Violetas
Había llegado a Londres aquella misma tarde, estaba rajado como siempre, se instaló en el penthouse de su familia, habló con Connor que seguía burlándose de él por parecer inquieto y lo estaba, así que decidió ir a conocer la universidad, todo parecía fácil, normal, estaba listo, pero nada lo había preparado para la sacudida que recorrió su pecho esa noche cuando iba de regreso a descansar, cuando el aroma apareció por primera vez entre la lluvia y el concreto de la ciudad.
No era un olor cualquiera.
Era frío y elegante, como nieve recién caída, pero debajo de esa superficie había algo más cálido, más vivo, Violetas. Algo que su parte animal reconoció antes de que su mente pudiera procesarlo.
Su mate.
El lobo se tensó inmediatamente.
El león rugió con una fuerza casi violenta dentro de él.
***Ve por ella.La necesidad lo golpeó con tal intensidad que tuvo que detenerse un instante bajo la lluvia. Sus instintos nunca reaccionaban así. Había sentido atracción antes, curiosidad antes, incluso deseo. Pero aquello era diferente. Aquello parecía una cuerda clavada directamente en el centro de su pecho, tirando de él en una sola dirección.
Hacia ella.
Aslan soltó una risa incrédula mientras se pasaba una mano por el cabello mojado.
—Claro que tenía que pasarme esto el primer día en Londres.
Pero no se resistió, ni siquiera lo intentó. Su cuerpo ya había tomado la decisión por él. Comenzó a caminar primero, siguiendo el aroma entre las calles húmedas. Después aceleró el paso. Cada bocanada de aire confirmaba lo mismo: ella estaba cerca.
Muy cerca.
Cuando llegó a las inmediaciones de University College London, la sensación se volvió casi insoportable. El vínculo tiraba de él con una claridad brutal. Su corazón latía con fuerza y su parte animal bajo su piel estaba peligrosamente atento, como si hubiera encontrado por fin algo que llevaba años buscando sin saberlo.
Entonces la vio. Aún estaba a la distancia, caminando lentamente, vestida toda de negro con una cámara colgada al hombro. El mundo pareció desacelerarse alrededor de ella.
Hermosa.
Demasiado hermosa.
El cabello oscuro caía sobre sus hombros como tinta líquida y aquellos ojos claros brillaban incluso bajo la lluvia. Había algo en su presencia que mezclaba elegancia, peligro y una fuerza tan sutil que apenas podía percibirse.
Aslan se quedó quieto bajo uno de los arcos de piedra del campus.
El lobo guardó silencio.
El león también.
Por primera vez desde que había captado su aroma, ambos parecían estar de acuerdo en una sola cosa.
Ella era suya.
Y él iba a acercarse.
La esperó allí, observando cómo avanzaba por la calle mojada. No sabía qué iba a decirle cuando estuviera frente a ella. Solo sabía que dejarla pasar sin conocerla se sentía imposible.
Cuando finalmente estuvo lo bastante cerca como para percibir el perfume de su piel mezclado con la lluvia, una sonrisa lenta apareció en sus labios.
—Vaya… Londres sí sabe cómo recibir a alguien.
Arlet entrecerró los ojos, sintiendo la vibración de su propio poder bajo la piel.
—¿Quién eres? —preguntó. No había miedo en su voz, solo una advertencia tensa.
Él inclinó apenas la cabeza, estudiándola sin el menor rastro de respeto y eso fue lo primero que la irritó. Nadie la miraba así; no cuando reconocían la letalidad que emanaba.
—Aslan —respondió con tranquilidad—. Estudiante nuevo.
Dio un paso hacia ella y Arlet sintió el cambio en la presión atmosférica. Era un poder crudo e indomable.
—Deberías controlar la manera en que te acercas a alguien en estas calles —dijo con frialdad—. Especialmente si no sabes con quién estás tratando.
Una sonrisa ladeada apareció en los labios de Aslan.
—Sé perfectamente con quién trato —dio otro paso, acortando la distancia—. Hueles a sangre antigua y a algo… prohibido. Eres una vampira, ¿verdad?
Arlet cruzó los brazos, ocultando el ligero temblor de sus dedos. Odiaba que él pudiera leerla tan fácilmente.
—Y tú eres un insolente que no debería estar aquí.
Lejos de molestarse, él soltó una risa baja y oscura.
Entonces ocurrió.
El mundo pareció tensarse entre ambos, como si una cuerda invisible hubiera sido estirada hasta romperse.
El aire abandonó los pulmones de Arlet y su corazón, ese órgano que apenas recordaba que tenía, dio un golpe brutal contra sus costillas.
Destinado.
No.
Eso era imposible.
Ella jamás había esperado tenerlo. Jamás lo había necesitado.
Y, aun así, su cuerpo entero reaccionaba a él. A su aroma. A la forma en que sus ojos parecían verla de verdad, más allá de la máscara de frialdad.
Aslan la observó en silencio y su sonrisa se volvió algo más profunda, casi cómplice.
