Isis
El beso en la penumbra del coche pronto amenazó con incendiar la atmósfera. Las manos de Aslan bajaron con posesiva firmeza desde la cintura de Arlet hasta la parte posterior de sus muslos, apretándola contra su regazo con la fuerza contenida de sus bestias. La vampira ahogó un gemido suave contra la boca del híbrido al sentir cómo la verga del cachorro respondía de inmediato a la cercanía, endureciéndose debajo de la fina tela de sus pantalones.
—Aslan... —logró murmurar separándose apenas un milímetro, con los labios entreabiertos y la respiración agitada—. Estamos estacionados prácticamente frente a la residencia de mis padres, asi alguno decide asomarse por el ventanal...
—Que mire —susurró el híbrido con la voz vuelta un gruñido rasposo y profundo. Inclinó la cabeza para devorar el cuello de la vampira, rozando con los labios la marca palpitante que emanaba un calor abrasador—. Tus padres ya me dieron su bendición y aceptaron que soy tu compañero. Mis bestias han estado contenidas toda la noche jugando al tipo educado, Arlet. No voy a esperar a llegar al penthouse.
Sin darle tiempo a protestar, Aslan activó el seguro de los cristales tintados y reclinó el asiento del conductor con un movimiento rápido. Tomó a Arlet por la cadera y la acomodó sobre él, dejando a la vampira a horcajadas sobre su regazo.
—Dijiste que pagaría mi deuda... pero pensé que tendrías la decencia de llevarme a una cama —protestó con tono divertido, aunque sus dedos se enredaban ya en el cuello de su cachorro, acortando la distancia para buscar sus labios otra vez.
—La decencia se quedó en la mesa del comedor, Inyanga —sonrió con descaro antes de apoderarse de su boca en un beso voraz, implacable, que le hizo perder el aliento.
La seda azul noche del vestido de Arlet rodó despacio por sus hombros, dejando al descubierto la blancura de su piel de alabastro bajo la luz de la luna. Una de las manos convertidas en garras del híbrido, rasgó el encaje de la ropa interior de la vampira, mientras la otra mano se afianzaba en su espalda baja para guiarla hacia abajo.
—Aslan, el coche... —alcanzó a jadear ella cuando sintió la punta ardiente del Alfa presionando directamente contra su centro húmedo e inflamado.
—El coche aguantará —prometió con los ojos desbordando destellos rojos.
Con un impulso firme y ascendente, el híbrido la penetró de un solo golpe profundo. Arlet arqueó la espalda, soltando un grito agudo de placer que quedó amortiguado contra el hombro de Aslan. Sus paredes aprisionaron al Alfa con una fuerza salvaje, respondiendo al instante al lazo que los unía.
Las embestidas desde abajo comenzaron veloces, pesadas y constantes, haciendo mecer la suspensión del vehículo en medio de la noche tranquila. El Alfa Real la sujetaba por las caderas marcando un ritmo implacable, torturando su botón sensible con el roce instintivo de sus dedos mientras sus colmillos volvían a rozar la marca de su cuello, antes de clavarse en el momento que ambos se corrieron con un intenso orgasmo, sin importar si alguien se daba cuenta de lo que estaba pasando entre ellos.
(…)A la mañana siguiente, la luz del sol inundaba el penthouse de una forma casi pacífica. La intensidad de la noche anterior había dado paso a un cansancio placentero. Arlet se encontraba recostada sobre el pecho desnudo de Aslan, sintiendo el subir y bajar parsimonioso de la respiración del híbrido. Las sábanas los cubrían apenas hasta la cintura, y el brazo fuerte del Alfa la rodeaba con posesiva protección incluso durante el sueño.
Arlet parpadeó despacio, disfrutando de la calidez inusual de la mañana. Pasó la yema de los dedos por el torso trazado de Aslan, admirando las líneas perfectas de su musculatura antes de subir la mirada. El chico abrió los ojos lentamente; sus pupilas azules, totalmente relajadas, la enfocaron con una ternura infinita.
—Buenos días, mi luna —murmuró con la voz ronca por el sueño, inclinándose para darle un beso suave en la frente.
—Buenos días, cachorro —sonrió, apoyando la barbilla en su pecho—. Tienes una habilidad impresionante para pasar de ser una bestia insaciable a un cachorro dormilón en cuestión de horas.
—Es el privilegio de tener a mi compañera a mi lado —le regaló un guiño, estirándose perezosamente en la cama— Además, hoy es viernes. Nos toca preparar las maletas.
El comentario hizo que Arlet recordara de inmediato el siguiente compromiso en la agenda: la visita a los padres de Aslan.
