LNCrawler

Incorregible

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Incorregible

—Yo puedo controlar lo que siento, Aslan —respondió, alzando la barbilla con frialdad calculada—. Y tú deberías aprender a hacer lo mismo si pretendes llevar la fiesta en paz conmigo.

Aslan la sostuvo con la mirada durante tres segundos eternos. La calidez juguetona de sus ojos azules desapareció por completo, dejando al descubierto la presencia aplastante y roja de sus bestias. La presión en el aire entre los dos se volvió densa, casi palpable, cargada de la intensidad pura de un Alfa Real que no aceptaba que le negaran lo evidente.

—Controlarlo, ¿eh? —murmuró Aslan, con una voz tan grave y rasposa que vibró directamente en el esternón de la vampira.

Se inclinó lentamente sobre la mesa, acortando la distancia hasta que apenas unos centímetros separaron sus rostros. Arlet contuvo la respiración, incapaz de apartar la mirada mientras sentía la atadura fantasma en su pecho latir con la violencia de un volcán a punto de hacer erupción. La frialdad de su naturaleza vampírica parecía derretirse por completo bajo el calor sofocante que el chico desprendía.

—Podrás controlar tus palabras, Arlet... —continuó él, bajando el tono a un susurro denso y peligroso—, pero tu sangre no miente. Sé que tu pulso se acelera cada vez que me acerco, y sé que tu frialdad se rompe en mil pedazos en cuanto te toco.

Durante un instante, Arlet creyó que el híbrido había perdido la paciencia, que la discusión se tornaría en un choque de voluntades tenso y definitivo, pero entonces, la sombra de dominación en el rostro de Aslan se disipó tan rápido como había llegado. Una sonrisa lenta, inclinada y profundamente arrogante volvió a iluminar sus facciones. El chico parpadeó con inocencia calculada y ladeó la cabeza.

—Pero está bien —soltó con un tono ligero y coqueto, volviendo a recostarse en su silla con los brazos tras la nuca—. Si quieres jugar a que tienes el control, te dejo ganar esta ronda Inyanga (Luna). Solo porque te ves terriblemente tentadora cuando intentas ponerte seria conmigo.

Arlet parpadeó, completamente desarmada por el cambio de ritmo.

—Eres un caso perdido... —murmuró, aunque la tensión en sus hombros se disipó de golpe.

—Puede ser, pero soy tu caso perdido —replicó guiñándole un ojo, rozando con la punta de sus dedos la mano de ella sobre la mesa—. Así que, ¿qué dices, mi luna? ¿Aceptas la deuda corporal o prefieres que le pida a tu papá la bendición antes de que sirvan el postre hoy?

La combinación del peligro inminente y la terquedad descarada del león terminó por derribar la última barrera de la vampira. Un suspiro divertido se le escapó entre los labios y una pequeña sonrisa, genuina e imposible de contener, se dibujó en su rostro. De inmediato, un calor traicionero le tiñó las mejillas de un tenue color carmesí.

—Está bien, tú ganas —admitió Arlet, bajando la mirada un segundo para ocultar el sonrojo antes de volver a fijar sus ojos en él—. Te salvas por hoy. Pero más te vale comportarte, Aslan y nada de decir que somos compañeros a nadie.

—Promesa de cachorro —sonrió, radiante, sin soltar la calidez del vínculo que los unía.

—Eso espero. —dijo mirandolo fijamente.

—Bien, entonces bésame —soltó Aslan sin un solo milisegundo de duda.

El sonrojo en las mejillas de Arlet se intensificó al instante, tomando un tono carmesí encendido. La vampiresa miró frenéticamente a su alrededor, asegurándose de que ninguno de los pocos clientes en la cafetería estuviera prestando atención a su mesa.

—Aslan, cállate... Deja de decir esas cosas en público —le pidió en un murmullo apresurado, intentando recuperar la postura.

Lejos de obedecer, el híbrido se puso de pie con la fluidez y elegancia de un depredador. Sin pedir permiso, rodeando la pequeña mesa de madera y se sentó justo a su lado en el mismo sillón. Deslizó un brazo largo y pesado por encima de sus hombros, atrayéndola hacia su costado con una firmeza natural a la que el cuerpo de Arlet, traicionado por el vínculo, no opuso resistencia.

