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El Rey de los Vampiros

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

El Rey de los Vampiros

La luz tenue de las lámparas del vestidor creaba un ambiente íntimo y cálido en la habitación del penthouse. La cena formal con los padres de Arlet estaba programada para un par de horas más tarde, y el ambiente entre la vampira y el Alfa Real oscilaba entre la elegancia y la chispa constante de su dinámica.

Arlet vestía un diseño impecable en tono azul noche que contrastaba de forma deslumbrante con su piel de alabastro. El escote en la espalda dejaba al descubierto el borde superior de la marca, ese intrincado tatuaje que latía con un fulgor tenue cada vez que Aslan se acercaba.

—Aslan, hablo muy en serio —dijo la vampiresa, girándose para encarar a su compañero mientras tomaba entre sus manos la corbata de seda negra que él llevaba suelta sobre el cuello—. Esta noche no es una reunión casual. Es una cena oficial con mis padres. Necesito que te comportes y, por lo que más quieras, que no seas un descarado.

Aslan, vistiendo un traje a la medida que resaltaba la amplitud de sus hombros y la imponencia de su figura, la miraba desde arriba con una sonrisa ladina y los ojos azules chispeando con destellos rojos.

—Lo intentaré, mi luna —respondió el híbrido con una inocencia tan falsa que hizo que Arlet entrecerrara los ojos—. Aunque sabes que mi león y mi lobo se ponen bastante rebeldes cuando estoy cerca de ti.

—Pues les pides a tus bestias que se pongan un bozal por dos horas —repuso ella, pasando la tira de seda con destreza para armar el nudo de la corbata—. Mi padre estará observando cada uno de tus movimientos. No le des excusas para pensar que eres un salvaje impulsivo.

Aslan soltó una risita baja, disfrutando de la cercanía. Extendió las manos y las apoyó con suavidad en la cintura de ella, atrayéndola apenas un par de centímetros para acortar la distancia.

—Está bien, sin actitudes salvajes —cedió con tono juguetón—. Pero tengo que negociar las reglas del juego. A ver... ¿puedo besarte mientras estemos frente a tus padres?

—Definitivamente no. —declaró Arlet deteniendo el ajuste del nudo y lo miró fijamente a los ojos.

—¿Ni siquiera un beso pequeño en la mejilla para saludar? —insistió el chico, inclinando la cabeza con coquetería.

—No tienes que saludarme, voy contigo y nada de besos frente a mi padre, Aslan. Mantén las manos quietas.

—Eres inflexible Inyanga (Luna) —protestó con un suspiro dramático—. Bien, ¿qué hay de los abrazos? Si te tomo por la cintura mientras caminamos al comedor, ¿cuenta como una falta grave a la etiqueta de la alta cuna?

—Cuenta como una provocación innecesaria —respondió, terminando de acomodar el nudo de la corbata justo a la altura del cuello del híbrido.

—¿Y tomarte de la mano?

—Solo cuando estemos sentados o si nos desplazamos entre las estancias —concedió pasando las palmas de las manos sobre la solapa de la chaqueta de él para alisar la tela—. Y nada de acariciar la marca en público. Sé perfectamente lo que intentas hacer cuando tus dedos buscan mi cuello.

—Es una reacción instintiva —se justificó el Alfa Real, pegando el pecho al de ella y mirándola con una devoción tan intensa que a Arlet se le aceleró el pulso—. Huele a mí, se ve como una obra de arte sobre tu piel y me recuerda que eres mía. Pedirme que no la mire o que no la toque es casi una tortura.

Arlet sintió cómo el calor de la marca respondía de inmediato a la cercanía de su compañero, enviando una marea de calor suave por su espina dorsal. Alzó la barbilla, intentando mantener la compostura a pesar del rubor tenue que comenzaba a teñir sus mejillas.

—Esa tortura tendrá que durar hasta que regresemos a este departamento, cachorro —dijo en un murmullo grave pero dulce, dándole un golpecito suave en la barbilla—. Así que ajústate la chaqueta, mantén la postura de Alfa Real que te pertenece y prepárate.

Aslan sonrió de lado, atrapando una de las manos de Arlet antes de que pudiera alejarse para depositar un beso firme y sonoro en sus nudillos.

—Tus deseos son órdenes, mi luna... pero recuerda que el comportamiento perfecto de esta noche se suma a la lista de tus deudas conmigo.

