Deuda
Esa noche, tras regresar del local de hamburguesas, Arlet fue incapaz de conciliar el sueño. Mientras Manhattan descansaba bajo un manto de luces distantes, ella permanecía de pie frente al ventanal de su habitación en el penthouse, abrazándose a sí misma con la mirada perdida en el horizonte.
El centro de su pecho continuaba latiendo con esa calidez insistente que Aslan había dejado marcada a fuego. Pero más allá de la atadura, su mente no dejaba de dar vueltas al verdadero problema: la cena de mañana.
Necesitaba evitar a toda costa que Aslan se presentara en la mesa de sus padres.
La razón no era la vergüenza ni el prejuicio sobre su especie. En su familia, las diferencias de raza carecían por completo de importancia. El mejor ejemplo eran sus propios padres: su padre, un vampiro pura sangre y el Rey de su estirpe, su compañera no era más que una humana, su madre. El amor entre almas gemelas para ellos era sagrado y no entendía de linajes ni de naturalezas sobrenaturales.
El verdadero problema con Aslan residía en otra parte: sus edad. Aunque el chico poseía el cuerpo imponente de un hombre hecho y derecho, la fuerza desmedida de un Alfa Real y un Alfa León, acompañado de una presencia que imponía respeto a simple vista, para ella no dejaba de ser prácticamente un adolescente.
Arlet soltó un largo suspiro, apoyando la frente contra el cristal frío. Si Aslan ponía un solo pie en esa comida, su mirada delataría el vínculo en menos de cinco minutos. El descaro del león era demasiado impredecible y no arriesgaría a que su familia descubriera la verdad de esa manera. Tras horas de darle vueltas a la situación sin hallar una salida limpia, la vampiresa tomó una decisión. La única solución viable era interceptarlo antes de que la reunión tuviera lugar.
Lo llamaría temprano por la mañana y le pediría verse a solas, un par de horas antes de la cena. No era necesario que estuviera presente para que Isabella conociera a la familia. Convencería a Aslan de quedarse al margen, de frenar un poco el impulso y darle el tiempo que ella necesitaba para procesar todo antes de soltar la bomba frente a su familia. Con el plan trazado en la mente y el teléfono en la mano, Arlet miró la pantalla, aguardando a que amaneciera para marcar su número. Sabía que convencer al híbrido no sería una tarea fácil, pero era la única oportunidad que tenía para mantener el secreto a salvo... al menos por un día más.
(…)La luz de la mañana neoyorquina apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas de la habitación de huéspedes cuando el vibrador del teléfono sobre la mesa de noche interrumpió el descanso de Aslan.
El híbrido se movió despacio entre las sábanas, estirando un brazo a ciegas para sujetar el dispositivo. Sin molestarse en abrir los ojos ni mirar la pantalla, deslizo el dedo y se llevó el aparato a la oreja.
—¿Sí? —respondió con una voz grave, ronca y rasposa por el sueño acumulado.
Al otro lado de la línea, Arlet sostuvo el aire por un segundo. Escuchar ese tono profundo y vulnerado por el descanso le provocó un calambre sutil que descendió directo por su espina dorsal, dejándole un escalofrío inconfundible. Se aclaró la garganta de inmediato para recuperar la compostura antes de hablar.
—¿Sigues durmiendo? —preguntó ella con frialdad calculada.
Aslan entreabrió un ojo, reconociendo la voz al instante. Una sonrisa perezosa y satisfecha se dibujó de inmediato en sus labios mientras se acomodaba sobre la almohada.
—Lo hacía... hasta que mi luna decidió que quería escucharme —admitió, dejando escapar un suspiro cansado—. ¿Por qué estás despierta tan temprano? Eres una vampira, deberías estar dormida mi amor, ya sabes por el sol.
—Aslan —respondió Arlet rodando los ojos desde su habitación—. Y te recuerdo que soy una vampiresa nacida, no convertida. Funciono exactamente igual que cualquier humano respecto al día y la noche, solo que con mejores reflejos y bastante más paciencia que tú insistes en probar.
