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Dulce Venganza

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Dulce Venganza

—Mamá, por favor... no la abraces tanto que vas a asustarla antes de cruzar la puerta —bromeó Aslan, acercándose para pasar un brazo protector alrededor de la cintura de Arlet, atrayéndola suavemente contra su costado.

—No me asusta en absoluto, Aslan —respondió Arlet, dedicándole una mirada serena a su compañero antes de volverse de nuevo hacia Isis—. Su bienvenida es sumamente cálida, lo agradezco de corazón.

Isis soltó una carcajada suave, un sonido melodioso que hizo que los ojos azules de la leona brillaran con diversión.

—¿Lo ves, hijo? Tu luna tiene mucha más clase y temple que tú —dijo la matriarca, guiñándole un ojo a la vampira—. Pasen, por favor. Tu padre está en el despacho cerrando un par de llamadas sobre las empresas del norte, pero no tarda en bajarse.

Al cruzar el umbral, Arlet no pudo evitar apreciar los detalles de la residencia, combinaba la elegancia contemporánea con grandes ventanales de cristal que dejaban entrar la luz natural, acabados en madera cálida y toques de diseño que recordaban la fuerza de la naturaleza. Era una casa viva, amplia y acogedora.

—Les preparé una habitación cerca de la terraza principal para que descansen del viaje —explicó Isis mientras caminaban por el vestíbulo— Porque me imagino que Aslan no querrá despegarse de ti ni un segundo.

—En eso tiene toda la razón, mamá —admitió el híbrido con total descaro, apretando el agarre en la cadera de Arlet.

—Eres incorregible, cachorro —murmuró Arlet con una sonrisa contenida.

En ese momento, el eco de unos pasos firmes acercándose por unos de los pasillos laterales, captó la atención de los tres.

Un hombre de porte imponente y presencia magnética descendía con soltura. Guardaba un parecido innegable con Aslan: la misma estructura ósea marcada, los hombros anchos y una postura que irradiaba autoridad natural, aunque vestía un traje de corte moderno sin corbata, reflejando su perfil de empresario de alto nivel. Sus ojos, del mismo azul intenso que los de su hijo, recorrieron la escena hasta fijarse en la pareja.

—Veo que los viajeros finalmente llegaron —dijo el padre de Aslan con una voz profunda y pausada, terminando de entrar en el salón con una sonrisa franca.

—Papá —saludó Aslan, soltando a Arlet por un instante para avanzar y estrechar la mano de su padre con un firme abrazo de hombros que demostraba la excelente relación entre ambos.

El patriarca le dio un par de palmaditas afectuosas en la espalda a su hijo antes de girarse por completo hacia la vampiresa. La mirada del Alfa Rreal era analítica, acostumbrada a evaluar cada detalle en el mundo de los negocios, pero carecía de hostilidad; en su lugar, había una curiosidad genuina y un profundo respeto.

—Arlet —saludó el hombre, dando un paso al frente y extendiéndole la mano con total cortesía—. Es un verdadero honor conocerte al fin. Soy Tristán Mackay el padre de Aslan. Mi hijo nos ha contado un poco sobre ti.

Arlet aceptó el apretón de manos con firmeza y la gracia aristocrática que la caracterizaba, sintiendo el calor natural que emanaba del Alfa Real.

—El honor es mío —respondió Arlet con una sonrisa serena y educada—. Aslan también me ha hablado de ustedes. Les agradezco sinceramente que me reciban en su hogar.

—Esta es tu casa —intervino Isis de inmediato, colocándose al lado de su esposo y pasándole una mano cariñosa por el brazo—. Míralos... hacen una pareja espectacular, ¿no crees?

El padre de Aslan contempló la marca en el cuello de Arlet y la forma en que su hijo se posicionaba instintivamente a su lado, velando por su seguridad con la compostura de un Alfa Real bien educado. Una sonrisa satisfecho se dibujó en los labios de Tristán.

—Sin duda alguna —asintió el patriarca—. Aslan ha madurado mucho desde que te conoció, Arlet. Me alegra ver que el lazo ha caído en manos de una mujer con tanta templanza.

—Gracias. —dijo sonriendo la vampira, sintiéndose menos nerviosa entre más tiempo pasaba con ellos.

—Bueno, basta de discursos en el recibidor —decretó Isis con energía jovial—. La cena estará lista en un momento y me imagino que el viaje les abrió el apetito. Sera en el jardín del tragaluz, preparé todo para que estemos cómodos.