—Aslan... —comenzó Arlet, trazando círculos distraídos sobre el pecho del híbrido mientras su mirada se volvía un poco más seria— ¿Estás seguro de que tus padres están realmente de acuerdo con conocerme?
Aslan soltó una risita baja que retumbó suavemente bajo la mano de ella.
—¿Por qué no habrían de estarlo, mi luna? —preguntó clavando sus ojos en los de ella.
—Porque soy una vampira —le recordó, alzando la ceja y clavando sus ojos carmesí en los de él—. La naturaleza de nuestras especies no suele ser precisamente amistosa. ¿Les dijiste con claridad lo que soy?
—Se los dije desde que hablé con ellos sobre ti, bueno con mi mamá, que es la que más pregunta, pero es como si hablara con los dos. —respondió el hibrido, deslizando los dedos por la espalda desnuda de Arlet con una parsimonia cálida— Les conté absolutamente todo.
—¿Y aun así insisten en que vaya? —insistió ella, entrecerrando los ojos con cierta cautela.
Aslan sonrió con descaro, esa chispa coqueta y divertida iluminándole la mirada mientras la rodeaba por la cintura para acomodarla encima de su cuerpo.
—Les dije que mi compañera y mi luna es una vampira, hermosa, elegante... y un poquito fría de temperamento —bromeó en un murmullo, inclinándose para darle un mordisquito cariñoso en la barbilla—. Les conté que tengo a una vampira amargada a mi lado y, sorprendentemente, morían de ganas por conocer a la mujer que logró ponerme un bozal.
Arlet soltó una risa ligera y le propinó un golpe suave en el hombro, aunque sus facciones se relajaron por completo ante la seguridad del híbrido.
—No soy amargada, cachorro. Solo tengo estándares muy altos —lo corrigió esbozando una sonrisa coqueta antes de inclinarse para darle un beso corto y profundo en los labios—. Pero me alivia saberlo. No tenía ganas de llegar a un territorio hostil.
—No hay nada de hostil en ellos —le aseguró, aprisionándola con firmeza contra su pecho mientras sus manos bajaban de nuevo por sus caderas— Mi padre siempre está preocupado por sus negocios que por las tensiones entre especies, y mi madre solo quiere ver a la mujer de la que su hijo está completamente enamorado. Así que no hay nada de qué preocuparse... solo disfruta el fin de semana.
—Lo hare. —prometió antes de darle un beso lento.
Unos minutos después Arlet se deslizó fuera de la cama con una elegancia natural, dejando que la sábana cayera lentamente mientras se dirigía al vestidor. Aslan, sin prisa, pero con la agilidad propia de sus bestias, la siguió de cerca. En cuestión de minutos, las maletas estuvieron listas, luego los dos entraron al baño y tomaron una ducha entre roces intencionados, miradas cómplices y algún que otro robo de besos por parte del Alfa Real, pronto estuvieron vestidos para empezar el viaje.
Un trayecto corto los llevó directamente a la terminal ejecutiva del aeropuerto, donde los esperaba el imponente jet privado de la familia de Aslan. Al abordar, la atención del personal fue impecable. La travesía por los cielos transcurrió entre copas de vino, la comodidad de la cabina de lujo y el murmullo bajo de sus conversaciones, sumergidos en esa burbuja de intimidad que el lazo no dejaba de alimentar.
Al aterrizar en la pista privada, el aire fresco de la tarde los recibió al bajar por la escalinatas. En la plataforma, un chofer de traje oscuro aguardaba junto a un deportivo de líneas agresivas y elegante acabado negro mate.
—Bienvenido de vuelta, joven Aslan —saludó el chofer con una inclinación respetuosa mientras le entregaba las llaves.
—Gracias, Thomas —respondió el Alfa Real, atrapando el llavero en el aire con destreza.
Aslan acomodó el equipaje en el maletero, abrió la puerta del copiloto para Arlet con caballerosidad y luego se deslizó tras el volante. El rugido del motor V8 retumbó en la pista mientras se incorporaban a la carretera, bordeada por paisajes verdes y colinas que anunciaban la cercanía del territorio familiar.
Mientras el deportivo devoraba los kilómetros a gran velocidad, Arlet miró de reojo la pantalla del navegador y no pudo evitar recordar la motocicleta de su cachorro en Londres, lo cual hacía que un deportivo fuera de lo más normal.
—Dime una cosa, cachorro... —comenzó Arlet, acomodándose en el asiento de cuero con elegancia— ¿Tú también eres de los que se tiran en paracaídas desde estas alturas?
