Concierto
La respuesta simultánea provocó un silencio tenso que Connor pareció disfrutar como un espectáculo de primera fila.
Arlet giró lentamente la cabeza hacia Aslan. Él, lejos de intimidarse, mantenía esa sonrisa descarada que parecía diseñada en un laboratorio para sacarla de quicio.
—¿Se conocen o no? —insistió Isabella, mirando de uno a otro.
—No lo conozco —enfatizó Arlet, marcando cada sílaba con frialdad.
—Yo sí la conozco —replicó Aslan, cruzándose de brazos—. Bastante bien, de hecho.
Drac entrecerró los ojos, dando un paso al frente que Isabella detuvo con un toque suave en su brazo.
—¿Qué significa bastante bien? —exigió el vampiro.
—Significa exactamente lo que parece —respondió Aslan con absoluta tranquilidad.
Arlet sintió la presión helada en sus encías; sus colmillos amenazaban con descender ante el descaro.
—Aslan.
—¿Sí, mi luna?
Los ojos azules de Arlet se encendieron en un rojo carmesí instantáneo.
—No me llames así.
—Está bien —hizo una pausa deliberadamente calculada, disfrutando la chispa de peligro en la mirada de ella—. Mi preciosa vampira.
—¡Aslan!
—Esto va a ser mejor de lo que pensaba. —dijo Connor soltando una carcajada ahogada a unos pasos.
—Tú cállate —espetó Arlet sin mirarlo.
—Sí, señora —murmuró el Gamma divertido, haciendo un gesto de sellarse los labios.
—Ven aquí. —dijo tomándolo de la mano para alejarse de los demás.
—No entiendo por qué la agresión —prosiguió Aslan con tono inocente mientras la seguía sin poner nada de resistencia—. Vine a un concierto.
—¿Cruzaste el Atlántico por un concierto? —lo desafió ella, deteniendose y dando un paso hacia su campo personal.
—Curiosa coincidencia, ¿verdad?
—Me estás siguiendo —sentenció, fulminándolo.
—Te di tu espacio —respondió, y por un milisegundo la guasa desapareció de sus ojos, dejando ver la seriedad del Alfa Real—. Respeté tus días de silencio. No te llamé, no aparecí en tu puerta. Pero el evento en Nueva York ya estaba en mi agenda.
—¡Mientes!
—Claro que no, el concierto ya lo tenía agendado desde hace tiempo, es mi banda favorita y bueno tambipen vine porque mi primo insistió en que necesitaba turismo —sonrió Aslan.
—¡Hey! Yo dije que conociéramos la ciudad, no que usaras el viaje para acorralar a tu compañera. —gritó en la distancia Connor levantando las manos de inmediato, desligándose.
—Bueno... quizá combiné ambas cosas —admitió el híbrido, guiñándole un ojo.
Arlet apretó la mandíbula. Sentía las miradas curiosas de la gente a su alrededor y la tensión creciente de Drac. Necesitaba sacar a ese león de la luz pública antes de que cometiera un desastre.
—Tú. Ven conmigo. Ahora. —repitió y sin esperar respuesta, lo tomó con firmeza por la muñeca y comenzó a arrastrarlo lejos del grupo.
—¡Oye! —reclamó Connor—. ¿Lo vas a devolver entero?
—Depende de qué tan bien se comporte —respondió Arlet sin voltear.
Aslan miró sobre su hombro hacia su familia, dejándose llevar con la docilidad de quien sabe que ya ganó la partida.
—Si no regreso en diez minutos, dile a mi prima que fue un honor...
—¡Camina, cachorro!
—Lo que ordene, mi luna.
—¿Siempre es así de impulsiva? —preguntó Drac observó la escena con una mezcla de desconcierto y molestia.
—Ni idea, pero parece que tu hermana no tiene la menor oportunidad contra la terquedad de Aslan. —dijo Connor con una sonrisa.
Arlet no se detuvo hasta llegar a un pasillo lateral en penumbra, reservado para el personal del recinto. Soltó la mano de Aslan como si quemara y se giró bruscamente hacia él.
—¿A qué estás jugando, Aslan?
Él aprovechó la inercia para recostarse contra la pared, cruzando los brazos sobre su pecho ancho. El olor a bosque y lluvia que desprendía inundó el espacio cerrado, haciendo tambalear la compostura de la vampira.
—No es un juego, Arlet.
—Sabías que estaba aquí. Sabías que Drac salía con Isabella.
—Armé las piezas esta mañana en la cocina —admitió con una sonrisa franca y sin rastro de culpa—. El destino tiene un sentido del humor bastante retorcido, hay que reconocerlo.
—Esto es absurdo —murmuró, llevándose una mano a la sien.
—Un poco. Pero, aunque intentes poner un océano de por medio, el vínculo sigue ahí —Aslan dio un paso firme hacia adelante, recortando la distancia prudente. El pulso cálido entre sus pechos resonó con fuerza—. Y estás feliz de verme.
