Aceptación
El calor abrasador del celo finalmente comenzó a disiparse, dejando una calma serena en el penthouse. Con la tormenta biológica fuera de juego, la realidad se asentó entre ambos con un peso ineludible: la marca no era solo un sello físico, sino la unión espiritual y legal más sagrada de sus especies. Prácticamente un matrimonio irrompible. La distancia prolongada entre ellos ya no era una opción; estar separados por demasiado tiempo les causaría un dolor físico y emocional insoportable debido al lazo.
Ambos lo sabían perfectamente, pero Arlet no podía evitar sentir una punzada de molestia.
—Lo hiciste en el calor del momento —le reclamó la vampira mientras se terminaba de vestirse ajustándose el cuello alto de su blusa para intentar ocultar, en vano, la marca que todavía emanaba calor, aunque sabía que solos los seres sobrenaturales podían verla, aun así, la cubrió—. Sin un consentimiento explícito, Aslan. Simplemente dejaste que tus bestias tomaran el control.
Aslan, ya vestido impecable, la miró desde la orilla de la cama. Aunque entendía su frustración, la fijeza en sus ojos azules profundos, no mostraba el menor arrepentimiento.
—Tu cuerpo y tu alma dijeron que sí antes de que tus labios pudieran articularlo, Arlet —respondió con voz pausada y firme—. Pero si necesitas procesarlo lejos de esta habitación, lo entiendo. Vamos a un terreno neutral.
Decidieron salir del departamento para buscar una cafetería tranquila en una zona discreta. Sin embargo, el primer paso al mundo exterior trajo consigo un choque con la realidad: al caminar juntos por la calle, la marca de Arlet no pasaba desapercibida para los seres de la comunidad sobrenatural. Cada vampiro o cambiante que se cruzaba en su camino olía la abrumadora fragancia combinada y la presencia del Alfa Real sobre la vampiresa.
Se acomodaron en una mesa al fondo de una cafetería de ambiente tenue y reservado. El aroma a grano tostado y vainilla ayudó a suavizar la tensión en el aire.
—Bien —comenzó Arlet, entrelazando las manos sobre la mesa y mirando fijamente al híbrido frente a ella— Estamos juntos en esto, no hay forma de deshacer el lazo. Así que habla: ¿cómo pretendes que manejemos esto a partir de hoy?
Aslan recostó la espalda en su silla, tomándose un momento para mirarla antes de esbozar una sonrisa tranquila pero infinitamente posesiva.
—Primero, vas a dejar de buscar excusas para huir sin mí. A partir de ahora, donde tú estés, estaré yo. Y segundo... es hora de planear cómo se lo diremos a nuestras familias.
El camarero les sirvió dos tazas de café humeante y un plato con repostería fina que apenas lograba disimular la tensión helada en la mesa. La cafetería era un lugar discreto, escondido en una esquina tranquila, con luz tenue y el constante murmullo de la ciudad al otro lado de los ventanales. Sin embargo, para dos seres sobrenaturales cuyos sentidos estaban aguzados al máximo por un lazo recién sellado, el ambiente parecía cargado de electricidad.
Arlet sostuvo la taza entre sus dedos largos y pálidos, observando el vapor ascender. Mientras seguía sintiendo la calidez que emanaba de la marca en su cuello. Era una sensación viva, un latido doble que resonaba directo en su pecho cada vez que sus ojos se cruzaban con los de Aslan.
Frente a ella, el híbrido parecía completamente cómodo. Había cambiado sus rasgos animales por la serenidad de su rostro joven, aunque la firmeza en su postura y la intensidad azul que aún chispeaba en sus pupilas dejaban en claro que la bestia solo estaba descansando. Apoyó los codos sobre la mesa, observando a la vampiresa con una paciencia calculadora mientras le daba un sorbo a su bebida.
—Comamos algo primero —dijo Aslan con voz tranquila, señalando los platillos—. Tu cuerpo gastó demasiada energía y el lazo necesita que te recuperes.
—No vine a hablar de mi apetito, Aslan —respondió Arlet, aunque tomó un pequeño pedazo de pan dulce y lo llevó a sus labios, cediendo a la exigencia biológica que su cuerpo le pedía a gritos—. Vine a hablar de lo que va a pasar a partir de este minuto.
