálida del vínculo con Arlet en su pecho le servía como una especie de arrullo.
La mañana en Manhattan amaneció con un cielo despejado y el crujido constante del tráfico neoyorquino filtrándose por las ventanas.
Aslan fue el primero en levantarse. Se sirvió un tazón de cereal y se acomodó tranquilamente en la barra de la cocina para desayunar. Apenas unos minutos después, Isabella apareció en el pasillo, aún en pijama y con el cabello revuelto.
—Buenos días, prima —la saludó Aslan desde la barra.
—Buenos días. ¿A qué hora llegaste? —le preguntó abriendo el refrigerador.
—Hace unas horas, solo que tú dormiste demasiado —señaló él con una sonrisa juguetona.
—Lo dice el león de la familia, que puede dormir más de veinte horas al día —se burló Isabella sirviéndose un vaso de jugo de naranja.
Un sonido grave y profundo vibró en la garganta de Aslan; un gruñido a medio camino entre el reclamo de un lobo y el rugido bajo de un león. Isabella soltó una carcajada al escucharlo.
—Me enteré de que andas con un chupasangre... ¿Es verdad? —inquirió Aslan sirviéndose más leche con cereal.
—Así es. ¿Y tú con quién andas? —le preguntó ella tomando un tazón.
—No ando con nadie, pero te entiendo totalmente —dijo guiñándole el ojo. Isabella solo sonrió, pero prefirió no comentar nada más.
—Hoy vas a conocerlo, irá con nosotros al concierto —intervino Connor, entrando a la cocina despeinado y arrastrando los pies.
Isabella frunció el ceño de inmediato.
—Primero tengo que preguntarle si puede ir con nosotros.
—No te preocupes por eso, ya lo hice por ti y aceptó...
—¿Qué? ¿De dónde sacaste su número? —inquirió molesta.
—De tu celular, por supuesto —dijo Connor sonriendo con descaro—. Llevará a su hermana también.
—No vuelvas a tomar mi celular, o le diré a Romina que no te perdone por venirte a un concierto y no invitarla —lo amenazó Isabella con la mirada entrecerrada.
—Está bien, no lo volveré a hacer. Además, mi muñequita llega hoy en la tarde, anoche hablé con ella y me perdonó —presumió él.
—De todas formas, puedo lograr que no tenga sexo contigo por portarte mal conmigo —lo amenazó.
—Romina no puede resistirse a todo esto —dijo Connor con presunción al tiempo que se señalaba a sí mismo.
—Presumido.
Mientras Isabella y Connor continuaban discutiendo entre bromas, Aslan dio el último bocado a su tazón en silencio.
Drac Carter. El novio vampiro de Isabella. Y su hermana.
Aslan no necesitaba ser un adivino para armar el rompecabezas. En el centro de su pecho, el vínculo con Arlet dio un latido fuerte y cálido. Una sonrisa lenta y confiada se dibujó en los labios del Alfa Real. Arlet había cruzado un océano entero intentando escapar de él, sin saber que la imprudencia de su propio hermano la llevaría esa misma noche directo a sus manos.
(…)Esa misma noche, en el otro penthouse, Arlet terminaba de arreglarse frente al espejo. Frente a la luna del espejo, se detuvo un instante. Se llevó una mano al centro del pecho. El vínculo con Aslan seguía ahí, pero en lugar de sentirse como un choque eléctrico, vibraba como un latido constante y tibio. Había cruzado el Atlántico para alejarse de él, para silenciar esa atadura, pero la distancia no parecía hacer el efecto drástico que esperaba.
—Solo necesito distraerme —se dijo a sí misma en un susurro, ajustándose un pendiente de plata.
—¡Arlet! ¿Ya estás lista? —la voz de Drac resonó desde el pasillo principal—. ¡Se nos va a hacer tarde!
—¡Ya voy! —respondió, tomando su bolso de mano.
Salió de la habitación y comenzó a bajar la escalera que conducía al salón principal. Sin embargo, antes de llegar al último escalón, el aroma familiar de su estirpe y la presencia de sus padres la hicieron frenar en seco. No esperaba verlos tan pronto.
—¡Mamá, papá! —exclamó Arlet bajando deprisa las escaleras—.
Piccolo amore —le decía a Claire de cariño, la menor de la familia, acercándose para consentirla—. ¿Qué hacen aquí?
—La pregunta sería: ¿Qué haces tú aquí? Sin nosotros —contradijo Joey viendo cómo su hija besaba y abrazaba a su hermanita.
—Vine a pasar el fin de semana —respondió Arlet antes de darle un beso a su madre y luego otro a su papá—. No han respondido mi pregunta, vino toda la familia.
—Vienen a reunirse con el papá de Isabella —le respondió Drac, quien ya la esperaba junto a la entrada luciendo impaciente.
—¡Oh, por Dios! ¿Puedo estar presente? —inquirió Arlet, emocionada por el inevitable choque entre diplomacia y poder que implicaba esa reunión.
—No —dijo Drac de inmediato, cortándole la idea.
