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Alfa Real

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Alfa Real

Las sombras de la noche cayeron densas sobre las calles empedradas de Edimburgo, envolviendo el ambiente gótico y helado del casco antiguo. En el interior de un imponente estudio privado de arquitectura victoriana, un silencio sepulcral reinaba mientras la tenue luz del fuego de la chimenea proyectaba sombras alargadas sobre las paredes de piedra.

Allí, tras un escritorio de caoba oscura, se encontraba un vampiro antiguo de estirpe pura, un hombre de presencia gélida y despiadada que llevaba siglos esperando el momento perfecto para alterar el equilibrio de poder en el mundo sobrenatural y hacerse con el dominio absoluto.

La puerta del estudio se abrió con sigilo. Un sirviente de la misma estirpe entró con la cabeza gacha, sosteniendo una carta lacrada con el sello de su oficina en Inglaterra.

—Señor... ha llegado correspondencia urgente desde Londres —anunció el sirviente con voz temblorosa, entregándole la misiva.

El vampiro tomó el papel, rompió el lacre sin prisa. A medida que sus ojos carmesí recorrían las líneas escritas, la calma de su rostro comenzó a resquebrajarse. La información era precisa, contundente e irreparable: la princesa Arlet Carteer, la hija del Rey Desmond y heredera directa del linaje que gobernaba a todos los vampiros del mundo había encontrado a su compañero de vida.

Peor aún: no se trataba de un vampiro de linaje noble. El compañero era un Alfa Real cambiante, el hijo de la gran estirpe de león y lobo. Y la unión ya no era una simple promesa de cortejo; la marca sagrada ya estaba grabada de forma permanente en la piel de la princesa.

—¡Maldita sea! —rugió el antiguo con una fuerza sobrenatural que hizo retumbar los ventanales de cristal y apagó de golpe las llamas de la chimenea.

Con un movimiento violento, estrelló el puño contra la mesa de caoba, partiendo en dos la pesada madera. La misiva quedó hecha jirones bajo su garra.

—Señor... ¿qué ocurre? —preguntó el sirviente, retrocediendo aterrorizado ante la presión de aura destructiva que emanaba al antiguo vampiro.

—¡Arlet se ha entregado a una bestia! —siseó el, con los ojos ardiendo en un carmesí sangriento—. ¡Ese cachorro de diecinueve años le ha puesto la marca! El lazo está completo. ¡El lazo es irrompible!

El hombre comenzó a caminar a pasos agigantados por la habitación, apretando los dientes con rabia desmedida. Había esperado décadas a que la princesa creciera, su plan perfecto había consistido en cortejar a Arlet, manipular las alianzas de la alta cuna y eventualmente reclamarla para unirse a la familia real. A través de ella, habría tenido el camino despejado para arrebatarle el trono a Desmond y coronarse como el nuevo soberano supremo de su especie a nivel mundial.

Pero ahora, esa estrategia se había desmoronado en mil pedazos. La la marca de un Alfa Real no solo unía las almas de forma definitiva, sino que ponía a la princesa bajo la protección territorial e inquebrantable de la realeza del hombres lobos. Atacar a Arlet o intentar reclamarla significaba declarar una guerra abierta no solo contra la realeza vampírica global, sino también contra la estirpe entera de los Alfas Reales.

—Tantos años de paciencia... tanto tiempo tejiendo la red perfecta —murmuró el antiguo entre dientes, con la voz cargada de un veneno puro—. Todo destruido por un maldito mestizo de león y lobo.

El vampiro se detuvo ante la ventana, contemplando los tejados oscuros de Edimburgo mientras el odio se asentaba en su pecho de piedra.

—Si no puedo alcanzar el trono supremo a través de la princesa... entonces tendré que buscar la forma de derramar la sangre de ese Alfa —sentenció en un murmullo frío y cruel—. Ningún cambiante va a quedarse con lo que por derecho de sangre debió ser mío.

(…)

El sol matutino se filtraba entre las copas de los árboles, iluminando el sendero que se adentraba en el denso bosque detrás de la residencia de los padres del hibrido. La mañana era fresca y agradable, el escenario perfecto para que Aslan disfrutara de una de sus actividades favoritas: salir a correr y conectar con la naturaleza de sus bestias.

Arlet, ataviada con ropa deportiva elegante y cómoda, avanzaba a un paso tranquilo y constante. Aceptaba gustosa la caminata para acompañar a su compañero, aunque el ritmo del híbrido distaba mucho del suyo.

