Celo
Arlet estuvo a punto de soltar la copa de vino que sostenía. Cuando sus ojos azul frio chocaron con la silueta de Aslan avanzando con total desfachatez detrás de Drac e Isabella, la vampiresa sintió que la sangre se le congelaba por completo.
La rabia le quemó el pecho en un destello ardiente. Le había rogado, amenazado y hasta saldado una parte de esa absurda deuda corporal en la cafetería con tal de mantenerlo lejos, pero el testarudo cachorro híbrido había decidido ignorar cada una de sus advertencias. Sin embargo, haciendo gala de su autocontrol y de etiqueta aristocrática, la vampira compuso una sonrisa pulcra y fingió una serenidad absoluta, disimulando el impacto ante la mirada atenta de sus padres.
Durante la velada, ambos se mantuvieron estrictamente al margen. La cena era para que Joey y Desmond conocieran a Isabella, por lo que la atención se centró por completo en la loba y en la relación que mantenía con Drac. Entre preguntas sobre ellos, risas de la pequeña Claire y la diplomacia sobria de los Reyes vampiros, la conversación fluyó sin contratiempos. Aslan se comportó como el invitado perfecto: educado, atento y guardando las distancias, aunque cada cierto tiempo le dedicaba a Arlet miradas cargadas de una victoria silenciosa que a ella la hacían hervir por dentro.
La noche transcurrió en tensa calma hasta el momento de la despedida ya en la parte baja del edificio saliendo del ascensor.
Mientras Desmond y Joey terminaban de acordar los últimos detalles de la visita de los reyes de los hombres lobos con Isabella y Drac, el teléfono de Aslan comenzó a vibrar en el bolsillo de su pantalón. El híbrido lo sacó y, al mirar la pantalla, una ligera mueca de incomodidad cruzó sus facciones.
—Disculpen un segundo, tengo que tomar esto, fue un placer conocerlos. —dijo Aslan con cortesía, dando un par de pasos hacia atrás.
—Igualmente. —dijeron todos y el hibrido se retiró a unos metros.
Arlet, con su mirada vampírica desarrollada, captó el nombre en la pantalla antes de que él respondiera:
Emily .
La humana. La chica que no dejaba de orbitar alrededor de su Alfa Real en Londres a pesar de decir que tenía novio, insistía en mantener una cercanía que a Arlet siempre le había encendido las alertas.
—¿Bueno? Hola, Emily... —se escuchó la voz grave de Aslan mientras comenzaba a alejarse por el lobby del edificio donde se encontraba el restaurante para tener privacidad.
En un instante, la compostura de la vampiresa estuvo a punto de hacerse pedazos. Una furia ciega y visceral le recorrió las venas, haciendo que sus garras amenazaran con brotar. Apretó los puños a los costados del cuerpo y clavó la mirada en la espalda del hibrido mientras este caminaba ajeno tal vez muy consciente del vendaval de celos que acababa de desatar en su compañera.
Fingiendo que solo observaba las luces nocturnas de Manhattan, Arlet sostuvo la respiración, sintiendo cómo el vínculo en su pecho dejaba de latir con calidez para transformarse en un fuego celoso y peligroso.
—Arlet, es hora de irnos, mio sole —la llamó la voz suave de Joey desde la entrada de la terraza.
La vampiresa parpadeó, desligando la mirada de la esquina por la que Aslan había desaparecido. Forzó la mejor de sus sonrisas diplomáticas, giró sobre sus talones y caminó hacia sus padres con paso grácil y fluido.
—Voy, mamá —respondió con tono pausado, siguiendo a su familia hacia la salida.
Durante todo el trayecto hacia la salida del edificio y el posterior recorrido en el vehículo, un silencio denso se apoderó de Arlet. Apoyó el codo en el marco de la ventana y se dedicó a observar las luces borrosas de Manhattan, atrapada en una espiral de celos y rabia contenida. El nombre de Emily resonaba en sus oídos como un eco insoportable.
Aquel comportamiento no pasó desapercibido para los Reyes de los vampiros. Arlet solía ser fría y distante con los demás, pero en el núcleo familiar era una conversadora incansable, llena de comentarios audaces y risas ligeras. Verla sumida en un mudo mutismo era una señal de alerta inmediata.
Joey y Desmond intercambiaron una mirada significativa en el asiento trasero.
—Mio sole, ¿te encuentras bien? —preguntó Joey con ternura, inclinándose ligeramente hacia su hija—. Has estado muy callada desde que dejamos el restaurante.
—Todo está en orden, mamá —respondió Arlet sin apartar los ojos del cristal, intentando mantener la voz neutral—. Solo estoy un poco cansada por el viaje y los días tan ajetreados.
Sus padres supieron al instante que mentía. Sin embargo, conociendo el orgullo de su hija y sabiendo que presionarla solo conseguiría que se cerrara más en banda, Desmond se limitó a asentir despacio.
—Está bien —dijo el Rey de los vampiros con voz pausada y comprensiva—. Recuerda que estamos aquí para cuando quieras hablar.
