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Tatuaje

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Tatuaje

El cuerpo de Arlet, aunque fuerte y resistente por su condición de vampira de estirpe pura, no estaba acostumbrado al choque biológico y energético de la mordida de un Alfa Real. Un velo de cansancio absoluto cayó sobre sus ojos, despues de perder el conocimiento una vez más en los brazos de su compañero.

Cuando finalmente despertó, la luz del sol entraba de lleno por los ventanales del penthouse. Arlet parpadeó desorientada, estirando la mano hacia el lado contiguo de la gran cama, pero solo encontró las sábanas frías. Estaba sola.

Se incorporó despacio, sintiendo un latido cálido e inequívoco en el costado de su cuello. Se envolvió en la sabana saliendo de la cama y caminó con pasos cautelosos hacia el baño, que estaba en silencio. Sin embargo, podía percibir la presencia de Aslan cerca, parecía que estaba en la cocina, el aroma a comida, aunque suave toco su nariz.

Se miró al espejo y no pudo evitar notar la marca, una muy diferente a la de los vampiros, algunas vez imagino que al igual que su madre ella mostraría una marca igual, pero de nuevo se equivocó ahora lucia una marca de una bestia hibrida, la toco y la sensación cálida de nuevo recorrió su cuerpo. Tomó un baño rápido antes de que Aslan apareciera, cuando terminó regresó a la habitación preguntándose qué se suponía que debía hacer ahora. La marca ya era un hecho inevitable, grabado a fuego en su piel y en su existencia inalterable.

Mientras intentaba poner en orden sus pensamientos, el sonido vibrante de su celular interrumpió el silencio. El aparato descansaba sobre el tocador, pulcramente colocado. Arlet sospechó de inmediato que el híbrido lo había dejado allí antes de salir. Sin darle demasiadas vueltas, se acercó, lo tomó y vio el nombre iluminado en la pantalla: Oriana. Deslizó el dedo para contestar y se llevó el teléfono a la oreja.

—¡Por fin respondes! —exclamó la voz de su mejor amiga desde el otro lado de la línea— Llevo horas intentando localizarte. ¿Cómo estás? ¿Cuándo piensas regresar a Londres? Tienes pendiente la sesión fotográfica de la próxima semana y...

—Oriana —la interrumpió Arlet con la voz baja, casi en un susurro grave que detuvo el parloteo de la vampiresa.

—¿Qué pasa? Te escuchas extraña. ¿Ocurrió algo con el cachorro?

Arlet cerró los ojos, pasando los dedos con delicadeza por la marca de su cuello, sintiendo la firmeza del lazo irrompible.

—Aslan me marcó.

Un silencio sepulcral dominó la línea durante un segundo eterno, antes de que el grito ensordecedor de Oriana retumbara a través del altavoz.

—¡¿Qué hizo qué?! ¡Arlet, dime que es una broma! —exclamó Oriana al otro lado de la línea, con la voz rozando el histerismo— ¡¿Cómo que te marcó?! ¡¿El híbrido?!

—No es ninguna broma, Oriana —suspiró Arlet, dejando caer la cabeza hacia atrás mientras la yema de sus dedos trazaba el relieve tibio en su cuello—. No tengo idea de qué hacer... Estoy atrapada. Mi familia está aquí en la misma ciudad. No puedo simplemente hacer las maletas y desaparecer como si nada hubiera pasado. En cuanto me vean, lo sabrán al instante.

—Espera, espera... retrocede un segundo —pidió Oriana, intentando serenarse, aunque la curiosidad le ganaba a la sorpresa— Necesito detalles. ¿Cómo demonios ocurrió? ¿En qué momento dejaste que un cachorro te pusiera los dientes encima?

—Estaba en celo, bueno creo que aún lo está… —resumió Arlet rápidamente, sintiendo que las mejillas se le encendían de nuevo al recordarlo—. Las cosas se salieron por completo de control. El celo de Alfa Real, el nudo, la intensidad del lazo... no pude detenerlo.

—¡¿El celo de Alfa Real?! —el chillido de Oriana casi perfora el altavoz— Arlet, por todos los santos... ¡dame más detalles! Jamás he conocido a nadie que pasara un celo con un Alfa Real, y menos con un híbrido de león y lobo. ¿Cómo es? ¿Es cierto lo que dicen de la ferocidad?

