Cassian
Arlet permaneció inmóvil en medio del claro empapado, con la lluvia resbalando por sus mejillas mientras contemplaba a la colosal bestia erguida sobre la roca. Cualquier otra criatura o vampiro habría retrocedido lleno de pavor ante semejante manifestación de poder físico y autoridad salvaje, pero en los ojos carmesí de la princesa no había ni una gota de miedo. Solo había una fascinación pura, primitiva y devota.
El Alfa Real, desde lo alto del peñasco, exhaló una densa columna de vapor por su hocico. Sus músculos masivos, tensados y cubiertos por el pelaje empapado, se recortaban contra la penumbra del bosque. Con un movimiento pausado, descendió de la roca con la agilidad letal de un felino predador, haciendo crujir la tierra bajo el peso de sus enormes garras.
A pesar de su apariencia aterradora, los ojos del Alfa brillaban fijamente en Arlet con una devoción intacta. La bestia no buscaba dominarla a ella; buscaba protegerla, pertenecerle.
Pasos lentos y calculados redujeron la distancia entre ambos. Arlet no dio un solo paso atrás. Al contrario: alzó la barbilla, sosteniendo la mirada del Alfa Real, y lentamente extendió una de sus manos pálidas.
—Eres hermoso, Aslan... —murmuró la vampira con voz suave, suave como un hechizo en medio del estruendo del aguacero.
La bestia inclinó la enorme cabeza, emitiendo un gruñido grave y profundo que hizo vibrar el pecho de la princesa. Con una delicadeza casi imposible para semejante mole de garras y colmillos, Aslan apoyó el costado de su rostro cubierto de pelaje en la palma abierta de Arlet.
El contacto hizo que un chispazo de calor recorriera el lazo entre ellos. Las marcas azules que recorrían el cuerpo de la bestia destellaron con un brillo eléctrico bajo la lluvia, respondiendo directamente al toque de su luna.
Arlet acarició la espesa melena que coronaba la cabeza de la fiera, deslizándolos con fascinación por la textura del pelaje. Sintiéndose completamente confiada, dio un paso más hacia él y pegó su cuerpo pequeño contra el torso masivo de la criatura. La diferencia de tamaño era abismal, pero la conexión entre sus almas cancelaba cualquier abismo.
—Tu gente tiene suerte de tenerte cachoro, pero yo tengo la suerte de tenerte como mío —susurró Arlet, poniéndose levemente de puntillas para presionar sus labios en el hocico de la fiera.
El gesto terminó de desarmar a la bestia. El Alfa Real soltó un ronroneo bajo y vibrante, un sonido rudo pero lleno de afecto que resonó en todo el claro. Con un movimiento envolvente, sus brazos colosales rodearon la cintura de Arlet, protegiéndola de la lluvia con su propio cuerpo.
Pocos segundos después, el brillo de las marcas azules se intensificó. La metamorfosis comenzó a revertirse lentamente: el pelaje se contrajo, los músculos masivos cedieron y la estructura animal volvió a dar paso a la fisonomía humana de Aslan.
Cuando el proceso terminó, Aslan estaba de nuevo erguido frente a ella en su forma humana, desnudo, respirando agitadamente bajo la lluvia constante y con una sonrisa triunfal en los labios.
—¿Te convenciste de que no tenías por qué temerme, mi luna? —preguntó Aslan en un murmullo coqueto, tomándole el rostro con ambas manos mojadas.
—Nunca te tuve miedo, cachorro —respondió Arlet, enredando sus dedos en su cuello húmedo, tirando suavemente de él hacia abajo—. Pero admito que ver a tu Alfa Real... solo me dejó con ganas de más.
La esencia pura de su Alfa Real rodeaba a Arlet, volviéndola loca. Ver a su compañero, caliente y desnuda chorreando agua bajo la lluvia del bosque, terminó por romper cualquier barrera de autocontrol que a la princesa le quedara.
Aslan notó de inmediato cómo la mirada carmesí de su luna se oscurecía, fija en sus labios y en su pecho marcado. Con una sonrisa felina y llena de intención, el híbrido no perdió un solo segundo. La tomó con fuerza por las caderas y la empujó con firmeza contra el grueso tronco de un enorme roble centenario.