El vehículo se detuvo frente al exclusivo edificio donde se encontraba el penthouse. Sus padres se dirigían a la residencia principal que la familia poseía a las afueras de la ciudad.
Arlet se despidió de ellos con un par de besos afectuosos en las mejillas y bajó del automóvil. Entró al lujoso vestíbulo de mármol y avanzó a paso firme hasta detenerse justo frente a las puertas del ascensor. Oprimió el botón de llamada y vio cómo los números digitales comenzaban a descender.
Sintiéndose envuelta en la soledad del vestíbulo, la vampira no lo pensó dos veces. El impulso visceral de los celos y la necesidad urgente de encarar al híbrido dominaron su orgullo. Sacó el celular del bolso, abrió el chat de Aslan con dedos rápidos y le envió un mensaje seco y directo:
<<<Tenemos que hablar. Ahora.(…)Al otro lado de la ciudad, el automóvil donde viajaban Aslan, Isabella y Drac acababa de estacionarse frente al edificio de la loba.
El Alfa Real bajó del vehículo y caminaba relajadamente hacia la entrada principal cuando el teléfono en su bolsillo vibró, lo sacó, desbloqueo y vio en la pantalla la notificación de su luna, a verla una sonrisa radiante y absolutamente feliz se dibujó en su rostro. Sabía perfectamente que el mensaje presagiaba una regañina monumental por haber aparecido en la cena sin su permiso, pero la sola perspectiva de volver a tenerla enfrente hacía que cualquier reprimenda valiera la pena.
Sin pensarlo dos veces, tecleó una respuesta rápida fijando el punto de encuentro:
>>> Tenemos que hablar. Ahora.<<<Claro, te veo en el parque el parque de la acera de enfrente de tu edificio. Llego en diez minutos.Sin esperar a que Arlet respondiera y sin dar explicaciones, Aslan se giró sobre sus talones.
—Nos vemos luego —soltó con frescura, haciendo un gesto vago con la mano mientras comenzaba a alejarse a paso ligero hacia la avenida principal.
—¿A dónde vas? —alcanzó a preguntar Isabella, frunciendo el ceño desde la entrada del vestíbulo.
—¡Hey, Aslan! —llamó Drac, desconcertado por la repentina huida del chico.
Pero el híbrido ni siquiera se giró. Avanzó a zancadas amplias por la acera, irradiando una felicidad tan evidente que el aroma a bosque y lluvia que desprendía parecía llenar el aire nocturno de Manhattan. Su lobo y su león trotaban complacidos en su interior: la cacería de la noche apenas comenzaba y su luna lo estaba llamando.
Aslan recorrió la distancia entre ambos a toda velocidad, aprovechando la fuerza y agilidad sobrehumana de su naturaleza híbrida. Llegó al parque justo al cumplirse los diez minutos exactos, deteniéndose a unos pasos de ella con una postura relajada y ni un solo rasgo de cansancio.
Arlet estaba de pie bajo la luz tenue de una farola, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mandíbula apretada. En cuanto lo vio llegar, la vampira lo fijó con la mirada. El azul frío habitual de sus iris había desaparecido por completo, reemplazado por un rojo carmesí brillante y peligroso que delataba la intensidad de su rabia.
El Alfa Real, consciente de la tormenta que tenía enfrente, activó su encanto natural para desactivar la bomba antes de que explotara.
—Llegue a tiempo para admirar el paisaje, pero te ves mil veces más preciosa tú bajo esa luz, mi luna —saludó con un tono descarado, regalándole esa sonrisa inclinada que siempre lograba desarmarla.
Arlet entrecerró los ojos incandescentes, avanzando un paso hacia su espacio personal. El Alfa Real esperó la descarga de reproches por haberse presentado en la cena familiar a sus espaldas, preparando de antemano alguna excusa juguetona sobre su terquedad. Sin embargo, la reclamación que salió de los labios de su luna lo tomó por completa sorpresa.
—¿Por qué te llamo esa tal Emily? —espetó Arlet con una voz helada que cortó el aire nocturno como un cuchillo.
—¡¿Qué?! —preguntó desconcertado por un milisegundo ante la dirección del ataque.
—No te hagas el desentendido, Aslan —continuó ella, dando otro paso firme hasta quedar a escasos centímetros de su pecho, sin disimular el fuego abrasador de los celos que encendía su pulso—. La llamada que recibiste en el restaurante. Era esa humana, ¿verdad? La que insiste en estar pegada a ti en Londres. ¿Qué quiere contigo y por qué te busca a estas horas?
Aslan tardó un segundo en procesar el reclamo, pero en cuanto comprendió el motivo real del enojo de su compañera, la sorpresa en sus facciones se transformó en una diversión absoluta. Se cruzó de brazos, clavando sus ojos azules en los de ella mientras su sonrisa volvía a dibujarse, más arrogante y complacida que nunca.
