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Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

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El sol mañanero se filtraba de forma cálida por el gran ventanal del penthouse, iluminando la escena en la cocina. El aroma a café recién colado llenaba el aire, pero la paz matutina se veía interrumpida por una acalorada discusión entre la princesa y su Alfa Real.

—Ya te dije que no, Aslan. Voy a ir sola —sentenció Arlet, ajustándose las mangas de la blusa mientras lo miraba con una firmeza que pretendía ser inquebrantable.

El Alfa Real, vestido con unos pantalones oscuros y una camiseta ajustada que dejaba ver la amplitud de sus hombros, estaba apoyado contra la barra de la cocina con los brazos cruzados y el ceño ligeramente fruncido.

—Y yo ya te dije que no pienso dejarte ir sola a enfrentarte a tu familia —repuso, dando un paso hacia ella—. Soy tu compañero, Arlet. La marca está en tu cuello. Lo lógico es que camine a tu lado desde el primer segundo. Además... no quiero que vayas sola y me pintes como si fuera un simple cachorro caprichoso.

Arlet no pudo contenerse. Dejó escapar una risa genuina, cristalina y suave, un sonido raro en su habitual faceta seria que hizo que los ojos de Aslan resplandecieran con un matiz rubí.

—¡Es que eres un cachorro! —le dijo ella entre risas, llevándose una mano al pecho.

—Claro que no —contradijo de inmediato, inflando el pecho con indignación fingida, aunque una sonrisa descarada amenazaba con dársele a la fuga—Soy un Alfa Real, un león y un lobo. No hay nada de cachorro en mí, mi luna.

—Sigues teniendo diecinueve años —le recordó, suavizando el tono mientras se acercaba a él—. Escúchame. Necesito hablar primero con mis padres a solas. Quiero explicarles la situación, antes de que te vean cruzar la puerta. Si apareces de la nada con tu presencia abrumadora, no sé cómo vayan a reaccionar mis padres. Déjame hacerlo a mi manera y después te presentaré oficialmente.

Aslan la observó durante unos segundos. La lógica de su luna tenía sentido, pero a su instinto territorial no le gustaba la idea de dejarla ir a un terreno donde podían cuestionar la legitimidad de su unión. Soltó un largo suspiro de resignación.

—Está bien —cedió el híbrido, dando un paso más para acortar la distancia y atraparla suavemente por la cintura—. Acepto. Pero esta concesión me la vas a pagar. Será otra deuda corporal.

—¿Otra deuda corporal? —preguntó alzando una ceja, mirándolo con diversión contenida— ¿De qué estás hablando? Yo no tengo ninguna deuda contigo.

—Claro que sí —insistió Aslan con una sonrisa pilluela—. Es la regla del juego.

—¡Mentira! —lo interrumpió la vampira, dándole un golpecito juguetón en el pecho—. La última vez, en la cafetería, me dijiste que te debía porque te pediste que no fuera a la cena con tu prima y al final no cumpliste el acuerdo, ¿recuerdas? Así que estamos totalmente a mano. Nada de deudas corporales.

Aslan se congeló un segundo, parpadeó y se rascó la nuca con un gesto exagerado de inocencia infantil, luciendo más joven que nunca.

—Ah... cierto. Lo había olvidado por completo —murmuró, desviando la mirada hacia el techo. Arlet volvió a reír con ganas, negando con la cabeza ante la desfachatez de su compañero.

—Qué conveniente para ti olvidar, ¿verdad, cachorro?

—Bueno, pero esta sí cuenta como una nueva deuda —insistió el Alfa Real rápidamente, tomándola de la barbilla con delicadeza para obligarla a mirarlo, recuperando esa mirada ardiente y coqueta que sabía que siempre le hacía temblar las piernas—. Me estás pidiendo que me quede al margen mientras vas con tu familia. Eso vale al menos una noche entera dedicada exclusivamente a mí cuando volvamos.

Arlet suspiró, sintiendo cómo el calor de la marca en su cuello se intensificaba ante la cercanía del híbrido. La mezcla de su ternura juvenil y su dominancia natural era una combinación a la que ya no tenía ninguna intención de resistirse.

—Está bien, de acuerdo... sí, cachorro. Acepto la deuda —cedió con una sonrisa tierna, rozando sus labios con los de él.

Aslan se alegró al instante, y esa sonrisa radiante iluminó todo su rostro.

