Salvaje
El primer rayo de luz matutina se filtró suavemente a través de las cortinas del penthouse, iluminando la enorme cama donde el silencio de la mañana había reemplazado al torbellino de la noche anterior.
Arlet abrió los ojos lentamente. Su visión vampírica se adaptó al instante a la penumbra dorada de la habitación. Lo primero que sintió fue el calor reconfortante que envolvía su cuerpo desnudo y el peso firme de un brazo musculoso rodeando su cintura. Se giró con cuidado para no despertarlo y se quedó observando a Aslan en silencio.
Sin los rasgos salvajes de sus bestias ni la mirada incandescente del celo, el rostro del híbrido lucía pacífico, casi sereno. Las gotas de sudor y el vello espeso de la noche habían desaparecido, dejando al descubierto sus facciones juveniles, pero fuertemente marcadas: la línea firme de la mandíbula, sus pestañas oscuras descansando sobre las mejillas y el cabello castaño revuelto contra la almohada. Arlet no pudo evitar admitir en sus adentros que era innegablemente bello, un espécimen perfecto, aunque la sombra de sus diecinueve años seguía recordándole lo joven que era ¿Por qué le habia tocado un compañero tan joven? Se preguntó sin dejar de verlo.
Mientras la princesa continuaba perdida en sus pensamientos, Aslan se removió ligeramente sobre las sábanas. Sin abrir del todo los ojos, impulsado por el instinto puro del vínculo recién sellado, el Alfa Real buscó a su compañera en la penumbra. Se inclinó instintivamente y pegó sus labios tibios al costado del cuello de Arlet, justo sobre el punto donde la piel aún estaba sensible.
En cuanto la boca de Aslan rozó la pequeña herida, una corriente cálida, eléctrica y abrasadora recorrió cada rincón del cuerpo de la vampiresa.
El impacto del contacto hizo que la mente de Arlet se iluminara de golpe con una cascada de imágenes de la madrugada anterior: la ferocidad del celo, la intensidad del segundo orgasmo sobre el torso del chico y, por encima de todo, la visión nítida de Aslan abriendo la boca, con los ojos brillando como un Rubí, antes de clavar sus colmillos en su piel para reclamarla antes de que la intensidad de a marca la hiciera desmayarse en sus brazos.
La realidad de la marca cayó sobre ella como un balde de agua helada.
—Aslan... —dijo Arlet, su voz recuperando de inmediato ese tono severo mientras le daba un empujón firme en el pecho para despertarlo por completo.
Aslan entreabrió los ojos despacio, parpadeando contra la luz tenue de la mañana. Los iris azules del chico, limpios de la ferocidad de la noche anterior, se fijaron en ella con una pereza encantadora. Sonrió de lado, esa sonrisa descarada y juvenil que le salía tan natural, sin soltarle la cintura.
—Buenos días para ti también, mi luna —murmuró con la voz ronca por el sueño, intentando volver a inclinar la cabeza para besarle la mejilla.
Arlet no se dejó engatusar. Apoyó ambas manos en el pecho del híbrido y lo empujó con la fuerza suficiente para hacer que el chico rodara unos centímetros sobre el colchón.
—¡Aslan! —espetó la vampiresa, sentándose de golpe en la cama y cubriéndose el pecho con la sábana—. ¿Qué fue lo que hiciste?
El Alfa Real se acomodó sobre el codo, observando la indignación de su compañera con una calma desarmante. La sonrisa coqueta en sus labios solo se profundizó.
—Te marqué —respondió con total frescura, pasándose una mano por la cabeza—. Te marqué como mi luna. Para toda la eternidad, por si tenías alguna duda.
La respuesta encendió el orgullo y la furia de Arlet en un segundo. Sus ojos azules fríos chispearon con un matiz carmesí mientras salía de la cama de un salto, envolviéndose en las sábanas como si fueran una túnica de alta cuna y comenzando a caminar de un lado a otro por el amplio dormitorio de parque de madera.
—¡Eres un salvaje! —exclamó, señalándolo con un dedo acusador mientras intentaba procesar el calor constante que emanaba de la pequeña marca en su cuello—. ¿Por qué demonios hiciste algo así sin mi permiso? ¡No tenías ningún derecho! ¡Eres un animal!
Aslan soltó una risita suave, sin inmutarse lo más mínimo por el despliegue de furia de su luna. Se cruzó de brazos sobre el colchón desnudo, disfrutando del espectáculo que daba su vampira enojada.
