Purismo de la sangre
El día transcurrió en una aparente y engañosa normalidad. Arlet estuvo inmersa en su estudio durante horas. Dirigió una compleja sesión fotográfica para una importante marca de moda, demostrando ese ojo clínico, la precisión impecable y la autoridad natural que la caracterizaban.
Por su parte, Aslan asistió a sus clases en la universidad. Entre las clases de gestión y el bullicio de los pasillos universitarios, el joven híbrido era el centro de atención inevitable por su porte y confianza. Pero su mente, lejos de estar en los apuntes, volvía una y otra vez a la vampira que lo esperaba en el penthouse y a la profunda conexión que los unía.
A última hora de la tarde, tal como lo había planeado, Aslan pasó por su propio apartamento a unos cuantos metros de distancia para recoger sus pertenencias más importantes, ropa y su computadora portátil, listo para mudarse definitivamente con Arlet.
Para cuando el sol terminó de ocultarse sobre el horizonte londinense, la puerta del penthouse de Arlet se abrió, ella acababa de servirse una copa de vino tras una jornada agotadora, alzó la vista desde el gran ventanal del salón.
Aslan entró cargando una maleta de cuero al hombro, una maleta de ruedas en la mano y su mochila en el otro hombro y una sonrisa victoriosa dibujada en el rostro.
—Oficialmente me he mudado, Inyanga (luna) —anunció el Alfa Real, dejando las maletas en la entrada y caminando con paso felino directamente hacia ella.
Arlet apoyó una mano en su cadera, sosteniendo su copa con la otra, mientras lo observaba de arriba abajo con esa elegancia y una ceja levemente arqueada.
—¿Tanta prisa tenías por dejar tu espacio, cachorro? —preguntó con tono suave pero provocador.
—Mi espacio es donde estés tú —declaró Aslan sin rodeos. En dos zancadas recortó la distancia, rodeándole la cintura con firmeza para pegarla a su cuerpo caliente—. Además, alguien tiene que asegurarse de que la dueña de este penthouse no extrañe la presencia de su maravilloso compañero.
—Eres incorregible —susurró, dejando su copa sobre la mesa auxiliar antes de enredar los brazos alrededor de su cuello, rindiéndose al calor abrasador que emanaba del híbrido.
El beso con el que la recibió fue profundo, lleno de la devoción y el deseo que habían acumulado durante todo el día.
—Esperaba un recibimiento un poco más efusivo, la verdad —murmuró Aslan contra la comisura de sus labios, bajando sus besos por el contorno de su mandíbula hasta la curva sensible de su cuello, haciendo que la piel de la vampira reaccionara al instante con un estremecimiento cálido.
Arlet inclinó ligeramente la cabeza hacia atrás, entregándole un mejor acceso a su piel mientras mantenía ese tono levemente altivo que volvía loco al híbrido.
—¿Ah, sí? ¿Como qué, exactamente, cachorro? —inquirió en un suspiro entrecortado, sintiendo el calor ardiente del cuerpo de Aslan presionando contra el suyo.
Aslan soltó una risa baja, grave y profundamente sexy, con sus labios rozando la piel blanca de su compañera.
—Sexo, por supuesto, Inyanga —respondió sin la menor vergüenza, buscando su boca de nuevo para atraparla en un beso hambriento, directo y posesivo que disipó cualquier intento de autocontrol en la princesa.
Sin romper el contacto de sus labios, el Alfa Real la tomó en brazos con una facilidad pasmosa, haciendo que Arlet rodeara su cintura con sus piernas. En dos pasos la llevó hacia el enorme sofá de cuero que presidía el gran salón del penthouse, dejándola caer con suavidad sobre los cojines para de inmediato posicionarse sobre ella, atrapándola entre su cuerpo y el respaldo.
La mirada carmesí de Arlet brilló en la penumbra del salón, oscurecida por la excitación y la devoción que solo su compañero lograba despertar en ella. Aslan no esperó un segundo más. Con movimientos ágiles y posesivos, comenzó a deshacerse de la ropa de su luna, despojándola con devoción de cada prenda hasta dejar su piel pálida de alabastro completamente expuesta al aire cálido del apartamento y a su propia mirada hambrienta.
El híbrido la devoró con la vista antes de hacerlo con la boca. Aslan empezó una ruta lenta y tortuosa de besos y mordiscos suaves, descendiendo desde su garganta hasta la firmeza de sus pechos, tomándose su tiempo para delinear cada curva con su lengua ardiente mientras Arlet enredaba las manos en su cabello que estaba un poco más largo de lo normal.