—Ah… ya entiendo esa mirada.
Arlet retrocedió un paso, sintiéndose expuesta.
—Lo que sea que creas que está pasando, olvídalo.
—Complicado hacer eso cuando prácticamente puedo escuchar cómo se acelera tu pulso desde aquí, preciosa.
—Eres un descarado mestizo —espetó ella, tratando de recuperar el control.
—Y tú eres hermosa cuando intentas parecer peligrosa.
Aslan se acercó hasta invadir su espacio personal. El calor que irradiaba era antinatural, abrasador, completamente opuesto al frío elegante de los vampiros.
Se inclinó hacia su oído y Arlet tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no cerrar los ojos.
—Tengo por delante cuatro años en esta universidad —murmuró—. Tiempo suficiente para hacer que dejes de mirarme como si quisieras matarme.
Arlet levantó el rostro con orgullo, recuperando su compostura.
—No te confundas. Sí quiero matarte.
La sonrisa de Aslan se volvió puramente depredadora.
—Sí… pero también quieres... —la miró de arriba abajo con descaro absoluto— Que vuelva a acercarme.
Y eso fue lo más aterrador de todo.
Porque tenía razón.
Arlet permaneció inmóvil mientras él se alejaba bajo la lluvia, desapareciendo entre las sombras del campus. Se quedó allí, odiando que el aroma salvaje de aquel híbrido siguiera impregnado en su ropa. Y odiando todavía más que, por primera vez en treinta años, una parte de ella quisiera correr detrás de él...
Arlet permaneció inmóvil bajo la lluvia incluso después de que Aslan desapareciera entre las sombras del campus. Durante varios segundos fue incapaz de moverse. Observó el lugar donde había estado de pie, como si esperara verlo regresar con aquella sonrisa arrogante que ya había comenzado a irritarla. La sensación resultaba tan absurda que terminó soltando una risa incrédula. Si alguien le hubiera dicho aquella misma mañana que terminaría paralizada en mitad de una calle por culpa de un cachorro mestizo, se habría burlado de él sin piedad.
Reanudó la marcha finalmente, obligándose a avanzar hacia su penthouse. La lluvia golpeaba suavemente el paraguas mientras intentaba poner orden en el caos que se había instalado dentro de su cabeza. Durante días había atribuido aquella extraña presión en el pecho a cualquier explicación posible. Una anomalía. Estrés. Alguna consecuencia extraña de su herencia humana. Ahora sabía la verdad, y por alguna razón eso no la tranquilizaba en absoluto.
Destinado.
La palabra parecía resonar una y otra vez en su mente. Arlet había escuchado historias sobre el vínculo desde que era una niña. Su madre las encontraba románticas. Su padre las consideraba un asunto privado que no debía discutirse en público. Su abuela Fátima, en cambio, siempre hablaba de los destinados como si fueran una fuerza inevitable de la naturaleza. Una vez le había dicho que intentar escapar de ellos era tan inútil como intentar detener una tormenta con las manos.
En aquel momento Arlet había puesto los ojos en blanco. Ahora empezaba a sospechar que quizás el ser de luz sabía exactamente de qué estaba hablando.
—No —murmuró mientras aceleraba el paso.
Se negaba a aceptar aquello tan fácilmente, porque no era cualquier hombre. Era un híbrido y ni siquiera uno normal. Había sentido su poder en cuanto lo vio, crudo, salvaje, antiguo.
Algo dentro de ella había reconocido inmediatamente que aquella criatura era peligrosa. Lo peor era que no conseguía decidir qué le molestaba más: el vínculo o el propio Aslan. El maldito cachorro, era descarado, su descaro había sido irritante desde la primera palabra.
La forma en que había invadido su espacio personal. La seguridad con la que la observaba. Aquella sonrisa imposible que parecía decirle al mundo entero que jamás había recibido un no por respuesta. Arlet apretó la mandíbula.
—Qué hombre tan insufrible.
Sin embargo, en lugar de aliviarla, el insulto solo provocó que recordara sus ojos. Aquellos ojos imposibles que cambiaban de color como si escondieran una tormenta bajo la piel y lo peor era que ni siquiera parecía impresionado por ella.
La mayoría de los sobrenaturales percibían inmediatamente el poder que corría por sus venas. No siempre conocían su identidad, pero reconocían el peligro.
Aslan no.
La había mirado como si fuera simplemente una mujer caminando bajo la lluvia. Como si fuera su igual. Aquello debería haberla molestado y, sin embargo, una parte de ella encontraba la idea inquietantemente refrescante.
—No. —negó para sí misma, no iba a empezar a justificarlo.
Definitivamente no, cuando llegó al edificio donde se encontraba su penthouse, saludó al portero con una sonrisa automática.
—Buenas noches, Thomas.
—Buenas noches, señorita Carter.
Entró en el ascensor privado y esperó a que las puertas se cerraran. Solo entonces permitió que el cansancio se reflejara en su rostro. Apoyó la espalda contra la pared metálica y cerró los ojos durante unos segundos.
