Absolutamente Mía
Tras terminar la conversación en la cafetería, Arlet decidió regresar al penthouse para cambiarse de ropa y organizar sus pensamientos antes de que la noche avanzara. Aslan la acompañó hasta la entrada del edificio, dándole un espacio para que pudiera gestionar sus asuntos personales, aunque la calidez del lazo seguía vibrando constante bajo su piel.
Al cruzar el umbral de la residencia, el silencio del lugar se vio interrumpido por el sonido de unos pasos firmes. Su hermano Dracc, envuelto en un elegante traje oscuro y listo para salir, bajó las escaleras.
En cuanto Dracc pisó el último escalón, se congeló de golpe. Sus ojos de vampiro, carmesí, fríos y calculadores se clavaron en Arlet mientras sus fosas nasales se contraían instintivamente. El aire a su alrededor no mentía: la fragancia habitual de su hermana estaba densamente cubierta por el aroma a bosque lluvioso y sol africano de un Alfa cambiante.
—¿Dónde estabas? —preguntó Dracc sin rodeos, acortando la distancia entre ambos con pasos lentos pero cargados de tensión fraternal—. Llevas horas desaparecida. Tu teléfono daba apagado, no dejaste nota y ahora llegas desprendiendo un aroma que apesta a un alfa cachorro, puedo olerlo a metros de distancia. ¿Qué fue lo que ocurrió, Arlet?
La vampira mantuvo la barbilla en alto, intentando apelar a su habitual compostura aristocrática para contener el interrogatorio.
—Estaba ocupada, Dracc. No tienes por qué fiscalizar cada minuto de mi tiempo como si fuera una novata.
—No te estoy fiscalizando, estoy preocupado por ti —respondió su hermano, cruzándose de brazos y entrecerrando la mirada al notar cómo ella ajustaba sutilmente el cuello alto de su blusa—. Conozco ese aroma. Es el híbrido, ¿verdad? El primo de mi luna, el de diecinueve años. ¿Qué hacía él contigo? ¿Por qué tu esencia está tan alterada?
Arlet apretó los labios. Sabía que intentar mentirle a Dracc era una causa perdida; la intensidad del lazo era demasiado evidente para un vampiro de su estirpe. Dejó escapar un suspiro controlado y decidió cortar el drama de raíz.
—Aslan me ha marcado —confesó con voz firme, aunque baja—. Es mi compañero, como ya sabias, y la marca está hecha.
Dracc se quedó petrificado en su lugar. La sorpresa cruzó su rostro antes de transformarse en una expresión severa y analítica.
—¿Te ha marcado? —repitió en un susurro grave, dando un paso más hacia ella—. ¿Ese cachorro te puso los dientes encima? Arlet... dime la verdad. ¿Aceptaste la marca? ¿Fue con tu consentimiento?
Arlet se congeló un segundo antes de responder. Podía ver los engranajes en la cabeza de Dracc girando a toda velocidad; sabía perfectamente que, si daba el menor indicio de duda o resentimiento, su hermano buscaría al híbrido esa misma noche para pedir cuentas en nombre del honor familiar. Lo último que necesitaba en ese momento era una guerra entre su estirpe y la manada de un Alfa Real, sumado al agotamiento de lidiar con un compañero de diecinueve años.
—Sí —respondió Arlet con total seguridad, sosteniéndole la mirada—. Lo acepté. Es mi compañero y la unión está completa.
Dracc la observó en silencio durante un par de segundos eternos, buscando cualquier rastro de duda en los ojos carmesí de su hermana. Al no encontrar ninguno, la tensión en sus hombros se relajó ligeramente, aunque su ceño permaneció fruncido.
—Entiendo —dijo, soltando un aire pesado—. Es un movimiento arriesgado, pero si lo has aceptado, no hay nada más que discutir sobre la legitimidad de la marca. ¿Piensas decírselo a nuestros padres?