Aslan volvió a tomar la mano de Arlet, entrelazando sus dedos con los de ella mientras caminaban detrás de sus padres.

—Te lo dije, mi luna —le susurró el híbrido al oído, rozándole la mejilla con los labios—. Cero hostilidad.

—Admito que tus padres son encantadores, cachorro —dijo en un murmullo bajo, apretándole la mano con afecto—. Aunque no te confíes, la noche recién empieza.

Antes de que la familia pudiera avanzar hacia el jardín del tragaluz, el sonido de unos pasos ligeros y apresurados resonó desde el piso superior, acompañado por el murmullo de voces superpuestas.

—Te dije que escuché el coche, Nala. Siempre te tardas mil años frente al espejo —protestó una voz femenina con tono burlón.

—Ajustar estos rizos requiere precisión, Lena, algo que tú claramente desconoces —respondió la otra con la misma soltura.

Dos figuras jóvenes bajaron la gran escalera de caoba a paso ágil. Arlet parpadeó apenas, gratamente sorprendida por el parecido visual: eran Nala y Lena, las hermanas gemelas de Aslan. Ambas eran una copia casi fiel de Isis. Herederas de la misma piel dorada, las facciones marcadamente felinas, los ojos de un azul cristalino y una deslumbrante marea de rizos definidos que caían con libertad sobre sus espaldas. Eran dos señoritas preciosas que irradiaban una vitalidad desbordante.

—¡Aslan! —exclamaron ambas a unísono, rompiendo la postura formal en un segundo.

Las gemelas se abalanzaron sobre su hermano mayor, envolviéndolo en un abrazo simultáneo que casi hace perder el equilibrio al híbrido. Aslan soltó una carcajada profunda, rodeándolas a ambas con los brazos y despeinándoles el cabello con un cariño evidentemente fraternal.

—Ya extrañaba sus escándalos —bromeó el Alfa Real, dándole un beso en la frente a cada una antes de soltarlas.

Sin embargo, en cuanto se separaron de su hermano, la calidez de los rostros de Nala y Lena se transformó al instante. Dos pares de ojos azul claro se clavaron con recelo en la figura de Arlet. La miraron de arriba abajo con minuciosidad, evaluando su postura impecable, la palidez de su piel de alabastro y el inconfundible aura de los vampiros. Para las gemelas, que adoraban a su hermano mayor por encima de todo, cualquier persona que entrara en su vida debía superar un filtro riguroso.

Nala fue la primera en dar un paso al frente, cruzándose de brazos mientras la examinaba con una ceja alzada.

—Así que tú eres la famosa vampira de la que Aslan no deja de hablar —comentó Nala con un tono cargado de sospecha juvenil—. Te ves... bastante seria. ¿De verdad vas a ser capaz de aguantar el ritmo de este bobo y sus bestias?

—Nala, por favor —reprendió Isis con voz suave pero firme, aunque sus ojos divertidos delataban que le entretenía la escena.

—Solo preguntó, mamá —se defendió Lena, poniéndose al lado de su gemela con la misma actitud defensiva—. Las vampiras suelen ser muy frías y distantes. Aslan es pura energía, ruidoso y protector. No queremos a alguien que pretenda cambiarlo o que lo mire por encima del hombro solo por ser más joven.

Aslan estuvo a punto de intervenir con un gruñido de advertencia, pero Arlet lo detuvo con una leve presión de su mano sobre el brazo del chico. La vampira mantuvo la compostura, dibujando en sus labios una sonrisa tenue, elegante y llena de serenidad.

—Entiendo perfectamente su preocupación —respondió Arlet con voz grave y sedosa, sosteniendo la mirada inquisitiva de las gemelas sin parpadear—. Pero les aseguro que no tengo ningún interés en cambiar a su hermano. De hecho, me gusta tal y como es... aunque a veces necesite un poco de disciplina para no actuar como un salvaje. Y en cuanto a su energía, créanme que sé muy bien cómo mantenerlo a raya.

Nala y Lena se miraron entre sí durante un segundo que pareció eterno. La respuesta de Arlet, impregnada de una seguridad absoluta y un afecto sutil pero evidente hacia Aslan, desarmó por completo la actitud defensiva de las gemelas.

Lena soltó una risita contenida y Nala relajó los hombros, esbozando una sonrisa franca.