Error.
Porque inmediatamente volvió a verlo, aquella sonrisa, aquella mirada dorada, aquella seguridad irritante que parecía formar parte de cada palabra que pronunciaba. Arlet abrió los ojos de golpe.
—Perfecto —masculló—. Ahora también vives en mi cabeza.
El ascensor continuó ascendiendo mientras ella observaba su reflejo en las puertas de acero pulido. Por primera vez en mucho tiempo parecía exactamente lo que era. Una mujer confundida y odiaba sentirse así, porque significaba que había perdido el control.
Y Arlet Carter la Princesa de los Vampiros, jamás perdía el control. O al menos eso había creído hasta aquella noche lluviosa en la que un híbrido decidió cruzarse en su camino y poner su mundo entero patas arriba.
(…)Aslan entró en el penthouse poco después de medianoche. Las luces de Londres se extendían al otro lado de los enormes ventanales, iluminando el elegante apartamento que su familia había adquirido años atrás para cualquiera de sus miembros que decidiera estudiar o trabajar en la ciudad. Era espacioso, moderno y ridículamente lujoso, pero en ese momento apenas le prestó atención.
Porque su mente seguía atrapada varias calles atrás.
En una vampira de olor deliciosos, dejó las llaves sobre la isla de mármol de la cocina y se quitó la chaqueta empapada mientras una sonrisa aparecía lentamente en sus labios.
—Una vampira —murmuró para sí.
Le gustaba, había imaginado que tal vez su pareja sería una mujer loba, o una humana, jamás una Vampira, pero le gustaba, porque creía que parecía encajar perfectamente con él.
Elegante.
Hermosa.
Peligrosa.
Exactamente como su él.
Soltó una carcajada al recordar la expresión que había puesto cuando él se acercó demasiado. La mujer prácticamente había querido arrancarle la cabeza. Y, por alguna razón, eso le había resultado adorable.
No era miedo, no era inseguridad., era orgullo. Orgullo puro y duro. Como si el universo acabará de insultarla personalmente al sugerir que ella pudiera sentirse afectada por alguien.
Aslan abrió el refrigerador y tomó una botella de agua. Mientras bebía, volvió a recordar el instante exacto en que el vínculo se había activado.
Lo había sentido, con una claridad absoluta, el momento en que ella lo reconoció. El momento en que comprendió quién era para ella.
—Mi mate. —murmuró y la palabra provocó una satisfacción tan profunda que incluso el lobo se removió feliz dentro de él. El león tampoco se quedó atrás, ambos estaban insoportablemente complacidos.
Y, para ser sincero, él también, no había esperado encontrarla tan pronto. Ni siquiera estaba seguro de encontrarla durante los próximos años. Muchos pasaban décadas buscando a sus destinados, algunos jamás los encontraban y él había aterrizado en Londres esa misma tarde, unas horas después ya sabía quién era.
—No estaba mal. —se dijo así mimo— Nada mal.
Se dejó caer sobre uno de los sofás mientras observaba las luces de la ciudad. Una parte de él no pudo evitar pensar en todos los planes que había hecho antes de llegar, había imaginado fiestas, citas, coqueteos, quizás algún corazón roto, a quién engañaba, probablemente varios corazones rotos.
Connor incluso había apostado cuánto tardaría en meterse en problemas. Ahora parecía que aquellas posibilidades acababan de desaparecer. No porque alguien se lo prohibiera, simplemente porque ya no le interesaban.
Aslan apoyó la cabeza contra el respaldo. Resultaba difícil lamentarse por perder oportunidades cuando el destino le había entregado a una mujer como esa Vampira. Porque era hermosa, estaba seguro que era inteligente, poderosa sin duda y con un carácter lo bastante feroz como para desafiarlo sin pestañear.
—Definitivamente voy a divertirme. —declaró y una sonrisa lenta apareció en su rostro.
La expresión de indignación que había puesto cuando la llamó preciosa seguía haciéndolo reír, porque detrás de toda aquella elegancia aristocrática había fuego. Lo había visto, lo había sentido y quería volver a verlo.
—Pronto. —musitó— Muy pronto.
El vínculo seguía presente en su pecho, suave pero constante. Como un hilo invisible que lo conectaba a ella en algún lugar de la ciudad. Era una sensación extraña, pero agradable, reconfortante, por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de él se sentía completo.
—Bueno —dijo levantándose del sofá—. Supongo que ahora tendré que impresionarla.
El lobo pareció aprobar la idea.
El león también.
Aslan soltó una carcajada.
—Sí, sí. Ya entendí. Nada de conquistar media Londres.
La verdad era que ni siquiera le molestaba, porque después de conocer a su Vampira, cualquier otra mujer se habría sentido como una distracción y eso era algo que jamás pensó admitir, menos después de apenas una conversación, pero allí estaba.
Sonriendo solo en mitad de su penthouse como un idiota. Pensando en una vampira que probablemente estaba planeando asesinarlo y esperando con impaciencia volver a verla…