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Intimidad

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Intimidad

—Tranquila, mi luna... —le murmuró con voz rasposa, acariciándole el rostro mientras su calor se asentaba dentro de ella— Estás recibiendo mi nudo.

Arlet dejó escapar un suspiro entrecortado mientras intentaba adaptarse a la abrumadora sensación de llenura que el nudo de Aslan le provocaba. Con el dolor absorbido por el Alfa, la presión interna se transformó en una corriente de calor constante y extrañamente placentera. La vampiresa parpadeó, despejando las lágrimas que aún empañaban sus ojos rojos, y clavó la mirada en las facciones masculinas que la observaban con una devoción casi sagrada; ya no había rastro de sus rasgos animales.

—Es por mi parte animal —explicó el híbrido con la voz rasposa, acariciándole la mejilla con la yema del pulgar mientras la miraba con absoluta ternura— Los lobos anudamos a nuestra pareja durante el celo. Es la forma en que mi bestia se asegura de reclamarte y protegerte.

—Cierto... —dijo Arlet soltando una risita ahogada, recuperando un poco de su altanería habitual a pesar de estar completamente a merced del híbrido— Se me olvidaba que eres una bestia.

Aslan no solo no se ofendió, sino que esa sonrisa de lado, ladina y profundamente descarada, volvió a dibujarse en sus labios, haciendo brillar sus ojos rojos en la penumbra.

—Doble bestia, mi luna. Lobo y león —le aclaró sin la más mínima vergüenza, antes de inclinarse y depositar un beso casto y dulce sobre los labios de la vampira.

—Eres un descarado —murmuró contra su boca, intentando sonar severa, aunque el tono suave la delataba.

—Lo soy —admitió el cachorro, rozando su nariz contra la de ella con cariño—. Pero soy únicamente tuyo.

—Ya veremos eso, cachorro —replicó la vampiresa, alzando una ceja con elegancia refinada—. Ahora dime, ¿cuánto tiempo va a durar esto? Porque déjame decirte que eres demasiado pesado.

—Oye, no soy tan pesado —protestó, soltando una carcajada baja que hizo vibrar su pecho desnudo contra el de ella.

Sin romper la unión del nudo y con una agilidad sorprendente para su tamaño, el híbrido pasó un brazo musculoso por debajo del cuerpo de la vampira. Con un movimiento fluido y cuidadoso, giró sobre el colchón hasta quedar acostado sobre su espalda, trayendo a Arlet consigo para dejarla cómodamente montada sobre su torso.

—Mucho mejor, mi luna —sonrió, rodeándole la cintura con ambos brazos para sostenerla sin esfuerzo—. Así no te aplasto con mi temible peso de bestia.

Arlet acomodó sus manos sobre el pecho ancho de Aslan, sintiendo el latido firme y acelerado de su corazón.

—Para todo tienes una respuesta —dijo, dándole un manotazo juguetón pero firme justo en el centro del pecho.

—No siempre —respondió el Alfa Real de inmediato, atrapando el rostro de la vampiresa para darle un pequeño beso justo en la punta de la nariz.

Arlet apoyó el mentón en sus manos sobre el torso del chico, observándolo con curiosidad. La furia y los celos de la noche se habían disipado, reemplazados por una intimidad cálida y desarmante que ninguno de los dos esperaba encontrar tan pronto.

—A ver, hablemos en serio —pidió la vampira, entornando sus ojos carmesí que poco a poco recuperaban su matiz azul frío habitual—. Explícame bien todo esto del celo y el nudo. ¿Cada cuánto tiempo te conviertes en un peligro biológico? —le preguntó y Aslan soltó otra risa ligera, jugando con un mechón del cabello oscuro de Arlet entre sus dedos.

—El celo ocurre un cuantas veces al año, pero estar cerca de ti lo aceleró por completo. Mi bestias sintieron tus celos en el restaurante y decidieron que era el momento perfecto para reclamarte —explicó sin el menor rastro de vergüenza o timidez—En cuanto al nudo... suele durar entre veinte minutos o hasta una hora. Depende de qué tan obstinada sea mi luna para dejarme ir.

—¿Una hora? —Arlet abrió los ojos con exagerada indignación— ¿Pretendes tenerme atrapada aquí arriba durante una hora entera?

—Si dependiera solo de mí, pretendo tenerte atrapada aquí toda la vida —contestó el híbrido con una sinceridad desarmante, mirándola a los ojos con una intensidad que hizo que el pulso de la vampira volviera a desbocarse.