—Me parece perfecto —asintió el Alfa Real, reclinándose en el respaldo de la silla con los brazos cruzados—. Mi postura es sencilla: este fin de semana te presentaré oficialmente con mi familia como mi luna. Luego, volvemos a Londres y buscaremos un lugar para vivir juntos. Tu departamento es bonito, pero el mío tambien, te dejare la última palabra.
Arlet casi se atraganta con el café. Dejó la taza sobre el plato con un golpe seco que llamó la atención de un par de comensales cercanos, a quienes la vampira ignoró con una mirada fría antes de volver a enfocarse en el chico de diecinueve años que la miraba sin parpadear.
—¿Estás demente? —espetó en un susurro furioso— ¡Es demasiado rápido! Apenas hace unas horas tu celo terminó y todavía tengo tu marca fresca en el cuello. No voy a mudarme contigo ni voy a presentarme ante tu familia como si estuviéramos planeando una boda para el próximo mes.
—Arlet, estamos casados a efectos de nuestra biología y de nuestras leyes —le recordó Aslan con una serenidad exasperante— El lazo no es un noviazgo humano. Estar separados más de un par de días nos va a enfermar a ambos. No es una opción vivir en lados opuestos de la ciudad.
—Podemos vivir en nuestros respectivos departamentos y vernos todos los días, estan en la misma calle no estan a lados opuestos de la ciudad —propuso rápidamente, alzando una ceja— Puedo ir a tu penthouse o tú puedes ir al mío. Mantenemos nuestra independencia. Yo tengo mi trabajo como fotógrafa, mis clientes, mis horarios. No puedo simplemente meter a un cachorro de diecinueve años en mi rutina de la noche a la mañana.
—Rechazado —dijo Aslan de inmediato, sin un solo segundo de duda.
—¿Cómo que rechazado? —Arlet entornó los ojos carmesí—. No eres mi jefe para rechazar mis propuestas.
—Soy tu compañero —corrigió con una sonrisa ladina, pero sin ceder un solo milímetro—. Y esa idea es ridícula. ¿Pretendes que durmamos separados la mitad de la semana mientras el lazo intenta arrastrarnos hacia el mismo lugar? No voy a pasar la noche oliendo tu ausencia en mi cama sabiendo que estás a minutos de distancia. Además, la protección del Alfa Real requiere que estés bajo mi mismo techo.
—No necesito tu protección, soy una vampira de sangre pura —refunfuñó, cruzándose de brazos.
—Una vampira de sangre pura que ahora huele a león y a lobo a tres cuadras de distancia —repuso el hibrido con astucia, inclinándose hacia adelante—. Cualquier cambiante o vampiro con medio olfato sabe lo que eres para mí. No voy a arriesgarme a que ningún imbécil intente probar suerte solo porque tú quieres jugar a la mujer independiente.
Arlet apretó los dientes. Le molestaba profundamente lo rápido que el híbrido encontraba argumentos lógicos para desarmar sus defensas.
—Está bien —cedió, intentando buscar una alternativa—. Si la convivencia es inevitable a corto plazo, retrasemos la presentación familiar. Podemos volver a Londres, adaptarnos a la convivencia poco a poco durante unos meses y, cuando la marca haya terminado de asentarse y nosotros tengamos un ritmo de vida claro, hablaremos con nuestras familias.
—Rechazado también —volvió a decir Aslan con absoluta frescura, tomando un pedazo de fruta.
—¡Aslan! —protestó, dando un golpe ahogado en la mesa—. ¡Estás rechazando todo lo que digo! ¿Se puede saber qué demonios pretendes? No puedes imponer tu voluntad solo porque eres un Alfa Real en celo.
El híbrido dejó la fruta en el plato y borró la sonrisa juguetona de sus labios. Su mirada azul con destellos dorados se volvió profunda, seria y extrañamente madura para su edad. Se reclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en la mesa y acortando la distancia entre sus rostros.
—A ver, Arlet —dijo con una voz suave pero cargada de una autoridad natural que hizo que a la vampiresa se le erizara la piel—. He escuchado atentamente todo a lo que te niegas. No quieres presentarme a tu familia, no quieres conocer a la mía, no quieres mudarte conmigo y no quieres que el mundo se entere de lo que somos. Ante tanta negativa de tu parte... ¿qué es exactamente lo que propones tú?
La pregunta quedó flotando en el aire de la cafetería, densa y pesada.
Arlet abrió la boca para soltar otra replica rápida, una excusa elegante sobre su carrera, su estilo de vida o la brecha de edad que los separaba, pero las palabras se le congelaron en la garganta.