Aslan, vistiendo una camiseta ligera y vaqueros gastados, prácticamente volaba sobre el terreno. Daba zancadas amplias y fluidas, impulsado por la fuerza de su lobo y su león, desapareciendo entre los pinos a gran velocidad antes de dar media vuelta y regresar corriendo hacia ella.

—¡Aprietas el paso o me voy a aburrir, mi luna! —bromeó Aslan, apareciendo de la nada tras un matorral y trotando de espaldas frente a ella con una sonrisa descarada.

Arlet arqueó una ceja, manteniendo su caminata serena sobre las hojas secas.

—Tú saliste a correr porque tienes demasiada energía que quemar, cachorro —repuso la vampiresa con tono divertido—. Yo salí a caminar y a disfrutar de la mañana. No voy a ponerme a trotar solo porque tus bestias no saben estar quietas.

—¡Pero es más divertido si corremos juntos! —protestó el hibrido, dando un salto ágil para esquivar una raíz gruesa—. Te aseguro que no te va a pasar nada por acelerar un poco el ritmo.

—Paso —respondió con una sonrisa, acomodándose la chaqueta—. No pienso ponerme a sudar ni a correr entre las ramas cuando puedo caminar perfectamente a mi ritmo.

Aslan soltó una risita baja y, en lugar de seguir insistiendo, se detuvo en seco. Esperó a que Arlet llegara a su altura y, sin darle tiempo a reaccionar, la tomó con soltura por la cintura y la cargó en brazos estilo nupcial.

—¡Aslan! —exclamó por la sorpresa, rodeándole el cuello instintivamente con los brazos para asegurar su agarre—. ¿Qué estás haciendo? ¡Bájame!

—Dije que íbamos a recorrer el bosque juntos —sonrió el Alfa Real con picardía, pegando a Arlet contra su pecho—. Y si mi vampira prefiere no cansarse las piernas, entonces el transporte va por mi cuenta.

—Eres un tramposo —dijo, intentando mantener una expresión seria, aunque sus ojos brillaban de risa.

Sin decir más, Aslan echó a correr a toda velocidad entre los árboles. El viento rozó el rostro de Arlet mientras el híbrido esquivaba los obstáculos del terreno con una agilidad impresionante, llevando el peso de su luna como si no fuera nada. La sensación del movimiento rápido, sumada a la risa abierta del hibrido y al calor constante que emanaba de su cuerpo, disipó cualquier intento de protesta en ella.

Una risa bonita y cristalina se le escapó a Arlet, contagiada por la energía desbordante de su compañero.

—¡Estás completamente loco, cachorro! —exclamó, apoyando la cabeza en el hombro del Alfa.

—Loco por ti, que es diferente —respondió sin perder el aliento.

Aslan desaceleró gradualmente hasta detenerse en un claro iluminado por los rayos del sol. Dejó que Arlet apoyara los pies en el suelo con delicadeza, pero no soltó su cintura, manteniéndola pegada a su cuerpo mientras ambos recuperaban el aliento.

—¿Ves que no era tan malo ir más rápido? —murmuró el híbrido con tono juguetón, acortando la distancia hasta que sus frentes se tocaron.

Arlet alzó la mirada para encontrarse con los ojos azules de Aslan, que la observaban con una devoción absoluta.

—Sigo prefiriendo caminar —susurró, pasándole la mano por la nuca antes de ponerse de puntillas—. Pero admito que el viaje tuvo sus ventajas.

Aslan sonrió de lado y se inclinó para sellar sus labios en un beso cálido y profundo, dejando que el murmullo del viento en el bosque acompañara el momento de paz entre los dos, cuando se separaron dio un paso atrás, llevando sus manos al borde de la camiseta para quitársela de un solo movimiento fluido y dejar al descubierto su torso perfectamente esculpido. Acto seguido, sus dedos bajaron con descaro hacia la hebilla del cinturón.

Arlet arqueó una ceja, cruzándose de brazos mientras una sonrisa intrigada se dibujaba en sus labios.

—¿Qué haces, cachorro? —preguntó, viéndolo deshacerse del cinturón sin el menor rastro de vergüenza.

—Necesito dejar salir a mi bestia para quemar toda esta energía —respondió Aslan, mirándola con una chispa de picardía en sus ojos azules mientras dejaba caer los vaqueros al suelo— O... bueno, también puedes ayudarme a quemarla tú aquí mismo, si prefieres.

—Ni loca —repuso la vampira de inmediato con una risita ligera, negando con la cabeza—. Deja salir a tus bestias, no me opongo en absoluto.