—¡Oriana, por favor! —la atajó Arlet, aunque su voz carecía de la firmeza habitual—. Eso ahora no es lo importante. Lo relevante es que tengo una marca definitiva en el cuello y no sé cómo voy a encarar a mis padres.

—Lo importante es exactamente lo que estás intentando evitar, mi querida amiga —respondió su mejor amiga con un tono que pasó de la burla a la seriedad analítica— Lo normal, lo que dicta nuestra tradición y la de los cambiantes, es que lo presentes formalmente. Tienes que reconocerlo como tu compañero ante tu familia y admitir de una buena vez que estás completamente enamorada de él.

—¡Tiene diecinueve años, Oriana! —protestó Arlet, aunque la vacilación en su tono delató que ya no estaba tan segura de su propio argumento.

—No digas tonterías —le espetó su amiga sin contemplaciones—. Es tu compañero de vida, Arlet. En nuestro mundo la edad no significa absolutamente nada cuando el lazo habla. Él es un Alfa Real y tú eres su luna; el resto son solo excusas que te pones para no dar el brazo a torcer.

—Oriana, no es tan sencillo, él...

Arlet cortó la frase al oír el chasquido suave del pomo de la puerta. Aslan cruzó el umbral sosteniendo una bandeja rebosante de fruta fresca, pan recién tostado y café humeante. Llevaba puesto un delantal negro de cocina, ajustado a su cintura, sin absolutamente nada debajo, dejando al descubierto sus piernas musculosas, sus hombros anchos y su torso dorado marcado.

—La comida está lista, mi luna —anunció el híbrido con una sonrisa despreocupada y la voz rasposa por el descanso.

—Tengo que colgar, luego te hablo —murmuró Arlet a toda prisa al teléfono, finalizando la llamada antes de que Oriana pudiera soltar otro chillido.

Siguió con la mirada al Alfa mientras este caminaba hacia la pequeña mesa ubicada junto al gran ventanal. No pudo evitar recorrer con la vista la imponente figura de su compañero: la firmeza de sus hombros, la línea recta de su columna y el atractivo contorno de sus glúteos al moverse. Sin embargo, su atención se congeló de golpe cuando su mirada regreso a la parte superior de su espalda.

Grabado sobre la piel dorada del Alfa Real, abarcando de omóplato a omóplato, lucía un intrincado y majestuoso diseño de tinta oscura con destellos azules: la cabeza de un león coronada con rasgos lobunos, rodeada de filigranas y violetas que parecían pulsar con luz propia.

—Aslan... tú no tenías ningún tatuaje en la espalda —soltó Arlet, con los ojos muy abiertos.

El híbrido dejó la bandeja sobre la mesa con perfecta calma y se giró despacio para mirarla, exhibiendo esa serenidad exasperante que lo caracterizaba.

—Es el tatuaje del lazo, Arlet —contestó con voz tranquila, cruzándose de brazos—. Aparece cuando la marca se completa del todo. Tú también tienes uno.

—¡¿Qué yo qué?! —gritó la vampiresa, entrando en pánico instantáneo.

Corrió hacia el espejo de cuerpo entero del baño y se giró de espaldas, bajando la bata hasta la cintura. Frente al espejo, justo en el omóplato izquierdo, se dibujaba una obra de arte viva en su piel de alabastro. Era un diseño delicado pero poderoso: una luna creciente entrelazada con violetas de trazos finos, de cuyos pétalos emergían sutiles hasta convertirse en una lluvia con destellos azules que resplandecían tenue y elegantemente, sobre un león con rasgos lobunos.

—¡No, no, no! ¡Esto no puede ser! —protestó Arlet, dando taconazos contra el suelo y cruzándose de brazos mientras miraba el reflejo con los ojos desorbitados— ¡No puedo tener tatuajes! ¡A mí no me gustan los tatuajes! ¡Es horrible, quítamelo! ¡Es una falta de respeto a mi piel!

