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La marca

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

La marca

Arlet terminó de ajustar su teléfono tras cortar la llamada, sosteniendo el aparato entre sus dedos fríos. Llevaba puesta únicamente una bata de baño de seda blanca que contrastaba violentamente con su pálida piel de alabastro.

Detrás de ella, la puerta del baño se abrió, dejando escapar una densa nube de vapor. Aslan emergió aún mojado, con las gotas de agua resbalando por los marcados relieves de su torso. Sus rasgos que hacían unos momentos eran humanos volvieron a mostrar sus partes animales: las facciones de su rostro aún lucían acentuadas por una fascinante mezcla entre la ferocidad de un lobo y la majestuosidad de un león, con pupilas rasgadas que deslumbraban en carmesí.

Sin hacer el menor ruido, el híbrido cruzó la habitación a pasos lentos pero decididos. Se posicionó justo detrás de Arlet y la tomó firmemente de la cintura, pegando la espalda helada de la vampiresa contra su pecho hirviente. Inclinó la cabeza para hundir el rostro en el hueco de su hombro, besando con voracidad la curva de su cuello mientras inhalaba profundamente. La intensidad de su aroma una combinación embriagadora de violetas y nieve recién caída, golpeó los sentidos del Alfa Real de lleno, arrancándole un gruñido suave y rasposo que vibró contra la piel de ella.

Las manos de Aslan, parcialmente convertidas en garras de depredador, bajaron con lentitud hasta la cintura de Arlet y comenzaron a desabrochar el lazo de la bata.

—¿De nuevo? —preguntó Arlet, conteniendo el aliento al sentir la firme y ardiente erección de su cachorro presionando contra su cadera.

El Alfa Real no se molestó en responder con palabras. Con un movimiento rápido y posesivo, la giró entre sus brazos y tomó sus labios en un beso hambriento, dominante y cargado con el fuego intacto de su celo.

Sin romper el contacto de sus bocas, sus garras se engancharon en la seda blanca y, con una fuerza desmedida y salvaje, desgarraron la bata en dos, dejándola caer hecha jirones al suelo. Desnuda por completo ante su mirada incandescente, Arlet apenas tuvo tiempo de tomar aire antes de que Aslan la levantara en brazos y la llevara de regreso a la enorme cama.

La depositó en el centro de la cama con una delicadeza posesiva que contrastaba de forma brutal con la ferocidad de su presencia. La vampiresa se hundió en las almohadas, intentando tomar aire mientras los ojos carmesí del híbrido la devoraban de arriba abajo.

La piel de Arlet, helada como el mármol, parecía encenderse a medida que Aslan comenzaba a descender sobre ella. Sus labios ardientes no dejaron un solo centímetro sin reclamar: besó la curva suave de su mandíbula, bajó por la delicada línea de su cuello y se detuvo a succionar cada uno de sus pezones, erizados y febriles. La vampira arqueó la espalda, soltando un gemido agudo al sentir la textura tibia de su lengua recorriendo la parte baja de sus pechos, su abdomen plano y los costados de sus caderas.

A medida que el instinto del Alfa Real tomaba el control absoluto, la transformación de Aslan se volvió más prominente. Un vello denso, áspero y de un tono dorado oscuro comenzó a brotar a lo largo de su columna y a extenderse por sus hombros anchos. Su musculatura se hinchó, volviéndose más descomunal, mientras su lengua experimentaba la alteración propia de su naturaleza león-lobo, volviéndose ligeramente más ancha, caliente y rugosa, diseñada para marcar y dominar.

Las grandes manos de Aslan sujetaron con firmeza los muslos de Arlet, separándole las piernas de par en par. La humedad de la vampira, concentrada y brillante, quedó totalmente al descubierto ante la mirada sedienta del híbrido. La mezcla del aroma a violetas y nieve con el perfume picante de su excitación hizo que las bestias dentro de Aslan soltaran un gruñido gutural que retumbó en las paredes del dormitorio.

Sin vacilar un solo segundo, el Alfa Real hundió la cara entre los pliegues de su luna.

—Aslan... —ahogó Arlet en un grito, clavando las uñas en la colcha de seda mientras el primer contacto de esa lengua ancha y caliente raspaba su centro sensible.