Arlet se apoyó contra el tronco de un roble cercano, cruzando las piernas con elegancia y disfrutando abiertamente de la vista. Su mirada recorrió con deleite las líneas firmes de la musculatura de su compañero, apreciando la fuerza y la belleza de su cuerpo totalmente al desnudo bajo los rayos de sol que filtraban las copas de los árboles.

Sin embargo, cuando Aslan quedó completamente desnudo y dio un paso al frente para iniciar el cambio, las primeras facciones animales comenzaron a marcarse en su piel. Las venas de sus brazos se marcaron intensamente, sus pupilas se dilataron y una presión salvaje empezó a llenar el aire del claro.

La vampira, al notar la magnitud del aura animal que comenzaba a emerger, dio un paso adelante y alzó la mano.

—Espera, Aslan... —interrumpió Arlet, fijando sus ojos que ahora estaban carmesí en los de él con una punzada de curiosidad y cautela—. Una vez que estés en tu forma animal... ¿vas a reconocerme?

Aslan sonrió con calidez. Antes de que la transformación lo dominara por completo, acortó la distancia, la tomó firmemente por la cintura y la pegó a su cuerpo desnudo y ardiente, permitiendo que ella sintiera el calor abrasador de su piel.

—Te reconocería en todas mis formas, mi luna —murmuró el híbrido cerca de sus labios, con la voz volviéndose cada vez más grave y rasposa—. Siempre sabré quién eres.

Le dio un beso profundo, firme y lleno de devoción que disipó cualquier duda en la mente de ella.

—Está bien —susurró Arlet al separarse, regalándole una sonrisa serena.

Aslan le dedicó una última mirada cargada de complicidad y dio varios pasos hacia el centro del claro, soltándola. Arlet ahogó un gemido de impresión cuando presenció, por primera vez en su vida, el inicio de una metamorfosis real.

Escuchó el sonido de huesos crujieron brutalmente; Aslan dejó escapar un gruñido grave mientras el cambio recorría su cuerpo como fuego líquido. Sus músculos se tensaron, la columna se arqueó y sus manos se transformaron lentamente en enormes garras negras.

La criatura emergió frente a ella tenía el tamaño de un lobo gigantesco, la musculatura poderosa de un gran felino y un pelaje negro deslumbrante. Sin embargo, las marcas que atravesaban su lomo y sus patas ya no eran doradas; a través del pelaje oscuro, las líneas brillaban ahora con un tono azul eléctrico y profundo, resplandeciendo en plena consonancia con el lazo de apareamiento que lo unía a Arlet.

El Alfa Real no entendía bien la razón del cambio de color en sus marcas y le pareció algo sumamente extraño, pero la energía contenida en sus patas no le dio tiempo para detenerse a pensarlo.

Arlet se quedó completamente petrificada, con los ojos carmesí abiertos de par en par por la pura sorpresa. A pesar de ser la hija de los Reyes de los Vampiros, jamás había presenciado a un cambiaformas realizar una transformación completa frente a ella, y mucho menos a una criatura de semejante calibre. Era una mezcla fascinante entre lobo y león, una bendición de la naturaleza que le quitaba el aliento.

Sin perder un segundo más, Aslan echó a correr sobre cuatro patas, atravesando el denso bosque con una velocidad monstruosa. La tierra temblaba bajo sus zarpas mientras liberaba toda la fuerza contenida dentro de su cuerpo, dejando a su luna maravillada en medio del claro.

Mientras el Alfa Real corría liberando toda su energía, el cielo sobre el bosque comenzó a nublarse rápidamente. Las nubes se tornaron de un gris denso y, en cuestión de minutos, las primeras gotas de lluvia empezaron a caer suavemente, transformándose pronto en un aguacero constante.

Para Aslan, la lluvia no era un impedimento, sino una extensión de su propia naturaleza. Con cada zarpada sobre la tierra húmeda, el bosque parecía responder a su presencia. Cada rincón olía a él o tal vez era Aslan quien olía al bosque. Esa era la conexión sagrada e inquebrantable que solo un Alfa Real mantenía con la tierra que pisaba.

Cuando la lluvia se hizo más tupida, la criatura dio media vuelta y regresó a toda prisa hacia el claro. Arlet continuaba en el mismo lugar, resguardada apenas bajo las hojas del gran roble, con las prendas deportivas ya empapadas por la tormenta y el cabello oscuro pegado suavemente a sus mejillas y cuello.

Aslan emergió entre los matorrales a una velocidad impresionante. En cuanto sus cuatro patas pisaron el centro del claro, la metamorfosis se revirtió. Los huesos crujieron de nuevo con fluidez, la imponente fiera se contrajo y, en cuestión de segundos, Aslan volvió a erguirse en su forma humana, completamente desnudo y con el agua corriendo por las líneas marcadas de sus hombros, pecho y abdomen.

