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Nudo

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Nudo

—Estoy en celo —le gruñó al oído, apretándola contra su cuerpo con una posesividad absoluta.

La confesión de Aslan cayó sobre Arlet como un balde de agua hirviendo. Por supuesto que sabía en teoría lo que era el celo de un cambio de forma, había leído lo suficiente sobre la biología de los cambiantes como parte de la formación que lleva una Princesa de los Vampiros, pero la realidad era un escenario completamente distinto. Jamás había estado cerca de un Alfa, mucho menos de un Alfa Real en ese estado, y de uno que fuera la mezcla perfecta entre un lobo y un león.

¿Qué se suponía que debía hacer? Antes de que pudiera procesar una respuesta racional, una ola de calor traicionero comenzó a propagarse por su propio vientre. Un deseo primitivo, denso y voraz la golpeó de lleno, encendiendo cada una de sus fibras. Arlet apretó los dientes, desconcertada por lo que le estaba pasando. Era absurdo. Una vampira nacida, de la estirpe más pura de los vampiros, una princesa, no tenía por qué reaccionar a los impulsos biológicos de un hibrido.

Pero el vínculo no entendía de especies ni de estirpes. El vínculo solo respondía a su otra mitad. Mientras las grandes y cálidas manos de Aslan bajaban por su espalda y sus labios continuaban devorando la piel de su cuello, dejando un rastro de fuego a su paso, Arlet sintió que las piernas amenazaban con fallarle. El aroma a sol africano y bosque lluvioso la estaba asfixiando de la mejor manera posible.

Haciendo un esfuerzo sobrenatural, la vampira logró reunir un vestigio de cordura. Apoyó las palmas de sus manos en el pecho ardiente del híbrido y empujó con firmeza.

—Aslan... tienes que calmarte —logró articular con la voz agitada y entrecortada—. Debes volver. Ahora.

El Alfa Real respondió con un gruñido profundo, un sonido salvaje que vibró directo en las costillas de Arlet. Los ojos incandescentes del cachorro no tenían un solo rastro de duda.

—Necesito a mi luna... —le gruñó al oído, apretando el agarre en sus caderas para no dejarla ir ni un solo milímetro—. Te necesito a ti.

—¡Estás loco! —protestó, intentando zafarse del abrazo metálico que la sujetaba—. No podemos... no aquí, no así.

Pero Aslan no tenía la menor intención de escuchar a la razón. Antes de que ella pudiera dar un paso atrás, le tomó el rostro con una mano, inclinó la cabeza y la capturó en un beso desesperado, dominante y hambriento.

Arlet sofocó un gemido contra la boca de su compañero. La resistencia que le quedaba se desintegró en un segundo; la electricidad de sus labios y la invasión de su calor hicieron que su cuerpo cediera por completo. Resultaba irresistible admitir cómo la simple boca de ese cachorro de diecinueve años lograba encenderla hasta el punto de la locura, borrando de un plumazo todo su autocontrol vampírico.

—Ven conmigo, Mi Luna... —suplicó Aslan entre jadeos rasposos, buscando sus ojos con esa mirada rubí que quemaba en la penumbra del parque.

La vampira intentó aferrarse al último hilo de su orgullo. Dio un par de pasos hacia atrás, rompiendo la cercanía de sus cuerpos en un intento desesperado por tomar aire y recuperar el control, pero en cuanto se distanció unos centímetros del calor de Aslan, una punzada helada y desgarradora le atravesó el centro del pecho. Su cuerpo se sintió de pronto vacío, acompañado de un dolor sordo y sofocante que la hizo ahogar un gemido.

Arlet conocía muy bien el dolor físico. Recordaba perfectamente la agonía de sus primeros años, cuando ser la hija de una madre humana la hacía frágil e imperfecta, antes de que el ritual de reconocimiento de su padre la dotara del poder y la inmortalidad completa de una vampiresa real. Desde aquella noche sagrada, jamás había vuelto a experimentar el dolor.

Hasta este preciso segundo.

La separación del vínculo en pleno celo del Alfa le quemaba el alma. El dolor era real, punzante y traicionero. Aslan no la dejó sufrir. En un parpadeo sobrenatural, volvió a acortar la distancia, rodeando su cintura con ambos brazos para pegarla contra su torso hirviente. Volvió a besarla con una devoción hambrienta, devolviéndole la calidez al instante y aplacando la agonía de su cuerpo.

—Ven conmigo, por favor —le susurró sobre sus labios, sintiendo cómo ella se estremecía en sus brazos.

Arlet quería negarse, quería recordar que era una vampiresa independiente, una fotógrafa profesional con una vida bajo control en Londres, pero la voz le falló.