—No lo estoy.
—Tus ojos dicen otra cosa. Tu sangre también.
—Mis ojos no hablan y mi sangre es fría —espetó, aunque no retrocedió.
—Los tuyos gritan —murmuró Aslan, inclinándose apenas lo suficiente para que su aliento tibio rozara la mejilla de Arlet—. Y estás preciosa esta noche.
Arlet parpadeó, desarmada por el cambio repentino de tono.
—No cambies de tema.
—No lo cambio. Estoy admirando a mi compañera. ¿Está prohibido?
—Eres insoportable, Aslan...
—Y tú me extrañaste.
—Nunca dije eso.
—No hacía falta que lo dijeras. Se siente aquí —Aslan se tocó el centro del pecho, donde la atadura latía al mismo ritmo que el corazón de ambos.
La vampiresa apretó los labios, sintiendo el calor derrotar a su frialdad habitual. Quiso soltar algún sarcasmo, pero una voz interrumpió la burbuja que se había formado entre los dos.
—¡Aslan! ¡Arlet! —Connor asomó la cabeza por el pasillo—. El show está por empezar. ¿Van a entrar o se van a quedar aquí a resolver su boda?
Arlet clavó los ojos en Aslan. Éste simplemente le sostuvo la mirada, con esa devoción absoluta disfrazada de arrogancia.
Por primera vez desde que pisó Nueva York, Arlet comprendió que su huida había sido un rotundo fracaso. No solo estaban en la misma ciudad y bajo el mismo techo indirecto: sus familias estaban entrelazadas, su hermano era compañero de su prima y el león que la reclamaba como suya no tenía la menor intención de dejarla ir.
—Ahorita vamos, Connor —respondió Aslan sin despegar la vista de Arlet.
—Más les vale, porque las luces ya se apagaron —advirtió su primo.
—Vamos, déjalos en paz. —dijo Romina.
—Lo que diga mi muñequita —sonrió Connor, pasándole un brazo por los hombros a Romina antes de guiñarle un ojo a la pareja y desaparecer al fondo del pasillo.
En cuanto se quedaron solos, la penumbra del pasillo volvió a envolverlos. Aslan no perdió ni un segundo: acortó la distancia restante, la tomó delicadamente por la nuca y atrapó sus labios en un beso profundo y firme.
Arlet ahogó una protesta contra su boca e intentó apartarlo instintivamente, pero la calidez envolvente del vínculo y la firmeza con la que él la sostenía la hicieron ceder en cuestión de segundos. Se entretejió en el beso, sujetándose de la chaqueta de cuero del híbrido mientras el pulso acelerado de ambos resonaba en el pasillo desierto.
Cuando finalmente Aslan se separó unos centímetros, apenas lo suficiente para mirarla a los ojos con la respiración contenida, Arlet recuperó la compostura y le dio un manotazo en el pecho.
—¡Oye! No —protestó, ajustándose la ropa y fingiendo indignación—. No creas que porque estás aquí las cosas entre nosotros ya están bien.
Aslan chasqueó la lengua con burla. En lugar de alejarse, la rodeó por la cintura con un brazo firme y la pegó por completo a su cuerpo, sintiendo la resistencia fría de la vampiresa.
—Ah, pero yo siento que van muy bien —le murmuró al oído con voz ronca— ¿Ya te olvidaste de lo que hicimos la última vez que nos vimos? —le preguntó con descaro.
Arlet aplicó su fuerza vampírica y lo empujó del pecho con firmeza. Aslan retrocedió un par de pasos tambaleándose a propósito, riendo por bajo mientras ella marcaba distancia.
—Te dije que no, Aslan. No te aproveches.
—No me aprovecho, me alimento —replicó con total frescura, comenzando a caminar tras ella a paso lento, siguiéndola como un cachorro gigante y pertinaz mientras se adentraban hacia los pasillos principales del recinto.
—Eres un descarado.
—Y tú eres una mentirosa hermosa.
—No estoy mintiendo. Vine a Nueva York por espacio.
—Y el espacio te trajo directo a mis brazos —contradijo con una sonrisa radiante.
—Fue una coincidencia.
—El destino no hace coincidencias tan precisas, mi luna.
Arlet detuvo su caminata justo antes de doblar la esquina que daba hacia la zona donde la música retumbaba con fuerza y las luces del concierto comenzaban a iluminar a la multitud. Se giró bruscamente, obligando a Aslan a frenar en seco para no atropellarla.
—Escúchame bien —le advirtió Arlet, señalándolo con un dedo acusador y bajando la voz—. No vas a hablar de más esta noche. Nada de comentarios sobre el vínculo, nada de "mi luna" frente a mi hermano, ni una sola de tus provocaciones. ¿Quedó claro?
—Mmm... —Aslan ladeó la cabeza, adoptando una expresión meditada— Si me das un beso, prometo portarme bien.