—De acuerdo... me gusta como suena eso —admitió Nala, dando un paso al frente para ofrecerle la mano a la vampira—. Si consigues que no se comporte como un dominante insoportable todo el tiempo, tienes todo mi respeto, Arlet.

—Y el mío también —añadió Lena con una chispa juguetona en la mirada—. Bienvenido al club de las que tienen que aguantar a Aslan.

—Gracias, chicas —sonrió Arlet, estrechando la mano de ambas con gracia.

Justo en el momento en que las gemelas terminaban de aceptar a la vampiresa, el sonido de unos pasos desordenados que venían desde a puerta trasera de la casa, que daba al inmenso bosque, interrumpió la conversación.

—¡Dijeron que la cena ya estaba lista y tengo un hambre de demonios! —anunció una voz juvenil y fresca.

Entró en el recibidor Asad, el hermano menor de la familia. Al ser aún un Alfa Real en pleno desarrollo, compartía la estructura física alta de los hombres de la estirpe, aunque con una soltura más despreocupada. Pero en cuanto cruzó la puerta y sus ojos cayeron sobre Arlet, se detuvo en seco.

El cachorro se quedó literalmente con la boca entreabierta. La elegancia de la vampira, el vestido que realzaba sus curvas y el contraste del tono con su piel y sus ojos azules trasparente parecieron dejarlo completamente petrificado durante tres segundos completos.

—¡Santo cielo...! —exclamó Asad sin ningún tipo de filtro, rompiendo el silencio—. ¡Pero si eres una belleza absoluta! Aslan, ¿de dónde sacaste a esta mujer? Parece una diosa esculpida en mármol.

Arlet parpadeó, tomándola completamente por sorpresa la frescura y la falta de inhibición del chico, mientras un leve rubor teñía sus mejillas. Al parecer era un mal de los hermanos.

Un gruñido profundo, sordo y territorial retumbó de inmediato desde el pecho de Aslan. El Alfa Real dio un paso al frente, interponiéndose ligeramente entre su hermano menor y Arlet, con los ojos azules destellando con un matiz rojo de advertencia.

—Cuida tu boca, Asad —gruñó Aslan con la voz vuelta una amenaza ruda de hermano mayor—. Es mi compañera y lleva mi marca. Mídete.

Asad alzó las manos en el aire en un gesto de paz totalmente descarado, sonriendo de lado sin inmutarse lo más mínimo por el gruñido de su hermano mayor.

—Oye, solo digo lo que veo, hermanito —respondió Asad sin darle la menor importancia a la advertencia territorial—. No es mi culpa que tu luna parezca sacada de una portada de revista y tú tengas cara de pocos amigos. Arlet, de verdad, un placer conocerte. Si algún día te cansas de esta bestia amargada, avísame. —le regaló un guiño descarado.

Un nuevo gruñido, esta vez más fuerte, brotó de la garganta de Aslan, mientras intentaba alcanzar a su hermano para darle un coscorrón. Asad se escudó hábilmente detrás de su madre, riéndose a carcajadas.

La escena fue tan cómica y espontánea que rompió cualquier resto de seriedad. Isis soltó una risa melodiosa mientras negaba con la cabeza, el padre de Aslan dejó escapar una carcajada baja y profunda disfrutando de la ocurrencia de su hijo menor, y las gemelas se burlaban abiertamente de la cara de celoso que se le había quedado a Aslan.

Incluso Arlet, no pudo contener una risa ligera y cristalina que resonó en todo el vestíbulo, contagiada por la calidez y el desorden encantador de la familia de su compañero.

—Definitivamente, Aslan... —dijo Arlet en un murmullo pícaro, apretándole el brazo a Aslan para calmar sus bestias—, me queda claro que en esta casa nadie te tiene miedo.

—Un día de estos lo voy a lanzar al río —refunfuñó Aslan en broma, aunque la sonrisa de satisfacción al ver a su luna tan integrada y feliz en su hogar era imposible de ocultar.

—Muy bien, mis niños, ya estuvo bueno de peleas —decretó Isis con tono divertido, tomando a Asad por la oreja con suavidad para obligarlo a caminar—. Vamos a comer antes de que la cena se enfríe y tu hermano decida convertirte en su bocadillo.

Toda la familia comenzó a avanzar entre risas y comentarios cruzados hacia el comedor, dejando atrás cualquier rastro de tensión y dando inicio a una velada inolvidable…