—¿Te refieres a eso? —preguntó el híbrido con tono burlón—. Pensé que me ibas a matar por haber ido a cenar con tu familia, mi luna. Pero resulta que lo que te tiene con los ojos rojos como el fuego es una simple llamada.
—No cambies el tema, Aslan —espetó Arlet, alzando la barbilla y encarándolo sin ceder un solo milímetro—. Sé perfectamente quién es Emily. Sé que es la humana que no deja de orbitar a tu alrededor en Londres y que busca cualquier pretexto para estar cerca de ti. Lo que quiero saber es qué quiere contigo y por qué te llama a estas horas de la noche.
—¿Estás celosa? —la provocó, inclinándose un poco hacia ella con un destello dorado brillando en su mirada.
—Estoy exigiendo una respuesta —contestó la vampira con voz helada, aunque el latido desbocado en su pecho, perfectamente audible para los sentidos de Aslan, la traicionaba por completo.
El cachorro soltó una risita baja y rasposa, fascinado por la imagen de su elegante y fría vampira perdiendo el control por su causa. Dio un paso hacia adelante, cerrando la distancia entre ambos hasta que su aliento cálido volvió a rozar la frente de Arlet.
—Me llamaba por un trabajo en equipo de la universidad, nada más —explicó Aslan con voz más suave, aunque sin perder esa chispa juguetona y coqueta—. Sabes que aunque este aquí, sigo lidiando con los profesores y las entregas en Londres, mi luna. Pero me encanta ver que te importa. Me fascina saber que la sola idea de otra persona cerca de mí te ponga así.
—No te hagas ilusiones, cachorro —intentó defenderse, apretando las manos en puños mientras intentaba sostenerle la mirada.
—Es demasiado tarde para no hacérmelas —murmuró Aslan, pasando un brazo firme alrededor de su cintura para pegarla sin esfuerzo a su cuerpo caliente—. Eres mía, Arlet. Y por más que intentes disimularlo detrás de tu porte de mujer independiente y fotógrafa seria, acabas de demostrarme que no piensas compartirme con nadie.
Arlet sintió cómo el calor del híbrido volvía a derretir sus defensas, aunque intentó mantener la barbilla en alto.
—Solo me aseguro de que el cachorro que me persigue no traiga pulgas de otra parte —replicó ella con tono mordaz, aunque el sonrojo carmesí traicionaba la frialdad de sus palabras.
—Mis únicas pulgas y mi única dueña eres tú, mi luna —sonrió Aslan de lado, inclinándose para rozar sus labios contra la mejilla de la vampiresa, disfrutando cada segundo del triunfo.
—Más te vale que sea cierto —murmuró Arlet, alzando la mirada para sostenerle los ojos.
En ese instante, vio cómo los iris azules de Aslan cambiaban drásticamente, encendiéndose en un rojo carmesí e incandescente que reflejaba el fuego interno de sus bestias. El contraste era hipnótico.
La vampiresa se vio envuelta de lleno por su calor corporal y por esa fragancia inconfundible que la embriagaba: una mezcla intensa de bosque lluvioso tras la tormenta con el toque cálido y vibrante del sol africano.
—Sabes que es cierto, mi luna —respondió Aslan con una voz tan grave y profunda que pareció retumbar en el suelo bajo sus pies.
Sin darle tiempo a protestar, recortó la distancia y la atrapó en un beso voraz. Arlet no luchó; cerró los ojos y correspondió al contacto, rindiéndose al tirón ardiente que el vínculo ejercía sobre su sangre.
Cuando Aslan finalmente separó sus labios de los de ella, no se alejó. Descendió con lentitud por su mandíbula hasta hundir la boca en la curva del cuello de la vampira, justo sobre el punto exacto donde en el futuro iría grabada su marca. Le plantó un beso húmedo y firme ahí mismo, haciéndola estremecer de pies a cabeza con un chispazo eléctrico.
De pronto, la piel del Alfa pareció hervir.
La temperatura del cuerpo de Aslan se disparó a niveles sofocantes, emanando una ola de calor que hacía un gran contraste con la naturaleza helada de Arlet. Las facciones del Alfa Real comenzaron a transformarse frente a sus ojos: sus colmillos se alargaron, los pómulos se marcaron con una agresividad salvaje y sus pupilas se rasgaron en una combinación impactante entre la ferocidad de un lobo y la majestuosidad de un león.
Para Arlet, ver esa verdadera naturaleza híbrida al descubierto fue una sorpresa total, pero lejos de asustarla, le pareció la visión más fascinante y peligrosa del mundo. Cuando logró recuperar un mínimo de aliento, Arlet posó ambas manos sobre los pectorales firmes del cachorro para mantener un poco de distancia.
—Aslan... ¿por qué estás así? —preguntó con la voz agitada, notando la pesadez en la respiración de su compañero.
El híbrido dejó escapar un gruñido gutural, denso y vibrante que erizó cada fibra de la vampira. En lugar de responder de inmediato, volvió a hundir la nariz en la piel de su cuello, inhalando su aroma a violetas y nieve recién caída con una desesperación pura.
—Estoy en celo…