Miró los ojos de Aslan. Vio la determinación serena de una bestia que no estaba dispuesta a dejarla ir, pero también vio una devoción sincera, una lealtad absoluta que ningún hombre de su edad, ni de trescientos años más le había ofrecido jamás. Luego, la vampira bajó la vista hacia su propia mano, sintiendo el latido tibio y constante en su cuello. El lazo le envió una marea de certeza: no había salida.
Si volvía a casa de sus padres esa misma tarde o la próxima semana, no tardarían ni tres segundos en notar la alteración en su esencia. El aroma a bosque lluvioso y sol africano estaba impregnado en su sangre, en su aliento y en su piel de alabastro. Cualquier vampiro sabría al instante que la hija de los reyes había sido reclamada y marcada por un Alfa Real de diecinueve años.
Intentar ocultarlo sería ridículo. Mentirles sería un insulto a su propia inteligencia. Huir solo retrasaría una confrontación que, de todos modos, terminaría con Aslan derribando la puerta de la mansión familiar para reclamar a su luna.
La lucha interna que había mantenido desde que despertó en la cama del penthouse comenzó a disolverse, reemplazada por una resignación extrañamente reconfortante. Era inútil pelear contra el destino cuando el destino ya se había instalado debajo de su piel.
Arlet dejó escapar un suspiro largo, y cargado de rendición. Se llevó la mano al cuello, acariciando la tela de la blusa sobre la marca, y volvió a clavar sus ojos carmesí en los del híbrido.
—Tienes razón —admitió con voz pausada, recuperando la postura, pero dejando caer las armas— No tiene ningún sentido seguir luchando contra esto.
Aslan alzó una ceja, sorprendido por el cambio repentino en el tono de su compañera, aunque mantuvo la calma.
—¿Ah no? —preguntó, observándola con atención.
—No —negó, esbozando una sonrisa tenue y un poco melancólica—. En cuanto ponga un pie en la residencia de mis padres, lo sabrán. El aroma del lazo es demasiado intenso y la marca es imposible de esconder para cualquiera de nuestra especie. Si intento ocultarlo o fingir que nada pasó, solo crearé un conflicto innecesario entre mi familia y tu manada.
—Es una conclusión muy sabia, mi luna —comentó el cachorro, dejando que una chispa de satisfacción brillara en sus ojos.
—No te adules, cachorro —lo atajó con una mirada de advertencia, aunque sin verdadera molestia—. Acepto la realidad de nuestra situación. Acepto conocer a tu familia este fin de semana y acepto que conozcas a la mía oficialmente como mi compañero.
Aslan sonrió de lado, esa sonrisa descarada que a Arlet comenzaba a resultarle peligrosamente adictiva.
—Me parece perfecto. Es un avance enorme para alguien tan terca como tú. ¿Y qué hay de lo demás?
—Nos mudaremos juntos cuando regresemos a Londres —continuó Arlet, sintiendo cómo el corazón le daba un vuelco al pronunciar las palabras, aunque la calidez en su cuello pareció intensificarse en respuesta—. Pero lo haremos bajo mis condiciones: mantendré mi estudio de fotografía independiente, continuaras con tus clases y buscaremos una casa donde ambos tengamos nuestro propio espacio.
—Hecho —aceptó el Alfa Real de inmediato, estirando la mano sobre la mesa y tomando los dedos de su luna para entrelazarlos con los suyos—. Mi león y mi lobo solo quieren tenerte cerca, Arlet. No pretendo cortarte las alas, solo quiero asegurarme de que nadie intente quitártelas.
Arlet miró sus manos unidas. El contraste entre la piel pálida de ella y el tono dorado y cálido de él era evidente, igual que el contraste entre sus edades y sus naturalezas. Sin embargo, al sentir la firmeza del agarre de Aslan, la vampiresa tuvo que admitir para sus adentros que el peso de la marca ya no se sentía como una condena, sino como el inicio de algo indestructible.
—Entonces, ¿cuál es el plan para esta noche? —preguntó ella, dándole un pequeño apretón a su mano.
—Esta noche —dijo Aslan, inclinándose para darle un beso rápido en los nudillos—, te llevo a cenar a un lugar decente, descansamos como es debido y mañana empezamos a preparar la tormenta que se les viene a nuestras familias cuando se enteren de que el Alfa Real y la princesa de los vampiros están ligados para siempre…