Arlet no pudo apartar la mirada ni un solo segundo. Estaba absolutamente encantada por el espectáculo de fuerza y libertad que acababa de presenciar. La majestuosidad de su fiera y la imagen de su hombre emergiendo de la lluvia totalmente al desnudo encendieron algo profundo y voraz en su sangre. Un calor intenso se apoderó de su cuerpo y, en el aire húmedo del bosque, comenzó a flotar el inconfundible aroma dulce y picante de su excitación.

Aslan, con sus sentidos de Alfa Real, percibió el aroma de inmediato. Sus ojos azules brillaron con una intensidad salvaje mientras una sonrisa lenta y llena de deseo se dibujaba en sus labios. Sin dudarlo, acortó la distancia entre ellos con pasos firmes. Arlet ni siquiera intentó retroceder; dio un paso al frente para recibirlo.

Aslan envolvió a la vampira entre sus fuertes brazos, pegándola a su cuerpo caliente, desnudo y empapado por la lluvia. El contraste entre la piel ardiente del híbrido y la frialdad de las gotas de agua hizo que Arlet ahogara un suspiro contra el cuello del hibrido, mientras las manos del Alfa se posaban con firmeza en su cintura, reclamándola por completo en medio del bosque.

Arlet alzó la vista, contemplando las gotas de agua que resbalaban por el torso de su compañero antes de fijar sus ojos carmesí en la mirada azul de él.

—Eres impresionante, Aslan... —admitió en un suspiro, aún con el pulso acelerado por la escena—. Te lo juro, es la primera vez en mi vida que veo algo así.

Aslan sonrió con arrogancia juguetona, apretándola un poco más contra su cuerpo antes de susurrarle al oído:

—Aún no lo has visto todo, mi luna.

—¿De verdad? —preguntó, alzando una ceja con curiosidad sin romper el contacto.

—Aún no has visto a mi Alfa Real —respondió el híbrido, dejando que su voz se tornara un punto más grave—. Puedo mostrártelo... pero solo si estás segura de que no va a asustarte.

Arlet soltó una risita suave y llena de confianza. Le dio un golpe juguetón en el hombro húmedo para restarle importancia a su advertencia.

—No soy una chiquilla miedosa, Aslan. Soy una mujer adulta —repuso con una sonrisa desafiante—. Muéstramelo.

Aslan se rió de forma coqueta, dándole un rápido beso en los labios antes de soltar su cintura.

—Que conste que tú lo pediste —advirtió, dando varios pasos hacia atrás hasta situarse sobre una elevación de roca entre los árboles empapados.

El aire en el claro se volvió denso al instante, cargado de una presión ancestral que hizo temblar las hojas del bosque. Aslan no se transformó esta vez en una criatura cuadrúpeda, sino que dejó emerger la forma antropomórfica pura de su bestia: su verdadera forma de Alfa Real.

La metamorfosis se desplegó en segundos con una fuerza colosal. Su anatomía se expandió en una estructura imponente y aterradora. Se erigió una criatura teriantrópica de proporciones descomunales, erguida sobre dos patas, pero agazapada con una agresividad salvaje sobre la roca.

Su cuerpo quedó cubierto por un espeso pelaje oscuro y tupido que se erizaba bajo la lluvia. Los músculos de su espalda, brazos y pecho se remataron con una potencia descomunal, mostrando una fisonomía colosal donde la fuerza bruja del hombre lobo se fusionaba a la perfección con la compostura predadora del gran felino. Sus extremidades superiores se alargaron en brazos masivos dotados de enormes garras negras, afiladas como navajas, que se clavaron en la piedra agrietándola bajo su peso.

El rostro de la bestia era una pesadilla majestuosa: un hocico lupino-felino de mandíbulas prominentes, repleto de colmillos afilados listos para desgarrar, y unos ojos resplandecientes en un rojo rubí que brillaban con un fulgor despiadado y dominante en medio de la penumbra del bosque. La cabeza estaba coronada por orejas puntiagudas y una melena erizada que caía sobre sus hombros. La criatura permaneció agazapada en una postura acechante, enseñando las fauces en un rugido sordo que hizo vibrar el suelo del bosque.

Era la combinación perfecta entre un licántropo legendario y la bestia más peligrosa de la naturaleza. Arlet se quedó sin aliento al contemplar semejante despliegue de poder, fascinada por la imponente criatura que ahora la miraba desde lo alto de la roca con una devoción intacta…