—¿A... a dónde? —logró preguntar, atrapada entre el deseo y el pánico de ceder.

—Solo confía en mí —le pidió Aslan, volviendo a besarla de forma suave, sellando una promesa en su piel—. No voy a hacerte daño, mi luna. Jamás te haría daño.

La rendición en los ojos carmesí de Arlet fue evidente. Con un tenue asentimiento de cabeza, aceptó. En el mismísimo instante en que ella cedió, el efecto en Aslan fue inmediato. El salvajismo de sus bestias pareció asentarse al sentirse correspondido; el control regresó a sus ojos azules, aunque el brillo rojo del Alfa seguía latiendo en su mirada. Saber que su compañera estaba dispuesta a ir con él le dio la fuerza necesaria para dominar el frenesí del celo.

Sin soltar la mano helada de Arlet, entrelazando sus dedos con firmeza, Aslan la guio hacia la avenida principal. Con un gesto rápido, le hizo una señal a un taxi que transitaba por la calle.

Abrió la puerta para ella y ambos subieron al asiento trasero. Se dirigían al penthouse privado de la familia de Aslan en la ciudad, el único lugar donde tendrían la absoluta privacidad que la intensidad de esa noche estaba a punto de exigirles.

El trayecto en el taxi fue una tortura silenciosa alimentada por la tensión y el deseo contenido. En cuanto la puerta del penthouse de la familia de Aslan se cerró tras de ellos, el último hilo de paciencia se rompió por completo.

Se devoraron con una hambre salvaje que hacía vibrar el aire a su alrededor. El contraste entre la piel helada de Arlet y el fuego sofocante de Aslan hacía que cada roce fuera eléctrico. Sin interrumpir el beso, el Alfa Real la levantó en brazos sin el menor esfuerzo, tomándola por los muslos para afianzarla a su cadera.

Avanzó a zancadas firmes por el pasillo hasta la primera habitación. Empujó la puerta con el hombro y atravesó la penumbra hasta dejar a la vampira sobre la enorme cama.

El celo del híbrido tomó el control absoluto de sus movimientos. Sus dedos se transformaron en garras afiladas de león y, de un solo movimiento certero y dominante, desgarró la ropa de Arlet, dejándola expuesta ante su mirada rubí. Al mismo tiempo, su musculatura pareció expandirse, haciéndolo lucir aún más imponente y descomunal. Los rasgos de su rostro se acentuaron en una fascinante y salvaje mezcla de lobo y león: colmillos prominentes, ojos carmesí con destellos dorados y una presencia territorial que llenaba cada rincón del dormitorio.

Arlet intentó aferrarse a las sábanas, pero el ardor del vínculo y la ola de calor que emanaba del chico anularon cualquier atisbo de resistencia. Se arqueó sobre el colchón, rindiéndose a la devoción aplastante de su compañero, incapaz de articular otra cosa que no fuera el nombre del híbrido entre gemidos ahogados.

—Aslan... —susurró, sintiendo cómo el aroma a bosque lluvioso y sol africano la embriagaba por completo.

—Eres mía, Arlet —gruñó sobre sus labios antes de atraparlos en un beso devastador.

El híbrido descendió con una lentitud tortuosa por el torso de la vampiresa. Su lengua ardiente trazó un camino de fuego sobre la piel de alabastro de Arlet, deteniéndose a saborear sus pezones de un rosa pálido que se erizaban al instante ante la invasión de su calor. Cada caricia, cada succión hambrienta arrancaba un gemido agudo y ahogado de la boca de la vampiresa, desgastando la última fibra del autocontrol que tanto la caracterizaba.

Arlet terminó de perder el juicio cuando Aslan, impulsado por el frenesí del celo, le tomó las piernas por los muslos y las abrió sin miramientos. La humedad que la vampiresa desprendía, producto del tirón irrenunciable del vínculo, quedó expuesta ante los ojos incansables del Alfa.

Sin dudarlo un solo segundo, como la bestia hambrienta que llevaba dentro, Aslan se hundió entre sus piernas para devorarla con un ahínco salvaje.

Arlet echó la cabeza hacia atrás sobre las almohadas, apretando los puños contra las sábanas mientras veía verdaderos fuegos artificiales estallar detrás de sus párpados cerrados. La lengua del híbrido, hábil y despiadada, torturaba su botón inflamado con pasadas firmes y rítmicas que la hacían arquear la cadera en busca de más. Al mismo tiempo, sus manos grandes, de garras afiladas pero cuidadosas, ascendieron por los costados de su cuerpo hasta tomar sus pechos, moldeándolos y masajeándolos con una posesividad absoluta que la estaba llevando al límite.