El impacto suave contra la corteza húmeda hizo que Arlet soltase un jadeo. Aslan se pegó a ella sin dejar un milímetro de separación; el calor abrasador de su cuerpo desnudo chocó contra la ropa mojada de la vampira, haciéndola temblar de puro contraste.
—Aslan... —susurró, tratando de mantener un mínimo de cordura mientras sentía la de su compañero presionando contra su vientre—. Espera... estamos en el bosque... alguien de tu familia o algun humano podría andar cerca y vernos...
Aslan soltó una risa grave y rasposa contra su cuello, mordisqueando con delicadeza la piel sensible justo al lado de su marca.
—Nadie va a vernos, mi luna —murmuró, con una voz profunda que vibró directo en el vientre de Arlet—. Mi esencia puede percibirse en un kilómetro a la redonda. Cualquier ser sobrenatural que se acerque sabrá que este lugar me pertenece... y que tú eres mía. Además, mis bestias no van a esperar a que lleguemos a la cama.
Las palabras de Aslan, cargadas de ese dominio salvaje y protector, terminaron por derribar las últimas defensas de la vampira, quien echó la cabeza hacia atrás contra la corteza del árbol, rindiéndose por completo al deseo voraz que la consumía.
—Eres insaciable, cachorro... —gimió, enredando las manos en la fina capa de cabello húmedo y pegándolo más a su cuerpo.
—Solo contigo —sentenció el híbrido.
Sin romper la intensidad de la mirada, las manos de Aslan se volvieron ágiles y posesivas. Con movimientos rápidos y precisos, le quitó la ropa deportiva mojada a su luna, dejándola expuesta a la brisa helada del bosque y a la calidez de su propia piel. Cuando las manos del Alfa tocaron la piel de alabastro de la vampira, ella ahogó un grito de placer; el toque de Aslan quemaba en el buen sentido.
La levantó sin esfuerzo, obligando a Arlet a rodearle la cintura con sus piernas. La corteza del roble a su espalda servía de apoyo mientras el cuerpo del híbrido la aprisionaba de forma deliciosa.
—Mírame —ordenó con voz ronca.
Arlet abrió los ojos carmesí, encontrándose con las pupilas de Aslan dilatas al máximo, brillando con una chispa salvaje y roja. Sin más esperas, el Alfa Real se alineó y se hundió en ella de un solo impulso firme, profundo y posesivo.
—Aslan… —emitió un gemido agudo y lleno de placer, resonando en el bosque empapado.
Aslan apretó el agarre en sus muslos y comenzó a embestirla con un ritmo salvaje, rápido y constante, haciendo que el sonido de la lluvia y el chocar de sus cuerpos se mezclaran en una sinfonía erótica.
Cada embestida era un reclamo de su lazo. La fuerza del híbrido era descomunal, pero la delicadeza con la que sostenía a Arlet evitaba cualquier daño, llevando a la vampira a un estado de éxtasis que jamás había experimentado. Arlet se aferró a los hombros musculosos de su compañero clavándole las uñas en la espalda mientras el calor en su vientre se convertía en una tormenta insostenible.
El bosque era testigo mudo del encuentro: la lluvia cayendo sobre ellos, el vapor saliendo de sus cuerpos calientes y los gemidos desenfrenados de la princesa mezclándose con los gruñidos graves del Alfa Real, que aumentó la velocidad, guiado por el instinto animal y el aroma picante de la excitación de su luna, que inundaba el aire. Presionó su cuerpo aún más contra el de ella, buscando la profundidad máxima en cada movimiento hasta que sintió cómo los músculos de Arlet comenzaban a contraerse espasmódicamente alrededor de él.
—Aslan... ¡voy a...! —alcanzó a articular la vampira, con la voz entrecortada por la intensidad.
—Conmigo, Arlet... conmigo —rugió el Alfa cerca de su boca.
El clímax golpeó a Arlet como una ola de fuego puro, mordió el hombro de Aslan para ahogar su grito mientras su cuerpo entero temblaba en un orgasmo devastador. Sentir la liberación de su luna fue la chispa que detonó a Aslan quien dejó escapar un rugido sordo y profundo que hizo vibrar el tronco del árbol, entregándose a su propio clímax y llenándola por completo con su calor.
