Plan
El aire fresco del lunes por la mañana recorría las calles de Londres, trayendo consigo el movimiento habitual de la capital. Tras haber regresado la noche anterior y haberse instalado en el penthouse de Arlet, la pareja salió a pie a primera hora. Fiel a su costumbre, la vampira prefería caminar hacia su estudio de fotografía; la caminata matutina le permitía relajarse.
Arlet avanzaba sobre el pavimento con paso elegante y firme, ataviada con un abrigo estructurado que acentuaba su porte de alta cuna, la mirada fija en el frente y esa actitud reservadamente altiva que mantenía a raya a cualquiera. A su lado, Aslan marcaba el paso con una soltura exasperante. Con sus jeans, chaqueta de cuero y las manos metidas en los bolsillos, el híbrido parecía no tener una sola preocupación en el mundo, excepto molestar a su luna.
—No voy a discutir esto en medio de la acera, Aslan —sentenció Arlet sin bajar la velocidad ni mirarlo, ajustándose el bolso en el hombro.
—No estamos discutiendo, Inyanga —repuso el Alfa Real, dejando escapar una sonrisa descarada y guiñándole un ojo cuando ella de reojo lo fulminó con la mirada al escuchar el apodo que cada día le gustaba más—. Solo estoy expresando mi postura. Un hombre debe proveer el espacio para su pareja. Mi penthouse tiene mejor vista y está más cerca del campus universitario.
Arlet soltó una risa seca, y cargada de una superioridad aplastante. Se detuvo un segundo antes de cruzar la calle, girándose hacia él con los brazos cruzados y la barbilla en alto.
—Primero: eres un cachorro de diecinueve años que todavía tiene que ir a clases los dos siguientes semestres —repuso ella con tono cortante y distante, clavando sus ojos carmesí en los azules de él—. Segundo: este es mi penthouse, en mi zona y con la seguridad que a mí me conviene para mi estudio. Así que no te me pongas territorial ahora. Tercero; Penthouse sta en la misma calle que el mío, no queda más cerca de la universidad, aquí que esta decidido: viviremos en mi apartamento y tú te adaptarás.
Aslan no se inmutó lo más mínimo ante la frialdad de su luna. Al contrario, la miró con una chispa felina en los ojos, acortando la distancia entre ellos sin importarle la gente que pasaba a su alrededor. Se inclinó ligeramente hacia ella, disfrutando abiertamente de verla tomar el control y ponerse autoritaria.
—Me encanta cuando te pones mandona, Arlet —murmuró con voz rasposa y juguetona, rozando su mejilla con la suya—. Pero sabes perfectamente que no me opongo porque me moleste tu penthouse. Me opongo solo porque me fascina ver cómo te alteras y cómo tus ojos brillan cuando intentas ponerme en mi lugar.
Arlet arqueó una ceja, manteniendo el rostro impasible, aunque por dentro el descaro del chico lograba moverle el suelo. Le dio un leve empujón en el pecho para marcar distancia, reteniendo a duras penas una sonrisa.
—Eres insoportable —soltó, reanudando la caminata hacia la entrada de su estudio de fotografía.
—Pero soy tuyo mi querida Inyanga —aseguró, volviendo a trotar a su lado con absoluta autosuficiencia—. Y aunque tú mandes en la casa, en el árbol del bosque quedó bastante claro quién manda entre los dos.
—Sigue hablando y te dejo fuera del penthouse esta noche, cachorro —amenazó Arlet con voz helada, aunque el brillo en sus ojos delataba que la batalla estaba perdida frente a la coquetería de su compañer.
Arlet intentó mantener su expresión de hielo y su postura impecable, pero el descaro del híbrido estaba haciendo mella en sus defensas. Aslan no esperó a que ella reanudara el paso; dio un paso rápido, la tomó por la cintura y la atrajo hacia su cuerpo en medio de la acera, rodeándola con un abrazo firme y cálido que desafiaba toda la frialdad de la mañana londinense.
—Aslan, por favor... compórtate, estamos en plena calle —murmuró en voz baja, sintiendo cómo una tibia pincelada de rubor se extendía inevitablemente por sus pálidas mejillas.
—No quiero —contradijo sin el menor rastro de vergüenza, apretando el agarre y plantándole un beso sonoro y coqueto en la mejilla, justo cerca de la oreja—. Me gusta demasiado ver cómo esa máscara de realeza se te rompe cuando te tengo cerca.
El cosquilleo de su aliento y la tontería de su actitud terminaron por vencer la resistencia de la vampira. Arlet soltó una risita suave y contenida, dejando escapar esa calidez que solo su Alfa Real lograba sacarle a la luz. Le dio un leve golpecito en el pecho para que la soltara, aunque no hizo un esfuerzo real por alejarse hasta que llegaron a la fachada del estudio de fotografía.