—Perfecto —dijo con aire triunfal—. En ese caso, te llevo.

—Aslan, no es necesario, puedo tomar un taxi.—intentó declinar.

—No voy a aceptar un no por respuesta, Inyanga (Luna) —la cortó con firmeza juguetona, tomándola de la mano y guiándola hacia la salida— Te llevo, te dejo frente a la casa de tus padres para que entres sola, y me quedo cerca esperando tu llamada por si me necesitas. Sin discusiones.

Arlet miró sus manos entrelazadas y no pudo evitar sonreír de lado, rindiéndose por completo ante el cuidado posesivo de su Alfa.

—Está bien, tú ganas —aceptó la vampira, dejándose llevar hacia la puerta, lista para enfrentar a su familia con el respaldo del híbrido cuidándole los espaldas.

Unos minutos después la camioneta del hibrido se detuvo suavemente frente a la imponente residencia de los padres de Arlet.

Aslan apagó el motor, pero no soltó el volante de inmediato. Giró el cuerpo sobre el asiento de cuero para fijar sus ojos azules en ella, recorriendo su rostro con una mezcla de cautela y protección.

—¿Segura de que quieres entrar sola? —preguntó el híbrido, su voz bajando un tono, cargada de esa gravedad natural que no podía ocultar— Puedo bajar contigo. No me importa lo que diga tu familia sobre mi edad o mi especie.

—Estoy completamente segura, Aslan —respondió con voz tranquila, ajustándose la solapa de su abrigo oscuro— Mis padres no son complicados, asi que mientras más simple sea al momento de contárselo, mejor. Nos veremos después.

—¿Después cuándo? —insistió.

—No voy a arrepentirme, Aslan. No seas un Alfa posesivo. —respondió sin poder evitar esbozar una sonrisa contenida ante la insistencia de su compañero.

—No puedo evitarlo, está en mi naturaleza... por dos —repuso, guiñándole un ojo con esa desfachatez irresistible que siempre le robaba la calma a la vampira.

Ella negó suavemente con la cabeza, manteniendo la pequeña sonrisa en sus labios mientras lo miraba con una ternura que ya no intentaba esconder.

—No voy a ir a ningún lado. Yo sí cumplo mi palabra... no como otros.

Aslan soltó una risita baja y se rascó la nuca con soltura, recordando la conversación de hacía unos minutos.

—Oye, no podía perder la oportunidad de verte, mi luna. Por eso no cumplí mi palabra aquella vez —se justificó el híbrido, recortando la distancia entre ambos para tomarle la mano con firmeza—. De ahora en adelante, todo lo que me pidas lo cumpliré... menos estar lejos de ti. Eso no es negociable.

Arlet suspiró, sintiendo cómo la calidez de la marca en su cuello se intensificaba ante la firmeza del lazo.

—Eres un cachorro insoportable —murmuró.

—Lo sé... pero soy tu cachorro —dijo con una sonrisa coqueta y los ojos brillándole de pura devoción.

—Insoportable —repitió, aunque sus palabras carecían de cualquier tipo de veneno. Sin darle tiempo a replicar, la vampiresa se inclinó hacia adelante y le plantó un beso tronado, firme y sonoro en los labios, tomándolo por sorpresa antes de separarse con elegancia— Te veo al rato —dijo, guiñándole un ojo mientras abría la portezuela del coche.

Arlet bajó del vehículo con paso erguido y seguro, acomodándose el cabello oscuro sobre los hombros mientras caminaba hacia las rejas de la residencia. Detrás de ella, a través del espejo retrovisor, Aslan la contempló alejarse, apoyando el brazo en la ventanilla con una sonrisa amplia y satisfecha dibujada en los labios, sabiendo que, sin importar lo que ocurriera al otro lado de esas puertas, la vampira ya le pertenecía para toda la eternidad.

(…)

Arlet cruzó el umbral de la residencia familiar. El silencio impecable de la casa se rompió apenas sus tacones resonaron sobre el suelo de mármol del recibidor.

—¡Mio sole! —la voz suave y melodiosa de Joey resonó desde el salón principal.