—Ah, es verdad. —admitió, incorporándose despacio sobre la cama y pasándose una mano por el rostro intentado despertar del todo—. De todos modos, me parece fascinante que sea lo primero en lo que piensas al despertar. ¿Ya me extrañabas tanto?
—No te hagas ilusiones, cachorro.
—Es difícil no hacérmelas cuando me llamas a primera hora de la mañana —replicó Aslan con tono coqueto y descarado, disfrutando el silencio tenso al otro lado de la línea—. ¿A qué debo el honor, mi luna? ¿Vas a pedirme que te lleve el desayuno a la cama?
Arlet apretó los labios, conteniendo las ganas de colgarle para no darle el gusto, aunque la urgencia de su plan pesaba más que su orgullo.
—Son las once de la mañana, no son las primeras horas del día.
—Estoy de vacaciones, si son las primeras horas del dia. —contradijo con evidente diversión— Pero dime luna mía, ¿quieres el desayuno o tú me lo vas a traer a mi cama?
—Quiero verte —soltó la vampiresa sin rodeos.
El ambiente en la habitación de Aslan cambió en un segundo. La pereza del despertar se esfumó por completo, reemplazada por un destello rojo en sus ojos y una sonrisa complacida que no pudo ocultar ni en su voz.
—Encantado —respondió sin dudarlo un solo instante, bajando las piernas de la cama—. Dime dónde y estoy ahí en veinte minutos.
—A las cinco de la tarde —indicó Arlet con voz firme.
—Mmm, no. Imposible a esa hora —respondió Aslan con total soltura, estirando los brazos mientras se ponía de pie.
—¿Por qué no es posible? —cuestionó la vampira frunciendo el ceño, descolocada por la negativa.
—Porque a esa hora voy a ir a cenar con mi prima. Tengo que conocer a mi suegro —soltó el híbrido con un tono descarado que casi traspasó la bocina.
Un largo y pesado suspiro de Arlet resonó en el teléfono.
—No. No vas a ir a esa cena —sentenció, frotándose el puente de la nariz—. Nos vamos a ver a esa hora. Tú y yo. A solas.
Aslan ladeó la cabeza, captando al instante lo que había detrás de la insistencia de la vampira. Sabía perfectamente que Arlet estaba buscando cualquier excusa para evitar que se presentara frente al Rey de los vampiros, pero no pudo evitar que una sonrisa divertida se le dibujara en el rostro. Le fascinaba poner a prueba la paciencia de su compañera.
—A ver, a ver... Esto es muy sospechoso, mi luna —intervino Aslan, fingiendo desconfianza—. ¿Por qué no quieres que vaya a la cena? ¿Acaso estás planeando secuestrarme?
Arlet volvió a suspirar, esta vez cargada de resignación. Sabía que discutir con la terquedad del Alfa era perder el tiempo.
—Sí, Aslan. Llámalo como quieras, pero a las cinco te quiero en la dirección que voy a mandarte.
—Vaya, qué agresiva —se burló con descaro, disfrutando cada segundo—. Pero dime, ¿qué clase de secuestro va a ser? ¿Uno donde me tengas encadenado o uno donde al fin aceptes que no puedes vivir sin mí?
—Aslan, hablo en serio —lo cortó ella, apretando la mandíbula—. ¿Vas a ir o no?
En el fondo, a Aslan le daba exactamente igual la cena. Lo único que le importaba era estar cerca de ella, pero no iba a ponérselo tan fácil.
—Está bien, acepto el secuestro —cedió finalmente el híbrido, cambiando a un tono más bajo y sugerente—. Pero cancelar mis planes de conocer a la familia genera una deuda.
—¿Una deuda? —preguntó Arlet con desconfianza— ¿De qué hablas?
—Una deuda corporal, mi luna.
—¿Qué se supone que es eso? —inquirió la vampiresa, entornando los ojos.
—Te lo explicaré con mucho detalle cuando nos veamos —respondió Aslan con una risita baja y llena de intenciones—. Llega puntual.
Arlet rodó los ojos, aunque una chispa de calor volvió a encenderse en su pecho.
—Nos vemos a las cinco. No llegues tarde, cachorro.
—A tus órdenes, mi preciosa vampiresa.