Ambos quedaron abrazados contra el árbol, respirando con agitación, con las gotas de lluvia resbalando por sus cuerpos exhaustos pero unidos en una calma absoluta. Aslan mantuvo a Arlet en sus brazos sin soltarla, besándole la sien con infinita ternura mientras el ritmo de sus corazones lentamente comenzaba a sincronizarse.
Tras tomarse unos minutos para recuperar el aliento en medio del claro, Aslan ayudó a Arlet a vestirse. Él hizo lo propio con sus vaqueros y su camiseta, aunque el agua de la lluvia seguía cayendo sobre ellos. La pareja caminó de regreso por el sendero, tomados de la mano, desprendiendo una vibra de complicidad absoluta y una aura de saciedad que resultaba imposible de ocultar.
Al cruzar las enormes rejas e ingresar al recibidor de la mansión, el contraste fue inmediato. Isis, vestida con la elegancia relajada de una matriarca feliz, salía de la cocina llevando una bandeja cuando se topó de frente con ellos.
Las cejas de la leona se alzaron de inmediato al verlos: ambos empapados, con las mejillas sonrojadas, Arlet con el cabello ligeramente enredado y Aslan luciendo una sonrisa de satisfacción que le abarcaba todo el rostro.
—Vaya, veo que la caminata matutina estuvo... concurrida —comentó Isis con una chispa de diversión descarada en la mirada—. La lluvia atrapa a cualquiera, ¿verdad?
—Atrapó a mis bestias, mamá —respondió Aslan sin el menor rastro de vergüenza, apretando la cintura de Arlet contra su costado.
En ese preciso momento, las gemelas Nala y Lena bajaban las escaleras listas para el desayuno. Se detuvieron a mitad del tramo, olfateando el aire con sus finos sentidos de cambiantes antes de cruzar miradas cómicas entre ellas.
—Por todos los cielos... apestan a sexo a tres kilómetros de distancia —soltó Nala, tapándose la nariz de broma.
—Y el árbol contra el que estuvieron debió quedar sin corteza —añadió Lena con una carcajada picara.
Arlet, sintió cómo una ligera tibieza le subía a las mejillas, aunque mantuvo su postura impecable.
—Es el aire fresco del bosque, chicas. Sumamente estimulante —repuso la vampira con elegancia, esbozando una sonrisa coqueta que desarmó a las gemelas.
—¡Llegué a tiempo para el chisme! —anunció Asad, apareciendo desde el salón principal con una manzana en la mano. El hermano menor examinó a la pareja de arriba abajo y soltó una silbido burlón—. Mírenlo nada más. Aslan tiene cara de haber ganado la lotería y la princesa parece que acaba de sobrevivir a un terremoto categoría ocho. Hermano, compadécete de la realeza, no todos aguantan tu ritmo de salvaje.
—Un comentario más sobre mi luna y te juro que uso tu manzana para atragantarte, Asad —gruñó Aslan con tono divertido, lanzándole una mirada de advertencia.
—Solo decía que se ven muy bien juntos, no te esponjes, león celoso —se burló Asad, escondiéndose con agilidad detrás del sillón principal.
—Muy bien, niños, a la mesa todos —decretó Tristán, apareciendo desde su despacho con el periódico bajo el brazo y una sonrisa contenida al ver la escena—. Aslan, Arlet, tómense unos minutos para cambiarse por algo seco antes de que se enfríe el desayuno.
Veinte minutos después, la familia completa estaba reunida alrededor de la gran mesa del comedor. El ambiente era cálido, lleno del aroma a café recién hecho, frutas, pan caliente y carnes preparadas al gusto de los grandes predadores.
—Y bien, ¿cuáles son los planes para la tarde? —preguntó Isis, sirviendo más café para su esposo—. Aslan mencionó que deben regresar a la ciudad antes del lunes.
—Así es, mamá —respondió el Alfa Real, untando mermelada en una tostada mientras su mano libre descansaba sobre el muslo de Arlet por debajo de la mesa.
—Si debemos volver Londres —agregó Arlet con serenidad, tomando un sorbo de su té de frutos rojos—. Pero este fin de semana con ustedes ha sido un respiro maravilloso.
—Nosotros estamos más que encantados de tenerte aquí, querida —expresó el padre de Aslan con profunda calidez—. Sabes que la casa está abierta para ti cuando necesites un respiro.