Hizo un berrinche en toda regla, pisoteando como una niña caprichosa a la que le habían cambiado sus planes. Aslan, apoyado contra el marco de la puerta con el delantal puesto y los brazos cruzados, la observaba fascinado. Ver a la refinada y fría vampira perder la compostura de esa manera tan humana y caprichosa le resultaba absolutamente encantador. Hacía que se sintiera infinitamente más cálida, más real y más suya.

—No te voy a quitar nada, mi luna —sonrió el híbrido, caminando despacio hacia ella hasta detenerse a su espalda frente al espejo—. Es perfectamente normal en las marcas. Es la manifestación de nuestra energía unida.

—¡Pero el tuyo es gigante y el mío ocupa la mitad! —renegó, señalando el reflejo con indignación.

—El tuyo solo ocupa una cuarta parta y es una maravilla —murmuró Aslan, rodeándole la cintura desde atrás y pegando su pecho caliente contra la espalda fría de la vampiresa—. Mírandolo bien. Es delicado, elegante y combina perfecto con tu piel de mármol. Es el sello de que me perteneces.

—Eres insoportable —refunfuñó Arlet, aunque no hizo el menor intento por apartarse del abrazo cálido de su Alfa— ¿Esta cosa va a desaparecer en algún momento? —preguntó, mirandolo con el ceño fruncido.

—No —respondió sin dudar, pegando su barbilla al hombro de ella y acariciando su cintura—. Es permanente. Es para que cualquiera que te mire sepa que ya tienes un compañero, que le perteneces a un Alfa Real.

—Pero lo hiciste sin mi permiso —protestó, girando para empujarlo y alejarlo.

—Negativo, mi luna —negó el híbrido con una sonrisa suave, dando un paso atras—. Estabas más que dispuesta a que te marcara. Me enseñaste tu cuello, Arlet. Te entregaste por completo. Ahora nuestro lazo está completo: somos el uno del otro y no hay marcha atrás.

Terminó la frase recorriéndola de arriba abajo con una mirada cargada de pura lujuria, deteniéndose en el movimiento de su pecho. Arlet siguió su trayectoria y se dio cuenta de que la bata se le había resbalado por completo, dejando sus pechos erguidos y descubiertos ante la vista del cachorro. Con un respingo de indignación, se cruzó la bata blanca deprisa, atando el lazo con firmeza.

—Aslan, ¿qué es lo que vamos a hacer? —preguntó, intentando recuperar el control de la conversación.

—Primero, vamos a comer algo —señaló él hacia la pequeña mesa junto al ventanal. Sin perder el tiempo, caminó hacia allá y se acomodó en una de las sillas, luciendo de lo más natural con su delantal negro.

Arlet dejó escapar un largo suspiro de resignación y caminó hacia la mesa, sentándose en la silla frente a él. Observó las frutas y el pan caliente, pero la angustia en su pecho no la dejaba en paz.

—Aslan, hablo en serio, ¿qué vamos a hacer? —insistió, apoyando los codos en la mesa.

—Después de que termine el celo, te presentaré con mi familia —contestó con total simplicidad, sirviéndole un poco de café.

—Tienes diecinueve años, y yo tengo...

—Y tú tienes treinta —la interrumpió Aslan antes de que ella terminara la frase.

—¡Exacto! —exclamó la vampiresa—. Tus padres no van a querer a alguien tan vieja como yo para su hijo.

—No eres vieja, mi luna —la corrigió el híbrido, mirándola fijamente—. Y hablo muy en serio: en nuestra especie, la edad o el sexo es lo de menos. Eres mi compañera; me da igual si tuvieras cien años. Y creo que aplica exactamente lo mismo para ustedes los vampiros. Así que la única preocupada por la edad aquí eres tú.

—¡Claro que me preocupa! —protestó Arlet, cruzándose de brazos—. Tengo treinta años y tú vas a la universidad. ¿Se supone que le voy a decir al mundo que mi novio tiene diecinueve años?

—Claro. —Aslan le regaló un guiño descarado y una sonrisa de lado— Todos te van a envidiar.

—¡Hablo en serio, Aslan!

—Yo también hablo en serio, Arlet —la cortó, su voz volviéndose profunda y serena mientras estiraba la mano sobre la mesa para tomar la de ella—. Somos compañeros. Te he marcado, el lazo está completo. Eres mía y yo soy tuyo, y nada de lo que diga el mundo exterior va a cambiar eso…