Arlet ocultó el sonrojo que amenazaba con traicionarla apoyando la frente en el cuello de Aslan, inhalando profundamente su fragancia a bosque lluvioso y sol africano. La vampira y fotógrafa independiente jamás habría imaginado terminar acurrucada sobre el pecho de un terco e irresistible híbrido de diecinueve años, pero mientras sentía el calor de Aslan rodeándola, tuvo que admitir para sus adentros que no había ningún otro lugar en el mundo donde prefiriera estar.

—Así que unas veces al año, ¿eh? —murmuró Arlet, trazando con la yema del dedo el contorno del tatuaje que Aslan llevaba en la clavícula.

Por primera vez desde que ese torbellino con aroma a bosque y sol irrumpiera en su vida, la vampiresa sintió una curiosidad genuina, casi urgente, por descubrir todo lo que se escondía detrás de la fachada de Alfa Real audaz y descarado. Había pasado meses levantando muros, escudándose en su raza, su trabajo como fotógrafa, pero esa noche la vulnerabilidad de la entrega mutua lo había cambiado todo.

Aslan se estremeció levemente ante el toque suave de sus dedos. Sus ojos aun rojos brillaron con un deleite puro; ver a su refinada y distante vampiresa interesada en su mundo era el mayor premio que sus bestias podían recibir.

—Pregunta lo que quieras, mi luna. Soy un libro abierto para ti —respondió, acomodándole un mechón de cabello detrás de la oreja con infinita ternura.

—Cuéntame de ti, Aslan. Pero no de tu legado ni de tu raza de Alfas —pidió, apoyando la barbilla sobre su pecho y clavando sus ojos en los de él—. Quiero saber de ti. De lo que haces cuando no estás persiguiéndome por todo Londres o metiéndote en problemas.

Aslan dejó escapar una sonrisa cálida, dejando que su mano descansara en la curva de la cintura de ella.

—Bueno... además de ser el dolor de cabeza favorito de una fotógrafa muy elegante, soy un estudiante de diecinueve años al que le cuesta un mundo concentrarse en las clases teóricas —admitió con una risita suave—. Estudio negocios internacionales en Londres, aunque si te soy sincero, prefiero mil veces estar al aire libre. Me gusta la velocidad, correr por los bosques sobre todo cuando llueve y, aunque no lo parezca, me apasiona la música.

—¿Música? —Arlet alzó una ceja, genuinamente sorprendida— No te imagino tocando el piano, cachorro.

—Toco la guitarra —corrigió con un guiño divertido—. Y no lo hago nada mal. Quizá un día de estos te dedique una canción para terminar de ablandar ese corazón de hielo que tienes.

—Sigue soñando —sonrió, aunque la calidez en sus ojos traicionaba sus palabras—. ¿Y tú parte africana? El aroma a sol... jamás lo había sentido en ningún otro cambiante.

Las facciones de Aslan se volvieron más profundas, impregnadas de un orgullo sereno.

—Viene de mi madre, de la sabana, de la sangre de león que corre por mis venas. Es el calor del mediodía en la estepa, la fuerza del orgullo de la manada. Mi lobo me da el instinto y la lealtad, pero mi león... mi león es el que me hace ser tan territorial y protector contigo. Es un equilibrio extraño, pero cuando te vi por primera vez aquella noche lluviosa en Londres, ambas bestias se pusieron de acuerdo al instante: eras tú. Sin dudas.

Arlet escuchó en silencio, absorbiendo cada palabra, cada matiz de su voz grave. La honestidad del híbrido la desarmó por completo, derritiendo las últimas reservas que le quedaban.

—A veces me asustas, sabes —confesó la princesa en un susurro casi imperceptible, bajando la mirada hacia las manos de él entrelazadas con las suyas.

—¿Te asusto? —preguntó Aslan, extrañado, buscando su rostro.

—Me asusta lo fácil que haces que me olvide de todo mi control —admitió ella, rozando con sus labios la piel tibia de su cuello—. Lo fácil que es querer quedarme aquí, atrapada a ti.

Aslan apretó el agarre en sus caderas, sintiendo cómo el nudo entre ambos comenzaba a ceder lentamente, pero sin ninguna prisa por separarse.

—No tienes que asustarte, Arlet —murmuró el Alfa Real, besando con devoción la coronilla de la vampira— Yo sostendré el mundo por los dos todas las veces que haga falta.

—Solo eres un cachorro —insistió, trazando una línea perezosa sobre la clavícula del híbrido, intentando aferrarse a la coraza de vampira madura.

Aslan dejó escapar una risita baja que vibró profundo en su pecho.

—Eso no importa, Arlet. En mi mundo la edad no significa nada cuando el destino decide —respondió el Alfa Real con total aplomo, buscando sus ojos con una mirada dorada y ardiente— Lo único importante es el lazo. Tú lo sabes tan bien como yo; deberías entenderlo.