—Sí —asintió, cruzándose de brazos—. Hablaré con ellos mañana por la mañana. No tiene sentido intentar ocultarlo por más tiempo.
—Haces bien. —Dracc asintió lentamente, aprobando la decisión con un gesto sobrio— Es mejor que lo sepan directamente por ti antes de que el aroma del lazo llegue a sus oídos por terceros. Si vas a asumir la marca de un Alfa Real, hazlo con la cabeza en alto ante la familia. —le dijo su hermano mientras se acomodaba los puños de la chaqueta y echó un vistazo a su reloj de pulsera— Me alegra ver que estás a salvo, Arlet —añadió en un tono mucho más cálido, acercándose para darle un beso corto en la frente—. Ahora debo irme. Mi luna me está esperando y no quiero hacerla aguardar más de la cuenta.
—Ve con cuidado —sonrió sutilmente, viéndolo caminar hacia la puerta principal.
Una vez que la puerta se cerró y se quedó sola en la tranquilidad del hogar, Arlet se llevó una mano al cuello, sintiendo el calor reconfortante del tatuaje de la marca. La conversación con Dracc había sido solo el primer paso, pero saber que al día siguiente enfrentaría a sus padres le confirmó que su antigua vida había quedado atrás para siempre.
Subió a su habitación para reunir sus cosas, se cambió de ropa, no pudo evitar detenerse un segundo frente al gran espejo del tocador, para mirar su marca, la piel parecía arder con una calidez suave y constante. Terminó de cerrar su maleta, la tomó y bajó con paso firme las escaleras del penthouse. Unos minutos despues estaba cruzando la puerta de la entrada, la brisa fresca de la tarde le rozó el rostro. Apoyado contra la puerta del vehículo que los esperaba, Aslan la aguardaba con una postura relajada pero alerta. Lucía como siempre su chaqueta de cuero negro sobre una camiseta blanca sencilla, y sus ojos azules, se fijaron en ella en cuanto pisó la acera. La mirada del híbrido la recorrió de pies a cabeza con una devoción tan abierta que a Arlet se le aceleró el pulso antes de dar el primer paso hacia él.
—Todo listo —dijo, manteniendo la voz serena.
—Bienvenida de vuelta, mi luna —sonrió con esa frescura descarada que le pertenecía por entero, tomando el equipaje con una sola mano y abriéndole la puerta del coche con la otra.
El trayecto de regreso al exclusivo departamento de la familia de Aslan se desarrolló en un ambiente cargado de una intimidad renovada. Ya no existía la tensión sofocante del celo ni las sombras de las dudas iniciales; en su lugar, el espacio entre ellos estaba impregnado por el hilo invisible del lazo, reconfortante y denso, que transmitía cada pequeña emoción a través de su piel.
Al llegar al penthouse, el lugar se sentía diferente para Arlet. Las luces tenues y la amplitud de los ventanales que dominaban la ciudad ya no le resultaban ajenas; ahora había un rastro claro de su propia esencia entrelazado con el aroma a bosque y sol de Aslan.
Arlet dejó su bolso en la entrada y caminó hacia la sala para quitarse los zapatos, tambien se quitó la chaqueta, mientras doblaba la prenda sobre el respaldo de un sofá de piel, el teléfono móvil de Aslan comenzó a sonar en su bolsillo con un tono insistente.
El híbrido sacó el dispositivo, echó un vistazo a la pantalla y una sonrisa genuina y afectuosa se dibujó en sus labios.
—Es mi madre —anunció Aslan, mirando a Arlet antes de deslizar el dedo para contestar y poner el altavoz mientras caminaba hacia la cocina abierta para servir dos vasos de agua—. Hola, mamá.
—¡Aslan, por todos los santos! —la voz de Isis resonó limpia y clara en la estancia, cargada de una mezcla de calidez materna y fingida indignación—. ¿Se puede saber desde cuándo estás en Nueva York sin avisarle a tu propia familia? Me he enterado por la gente del complejo. ¿Acaso ya no te acuerdas de que tienes madre?