La madre de Arlet apareció en el pasillo luciendo una figura impecable, impecablemente vestida y con esa gracia que su hija había heredado punto por punto. Joey se acercó con los brazos abiertos para estrechar a su hija en un abrazo cálido, pero en el instante en que sus rostros quedaron a pocos centímetros, la matriarca se congeló. Sus ojos oscuros se dilataron imperceptiblemente y sus fosas nasales captaron la abrumadora mezcla en el aire: la esencia pura de violetas de Arlet ahora estaba teñida de forma irreversible por la fuerza terrenal de un aroma a bosque tras la lluvia y sol intenso.

Joey, era una humana, pero a su compañero y sus hijos podía olerlos a la perfección. Sin embargo no dijo nada, mantuvo la compostura perfecta que la caracterizaba, aunque una sombra de profunda sorpresa y ligera cautela cruzó su rostro antes de ofrecerle una sonrisa serena.

—Qué alegría tenerte aquí tan temprano —murmuró Joey, acariciándole la mejilla antes de dar un paso atrás.

—¿Es mi colibrí la que ha decidido honrarnos con su presencia? —la voz profunda y pausada de Desmond resonó desde la biblioteca.

El padre de Arlet emergió con paso firme, abotonándose la chaqueta del traje. Al acercarse a su hija, la sonrisa cálida en los labios del Rey de los Vampiros se pausó exactamente en el mismo instante en que el aura de Arlet tocó sus sentidos. Desmond, un vampiro de sangre pura cuya percepción era casi infalible, frunció sutilmente el ceño. La esencia de su hija ya no era la de una vampiresa independiente. Había una marca viva vibrando bajo su piel.

—Papá, mamá —saludó Arlet, manteniendo la postura erguida y la barbilla en alto, aunque su corazón dio un pequeño vuelco al ver la reacción silenciosa de ambos—. Es bueno verlos.

—Princesa... —Desmond la observó con la mirada fija, deteniéndose un segundo en el cuello alto de su abrigo—. Tu esencia ha cambiado.

—Lo sé —admitió Arlet sin dudar, inhalando con serenidad—. Estoy aquí porque necesito hablar con ustedes. Es algo de suma importancia.

Joey y Desmond intercambiaron una mirada rápida, un diálogo silencioso entre dos esposos que llevaban muchos años juntos y que entendían perfectamente el peso de lo que estaba a punto de ser revelado.

—Vamos al salón —dijo Joey con suavidad—. Te escuchamos, mio sole.

Se acomodaron en el espacio. Arlet se sentó en el centro del sofá principal, mientras sus padres ocupaban los sillones individuales a cada lado. La tensión en la habitación era palpable pero contenida.

Arlet se pasó los dedos por el cabello oscuro, dejándolo caer hacia la espalda para no esconder lo inevitable.

—He encontrado a mi compañero de vida —anunció con voz clara y firme, mirando a sus padres a los ojos— Y me ha reclamado. La marca está completa.

El anuncio cayó como una piedra en agua tranquila.

Joey se llevó una mano al pecho, soltando un leve jadeo antes de recuperar el control, mientras que Desmond se reclinó lentamente en su sillón, entrecerrando los ojos con una gravedad pesada.

—¿Tu compañero? —repitió Desmond, con una voz rasposa que presagiaba la tormenta de preguntas que se avecinaba—. Arlet... la esencia que llevas no pertenece a ningún vampiro de nuestro linaje, ni de ninguna estirpe pura que conozcamos. Huele a bosque y a bestia.

—Porque no es un vampiro, papá —corrigió Arlet con absoluta seguridad— Es un Alfa cambiante. Un híbrido de león y lobo.

—¡¿Un cambiante?! —exclamó Joey—. Mia sole ¿Cómo ocurrió algo así sin que lo supiéramos?

—Y lo más importante —interrumpió Desmond, poniéndose de pie con paso pausado y cruzando las manos tras la espalda mientras la miraba con severidad paternal—. ¿Quién es él, Arlet? ¿De qué manada proviene? Porque para haber tenido la osadía de poner sus colmillos sobre el cuello de mi hija, debe ser alguien con el poder y la posición suficientes para responder ante esta familia.

Arlet respiró hondo, sabiendo que el momento de revelar el dato más delicado había llegado. Apoyó las manos sobre las rodillas y sostuvo la mirada penetrante de su padre.

—Su nombre es Aslan Mackay- Driscol —dijo ella, permitiendo que un matiz de calidez suavizara su tono—. Es el hijo de Isis Driscol y Tristán Mackay ella es un Alfa Leona, y él es un Alfa Reale. Proviene de un linaje tan antiguo y respetado como el nuestro.