El Alfa Real se inclinó, acercando su rostro al cuello de la vampira hasta que su aliento cálido comenzó a erizarle la piel.

—Te recuerdo algo, mi luna —le murmuró directo al oído, con una voz profunda, rasposa y tan baja que solo ella podía escucharla— Mi oído, mi olfato y mis sentidos en general están muchísimo más desarrollados que los de cualquier ser sobrenatural sobre la Tierra. No importa qué tan poderoso sea el guerrero o el rey con el que me compares. —hizo una breve pausa, rozando la punta de su nariz contra la piel fría de su mandíbula, inhalando su esencia con una devoción casi reverente— Soy un híbrido. La cruza perfecta entre dos Alfas: uno lobo y otra leona. Mis bestias no solo responden a la luna, responden a la caza y al dominio.

Arlet apretó las manos sobre su regazo, sintiendo cómo la cercanía física del chico comenzaba a nublarle el juicio. El calor que Aslan irradiaba era un contraste sofocante con su propia naturaleza helada.

—Por eso sé perfectamente cuando tu aroma cambia —continuó Aslan en ese mismo susurro denso, descendiendo su boca apenas unos milímetros hacia el lóbulo de su oreja—. Sé cómo corre la sangre por tus venas en este preciso segundo... Puedo escuchar claramente cómo tu pulso, que debería ser lento y pausado como el de toda tu estirpe, se acelera descontrolado cada vez que me pego a ti. —murmuró y Arlet tragó saliva, sintiendo que la garganta se le secaba. El latido del vínculo en el centro de su pecho no solo retumbaba: parecía latir al mismo compás que el corazón del Alfa— Así que no me digas que puedes controlarlo —concluyó con una sonrisa ladina rozando su mejilla—. Porque tu propio cuerpo me está gritando todo lo contrario.

La vampira giró la cabeza bruscamente para encararlo, quedando a escasos milímetros de sus labios. Los ojos azules de Aslan brillaban con una intensidad desafiante, esperando pacientemente el momento en que ella dejara de luchar contra lo inevitable.

—Eres implacable... —susurró Arlet, con la voz apenas más alta que un suspiro, atrapada en la red de sensaciones que él tejía a su alrededor.

—Solo contigo —respondió Aslan, recortando la ínfima distancia que los separaba.

Sus labios se encontraron en un beso que comenzó lento, pausado y casi contenido, como si el híbrido estuviera saboreando cada segundo de la rendición de su compañera. Sin embargo, en cuanto Arlet dejó escapar un leve ahogo y sus dedos buscaron instintivamente el agarre en la chaqueta de él, la devoción contenida de Aslan se transformó en un fuego hambriento. La sostuvo con firmeza por la nuca, profundizando el contacto y atrapándola en la calidez sofocante del vínculo.

Por un instante, el ruido distante de la cafetería, la amenaza de la cena familiar y las diferencias de sus especies desaparecieron. Solo existía el latido acelerado que ambos compartían en el pecho y el contraste eléctrico entre la piel helada de la vampira y el calor voraz del león.

Cuando Aslan finalmente se separó, no se alejó mucho. Mantuvo la frente apoyada contra la de ella, respirando con pesadez mientras una sonrisa de absoluta victoria se adueñaba de sus labios.

—Eso... salda un porcentaje muy pequeño de la deuda corporal —murmuró con voz rasposa, acariciándole el pómulo con el pulgar.

Arlet parpadeó desorientada, ajustándose la chaqueta con manos torpes mientras el sonrojo carmesí amenazaba con expandirse por todo su cuello. Intentó recuperar la compostura, aunque el brillo encendido de sus ojos delataba el impacto del momento.

—Eres un chantajista insoportable —reprochó Arlet, apoyando una mano en el pecho ancho del chico para empujarlo levemente y ganar unos centímetros de aire—. Y me tengo que ir ya. Si llego tarde a la cena, mi madre empezará a hacer preguntas que no quiero responder.

—Ve tranquila, mi luna —cedió Aslan con una amabilidad sospechosa, liberándola de su agarre y recostándose en el sillón con los brazos cruzados.