—Técnicamente, mi luna, soy dos animales —corrigió con un guiño divertido, jugando con la respuesta que le había dado la noche anterior—. Lobo y león. Ya deberías habértelo aprendido a estas alturas.
—¡No estoy para tus bromas de cachorro! —apretó los puños, deteniéndose al pie de la cama y encarándolo con la barbilla en alto— Te estoy hablando completamente en serio, Aslan. Esto no es un juego de niños. Me marcaste mientras estabas fuera de control por el celo, sin darme la oportunidad de decidir.
El chico cambió ligeramente de postura, sentándose en la orilla del colchón. Su actitud seguía siendo relajada, impregnada de una confianza absoluta que chocaba brutalmente con el enojo de Arlet, pero la mirada roja que brilló en sus ojos azules dejó claro que tampoco estaba jugando.
—Y yo también te hablo muy en serio, Arlet —dijo con voz suave pero firme, manteniendo la calma intacta—. En primer lugar, tú fuiste la que me expuso el cuello. Tu cuerpo y tu instinto me estaban pidiendo a gritos que lo hiciera, por más que tu cabeza obstinada intente negarlo ahora.
—¡Estaba cegada por el placer, no cuenta! —protestó, sintiendo cómo un sonrojo traicionero intentaba asomar a sus mejillas.
—Cuenta cada segundo —sonrió el Alfa, poniéndose de pie con parsimonia, luciendo su imponente figura desnuda sin el menor rastro de vergüenza— Y en segundo lugar, no hice nada malo. El lazo existe desde que nacimos, yo nací para ti y tu para mi, solo que tarde un poquito en llegar. —le regaló un guiño acercándose a ella— Ademas desde el primer día que nos vimos en Londres esta activo. Mi marca solo hizo oficial lo que tu corazón helado ya sabía.
—¡Mi corazón no sabe nada de esto! —dijo Arlet, dando un paso atrás cuando vio que el chico comenzaba a acortar la distancia entre ambos—. Soy una vampira de estirpe pura, una mujer independiente con una vida organizada. No puedo andar por el mundo con la marca de un Alfa de diecinueve años grabado en la piel como si fuera de tu propiedad.
—No eres de mi propiedad, eres mi compañera —corrigió Aslan detenerse a un paso de ella, mirándola desde su estatura con devoción y burla a partes iguales—. Y si tanto te molesta el contraste entre tu estirpe refinada y mi juventud de cachorro... ¿por qué tu pulso se acelera cada vez que me acerco a esa marca?
Arlet intentó sostenerle la mirada con severidad, pero la presencia abrumadora del híbrido y la calidez que se disparó desde su cuello al tenerlo tan cerca volvieron a traicionar sus defensas.
—Eres insoportable —murmuró la vampiresa entre dientes, apretando la sábana contra su cuerpo.
—Soy tu Alfa y soy insoportable —concluyó Aslan con una sonrisa triunfal, inclinándose despacio para depositar un beso suave sobre la marca recién hecha, haciendo que Arlet ahogara un pequeño jadeo de rendición.
El contacto de los labios de Aslan sobre la marca recién hecha fue el detonante definitivo. La corriente de calor que se disparó desde el cuello de Arlet recorrió su espina dorsal como una descarga eléctrica, pulverizando en un milisegundo toda la furia y las protestas que le quedaban.
Arlet no pudo controlarse más. Soltó la sábana que la cubría, dejándola caer al suelo de madera, y enredó los dedos en el cuello del híbrido, sus bocas se encontraron en un beso apasionado, hambriento y posesivo, donde el orgullo de la vampira y la devoción del Alfa Real se fusionaron en un solo compás sin frenos.
Aslan soltó un gruñido bajo contra sus labios al sentir la rendición absoluta de su luna. Sin romper el beso, la tomó por los muslos como si no pesara nada en absoluto y la alzó en el aire. Con tres zancadas firmes, la llevó hacia la pared más cercana del dormitorio y la empotró contra la superficie lisa, manteniéndola suspendida con la sola potencia de sus brazos musculosos.
La princesa de los Vampiros abrió las piernas instintivamente y las enredó alrededor de la cintura de Aslan, arqueando la espalda mientras sus ojos brillaban en un tono carmesí encendido. El híbrido no dio espacio para titubeos. Alineó sus caderas y se clavó en ella de una sola estocada profunda, implacable y hasta el fondo.
—Aslan… —gritó Arlet, un gemido desgarrador de puro placer que resonó por toda la habitación.