—¡No! —lo miró mal— No te voy a dar nada, maldito perro chantajista.
—¡Qué agresiva! —se quejó entre risas, aunque no había un solo rasgo de molestia en sus ojos. Acortó el espacio de nuevo, tomándola de la cintura antes de que pudiera esquivarlo y pegándola contra él—. Un beso nada más. Chiquito. Para sellar el pacto de silencio.
—No.
—Por favor... —rogó Aslan, inclinándose un poco con una sonrisa irresistible—. Un besito de buenas noches adelantado y me porto como el Alfa más discreto del mundo.
—Eres insoportable —murmuró, intentando zafarse del agarre, pero el calor que desprendía el cuerpo de Aslan era demasiado tentador. Arlet rodó los ojos, aunque una pequeña sonrisa amenazaba con traicionarla—. Bien. Solo uno. —aceptó antes de empinarse sobre sus tobillos y le dio un beso rápido, un apenas perceptible toque de labios—Listo —dijo, separándose de inmediato y apuntándolo con la mirada—. Y ni una palabra de más allá adentro.
—Lo que tú digas, mi luna —respondió Aslan con una sonrisa de victoria impecable.
Ajustándose la chaqueta, Arlet caminó hacia donde el resto del grupo los esperaba. Aslan la siguió a un paso de distancia, manteniendo las manos en los bolsillos y esa mirada satisfecha de quien sabe que, por mucho que ella lo negara, la cacería apenas estaba comenzando.
Al terminar el concierto, la adrenalina y el hambre los llevaron a un concurrido local de hamburguesas que abría las veinticuatro horas. El ambiente olía a papas fritas y neón. Isabella se había recogido el cabello en una coleta alta y despreocupada, dejando al descubierto la curva despejada de su cuello; Drac, sentado a su lado, tuvo que tragar saliva y contener el instinto primario de estirar sus colmillos ante semejante tentación.
—Entonces... ¿van a decirnos de dónde se conocen? —inquirió Isabella, rompiendo el hielo mientras le robaba descaradamente un aro de cebolla del plato a Drac. Su mirada iba y venía entre Aslan y Arlet.
—De Londres —respondió la vampiresa con absoluta frialdad, dando un mordisco rápido a su hamburguesa para evitar dar más detalles.
—¿Estudian juntos? —preguntó Romina, tras darle un sorbo largo a su malteada de fresa.
—No —intervino Aslan antes de que Arlet hablara, dedicándole a la vampiresa una mirada de reojo cargada de significado—. Solo nos conocimos en Londres.
—Ya déjenlos en paz —interpuso Connor con la boca a medio llenar, terminándose su hamburguesa con la voracidad típica de un lobo—. Si no quieren hablar, sus razones tendrán.
—Gracias —le reconoció Arlet, agradeciendo la tregua involuntaria del Gamma. Acto seguido, giró la cara hacia Isabella y luego miró a su hermano—: Por cierto, mis padres quieren conocerte, Isabella. Te invitan mañana a comer con nosotros en el penthouse.
—¿En serio? —inquirió Isabella abriendo los ojos con sorpresa y miró a Drac de inmediato, el vampiro asintió con la cabeza, imposibilitado para hablar momentáneamente porque tenía la boca llena— La verdad me encantaría —admitió la loba con una sonrisa entusiasmada, aunque luego miró a Romina indecisa—, pero Romina va a...
—Por nosotros ni te preocupes —la atajó Romina de inmediato, apoyando la cabeza en el hombro de su compañero—. Creo que dormiremos todo el día y saldremos a pasear por la tarde. ¿Verdad, amor?
—Totalmente —aseguró Connor, pasándole un brazo por la cintura.
—No creo que debas ir sola a una reunión de vampiros —comenzó a protestar Connor, arrugando el entrecejo con celo protector.
—No te preocupes, yo acompañaré a mi prima a la comida —se ofreció Aslan con total frescura, esbozando una sonrisa tranquila.
—Perfecto. Aslan irá contigo —ordenó Connor de inmediato, dando el asunto por cerrado.
—¿Perdona? ¿Desde cuándo tú me mandas a mí? —gruñó Isabella, mostrándole los dientes en un ademán amenazante.
—Está bien, mañana hablaremos con papá a ver si te da permiso de ir —se burló el Gamma con una sonrisa socarrona.
Isabella rodó los ojos y bufó con molestia antes de dirigirse a Arlet:
—Sí voy a ir a comer con ustedes. Y no creo que Aslan vaya... pero si decide colarse, espero que no tengan problema con eso. Digo, al fin y al cabo, ustedes ya se conocen.
—No hay ningún problema —respondió Arlet, viéndose acorralada en una esquina.
Tragó saliva disimuladamente. Lo último que quería era generar sospechas o que la familia del híbrido terminara descubriendo que ella era la
mate destinada de Aslan. Y tener al león comiendo en la misma mesa que sus padres era un juego extremadamente peligroso…