Al cruzar la puerta de cristal, el aroma a café recién hecho y el suave murmullo de la música de fondo las dieron la bienvenida. Frente al mostrador de la recepción principal se encontraba Oriana, la mejor amiga de Arlet, quien conversaba alegremente con la recepcionista. Al escuchar la campanilla de la entrada, alzó la vista y, al ver a la pareja entrar tomados de la mano con Arlet luciendo ese inusual brillo en la mirada, esa marca en su cuello que para los humanos era imperceptible, pero para los seres sobrenaturales no, y a Aslan con la cara de satisfacción de quien ha ganado un trofeo, una sonrisa maliciosa se le dibujó en el rostro.
—Vaya, vaya... miren lo que trajo la brisa matutina de Londres —soltó Oriana, dejando la cámara sobre la mesa y apoyando ambos codos en el mostrador para empezar su interrogatorio—. Buenos días a la pareja del año. Arlet, querida, por la forma en que caminas y ese ligero rubor que no logras esconder, deduzco que el viaje a New York no fue precisamente de descanso y meditación.
Arlet carraspeó con elegancia, recuperando de inmediato la compostura y ajustándose las mangas del abrigo.
—Buenos días para ti también, Oriana. El viaje fue muy provechoso, gracias por preguntar. Y no hay nada que especular —respondió la vampira con tono calmo y profesional.
—Por supuesto que no hay nada que especular, porque las pruebas saltan a la vista —se burló Oriana, desviando sus ojos inquisidores hacia el joven híbrido—. A ver, Aslan, confiésate. ¿Cómo lograste que la mujer más reservada y estricta de todo el Reino Unido llegue al estudio sonriendo un lunes por la mañana?
Aslan dio un paso al frente, metió una mano en el bolsillo de su chaqueta de cuero y le dedicó a Oriana una sonrisa descarada, llena de esa seguridad salvaje que lo caracterizaba.
—Un buen caballero nunca revela sus secretos, Oriana —contestó el chico con un guiño juguetón—. Pero digamos que el aire fresco del bosque, un roble centenario y la terquedad de tu amiga hacen una combinación milagrosa. Además, la cuidé muy bien... aunque ella insista en que el que necesita cuidados soy yo.
Oriana soltó una carcajada abierta, encantada con la respuesta, mientras Arlet le lanzaba a Aslan una mirada cargada de advertencia, pero carente de verdadera furia.
—¡Ja! Lo sabía —exclamó la amiga, apuntándolo con un dedo—. Arlet, este cachorro te tiene absolutamente desarmada. Y por cierto, Aslan, ¿no se supone que tienes clases en la universidad?
—Tengo tiempo de sobra para dejar a mi luna instalada y asegurarme de que nadie intente robármela —repuso el híbrido con coquetería, rodeando de nuevo los hombros de Arlet con un brazo posesivo—. Pero sí, la educación exige mi presencia, desafortunadamente.
Arlet rodó los ojos con una falsa molestia ante el comentario de Aslan, pero la pequeña curva que se dibujaba en la comisura de sus labios delataba cuánto disfrutaba del descaro de su compañero. Oriana, por su parte, se limitó a negar con la cabeza antes de despedirse y retirarse a su trabajo con una sonrisa complacida, dejándolos a solas cerca de la recepción.
—Ya escuchaste a Oriana, Inyanga —murmuró Aslan en voz baja, dando un paso para quedar frente a Arlet—. Si no me voy ahora, llegaré tarde a la primera clase del día, y no quiero que mi hermosa vampira me regañe por irresponsable.
Arlet alzó la barbilla, recuperando de inmediato esa elegancia fría y aristocrática que le salía de forma natural, aunque sus ojos azules brillaban con suavidad.
—Nadie te va a regañar, cachorro. Pero si te exijo que te concentres en la universidad. No quiero que te distraigas pensando en mí todo el día. —dijo con tono de broma.
—Eso es pedirme un imposible y lo sabes —respondió Aslan con una sonrisa felina.
Sin pedir permiso y sin importarle que estuvieran en el estudio a la hora de entrada de todos los trabajadores de su compañera, el Alfa Real la tomó con firmeza por la cintura, pegándola a su cuerpo. Inclinó la cabeza y la besó con una intensidad lenta y profunda que le robó el aliento a la vampiresa. La calidez del híbrido y la fuerza de su agarre rompieron en un segundo la compostura que Arlet intentaba proyectar; instintivamente, ella llevó sus manos pálidas al pecho de él, enredando sus dedos en la tela de su chaqueta de cuero mientras correspondía al beso.