El trabajo del híbrido fue implacable, meticuloso y voraz. Usó la superficie de su lengua para aplanar y masajear la zona húmeda de Arlet, antes de concentrar pasadas firmes y ascendentes sobre su botón inflamado. La textura de su lengua, alterada por la presencia de sus bestias, enviaba una ráfaga de descargas eléctricas que recorrían toda la columna de la vampira.

Arlet comenzó a perder el conocimiento de su propio entorno bajo la tortura placentera de su compañero. La cabeza le daba vueltas; detrás de sus párpados cerrados estallaban verdaderas constelaciones de luz cada vez que Aslan la succionaba con fuerza, combinando el movimiento de su boca con el ritmo lento de sus garras acariciando la parte interna de sus muslos.

—Ah... ¡dios, Aslan! —jadeó, moviendo las caderas desesperadamente hacia arriba, buscando aplacar la picazón ardiente que la estaba consumiendo por dentro.

El Alfa Real respondió incrementando la velocidad. Abría la boca para tragarla por completo, lamiendo desde el perineo hasta el clítoris en pasadas fluidas, profundas y despiadadas. Saboreaba la esencia de su vampira con una devoción hambrienta, disfrutando del sonido de los gemidos desgarrados que se le escapaban a Arlet y del temblor incontrolable que comenzaba a apoderarse de sus piernas.

La intensidad del placer superó cualquier límite que la fotógrafa hubiera experimentado jamás. El choque entre la boca de la bestia y su carne vulnerable la empujó directo al abismo. Arlet se convulsionó sobre el colchón, lanzando un gemido agudo que llenó la habitación mientras un orgasmo devastador y eléctrico la hacía temblar de pies a cabeza, dejándola viendo estrellas en la penumbra mientras Aslan continuaba bebiéndose cada una de sus gotas sin soltarla.

Con una lentitud calculada y una devoción casi religiosa, el híbrido comenzó a ascender por el cuerpo de su luna. Cada centímetro de piel de alabastro recibió el sello de sus labios calientes: besó la parte interna de sus muslos que aún temblaban, ascendió por el vientre plano que se elevaba a toda prisa buscando aire, y se detuvo en el espacio entre sus pechos para inhalar con fuerza esa fragancia irresistible a violetas y nieve recién caída.

Arlet mantenía los ojos entreabiertos, anegados en un tono carmesí brillante que delataba la pérdida absoluta de su autocontrol vampírico. Sentía el cuerpo pesado, flotando en las secuelas de un placer tan intenso que sus defensas habían quedado totalmente pulverizadas. Sin embargo, al sentir la masa de músculos hirvientes de Aslan posicionándose de nuevo sobre ella, un escalofrío renovado le recorrió la columna vertebral.

El vello denso que cubría los hombros y la espalda del su compañero resplandecía bajo la escasa luz del dormitorio, mientras las facciones hibridadas de lobo y león le conferían una majestad salvaje e indomable.

—Aslan... —logró susurrar, con la voz desgastada y un hilo de respiración agitada escapando entre sus labios.

El Alfa Real no respondió con palabras. Clavó sus iris incandescente carmesí en los de ella y, sin darle la menor oportunidad de recuperarse de las oleadas del orgasmo recién pasado, alineó sus caderas y la embistió con una fuerza descomunal, clavándose de un solo impulso hasta el fondo de su cavidad ardiente.

—¡Aaaah! —gritó la vampiresa, arqueando la espalda de forma dramática sobre el colchón.

El impacto de la estocada profunda retumbó en cada rincón de la habitación. La entrada directa e implacable estiró sus paredes al límite, despertando una descarga de éxtasis tan violenta que el grito de placer de Arlet se transformó en un eco ahogado contra el hombro del chico. Las uñas de la vampira, afiladas por la excitación, se clavaron con fuerza en la espalda de Aslan, raspando la piel dorada mientras intentaba aferrarse a algo tangible en medio de semejante tormenta sensorial.

El Alfa Real comenzó a embestirla con una firmeza implacable. No había vacilación en sus movimientos; cada golpe de cadera era certero, pesado y territorial, impulsado por el celo que ardía en sus venas. El contraste entre la piel helada de Arlet y el calor sofocante del híbrido provocaba una fricción ardiente que envolvía el ambiente en un aroma denso a bosque lluvioso y sol africano.

El ritmo salvaje no tardó en surtir efecto. Arlet, incapaz de articular un solo pensamiento lógico sobre su condición de vampira nacida e independiente, comenzó a mover la cadera en sintonía con cada estocada de su compañero. El rozamiento continuo contra su centro sensible encendió una segunda chispa devastadora.