La penetración súbita e íntegra le cortó la respiración, llenándola por completo y haciendo que sus paredes internas se apretaran desesperadamente alrededor de la verga de Aslan, quien afianzó el agarre en sus nalgas y comenzó a embestirla con una fuerza descomunal contra la pared. Cada golpe de cadera era rotundo, firme y rítmico, haciendo temblar a la vampiresa y arrancándole una sucesión ininterrumpida de gemidos agudos y ahogados.
—Aslan... ¡Dios! —jadeo, clavando las uñas en los hombros anchos del Alfa Real, mientras el contraste de la pared fría en su espalda y el calor hirviente de su compañero la llevaban al borde del colapso.
—Dime de quién eres, mi luna... —le ordenó el híbrido con la voz rasposa, sepultando el rostro en su cuello para lamer y morder suavemente la marca de apareamiento mientras aceleraba el ritmo con embestidas salvajes.
—No… —se resistió sin aliente.
—Eres mía Arlet... mi luna, mi compañera… —dilo… —exigió lamiendo de nuevo su marca.
—Soy… soy tuya… —confesó Arlet sin ningún filtro, rindiéndose por completo a la tormenta sensorial que el lazo y el instinto provocaban en su cuerpo, aunque después lo negaría.
El ritmo implacable del chico la empujó directo al abismo en cuestión de segundos. La fricción ardiente contra su centro sensible desató una descarga cálida devastadora. Arlet se convulsionó contra la pared, apretando las piernas con fuerza extrema alrededor de la cintura de Aslan mientras un orgasmo violento e incontrolable la hacía ver estrellas de nuevo, dejando escapar un último grito de deleite que se ahogó en la boca descarada de su Alfa Real, quien la despegó del muro sin la menor intención de darle tregua. La llevó en brazos hasta la cama y la arrojó sobre el gran colchón.
Antes de que la vampira pudiera reaccionar o erguirse, el híbrido la tomó por las caderas en un movimiento rápido, haciéndola girar sobre las sábanas para dejarla boca abajo. No la mantuvo en esa posición por mucho tiempo: con la fuerza bruta e indomable de sus bestias, Aslan le sujetó los muslos, obligándola a ponerse en cuatro sobre la cama mientras se posicionaba justo detrás de ella, actuando como el animal en celo que las mareas de su biología le exigían ser.
Sin perder un solo segundo, el Alfa Real la embistió de nuevo desde atrás con una fiereza implacable.
—Aslan… —ahogó Arlet contra una de las almohadas, sintiendo cómo esa estocada profunda la estiraba de nuevo y encendía el fuego de su vientre a niveles insoportables.
Las embestidas eran pesadas, veloces y posesivas, haciendo retumbar la estructura de la cama. Arlet arqueó la espalda de forma dramática, completamente sometida al ritmo feroz de su cachorro. Solo unos minutos después, cuando las olas de un nuevo clímax amenazaban con destruirla por completo, una de las manos de Aslan, convertida en una garra poderosa pero precisa, descendió por debajo de su vientre hasta alcanzar su botón inflamado.
Con la destreza de un cazador, sus dedos comenzaron a frotar y torturar su botón sensible al mismo tiempo que la penetraba hasta el fondo, acelerando el paso hasta arrancarle otro orgasmo violento. Arlet soltó un grito agudo que se perdió en la penumbra, convulsionándose en espasmos incontrolables mientras sus paredes aprisionaban salvajemente al híbrido.
Sabiendo que él también estaba a punto de alcanzar el límite y derramarse dentro de ella, afianzó una garra en las caderas de la vampiresa y con la otra tomó su cabello, con un jalón firme pero cuidadoso, la obligó a arquearse aún más hacia atrás, pegando la espalda de Arlet contra su torso. Inclinó la cabeza con voracidad y volvió a clavar sus colmillos exactamente sobre la marca que le había hecho horas atrás, reabriendo el canal del lazo y sellando la energía de ambos en el momento cúspide.
—Aslan… —gritó Arlet, tocando el cielo una vez más.
La combinación del dolor placentero de la mordida, la presión incesante en su centro y la invasión ardiente de Aslan derramándose dentro de ella mientras el nudo amenazaba con hincharse de nuevo, la hizo perder la noción del tiempo y del espacio, fundiendo sus almas en una marea de placer absoluto que resonó en cada rincón del penthouse, antes que de nuevo todo se volviera negro para la Princesa de los Vampiros…