El calor de Aslan quemaba deliciosamente en contraste con la frialdad natural de ella; bajó por su abdomen plano hasta llegar al centro de su deseo, tomándola con la boca con una voracidad salvaje que hizo que la vampiresa arqueara la espalda contra el sofá, clavando las uñas en el cuero e invocando su nombre entre jadeos desesperados.
—Aslan… Dios… estoy… —anunció al borde del colapso, temblando por la intensidad del placer. En ese momento Aslan se impulsó hacia arriba. Sus ojos pasaron de azules brillante a una llamara roja de su Alfa Real. Sin romper la mirada, se alineó y se hundió en ella de un solo movimiento profundo, firme y total.
Un gemido rasgado se le escapó a Arlet, perdiéndose en la inmensidad del salón mientras el impacto de la unión los recorría a ambos como una descarga calida. Aslan apretó el agarre en sus caderas y comenzó a embestirla con un ritmo dominante, rápido y desenfrenado, haciendo que el cuero del sofá crujiera bajo la fuerza de su encuentro. Cada embestida del híbrido era un reclamo territorial, una muestra del poder salvaje y la devoción ciega que sentía por su luna.
El placer se volvió una tormenta insostenible. Arlet correspondió cada movimiento con la misma intensidad, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura, rindiéndose por completo a la fuerza descomunal de su compañero. La respiración agitada de ambos y el chocar de sus cuerpos llenaban la estancia hasta que los espasmos del clímax comenzaron a apoderarse de la vampiresa.
—Aslan... —gimió, apretándose contra él mientras el orgasmo la devastaba por completo.
Sentir la liberación de su luna desató la bestia en el interior del híbrido. Aslan aumentó la velocidad en las últimas embestidas hasta alcanzar su propia cumbre y, justo en el segundo en que entregaba su simiente en lo más profundo de ella, la necesidad instintiva de afirmación lo superó. Inclinó la cabeza con ferocidad y hundió los dientes en la piel caliente del cuello de Arlet, justo sobre la marca del Alfa, reafirmando bajo la fuerza de su clímax que ella le pertenecía por completo.
Arlet soltó un jadeo agudo por la presión del mordisco, abrazándolo con todas sus fuerzas mientras sentía cómo la vibración del lazo se intensificaba entre los dos, sellando la noche en un abrazo exhausto, tibio y profundamente unido sobre el sofá del penthouse.
Los días posteriores a esa noche se desvanecieron en una rutina cálida y peligrosamente cómoda. Adaptarse a compartir el penthouse resultó más sencillo de lo que la vampira habría admitido jamás: la presencia vibrante de Aslan llenaba cada rincón del amplio espacio, contrastando con el silencio al que Arlet estaba acostumbrada. Entre desayunos improvisados en la isla de la cocina antes de que el Alfa Real saliera hacia la universidad y las caminatas matutinas donde él no desaprovechaba oportunidad para tentarla, la vida en Londres parecía fluir sin contratiempos.
Sin embargo, para el fin de semana, la ilusión de tranquilidad comenzó a resquebrajarse.
El cambio fue sutil, imperceptible para cualquier humano, pero imposible de ignorar para los sentidos hiperdesarrollados de un híbrido.
Ocurrió primero un jueves por la tarde. Al salir de su última clase en el campus, Aslan percibió una nota rancia en el aire, un olor a magia de sangre mezclado con el hedor acre de ceniza que no encajaba con el perfume urbano de la ciudad. Al girar la cabeza disimuladamente, entre la multitud de estudiantes, avistó la silueta de un hombre alto con chaqueta oscura que se esfumó tras la esquina en cuanto el Alfa Real intentó fijar la mirada en él.
La segunda advertencia llegó el viernes. Mientras caminaba hacia el estudio de fotografía para recoger a Arlet al finalizar su jornada, el instinto de su lado león y su lobo se erizó. A un par de calles del local, un automóvil de cristales polarizados avanzaba a una velocidad sospechosamente lenta, manteniendo una distancia constante a sus espaldas. Aslan sintió cómo la chispa de sus bestias exigían salir a cazar, reconociendo el rastreo activo de mercenarios.
Esa misma noche, al regresar al penthouse, la atmósfera entre ambos era distinta. Mientras Arlet se servía una copa frente al ventanal de la sala, observó a Aslan pasearse de un lado a otro con una tensión felina que contraía los músculos de sus hombros y espalda.
—Estás demasiado inquieto, cachorro —comentó Arlet, dejando la copa sobre la mesa de centro y cruzándose de brazos mientras lo examinaba con sus ojos azules— ¿Ocurrió algo en la universidad?