—Entenderlo no quiere decir que lo acepte, cachorro. —declaró Arlet alzando la barbilla con esa elegancia aristocrática que le salía de forma natural, aunque la cercanía de sus cuerpos desnudos le quitara bastante dramatismo al gesto.

—Eres sumamente terca, mi luna —declaró Aslan con una seguridad aplastante, sin un solo rastro de duda en la sonrisa descarada que se le dibujó en los labios—. Pero me voy a encargar personalmente de enseñarte a aceptarlo.

Antes de que ella pudiera soltar una protesta mordaz, el nudo terminó de ceder por completo. Aprovechando la fluidez del movimiento, Aslan giró sobre el colchón con una agilidad impresionante para su tamaño, invirtiendo los papeles en un segundo hasta dejar a la vampira de nuevo debajo de él, atrapada suavemente por su cuerpo musculoso y hirviente.

—No seas un presumido —protestó, con las manos apoyadas en los hombros anchos de su cachorro, sintiendo cómo el calor del celo volvía a encender el aire entre los dos.

—No soy presumido, soy realista —murmuró, inclinándose hasta que sus labios rozaron los de Arlet con una posesividad absoluta—. Después de estos días que vas a pasar conmigo, te juro que te haré cambiar de opinión.

Sin darle tiempo a replicar, el híbrido la capturó en un beso profundo, hambriento y lleno de una promesa salvaje que dejó a la vampira sin aliento y sin ganas de seguir peleando contra lo inevitable.

El calor del celo, lejos de extinguirse, resurgió con una fuerza arrolladora. La brevedad del descanso solo había servido para avivar las llamas de unas bestias que apenas estaba empezando a reclamar lo suyo.

Aslan no rompió el contacto visual mientras deslizaba una de sus manos por la cadera de Arlet, descendiendo por el muslo de la vampira hasta obligarla a flexionar la pierna y enroscarla alrededor de su cintura. La piel de alabastro de ella contrastaba brutalmente con el tono dorado y el calor volcánico del híbrido.

—Aún no hemos terminado, mi luna —le susurró con una voz tan grave y áspera que pareció vibrar directamente en el vientre de Arlet.

—Pensé que las bestias ya se habían satisfecho —provocó con la voz agitada, aunque el brillo encendido de sus ojos carmesí traicionaba por completo su intento de resistencia.

—Mis bestias apenas están despertando —sonrió él de lado, mostrando los colmillos parcialmente extendidos antes de volver a sepultar la boca en el cuello de la vampiresa.

Esta vez, la embestida no tuvo espacio para rodeos. Aslan alineó sus caderas y se acomodó entre sus piernas húmedas, volviendo a hundirse en ella de una sola estocada profunda que arrancó un gemido agudo del pecho de Arlet.

La vampira echó la cabeza hacia atrás sobre las almohadas, clavando las uñas en los músculos tensos de la espalda de su hibrido mientras el dolor de la penetración súbita se disolvía al instante en un mar de placer devorador.

El ritmo que impuso el Alfa Real fue implacable. Cada movimiento era calculado, posesivo y dominado por la necesidad biológica del celo. Las manos de Aslan cuyas garras asomaban ligeramente marcando la piel de ella sin llegar a cortarla, tomaron las muñecas de Arlet y las fijaron por encima de su cabeza contra el colchón, dejándola completamente expuesta a la ferocidad de sus embestidas.

—Mírame, Arlet —le ordenó el híbrido entre jadeos calientes, acelerando el paso hasta hacer retumbar la estructura de la cama.

La vampira abrió los ojos, atrapada en la intensidad de las pupilas de Aslan, que seguían mostrando el rojo Rubí de su Alfa Real, la unión perfecta entre su lado humano y su lado animal. El choque entre la naturaleza helada de ella y el fuego sofocante del hibrido provocaba un contraste eléctrico que los estaba llevando al límite a ambos.

Arlet comenzó a arquear la cadera al encuentro de cada golpe, buscando profundizar la unión mientras sus gemidos se volvían más erráticos y desesperados. El aroma a bosque lluvioso y sol africano impregnaba cada rincón de la habitación, la sofocaban de la manera más adictiva posible.

—Aslan... más rápido... —suplicó, perdiendo el poco filtro de autocontrol que le quedaba, rendida por completo al poder del celo de su compañero.

El Alfa gruñó contra su boca, complaciendo la petición con una ráfaga de estocadas salvajes y precisas que buscaron el punto exacto de la vampira. El aire entre ellos se volvió denso, sofocante, marcando el preludio de un segundo clímax que prometía ser aún más devastador que el primero…