La llamada se cortó. Aslan dejó el teléfono sobre la cama y se quedó de pie en medio de la habitación, sintiendo cómo en el centro de su pecho tanto su lobo como su león rugían de satisfacción. Sus dos bestias internas estaban completamente complacidas: porque en pocas horas volvería a tener a su luna frente a él.
(…)El resto del día pasó entre una tensa calma para Arlet y una impaciencia devoradora para Aslan. La vampiresa esperaba convencerlo y que no asistiera a la cena con su prima, asi sus padres continuarían sin sospechar absolutamente nada sobre la existencia del híbrido ni sobre el vínculo que los unía.
A las cuatro y cincuenta y ocho de la tarde, Arlet ya estaba sentada en la mesa más discreta de la cafetería, al fondo del local y lejos de las miradas curiosas. Llevaba una chaqueta oscura y las manos juntas sobre el regazo, intentando dominar la calidez errática de su pecho.
Un segundo después, la campanilla de la puerta sonó y el aroma a bosque lluvioso inundó el lugar. Aslan avanzó entre las mesas con paso firme, atrayendo miradas sin proponérselo. Al verla, se dibujó en sus labios esa sonrisa de satisfacción que a Arlet tanto la descolocaba.
—Puntual, mi luna —saludó Aslan, deslizándose en la silla frente a ella y apoyando los codos en la mesa para acercarse.
—Hagamos esto rápido —dijo ella de inmediato, bajando la voz—. Vine a asegurarme de que no vas a aparecerte en la cena esta noche. No quiero que vayas.
—Eso ya lo habíamos acordado en la mañana —repuso el Alfa Real, arqueando una ceja—. Pero dijimos que cancelar mis planes tenía un costo. Es hora de saldar la deuda corporal.
—¿Y qué demonios significa eso exactamente? —cuestionó la princesa mientras un destello de carmesí cruzaba por sus ojos entrecerrados.
—Significa que… —el hibrido se inclinó un poco más, clavando sus ojos azules en los de ella con intensidad— A cambio de no presentarme a cenar con tus padres hoy, me darás permiso absoluto de besarte cuando yo quiera. Sin protestas, sin empujones y sin excusas de "espacio".
—Estás demente —murmuró la vampira, sintiendo cómo las mejillas le quemaban ante el descaro del cachorro—. No voy a firmarte un cheque en blanco para tu falta de control.
—Entonces no hay trato —respondió con total tranquilidad, recostándose en el respaldo de la silla y cruzándose de brazos—. De hecho, creo que deberíamos dejarnos de rodeos y empezar formalmente una relación. Ya sabes, novios oficiales. Así esta noche entro a la cena de la mano contigo y te ahorro las explicaciones.
—¡No! —exclamó en un susurro furioso, mirando alrededor para verificar que nadie los escuchara—. No vamos a ser novios oficiales, no hoy, y no vas a ir a esa cena.
—Si no hay deuda saldada ni relación formal, voy a la cena —sentenció con una chispa juguetona pero firme—. Tengo ganas de presentarme como es debido ante el Rey de los vampiros.
—¡Aslan, no te comportes como un niño! —espetó la vampiresa, perdiendo la paciencia.
El híbrido ladeó la cabeza. Por un instante, la guasa desapareció de su rostro, dejando ver la imponente madurez de su lado lobo y león.
—No soy un niño, Arlet —dijo con voz grave y pausada—. Soy joven, sí, y no voy a ponerme a actuar como un viejo aburrido para complacer tus miedos. Pero sé perfectamente lo que quiero. Eres mi luna. Y sé muy bien que te mueres por mí exactamente de la misma forma en que yo me muero por ti. El vínculo no miente.
Arlet sostuvo la mirada del Alfa Real, sintiendo el impacto de sus palabras resonando directamente en la atadura de su pecho. Apretó los puños bajo la mesa, esforzándose por mantener su fachada de hielo frente a la devoción aplastante del chico.
—Yo puedo controlar lo que siento, Aslan —respondió, alzando la barbilla con frialdad calculada—. Y tú deberías aprender a hacer lo mismo si pretendes llevar la fiesta en paz conmigo…