—Eres insoportable —suspiró la vampira, aunque no pudo evitar regalarle una sonrisa genuina y coqueta antes de tomar su bolso y caminar hacia la salida.

El trayecto en coche hacia la residencia de la familia de Arlet se desarrolló en un ambiente cargado de una expectativa. Aunque la vampira había intentado adoctrinar a Aslan durante toda la tarde sobre el protocolo, en el fondo sabía que la calidez de su hogar no se regía por la rigidez helada que podías esperar de los reyes de los vampiros. Sin embargo, la presencia de Desmond siempre imponía cierto respeto, un aura de autoridad milenaria que ponía a prueba a cualquiera que intentara acercarse a su familia, después de todos era el Rey y uno de los vampiros más antiguos sobre la faz de la tierra.

El vehículo se detuvo frente a los imponentes portones de hierro forjado. Al cruzar el sendero flanqueado por jardines perfectamente cuidados, las luces cálidas de la mansión iluminaron el rostro sereno de Aslan. El Alfa Real apagó el motor, se ajustó los puños de la camisa y se giró hacia su compañera.

—¿Paso la primera prueba si mantengo las manos en los bolsillos hasta cruzar el umbral? —bromeó en un susurro, guiñándole un ojo.

—Pasas la prueba si consigues que mi padre no te analice como si fueras una amenaza de estado —respondió Arlet con una sonrisa tenue, aunque el latido firme de su corazón delataba la emoción que el lazo transmitía entre ambos.

Al bajar del coche, Aslan caminó con paso fluido y seguro rodeando el vehículo para abrirle la puerta a Arlet. Aunque la vampira le dedicó una mirada de advertencia sobre los límites del contacto físico, aceptó su mano para descender. El contacto de sus pieles envió una vibración cálida por el lazo, y la marca en el cuello de Arlet pareció responder con un tenue destello oculto bajo la chaqueta.

La puerta principal fue abierta por el mayordomo de la familia, pero no hubo recepciones pomposas ni hileras de sirvientes custodiando el pasillo. La cena, tal como Arlet había previsto, era una reunión íntima, reservada estrictamente para el núcleo familiar.

En la entrada del salón, Joey y Desmond aguardaban la llegada de la pareja.

Joey vestía un conjunto de seda color granate que realzaba su porte majestuoso pero cercano. Desmond, a su lado, vestía un traje oscuro impecable, con la postura erguida de un patriarca de estirpe pura cuya mirada carmesí era capaz de leer las intenciones del vampiro o cambiante más astuto.

—Bienvenidos —saludó Joey con una sonrisa cálida que disipó de inmediato la primera capa de tensión en el aire—. Entren, por favor.

Arlet avanzó con naturalidad, manteniendo una sonrisa tranquila mientras tomaba a Aslan suavemente del brazo para situarlo a su lado.

—Hola de nuevo —saludó Arlet con voz fluida y ligera, mirando a sus padres antes de girarse hacia el híbrido—. Aslan, ellos son mis padres. Esta es mi mamá, Joey y él es mi papá, Desmond.

—Es un verdadero placer conocerlos al fin, señora, señor —dijo Aslan de inmediato, mostrando una sonrisa educada y franca mientras daba un paso al frente con total soltura—. Muchas gracias por recibirme en su casa esta noche.

Joey fue la primera en dar un paso hacia él, disipando cualquier rastro de tensión con una calidez impecable.

—El placer es nuestro, Aslan. Bienvenido a nuestra casa —respondió Joey, ofreciéndole una sonrisa genuina.

Desmond dio un paso hacia el joven, acortando la distancia. Las fosas nasales del patriarca se contrajeron apenas un milímetro, percibiendo la densidad del aura del Alfa Real: la fuerza pura de la sangre de león y lobo entrelazada de forma definitiva con el aroma a violetas de su hija. El patriarca extendió la mano con firmeza.

—Aslan —dijo Desmond, estrechando la mano del híbrido con un agarre medido—. Bienvenido. Pasa, por favor.

Aslan sostuvo el apretón con la fuerza exacta, sin ceder ante la presión ni mostrar una dominancia agresiva. Sostuvo la mirada del padre de Arlet con una serenidad absoluta que sacó a relucir la cuna de la que provenía.

—Pasemos al comedor —invitó Joey, rompiendo la breve medición de fuerzas con una gracia impecable—. La cena está servida.