Aslan se detuvo frente a ella. Su rostro, que casi siempre lucía una sonrisa coqueta y relajada, mostraba una seriedad tan tensa que rara vez se le veía.
—Nos están siguiendo, Inyanga —soltó sin rodeos, dando un paso hacia ella para tomarla de las manos, asegurándose de que su toque firme la anclara—. Llevo dos días sintiéndolos. Alguien me siguió en el campus ayer, y hoy un auto nos vigilaba a pocas calles de tu estudio.
El silencio que se apoderó del salón del penthouse tras la revelación de Aslan, cargado de esa expectativa quieta que precede a las grandes decisiones. Al otro lado del inmenso ventanal, las luces de la noche londinense titilaban como brasas distantes bajo el cielo encapotado de la capital. La lluvia, fina y persistente, comenzaba a repicar contra el cristal, creando una barrera sonora que aislaba aún más a la pareja del bullicio urbano.
Arlet permaneció inmóvil durante unos segundos, con la vista fija en las manos de Aslan, que la sujetaban con una mezcla de firmeza posesiva y calidez protectora.
—Para serte sincera, cachorro... yo no he notado nada extraño en mis trayectos hacia el estudio —admitió Arlet con voz pausada, manteniendo una frialdad serena que contrastaba abiertamente con la tensión evidente en los hombros del híbrido—. Sin embargo, si tú lo has sentido con tanta claridad, no voy a ignorarlo. Tus sentidos son más agudos que los de cualquier ser que haya conocido. Estaré mucho más atenta a partir de ahora.
Aslan entrecerró sus ojos azules, los cuales conservaban un destello metálico de su naturaleza cambiante. No le gustaba la idea de que alguien rondara cerca de su luna, y mucho menos que vigilaran sus pasos.
—Si no los has visto ni los has sentido cerca de tu local, significa que están manteniendo la distancia —dedujo el Alfa Real, apretando ligeramente los dedos de Arlet—. Se están cuidando de no encender tus alarmas. Pero ¿por qué? Si son mercenarios o rastreadores, ¿Qué intención tienen con nosotros?
Arlet soltó un suspiro imperceptible y dio un paso hacia atrás, liberando sus manos suavemente para acercarse a la mesa auxiliar. Tomó su copa de vino, sin llegar a beber, y se giró para contemplar el reflejo de ambos en la gran cristalera del penthouse. El contraste era evidente: ella, una mujer de treinta años con el porte aristocrático de la realeza vampírica, impecable, elegante y reservada; él, un híbrido de Alfa Real y león de casi veinte años, con la imponencia física de su estirpe salvaje, vestido con la informalidad de un estudiante universitario, pero proyectando la peligrosidad de un gran depredador.
—Lo más probable es que sea alguien vigilando nuestra unión —explicó con esa voz clara y calculadora que solía emplear cuando analizaba la política de su gente—. Mi padre es el Rey de los vampiros, Aslan. La dinastía real se sostiene sobre pilares de tradición, influencia y alianzas muy estrictas. Aunque la autoridad de mi padre es indiscutible, en nuestra sociedad existen miembros de alto rango, ancianos y nobles de consejos antiguos que se sienten con el derecho de vigilar cada movimiento de la familia real. Lo hacen para asegurarse de que los miembros de la realeza no estemos cometiendo lo que ellos consideran una "falta" o un signo de debilidad.
Aslan frunció el ceño, visiblemente desconcertado por la política de los vampiros. Se cruzó de brazos, dejando al descubierto los músculos de sus antebrazos, y se apoyó contra el borde del sofá.
—¿Eso es algo normal en tu especie? —inquirió, con una mezcla de escepticismo y molestia genuina—. ¿Por qué los miembros de alto rango se atreverían a vigilar a la propia hija de su Rey? ¿Acaso no le deben respeto a su línea directa?
Arlet clavó la mirada en el fondo de su copa antes de devolverle la vista al híbrido. La respuesta a esa pregunta tocaba una fibra profunda en su historia personal.
—Vigilan porque mi madre es una humana —reveló Arlet en un suspiro sereno, sin el menor atisbo de vergüenza, pero con la gravedad de quien conoce perfectamente el peso de esa verdad—. En el mundo de los vampiros, sobre todo entre los más antiguos y conservadores, el purismo de la sangre lo es absolutamente todo. Para esa clase de aristócratas, la sangre debe mantenerse tan limpia y ancestral como sea posible. Que el Rey de los vampiros haya tomado a una humana como su reina siempre ha sido una píldora difícil de tragar para las viejas familias. Han pasado décadas, pero la controversia nunca se apaga del todo.