Arlet lo miró de reojo, entornando los ojos ante la facilidad con la que el Alfa estaba cediendo. Un comportamiento tan dócil no encajaba para nada con la terquedad del león.

—¿De verdad lo vas a dejar así? ¿Sin más condiciones ni exigencias? —inquirió la princesa, desconfiada.

—Ya saldaste la primera cuota de la deuda corporal —respondió con un guiño coqueto y una sonrisa angelical que a Arlet le pareció peligrosamente falsa—. Cumplí mi palabra de escucharte. Ahora ve a tu cena familiar.

Arlet se acomodó la chaqueta de cuero y el cabello detrás de la oreja, intentando disimular el latido acelerado que todavía le retumbaba en el cuello.

—Nos vemos después, Aslan. Y por favor, quédate en el departamento de tu prima —le advirtió por última vez, clavándole una mirada severa antes de girar sobre sus talones y salir de la cafetería.

Aslan la observó marchar a través del ventanal del local. En el momento en que Arlet cruzó la calle y abordó un taxi con dirección al penthouse, una sonrisa lenta, arrogante y profundamente calculadora se dibujó en los labios del híbrido.

Se puso de pie con parsimonia, sacó su teléfono del bolsillo y marcó un número de marcado rápido.

—Connor —habló Aslan en cuanto escuchó el clic en la línea—. Dile a Isabella que yo la acompañare.

—¿Qué? —se escuchó la voz de Connor al otro lado, acompañada de una carcajada—. Pensé que tu luna te había citado en una cafetería para prohibirte ir.

—Creía que podía —corrigió Aslan, acomodándose las solapas de su camisa mientras caminaba hacia la salida—. Arlet piensa que puede controlar lo que siente y que puede mantenerme al margen. Pero no crucé el Atlántico para quedarme encerrado en una habitación de huéspedes mientras ella cena con su familia.

—Te va a matar, hermano. Sabes que te va a matar, ¿verdad?

—Que lo intente —sonrió el híbrido, sintiendo a su lobo y a su león rugir de anticipación en el centro de su pecho—. Mi luna quiere jugar a las escondidas... y a mí me encanta la cacería.

Terminó de habar con su primo antes de guardar el teléfono y salió a las calles de Manhattan bajo la luz del atardecer. La cena con el Rey de los Vampiros no solo iba a llevarse a cabo, sino que estaba a punto de convertirse en el terreno de juego más peligroso y divertido de su vida.

No tardo en llegar a la departamento de su prima, donde el aire se sentía ligero y distendido, en total contraste con el huracán que estaba a punto de desatar Aslan. El vampiro llegó puntual por Isabella, como había dicho los acompañó pesando en su propia luna, sin duda se enojara, pero eso e vez de preocuparlo lo animaba a seguir.

—Todo va a salir bien, van a adorarte —dijo Drac para luego besarla de forma casta, antes de guiarla hacia el ascensor privado que los llevaría al restaurante en el último piso del edificio, donde se llevaría a cabo la esperada cena.

—Les recuerdo que yo también vengo. ¿Podrían dejar de besarse frente a mí? —habló Aslan, apareciendo justo detrás de ellos con las manos en los bolsillos y una sonrisa burlona.

Isabella rodó los ojos y se giró hacia su primo, cruzándose de brazos:

—Pues haberte quedado en el departamento. Nadie te obligó a venir.

—Lo hago por mi prima —respondió el híbrido con total desfachatez.

—Y por ver a mi hermana —le señaló Drac con una sonrisa de lado, guiñándole un ojo a Isabella mientras escuchaban un gruñido bajo y gutural retumbar en el pecho del híbrido.

—No puedo negarlo, Arlet es mi perdición —admitió Aslan sin la más mínima vergüenza, luciendo un porte impecable con su camisa oscura.

Ninguno de los dos replicó al comentario. Drac tomó de la mano a la Alfa Real para cruzar el umbral del restaurante exclusivo ubicado en la cima del edificio, donde Desmond y Joey, junto con su luna, ya los esperaban en una mesa privada con vista a todo Manhattan.

Aslan avanzó detrás de ellos con el paso seguro de un depredador que sabe que pisa en territorio prohibido. Sin dudar que cuando Arlet levantara la vista y lo viera parado frente a la mesa de sus padres, iba a llevarse una sorpresa monumental…