El comedor principal estaba iluminado por un candelabro de cristal que proyectaba una luz dorada y acogedora sobre la mesa de caoba. A diferencia de lo que había imaginado el Alfa Real, esperando un frías cenas de gala de la alta sociedad, la mesa estaba dispuesta para cuatro personas, creando un ambiente de cercanía que sorprendió gratamente al híbrido.

Se acomodaron de forma natural: Desmond en la cabecera, Joey a su derecha, y Arlet junto a Aslan en el lado opuesto. Fiel a la promesa hecha en el penthouse, Aslan se comportó con una discreción intachable. Desplazó la silla para Arlet con caballerosidad antes de tomar asiento a su lado, cuidando que sus movimientos no resultaran invasivos, aunque su presencia física llenaba el espacio con la autoridad natural de su linaje.

Los sirvientes sirvieron el primer plato, una entrada delicada acompañada de vino tinto de cosecha antigua para los vampiros y una reserva especial para el híbrido.

—Debo confesar, Aslan, que la noticia de la marca nos tomó por sorpresa —comenzó Joey, tomando un sorbo de su copa— La velocidad con la que se consolidó este lazo entre Arlet y tú es algo que in duda no esperabamos.

—Lo comprendo perfectamente, señora —respondió Aslan con calma, dejando los cubiertos sobre el plato tras un bocado—. Para ser completamente honesto, ni el destino ni la biología de nuestras especies suelen pedir permiso. Desde el primer instante en que vi a Arlet en Londres, mis bestias reconocieron a su luna. La brecha de edad o la distancia social no cambiaron el hecho de que su alma y la mía ya estaban unidas.

Arlet miró de reojo a su compañero, notando cómo la firmeza de sus palabras provocaba un asentimiento imperceptible en su madre.

—Hablas con la seguridad de un Alfa maduro —intervino Desmond, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando las manos mientras fijaba su mirada penetrante en el joven—. Pero la realidad es que tienes diecinueve años, Aslan. Arlet es una vampira de treinta años, con una reputación intachable, una carrera consolidada y una posición dentro de la familia real de los Vampiros. ¿Cómo pretendes equilibrar tu vida universitaria y la juventud de tus instintos con las exigencias de ser el compañero de una mujer de su estirpe?

La pregunta flotó en el aire con un peso denso. Arlet estuvo a punto de intervenir para suavizar la interrogación, pero la mano de Aslan se deslizó con sutileza por debajo de la mesa, buscando sus dedos y dándoles un apretón firme para pedirle que le permitiera responder solo.

—Con todo el respeto, señor —contestó Aslan mirando fijamente al patriarca—, la edad en nuestra especie es un número que solo mide el tiempo en el mundo humano, no la capacidad de lealtad ni el compromiso de un lazo de apareamiento. Puede que esté en la universidad y que tenga diecinueve años, pero soy el hijo de un miembro importante en la realeza de los Hombros Lobos y fui criado para asumir responsabilidades desde que tengo uso de razón. —hizo una pausa breve, permitiendo que la gravedad de sus palabras se asentara antes de continuar— No pretendo moldear a Arlet a mi vida ni recortar su independencia. Admiro su trabajo, su carácter y su origen. Mi único papel como su compañero es protegerla, darle la estabilidad que el lazo exige y asegurarme de que nadie en ninguna de nuestras sociedades falte al respeto a la mujer que lleva mi marca. Si mi edad es una duda para usted, le pido que me juzgue por mis acciones a partir de hoy, no por los años que figuran en mi registro.

Joey sonrió de forma tenue, abiertamente impresionada por la madurez y la elocuencia de la respuesta del hibrido. Desmond, por su parte, mantuvo la mirada sobre el Alfa Real durante varios segundos de silencio absoluto, evaluando la sinceridad en los ojos azules del compañero de su hijo.

—Una respuesta digna de sangre real —concedió Desmond finalmente, tomando su copa de vino y dándole un trago lento—. Sin embargo, un lazo como este implica que sus vidas ya no son individuales. ¿Cuáles son sus planes a corto plazo?

—Volveremos a Londres la próxima semana —intervino Arlet, tomando la palabra con la gracia que la caracterizaba— Viviremos juntos. Y este fin de semana asistiremos a la casa de su familia para la presentación oficial.

—Me parece lo correcto —asintió Joey— Ambas familias mantendremos un vínculo estrecho, lo cual nos facilitara que las cosas se desarrollen en paz.