Al separarse despacio, las pupilas de Aslan brillaban con ese tono rojo rubí que siempre aparecía cuando su lado más salvaje su Alfa Real reaccionaba al contacto con su luna.
—Que tengas un gran día mi luna. —susurró él contra sus labios, dándole un último y tierno beso en la punta de la nariz—. Yo iré por mis cosas a mi penthouse en cuanto terminen mis clases. Cuídate, mi princesa.
—Está bien, tienes la llave.
—La tengo ¿ ya te dije que eres la mujer más bella sobre la faz de la tierra? —le preguntó con descaro absoluto haciéndola sonrojar
—Ve a clase, Aslan —repuso Arlet con voz suave, empujándolo levemente del pecho mientras intentaba acomodarse el abrigo y ocultar el leve rubor que amenazaba con volver a sus mejillas.
Con un guiño coqueto y esa caminata despreocupada que lo caracterizaba, el Alfa Real dio media vuelta y cruzó la puerta de cristal, perdiéndose en el bullicio de la mañana londinense.
Arlet se quedó inmóvil un par de segundos, observando la calle a través del ventanal. Sin embargo, apenas Aslan se alejó unos metros, una extraña punzada recorrió el lazo entre ellos. La vampira entrecerró los ojos; una sensación helada y fugaz le erizó la piel. No era miedo, sino un instinto que le advertía que algo fuera de lugar acechaba en las sombras de la ciudad, justo cuando el Alfa Real caminaba solo hacia el campus. Sacudió la cabeza para eliminar esa sensación, no había ningun peligro, tal vez solo era que los últimos días habían pasado todo el tiempo juntos y su cuerpo se había acostumbrado a la presencia de su compañero, pensó oprimiendo el botón del ascensor
(…)Mientras la mañana avanzaba en Londres y Aslan caminaba hacia el campus universitario, a kilómetros de allí, la atmósfera en el casco antiguo de Edimburgo permanecía envuelta en una penumbra sepulcral.
En lo profundo del bosque en una antigua fortaleza que pertenecía por siglos a la familia de Cassian, las gruesas cortinas tapaban por completo la luz del sol. El antiguo vampiro permanecía de pie frente a un enorme mapa antiguo de las islas británicas, trazando con sus largas uñas las rutas que conectaban Escocia con la capital inglesa. A sus espaldas, los tomos de magia prohibida yacían abiertos sobre la mesa de caoba, arrojando un tenue resplandor carmesí a medida que el hechicero de sangre susurraba encantamientos de rastreo.
Cassian se giró despacio, fijando su mirada fría sobre su aliado oscuro.
—¿Cuánto tiempo más vas a hacer de adivino? —siseó el antiguo vampiro con voz impaciente y amenazante—. Quiero a mis hombres desplegados y una estrategia definitiva para acorralar al cachorro.
El hechicero alzó la vista del pergamino, cerrando el libro con un golpe seco que hizo resonar los amuletos de su túnica. Su rostro reflejaba una mueca de cautela.
—No podemos actuar con imprudencia, Cassian —advirtió el brujo con tono grave—. Destruir a ese chico no será una tarea sencilla. No nos enfrentamos a un cambiante ordinario. Aslan es un híbrido excepcional: lleva en sus venas la fuerza indomable de un Alfa Real de lobo y la ferocidad dominante de un Alfa león. Esa combinación le otorga una resistencia física, una velocidad y un poder instintivo descomunales. Atacarlo de frente con fuerza bruta sería un suicidio para tus mercenarios.
Cassian apretó los puños, haciendo crujir sus nudillos de alabastro mientras sus ojos destellaban con una rabia contenida.
—No me importa qué tan poderoso sea ese mestizo —repuso el antiguo vampiro con soberbia—. Sigue siendo joven e inexperto. Encuentra la forma de anular su fuerza, pero hazlo ya. Dame una solución. Necesito unos días para preparar el ritual de sangre adecuado que rompa su defensa natural y nos permita asestar el golpe mortal. Solo dame unos días.
—¿Cuántos días? —exigió Cassian, dando un paso intimidante hacia el hechicero, acortando la distancia con una velocidad sobrehumana—. Quiero terminar con él lo antes posible, antes de que el lazo sea solido por completo o, peor aún, antes de que esa chiquilla lo marque y la unión sea inquebrantable. Si ella clava sus colmillos en él, habremos perdido nuestra oportunidad para siempre.
El hechicero de sangre sostuvo la mirada impasible del centenario vampiro, haciendo una leve inclinación de cabeza para sellar su compromiso.
—Lo haré lo antes posible, te lo prometo —aseguró el hechicero con una sonrisa siniestra y confiada—. Localizaré el punto exacto donde sus defensas flojeen. Cuando el momento llegue, el Alfa Real estará acorralado y sin la protección de la segunda marca…