Aslan soltó una risita baja, sacando una botella de agua del refrigerador.
—Sabes que vine por un concierto, es algo rápido. No quería preocuparte antes de tiempo.
—Bueno, pues el concierto ya paso. —dijo Isis con energía—. ¿Vas a venir a visitarnos a la casa antes de volver a Londres o tengo que ir yo misma a buscarte a ese penthouse?
—Voy a ir, mamá. —declaró Aslan caminando hacia donde estaba su luna, a quien miró con una firmeza absoluta— Claro que iré a visitarlos este fin de semana —hizo una pausa deliberada, dejando que una sonrisa radiante se extendiera por su rostro—. Y llevaré a mi luna conmigo.
Un silencio repentino y absoluto cayó al otro lado de la línea. Arlet se congeló en su sitio, con las manos aún apoyadas en el respaldo del sofá, sintiendo cómo un escalofrío le recorría la espina dorsal.
—¿Tu qué? —preguntó Isis, su voz bajando un octavo, atrapada entre la incredulidad y una punzada de intensa emoción.
—Mi luna —repitió el Alfa Real con tono pausado, masticando cada palabra con un orgullo feroz—. La he encontrado, mamá. Y la he marcado. Es mi compañera de vida.
—¡Oh, por la Diosa! —se escuchó un ahogo de sorpresa al otro lado de la línea, seguido por el sonido de algo cayéndose al suelo—. ¡Aslan! ¡Dime que no me estás gastando una broma de las tuyas! ¡¿Tu luna?! ¡Pero si apenas tienes diecinueve años! Espera... ¿quién es? ¿Es una chica de la universidad? ¿Una humana de Londres?
—No, mamá —interrumpió el chico, deteniendose a unos pasos de Arlet, quien lo miraba con los ojos carmesí abiertos de par en par— No es humana. Es una vampira de sangre pura. Y es la mujer más hermosa, elegante y perfecta que existe sobre la faz de la tierra.
Arlet sintió que el aire se le atascaba en la garganta. La sangre le subió a las mejillas con una rapidez traicionera, tiñendo su tez de alabastro de un tono carmesí brillante.
—Tiene unos ojos color azul frio, pero tambien son rubíes que te cortan la respiración —continuó Aslan sin apartar la vista de ella, disfrutando abiertamente del efecto que sus palabras causaban en la vampiresa— Una voz que parece seda helada y un orgullo tan grande que intenta hacerse la dura conmigo a cada segundo... pero cuando sonríe o cuando me mira a los ojos, te juro que no existe nada más en este mundo. Su piel es pura nieve y huele a violetas silvestres. Es un espectáculo de mujer, mamá, y es absolutamente mía.
—¡Aslan, por favor, vas a hacer que me dé algo! —exclamó Isis, combinando la emoción desbordante de una madre con la autoridad de una Alfa Leona—¡Una vampira pura! Esto es increíble... Tus abuelos van a enloquecer, y tu padre seguro va a querer saber quién es la valiente que logró domar a mi cachorro. ¡Tenemos que preparar todo! La casa, la cena de bienvenida, las habitaciones...
—No hay necesidad de que hagan un despliegue descomunal, mamá —intervino el híbrido con una sonrisa, aunque sus ojos no abandonaban el rostro sonrojado de Arlet—. Solo queremos pasar el fin de semana en familia y que la conozcan oficialmente.
—¡Ni lo sueñes! La llegada de la luna de un Alfa Real es un acontecimiento para toda la familia —sentenció Isis con determinación absoluta— Los esperamos el viernes por la tarde. Y más te vale cuidarla y tratarla como la reina que es hasta que lleguen aquí, ¿me oíste, Aslan?
—Te lo prometo, mamá. Nos vemos el viernes. Un beso.
—Un beso, mi vida. ¡Y dale un abrazo de mi parte a mi nueva nuera!