—Aslan... por favor... —suplicó ella entre jadeos, sintiendo que una ola de placer devastador estaba a punto de romper dentro de su cuerpo.

El híbrido levantó un segundo la mirada, con los ojos brillando en un rojo encendido y los labios humedecidos por la esencia de su luna, soltando un gruñido bajo que hizo vibrar las piernas de la vampiresa antes de volver a volcarse sobre sus pliegues húmedos con renovada ferocidad.

Aslan no redujo el ritmo ni un solo segundo. Con la precisión y el fervor de un depredador que conoce cada rincón de su presa, continuó torturando ese punto sensible hasta llevarla a un abismo sin retorno.

—Aslan… —gritó su nombre, cuando el clímax devastador la golpeó de lleno, arrancándole un gemido agudo y ahogado mientras una ola de placer violentamente recorría su columna vertebral. Su cuerpo de alabastro se arqueó contra las sábanas, temblando sin control bajo la intensidad del orgasmo que el híbrido le había sacado utilizando solo la lengua.

Sin darle un solo segundo para recuperar la respiración, Aslan se incorporó sobre sus rodillas. Con un movimiento brusco y desesperado, atrapó el cuello de su propia camisa y la rasgó junto con el resto de su ropa, dejándolos caer al suelo. Su cuerpo desnudo era una obra imponente de musculatura tensa, venas marcadas y un calor sofocante. Entre sus muslos, su verga lucía erguida, gruesa y visiblemente más grande de lo habitual, alterada por el poder de su celo.

Los ojos carmesí de Arlet, aún nublados por las secuelas del orgasmo, observaron la masa de músculos que se posicionaba sobre ella.

—Eres mía, Arlet... solo mía —le gruñó el Alfa Real con una voz rasposa que no pertenecía del todo a un hombre.

Antes de que la vampiresa pudiera procesar la invasión, Aslan le tomó la pierna derecha por la corva y la levantó de golpe hacia su pecho. Ajustó la posición de sus caderas y, sin vacilar, se hundió en ella de una sola estocada profunda, clavándose hasta el fondo en su cavidad estrecha y ardiente.

—¡Aslan! —gritó Arlet, uniendo su nombre a un gemido desgarrador que resonó en toda la habitación.

La entrada la dejó sin aire, estirando sus paredes al límite y llenándola por completo. Las manos de Arlet volaron instintivamente a la espalda del híbrido, clavando sus uñas vampíricas en los hombros anchos de Aslan para aferrarse a él, mientras el calor abrazador la envolvía.

El cachorro comenzó a embestirla sin piedad, impulsado por el instinto primario de un animal en celo. Cada estocada era firme, violenta y profunda, haciendo retumbar la gran cama mientras el calor sofocante inundaba la habitación. Arlet apenas podía articular palabra; su voz era una sucesión de gemidos rítmicos que se ahogaban entre los besos posesivos del híbrido.

El ritmo salvaje escaló rápidamente hasta llevarlos a ambos al borde del colapso. Con un último empujón desgarrador, el clímax los alcanzó simultáneamente. Arlet se arqueó hacia arriba, atrapada en un orgasmo feroz, mientras Aslan soltaba un rugido gutural y se derramaba dentro de ella con violencia.

Pero en el instante en que el híbrido alcanzó la cúspide, la biología de su parte lobuna se activó por completo. La base de su miembro comenzó a hincharse rápidamente, expandiéndose hasta que el nudo se formó de golpe, sellándolos a los dos y dejándolos fuertemente unidos.

—¡Aaaah! —gritó Arlet, una mezcla de placer abrumador y un dolor agudo y sofocante rasgándole la garganta.

La sensación de estar completamente llena y atrapada le cortó la respiración. Desconocía esa parte de la naturaleza de los cambiantes y no entendía la presión súbita que estiraba sus paredes internas.

Al sentir el sufrimiento de su compañera, el instinto de Aslan reaccionó de inmediato, su mano aún convertida en una garra se afincó con firmeza en la cadera de la vampira. A través del contacto y del vínculo encendido, el Alfa Real comenzó a absorber el dolor que el nudo le provocaba, canalizándolo hacia su propio cuerpo para aliviarla.

—Aslan... ¿qué es...? ¿Qué me sucede? —preguntó entre lágrimas de frustración y éxtasis, buscando sus ojos con desesperación mientras intentaba tomar aire.

Aslan se inclinó sobre ella, besando con extrema ternura las lágrimas que corrían por sus mejillas sonrojadas, mientras contenía la respiración por la intensidad del agarre.

—Tranquila, mi luna... —le murmuró con voz rasposa, acariciándole el rostro mientras su calor se asentaba dentro de ella— Estás recibiendo mi nudo…