—¡No... Aslan, no puedo...! —jadeó, sintiendo que las paredes de su cuerpo se apretaban salvajemente alrededor de la verga del Alfa.

—Sí puedes, mi luna. Entrégate a mí —gruñó sobre su oído, acelerando la marcha con una ráfaga de embestidas profundas.

La tensión acumulada estalló de golpe. Un segundo orgasmo golpeó a Arlet con una violencia brutal, haciendo que su cuerpo se convulsionara en espasmos incontrolables mientras un grito agudo de puro deleite se le escapaba del pecho. Sus paredes apretaron a Aslan con una fuerza desesperada, rindiéndose por completo ante la bestia que la dominaba.

—Aslan… —gimió sin aliento envuelta en una nube de placer absoluto.

El Alfa Real aún no estaba satisfecho. Su celo exigía una entrega total, un reclamo definitivo que trascendiera la carne, antes de que Arlet pudiera desplomarse sobre las sábanas para descansar, Aslan pasó sus grandes brazos por debajo de sus muslos. Con un movimiento rápido, fluido y cargado de una potencia física descomunal, el híbrido giró sobre la cama hasta quedar sentado, manteniendo la unión intacta y acomodando a su luna montada directamente sobre su verga.

Arlet soltó un jadeo sorpresivo cuando la gravedad la hizo caer con todo su peso sobre el miembro de Aslan, volviendo a llenarla por completo.

—Muévete para mí, Arlet —le ordenó el Alfa con voz ronca y gutural, tomándola por las caderas para marcarle un ritmo lento, pero tortuosamente profundo.

La vampira, cegada por el placer, el instinto primario de su especie y la fuerza aplastante del vínculo como compañeros, obedeció. Ahorcajadas sobre el torso musculoso del chico, comenzó a elevarse y dejarse caer sobre él a su antojo, guiada por el éxtasis que consumía a ambos. La visión de Arlet con el cabello oscuro cayéndole por la espalda desnuda, los pechos elevándose al ritmo de su respiración agitada y los ojos carmesí fijos en su compañero llevó a las bestias de Aslan al límite absoluto.

El calor en el vientre del híbrido alcanzó el punto de ebullición. Sintió cómo la semilla de su celo estaba a segundos de liberarse, amenazando con formar el nudo nuevamente. En ese instante supremo, donde la barrera de la razón se desintegró por completo, Arlet echo la cabeza hacia atrás en medio de un gemido largo y rasposo. Movida por un instinto ancestral e irrenunciable de entrega, expuso por completo la curva blanca y vulnerable de su cuello.

Era la invitación implícita que el destino y la biología del Alfa habían estado esperando.

Aslan no dudó. Un rugido grave y dominante se desprendió de su pecho, haciendo temblar el aire del dormitorio. Las manos convertidas en garras del híbrido se afincaron en la cadera de la vampiresa con una posesividad absoluta, fijándola contra su cuerpo mientras inclinaba la cabeza con ferocidad.

Abrió la boca, dejando al descubierto sus colmillos alargados y afilados, y los clavó sin piedad en la piel suave del blanco cuello de Arlet, justo sobre el punto donde convergían sus latidos.

—¡Aslan! —el grito de Arlet fue una mezcla desgarradora de dolor agudo y un placer tan celestial que le cortó el aliento.

La mordida del Alfa Real atravesó la piel, sellando la unión espiritual y física de ambos. En el momento exacto en que los colmillos de Aslan se hundieron en su carne, una descarga de energía azul los envolvió, ligando sus almas, su sangre y su inmortalidad para toda la eternidad.

Al mismo tiempo que la marcaba, el clímax de Aslan estalló con una potencia devastadora. El nudo comenzó a formarse de nuevo en la base de su miembro, hinchándose y sellándolos de golpe mientras se derramaba dentro de ella con una fuerza hirviente. Arlet apretó los brazos alrededor del cuello del híbrido, sintiendo cómo el dolor de la mordida se transformaba al instante en una marea de calor reconfortante, mientras la marca se grababa a fuego en su piel.

Aslan no soltó el agarre de sus dientes hasta que el último espasmo del clímax se asentó. Luego, lamió con extrema ternura la herida en el cuello de su luna, limpiando el rastro de sangre mientras la estrechaba contra su pecho ardiente, unidos para siempre por el lazo irrompible del destino…