La llamada finalizó y el departamento volvió a quedar en un silencio espeso, apenas roto por la respiración ligeramente agitada de Arlet.
El teléfono de Aslan regresó al bolsillo de su chaqueta. El Alfa dio los dos últimos pasos que los separaban, acortando la distancia hasta quedar a pocos centímetros del cuerpo de la vampiresa. La diferencia de estatura era evidente; Arlet tenía que alzar ligeramente el rostro para sostenerle la mirada, pero en ese momento se sentía completamente desarmada bajo el escrutinio de esos ojos azules profundos.
—¿Se puede saber por qué dijiste todas esas cosas sobre mí? —logró formular Arlet, intentando recuperar su tono severo y aristocrático, aunque la calidez en sus mejillas y la vacilación en su voz arruinaron por completo la fachada.
—¿A qué te refieres? —preguntó Aslan con inocencia juguetona, inclinando la cabeza.
—A la descripción... a la forma en que le hablaste a tu madre —refunfuñó, cruzándose de brazos para intentar esconder el temblor sutil de sus manos—. "Un espectáculo de mujer", "seda helada", "absolutamente mía"... ¡Fue exagerado y ridículo! Pareces un poeta barato.
Aslan no se inmutó. En lugar de retroceder, dio un paso más, reduciendo el espacio a cero. Extendió una mano grande y tibia, apoyando la palma en el costado de la cintura de Arlet, mientras que con la otra mano elevó dos dedos para tomarla suavemente de la barbilla, obligándola a sostener la mirada.
—No dije nada que fuera mentira, Arlet —murmuró el híbrido con una voz grave, profunda y cargada de una sinceridad que le erizó la piel a la vampiresa—. Solo le dije a mi madre la verdad sobre la mujer que el destino eligió para mí.
—Aslan... —intentó protestar, pero el aliento se le fue por completo cuando sintió el pulso del chico latiendo con fuerza contra su mano.
—Puedes intentar esconderte detrás de tus treinta años, de tu estirpe pura y de tu coraza de fotógrafa independiente —continuó el Alfa Real, acercando su rostro al de ella hasta que sus alientos se mezclaron en el aire—. Pero para mí, eres la luz que enciende a mis dos bestias. No me importa lo terca que seas ni cuántas veces intentes pelear contra lo que sentimos. Eres hermosa, eres mi luna y no hay un solo segundo del día en que no me sienta el ser más afortunado del universo por tener mi marca en tu piel.
El corazón de Arlet dio un vuelco violento dentro de su pecho. El latido, habitualmente lento y pausado por su condición de vampiresa, comenzó a percutir contra sus costillas con una fuerza desenfrenada, rápido y sonoro, retumbando en el silencio de la sala. La corriente de calor que emanaba de la marca en su cuello se disparó a través de su torrente sanguíneo, inundando su cuerpo de una sensación de plenitud tan intensa que los ojos se le llenaron de un brillo carmesí casi hipnótico.
Ver a este hibrido de diecinueve años, tan joven, pero con la presencia imponente de un Alfa Real y la lealtad inquebrantable de un compañero verdadero, hablarle con semejante devoción hizo que todas las barreras que le quedaban en el alma terminaran de desmoronarse.
—Eres inaguantable... —susurró Arlet, aunque esta vez no había ni un solo rastro de molestia en sus palabras, sino un hilo de rendición absoluta.
—Y tú estás completamente rendida de mí, mi luna —sonrió Aslan con ternura.
Sin darle tiempo a replicar, el híbrido inclinó la cabeza y selló sus labios con los de ella en un beso lento, dulce y profundamente romántico. No había la prisa ni la voracidad del celo; era un beso de reconocimiento, de promesa y de pertenencia mutua. Arlet soltó un suspiro ahogado contra su boca, deslizó los brazos alrededor del cuello ancho del Alfa y se pegó a su pecho musculoso, dejando que el latido frenético de su propio corazón se acoplara al ritmo firme y protector del compañero que el destino le había regalado para toda la eternidad…