Joey pareció calmarse un poco al oír el nombre de la familia del chico, reconociendo el peso político y social de esa estirpe en el mundo sobrenatural. Sin embargo, Desmond no cambió su expresión austera.

—Aslan... —murmuró Desmond, procesando la información— Pertenece a la familia Real de los hombres lobos. —comentó y Arlet asintió— ¿Qué escondes colibrí? Porque hay algo que no me estás diciendo, mi colibrí. Tu voz vacila de una forma muy particular.

Arlet bajó ligeramente la vista antes de sonreír de lado, recordando la actitud descarada de su Alfa esperándola a pocas calles de allí.

—Tiene diecinueve años —confesó la fotógrafa.

—¡¿Diecinueve años?! —esta vez fue Desmond quien alzó la voz, dando un paso al frente mientras Joey abría los ojos con completa estupefacción—. ¡Arlet, tienes treinta años! ¡Eres una mujer madura, una profesional establecida, una vampiresa de sangre pura! ¿Me estás diciendo que te has dejado marcar por un chico que apenas está empezando la universidad?

—No me dejé marcar como si fuera un accidente, padre —protestó Arlet, enderezándose con la elegancia y el orgullo que sus mismos padres le habían inculcado—. El lazo existe desde el primer momento en que nos vimos en Londres. Intenté luchar contra la distancia y la brecha de edad, pero el destino nos une.

—Mio sole... —intervino Joey con tono preocupado, pero más suave, levantándose para acercarse a ella—. No dudamos de tu juicio, pero un Alfa de esa edad es inestable, posesivo por naturaleza y sumamente impulsivo. Un compromiso como este es de por vida. ¿Estás absolutamente segura de que no fue el calor del momento lo que te dominó?

—Mírenlo ustedes mismos —dijo Arlet con voz suave pero rotunda mostrando su cuello—. La marca está asentada. El lazo es perfecto. Él es mi compañero y yo soy su luna. Y aunque sigue siendo un cachorro insoportable en muchos aspectos... es el Alfa al que he decidido entregarle mi vida.

Desmond contempló el intrincado la marca en la piel de su hija. La perfección de la marca y la armonía con la energía de Arlet eran innegables: no había rechazo biológico, no había sombras de fuerza bruta ni sometimiento; era la manifestación de una unión verdadera y sagrada.

El Rey de los Vampiros, dejó escapar un largo suspiro, pasando una mano por su rostro mientras la rigidez de sus hombros comenzaba a ceder.

—Está bien —dijo Desmond con resignación serena—. Si el lazo es real y tú lo has aceptado con convicción, no seré yo quien intente romper lo que la naturaleza ha unido. Pero ese chico no va a quedarse oculto en las sombras como si nos avergonzáramos de él.

—No planea hacerlo —sonrió Arlet con ironía—. De hecho, está ansioso por conocerlos.

Joey, que procesaba la información con la agudeza que caracterizaba a la humana, entrecerró los ojos mientras ligaba los nombres en su memoria.

—Un momento... —intervino Joey, ladeando la cabeza con una chispa de curiosidad en la mirada— Aslan... ¿es el primo de Isabella? ¿La compañera de Dracc?

Arlet no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa de complicidad ante la deducción de su madre.

—Sí, madre —asintió la fotógrafa—. Es el primo de Isabella.

—Bueno... es realmente lindo —dijo Joey sonriendo con calidez, cruzando las manos sobre su regazo mientras la sorpresa inicial terminaba de transformarse en una aprobación complaciente—. Todo queda dentro de la misma gran estirpe, al parecer.

—Ya decía yo que había algo raro con ustedes —rezongó Desmond con una media sonrisa irónica, negando con la cabeza antes de cruzar los brazos sobre el pecho— Primero Dracc nos aparece con una chica cambiante y ahora tú te dejas marcar por hibrido. —comentó caminando hacia el gran ventanal que daba a jardín. Luego se giró hacia su hija, recuperando la firmeza de su postura, pero con los ojos brillando con un afecto paternal innegable—En fin... dile a ese compañero tuyo que puede venir —sentenció Desmond—. Es hora de ver si tu Alfa Real de diecinueve años tiene el valor de encarar al padre de su luna…