El Alfa Real escuchó con atención, uniendo los puntos en su mente con la rapidez de quien empieza a comprender las reglas de un juego al que nunca pidió entrar, pero en el que ahora era una pieza fundamental.
—Así que la hija del Rey, nacida de una madre humana, está unida... —Aslan hizo una pausa, dejando escapar una sonrisa irónica y descarada que suavizó la dureza de su rostro—. Se enteraron de nuestra unión, ¿verdad?
—Es casi una certeza —asintió Arlet, inclinando la cabeza con una gracia fría—. Seguro alguien se enteró de nuestra unión y los rumores debieron correr por los canales más cerrados del consejo de los antiguos vampiros.
—Eso quiere decir que no están muy felices de que te hayas unido a un híbrido —concluyó Aslan, dando dos pasos lentos hacia ella, recortando la distancia con la soltura que lo caracterizaba—. Para esos viejos puristas de sangre limpia, un chico de diecinueve años que lleva sangre de lobo Alfa Real y de león en las venas debe parecerles el colmo de la provocación. Un bastardo mestizo que no encaja en sus elegantes libros de genealogía.
Arlet lo miró de arriba abajo. Recorrió con la vista la firmeza de su mandíbula, la fuerza indomable que irradiaba su postura y la devoción absoluta que brillaba en sus ojos ahora rojo. La vampiresa alzó la mano y posó las yemas de sus dedos sobre la mejilla de Aslan, sintiendo el calor ardiente que emanaba de su piel, ese calor que a ella tanto la fascinaba y que desafiaba la naturaleza fría de su propio cuerpo.
—No, no están nada felices —respondió la princesa con una firmeza impecable, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Pero la opinión de esos ancianos fosilizados me tiene sin cuidado. No me importa lo que piensen, no me importan sus ideas sobre la pureza de la sangre, ni me importa su descontento. Eres mi compañero, y mi vida la decido yo. Nadie, absolutamente nadie de la nobleza vampírica, tiene el poder de dictarme a quién debo entregarle mi lealtad o mi corazón.
Las palabras de la vampira, pronunciadas con ese tono altivo, reservado pero profundamente honesto, actuaron como el bálsamo definitivo para la tensión que el híbrido había acumulado en los últimos días. La rigidez en los hombros de Aslan pareció disiparse por completo, reemplazada por una ola de calor y satisfacción salvaje.
Aslan dejó escapar una risa baja, rasposa y llena de esa coquetería descarada que Arlet tanto intentaba combatir y que tan secretamente disfrutaba. Sin pedir permiso, el joven rodeó la cintura de su luna con ambos brazos, pegando el cuerpo de Arlet contra el suyo con un impulso firme y posesivo, obligándola a soltar la copa sobre la mesa antes de que el líquido se derramara.
—Me vuelve loco cuando te pones así de firme, Inyanga —murmuró, inclinando la cabeza para hundir el rostro en el espacio entre su cuello y su hombro, inhalando el perfume embriagador de su compañera— Me encanta saber que mi fría y sexy mujer está dispuesta a mandarlos a todos al demonio por su cachorro.
Arlet rodó los ojos con una leve sonrisa contenida, permitiendo que sus manos pálidas subieran por el pecho del híbrido hasta enredar los dedos en su cabello que ahora mostraba sus rizos castaño.
—No te subas a las nubes, Aslan. Sigo siendo la dueña de este departamento y sigo teniendo el control aquí —le recordó en un susurro divertido, aunque no hizo el menor intento por poner distancia entre ellos.
El Alfa Real alzó la cabeza, clavando sus ojos en los carmesí de ella. La burla y la coquetería de su rostro dieron paso a una expresión de una seriedad tan pura y profunda que hizo que el corazón de la vampira diera un vuelco involuntario.
—Te amo, Arlet —dijo Aslan con voz firme, clara y cargada de una devoción absoluta, sin un solo rastro de duda en sus palabras.
La Princesa de los Vampiros sintió el impacto de la declaración recorrer cada rincón de su ser, alzó ligeramente la barbilla, acariciando la nuca del híbrido con delicadeza, dejando que la calidez que solo él lograba sacarle a la luz se reflejara por completo en su mirada.
—Y yo a ti, mi cachorro —correspondió ella en un murmullo suave y sincero— Te amo
Aslan no esperó un segundo más. Inclinó la cabeza y selló la confesión con un beso lento, profundo y protector, envolviendo a Arlet en un abrazo cálido que dejó fuera la lluvia de Londres, las viejas tradiciones sobre la pureza de la sangre y cualquier amenaza que se estuviera gestando en la penumbra…