—Eso sí —intervino Asad, apuntando a Arlet con su tenedor—, para la próxima traigan más tiempo. Necesitamos que Arlet nos enseñe sobre las costumbres vampíricas.
—Tú no tienes remedio, Asad —se burló Nala, dándole un leve empujón a su hermano en el brazo.
Las risas volvieron a llenar el comedor. Mientras el plan para tomar el jet privado de regreso a la ciudad era la mañana siguiente, las conversaciones ligeras siguieron, Arlet miró de reojo a su compañero. Aslan le regaló un guiño cómplice, y bajo la mesa, sus dedos se entrelazaron con los de ella, sellando la certeza de que su lazo eran su verdadera fortaleza.
(…)Mientras la pareja regresaba a Londres envueltos en una burbuja de amor, la atmósfera en el casco antiguo de Edimburgo se mantenía gélida y opresiva. En el estudio victoriano, el antiguo vampiro observaba la lluvia golpear los ventanales de piedra, manteniendo la mirada fija en el horizonte oscuro.
La puerta se abrió y, esta vez, el sirviente dio paso a una figura envuelta en una túnica oscura. Se trataba de un hechicero de sangre, un aliado de las artes oscuras al que el vampiro solía recurrir para resolver los asuntos que la fuerza bruta no podía solucionar.
—Llegas tarde —siseó el vampiro sin girarse, con una voz cargada de una frialdad peligrosa.
—Traigo respuestas, Cassian —respondió el hechicero con una inclinación respetuosa, haciendo sonar los amuletos que llevaba al cuello—. He estado investigando los registros antiguos sobre las uniones entre especies sobrenaturales distintas. Específicamente, el vínculo entre la realeza vampírica y los Alfas Reales.
Cassian se giró despacio, fijando sus ojos carmesí sobre el visitante.
—Dime algo que me sirva para destruir esa maldita unión —ordenó el vampiro, apoyando las manos sobre los restos de la mesa de caoba que aún permanecía dañada.
—Existe un detalle crucial que pocos recuerdan, para una alianza de este calibre —explicó el aliado oscuro, dando un paso al frente—. Para que el lazo entre dos seres de especies diferentes sea verdaderamente irrompible y eterno, la marca debe ser doble.
—¿A qué te refieres con que la marca debe ser doble? —inquirió Cassian entrecerrando los ojos, intrigado por el término.
—A que el vínculo aún no está sellado por completo —reveló el hechicero con una sonrisa siniestra—. Aslan, como Alfa Real, ya marcó a la princesa Arlet durante su entrega. Su sello está impregnado en la piel de la vampira. Sin embargo, Arlet es una vampiresa de la familia real, y su naturaleza exige su propia parte en el pacto. La unión solo será absoluta e indestructible cuando ella lo marque a él, clavando sus colmillos y reclamándolo como su compañero de sangre.
El antiguo vampiro permaneció en silencio durante unos segundos, procesando la información mientras una chispa de esperanza maquiavélica comenzaba a encenderse en su mirada.
—¿Me estás diciendo que si solo existe la marca del híbrido... la unión no es definitiva?
—Exactamente —confirmó el hechicero con firmeza—. Mientras falte la marca de la princesa, el lazo es vulnerable. Sigue habiendo un canal abierto, una brecha en la magia que los une. Si intentáramos separarlos con el vínculo completado por ambas partes, la reacción mágica nos destruiría a todos. Pero ahora... si logramos actuar antes de que Arlet clave sus colmillos en ese cachorro y selle la segunda marca, separarlos o eliminar al Alfa Real no será tan difícil.
Una sonrisa lenta, cruel y llena de veneno se dibujó en los labios del antiguo vampiro. Caminó hacia el ventanal, contemplando la lluvia de Edimburgo con una renovada sensación de triunfo.
—Un error de novatos... la inexperiencia de la juventud jugando a ser compañeros —murmuró Cassian con satisfacción—. Creen que con un mordisco de la bestia es suficiente. No tienen idea de las leyes de la sangre real. —se giró hacia su sirviente y hacia el hechicero con una orden clara y despiadada— Reúne a mis hombres y mantén vigilado cada movimiento de la princesa y ese mestizo. No tocaremos a Arlet, pero interceptaremos al cachorro antes de que ella lo marque. En cuanto esté solo y sin la protección de la segunda marca, le arrancaremos la vida…