La cena continuó fluyendo en un tono mucho más relajado. La interrogación inicial de Desmond dio paso a una conversación fluida sobre los proyectos fotográficos de Arlet y los estudios que Aslan estaba cursando. A medida que avanzaban los platos, la tensión del principio se disipó por completo, revelando una dinámica sorprendentemente armoniosa.

Aslan cumplió su palabra al pie de la letra: mantuvo la compostura aristocrática durante toda la velada, respondiendo con respeto a cada comentario de Desmond y mostrando una devoción atenta hacia Arlet que no pasó desapercibida para los reyes. Solo por debajo de la mesa, el contacto de sus manos entrelazadas se mantenía como un ancla constante, un secreto compartido que transmitía oleadas de calidez a través del lazo.

Al llegar el postre y el café, Desmond se reclinó en su asiento, mirando a la pareja con una expresión mucho más serena y paternal.

—Arlet siempre ha sido extremadamente exigente con sus decisiones —comentó el patriarca, mirando a su hija con orgullo—. Que te haya aceptado como su compañero y que lleve tu marca con esta seguridad me dice todo lo que necesito saber sobre ti, Aslan.

—Le aseguro que honraré esa confianza cada día, señor —respondió el Alfa con sinceridad.

Cuando la cena finalmente concluyó y los cuatro se trasladaron de vuelta al vestíbulo principal para la despedida, el ambiente era completamente diferente al de la llegada.

Joey se acercó a Arlet y la envolvió en un abrazo cálido, dándole un beso en la mejilla.

—Mia sole, estoy muy feliz por ti —le susurró al oído—. Es un joven brillante, fuerte y se nota a kilómetros la devoción que siente por ti. Cuídense mucho.

—Gracias, mamá —sonrió Arlet, sintiendo un alivio inmenso en el pecho.

Desmond caminó hacia Aslan, extendiéndole la mano una vez más, aunque esta vez el apretón fue firme y afectuoso, propio de la aceptación de un nuevo miembro en la familia.

—Cuida de mi colibrí, Aslan —dijo el patriarca con voz profunda—. Tienes las puertas de esta casa abiertas siempre que lo deseen.

—Así lo haré, señor. Muchas gracias por todo.

Tras las últimas despedidas, Arlet y Aslan cruzaron la puerta principal y caminaron juntos hacia el coche bajo el cielo estrellado de la noche. La brisa fresca golpeó sus rostros, pero la calidez del lazo entre ambos parecía envolverlos en una burbuja de absoluta tranquilidad.

En cuanto se subieron al vehículo y las puertas se cerraron aislándolos del mundo exterior, el aire de solemnidad de Aslan se evaporó al instante. El Alfa Real dejó escapar un largo suspiro, se quitó la chaqueta del traje, la arrojó al asiento trasero y se desabrochó los dos primeros botones de la camisa.

—Dios mío... creo que acabo de sobrevivir al examen más difícil de toda mi vida —exclamó con una sonrisa descarada, girándose de inmediato hacia Arlet.

La vampira soltó una risa ligera y cristalina, relajando los hombros mientras lo miraba con los ojos carmesí brillando de orgullo.

—Tengo que admitir que te comportaste impecablemente, cachorro —dijo acercándose un poco a él—. Respondiste a mi padre con una madurez que ni yo misma esperaba.

Aslan sonrió de lado, esa sonrisa coqueta y triunfante que siempre le aceleraba el pulso a su luna. Extendió el brazo, la tomó de la cintura y la atrajo hacia su regazo sin darle tiempo a protestar.

—Cumplí cada una de tus reglas, mi luna —murmuró el híbrido, pegando su frente a la de ella y rodeándole el cuello con la mano hasta acariciar con la yema del pulgar la marca que latía en su piel—. Ni un solo beso fuera de lugar, nada de provocaciones frente a tu padre y una conducta de rey intachable...

—Lo hiciste muy bien —susurró ella, dejando que sus manos se apoyaran en los hombros anchos del chico.

—Exacto —dijo con la voz volviéndose profunda y cargada de una lujuria juguetona mientras sus ojos azules destellaban en la penumbra del coche—. Lo que significa que la cena terminó, volvimos a nuestro terreno y ahora es momento de que empieces a pagar tus deudas corporales conmigo.

Arlet soltó un suspiro dramático antes de inclinarse y sellar sus labios con los de su Alfa Real en un beso ardiente y profundo, sabiendo que la tormenta familiar había quedado atrás y que la noche apenas comenzaba…