Aslan soltó una risa fresca, manteniendo la mirada fija en el asfalto mientras una de sus manos descansaba sobre el muslo de ella.
—Hace mucho que no lo hago, la verdad. Pero si quieres, podríamos lanzarnos juntos un día de estos. Te aseguro que la adrenalina es increíble.
—Olvídalo, no pienso hacer semejante tontería —repuso la vampira de inmediato, cruzándose de brazos con firmeza.
—Eres miedosa, mi luna —bromeó, mirándola de reojo con una sonrisa descarada—. Te recuerdo que somos inmortales, no nos va a pasar nada.
—No soy miedosa —sentenció alzando la barbilla con indignación—. Pero no voy a tirarme de un aparato en vuelo solo porque a muchos les parezca divertido. Es absurdo.
—Eres una vampira muy aburrida —se burló el Alfa Real, haciendo rugir el motor al tomar una curva cerrada—. Tendremos que trabajar seriamente en eso.
—Y tú tendrás que trabajar en ser más tranquilo —contraatacó Arlet con una sonrisa coqueta, apoyando la mano sobre la de él.
Aslan soltó una carcajada abierta y sonora que llenó el interior del vehículo. Justo cuando la última risa se disipaba en el aire, el camino de asfalto dio paso a una majestuosa avenida arbolada. Al fondo, alzándose con imponente elegancia entre los jardines, comenzaron a distinguirse las enormes rejas de hierro forjado que custodiaban la entrada a la mansión de sus padres.
El deportivo se detuvo con suavidad sobre el empedrado de la entrada principal. Aslan apagó el motor y se apresuró a rodear el vehículo para abrir la puerta de Arlet, ofreciéndole la mano para ayudarla a descender. La vampiresa ajustó su chaqueta con elegancia instintiva, respirando el aire fresco del lugar mientras recorría con la mirada los amplios jardines que rodeaban la propiedad y el bosque más allá.
Antes de que pudieran dar un par de pasos hacia las escalinatas de la entrada, las dobles puertas de madera noble se abrieron de par en par.
Una mujer avanzó hacia ellos con una gracia fluida y natural. Arlet, estaba acostumbrada a la belleza sobrenatural, pero no pudo evitar quedarse gratamente sorprendida al contemplar a la madre de su compañero.
Isis poseía un tono de piel dorada aún más cálido y profundo que el de Aslan, como si llevara el sol del mediodía impregnado en los poros. Sus facciones eran marcadamente felinas: pómulos altos, una nariz fina y expresiva, y unos ojos de un azul tan claro y cristalino que contrastaban de forma magnética con su tez. Su cabello, una marea de rizos definidos y llenos de movimiento, caía libremente sobre sus hombros. Aunque se encontraba en su forma humana definitivamente se notaba que era una Alfa Leona, aún así no proyectaba una autoridad distante, emanaba un aura inconfundible de calidez, dulzura y magnetismo natural.
—¡Llegaron! —exclamó Isis con una voz melodiosa que de inmediato disipó cualquier resto de formalidad en el ambiente.
Apenas Aslan acortó la distancia, su madre lo envolvió en un abrazo apretado y afectuoso, dándole un beso en la mejilla que el Alfa Real recibió con una sonrisa sincera y relajada.
—Te extrañaba, hijo —murmuró la leona antes de soltarlo y posar su mirada sobre la vampiresa.
Arlet dio un paso al frente, ajustando su postura para presentarse como dictaba la cortesía, pero Isis no le dio tiempo a mantener las distancias formales. La mujer avanzó con los brazos abiertos y una sonrisa luminosa que irradiaba un afecto genuino.
—Tú debes ser Arlet —dijo Isis, envolviéndola en un abrazo cálido y delicado que tomó por sorpresa a la vampira, aunque la suavidad del gesto hizo que se relajara al instante—. Es un verdadero placer tenerte aquí en nuestra casa. Aslan no ha dejado de hablar de ti.
Arlet correspondió al abrazo con una sonrisa tranquila y elegante cuando se separaron.
—El placer es mío, Isis —respondió la vampira con voz suave y educada— Muchas gracias por recibirnos en su hogar.
—Por favor, nada de formalidades excesivas —pidió Isis, tomándola suavemente de las manos mientras la examinaba con admiración sincera—. Eres realmente hermosa, Arlet. Ahora entiendo perfectamente por qué mi hijo tiene esa mirada de devoción tan marcada desde que te encontró.
Aslan, a un lado, se rascó la nuca con cierta timidez encantadora mientras soltaba una risita baja al ver a su madre colmar de halagos a su luna…