—Solo estaremos Caleb y yo —aclaró Desmond, quien continuaba con las manos extendidas llenas de colores tras estar jugando con la pequeña Claire.
—Bien, se nos hará tarde —señaló Arlet, girándose hacia su hermano con una sonrisa divertida—. Hoy conoceré a mi cuñadita —dijo emocionada la vampiresa.
—¿Todo va bien con Isabella? —le preguntó Joey a su hijo, con esa mirada inquisitiva de madre que nada se le escapaba.
—Hasta el momento sí —le contestó Drac.
—Y tú,
mio sole , ¿cómo estás? —le preguntó Joey a Arlet, acercándose un paso para acariciarle la mejilla y buscando en los ojos azules de su hija la verdadera razón de su viaje intempestivo desde Londres.
Arlet sostuvo la mirada de su madre un segundo, sintiendo una punzada de culpa. Joey la conocía demasiado bien y sabía leer detrás de sus máscaras.
—Excelente, mamá. Solo necesitaba un poco de aire fresco y pasar tiempo con mi hermano, ya te lo habia dicho —mintió Arlet con una sonrisa ligera, omitiendo a propósito la existencia de cierto híbrido de diecinueve años que no dejaba de invadir sus pensamientos.
—Más te vale. No quiero que andes ocultándome cosas —advirtió Joey con una ceja alzada, aunque terminó sonriéndole—. Vayan a su concierto y diviértanse.
—Nos vemos más tarde —se despidió Drac, tomándola del brazo para apresurarla.
Salieron del penthouse y abordaron la camioneta que los llevaría al evento. Mientras el vehículo se abría paso por el tráfico nocturno de Nueva York, Arlet miraba por la ventana las luces de la ciudad, intentando convencerse de que esa noche sería tranquila.
Unos minutos después la camioneta de Drac se detuvo a un costado del recinto de eventos, donde una multitud impaciente ya comenzaba a congregarse cerca de las entradas principales. El ambiente estaba cargado del murmullo de la gente, luces de neón y la vibración sorda de las pruebas de sonido que resonaban desde el interior del edificio.
Arlet bajó del vehículo ajustándose la chaqueta de cuero, manteniendo la barbilla en alto y la mirada helada. La presencia de otros seres sobrenaturales mezclados entre la multitud humana no pasaba desapercibida para sus sentidos vampíricos, pero se mantuvo cerca de su hermano gemelo.
—Es un buen lugar —comentó Arlet, mirando la fachada del foro.
—Solo espero que no haya problemas con la seguridad —murmuró Drac, escaneando el lugar con los ojos atentos.
Antes de que pudiera agregar algo más, una figura femenina se abrió paso rápidamente entre la gente con paso firme y una sonrisa radiante.
—¡Te encontré! —exclamó Isabella, llegando por la espalda al vampiro y abrazándolo por el talle.
—Hola, amore mio —dijo Drac, girándose para darle un beso casto al cual la loba no opuso resistencia.
El vampiro la observó un segundo, detallando su atuendo: llevaba unos pantalones de piel, una chaqueta del mismo material y una blusa sencilla, todo en color negro que resaltaba su figura y su tono de piel.
—Ella es mi hermana —la presentó Drac, haciendo un espacio entre ellos.
—Hola, soy Isabella. Mucho gusto —la saludó la joven loba con amabilidad y soltura.
—El gusto es mío, soy Arlet —respondió la vampira, ofreciéndole una sonrisa genuina. En el fondo, le agradaba ver a su hermano tan desarmado por alguien.
Pero antes de que pudieran cruzar una palabra más sobre el concierto, el aire alrededor de Arlet cambió drásticamente. Un aroma inconfundible a bosque lluvioso y el calor abrumador de la sangre caliente inundó sus sentidos.
En el centro de su pecho, la marca fantasma del vínculo no solo latió: dio un vuelco ardiente.
—¡Hola, sexy! —saludó Aslan a Arlet, apareciendo de la nada justo a su lado, apoyando un brazo sobre el hombro de su prima con la soltura de quien es dueño del lugar.
Arlet sintió que el corazón en su pecho se detenía por un instante. La sorpresa y el descaro de tenerlo ahí, en mitad de Nueva York, hicieron que su mascara de hielo se agrietara.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Arlet sorprendida, dando un paso atrás de inmediato como si el contacto físico o la simple cercanía de Aslan fuera una amenaza para su autocontrol.
Isabella los miró a ambos con la ceja alzada, sorprendida por la reacción de la vampiresa y la sonrisa de satisfacción que lucía su primo.
—Él es mi primo Aslan. ¿Se conocen? —preguntó Isabella, dejándose abrazar por el talle por Drac, quien miraba a Aslan con los ojos achicados y en alerta.
—No —respondió Arlet de inmediato, con voz tajante.
—Sí —contradijo Aslan al mismo segundo, ampliando su sonrisa ladina y clavando esos ojos azules chispeantes en u luna, disfrutando cada segundo de su desconcierto…