Fatima
La luz clara de la mañana filtraba una claridad tibia a través de los ventanales de la oficina de Arlet, en su estudio de fotografía. Sobre el escritorio de madera oscura, un par de impresiones de su última sesión de moda descansaban junto a su café humeante. Tras la conversación de la noche anterior con Aslan, Arlet había decidido tomar la iniciativa antes de que cualquier rumor o movimiento en las sombras se saliera de control.
Tomó su celular, buscó el contacto y presionó el botón de llamada. Tras un par de tonos, la voz profunda y serena de su padre resonó al otro lado de la línea, trayendo consigo el eco inconfundible de la distancia y el confort del hogar.
—Mi Colibrí —saludó Desmond desde su residencia en Barolo, Italia, con ese tono sumamente dulce y cálido que reservaba exclusivamente para sus hijos—. Qué alegría escuchar tu voz tan temprano. ¿Cómo estás, mi vida? ¿Ese compañero tuyo te trata como te mereces?
Arlet no pudo evitar que una sonrisa espontánea y genuina se dibujara en sus labios, relajando la postura que solía mantener frente al resto del mundo.
—Estoy muy bien, papá —respondió alegremente, apoyando los codos sobre el escritorio—. Y sí, Aslan me cuida y me trata de maravilla. No tienes de qué preocuparte.
Al otro lado de la línea se escuchó una risa suave y complacida.
—Me alegra enormemente oír eso, mi colibrí —expresó Desmond con devoción paternal— Dime, ¿a qué se debe tu llamada? ¿Necesitas algo para el estudio, para el penthouse o algún asunto personal? Sabes que solo tienes que decírmelo y yo me encargo de todo de inmediato.
Arlet dejó escapar una risita suave ante la habitual disposición protectora de su padre.
—Muchas gracias, papá, pero no es nada de eso —dijo recobrando un tono un poco más serio mientras jugueteaba con el borde de una de las fotografías—. En realidad, quería preguntarte algo... y consultar tu opinión sobre un asunto que me tiene pensativa.
—Te escucho, colibrí. ¿Qué ocurre?
Arlet suspiró levemente y le contó con detalle lo que Aslan había percibido durante los últimos días en Londres: la presencia constante de rastreadores rondando el campus universitario y las inmediaciones de su estudio de fotografía.
A medida que Arlet explicaba la situación, el ambiente dulce de la llamada cambió drásticamente. Al otro lado de la línea, el tono relajado de Desmond se transformó en una atmósfera seria, densa y cargada de una tensión contenida que revelaba de inmediato al soberano que gobernaba a su especie.
—¿Crees que sea alguien de nosotros, colibrí? —preguntó Desmond con voz grave y calculadora, evaluando cada posibilidad.
—Podría ser —admitió con voz firme, mirando fijamente hacia el ventanal de su oficina— Sabes perfectamente lo que piensen las viejas familias sobre la pureza de la sangre y lo conservadores que pueden llegar a ser. Tal vez ya se enteraron de que tengo compañero y no deben de estar nada felices... mucho menos si también se enteraron de que Dac está unido a la princesa de los hombres lobos.
Desmond guardó silencio durante unos segundos. Al otro lado de la línea, el aire en la residencia de Barolo parecía haberse vuelto helado. Cuando el Rey de los vampiros volvió a hablar, su tono dulce había desaparecido por completo, reemplazado por la voz fría y categórica del monarca que no toleraba el menor desafío a su sangre.
—Si algún miembro del consejo o de las viejas familias se ha atrevido a enviar rastreadores a Londres para vigilar a mis hijos, están cometiendo un error nefasto —sentenció Desmond, y el peligro latente en sus palabras resultaba estremecedor—. Mis decisiones sobre mi familia no están sujetas a la aprobación de un atajo de ancianos obsesionados con la pureza de la sangre. Que tú y Dac hayan encontrado compañeros verdaderos en Alfas Reales es una bendición, no un asunto de estado para que ellos vengan a fiscalizarlo.
—Lo sé, papá —respondió la Princesa de los vampiros, reconfortada por la respuesta inmediata y contundente de su padre—. Pero prefiero que lo sepas antes de que la situación se escale o que Aslan pierda la paciencia y termine atacando a uno de sus enviados. Sus bestias tienen un instinto muy territorial.
—Y hace perfectamente bien —repuso el rey, ablandando un poco el tono al pensar en su yerno, aunque manteniendo la firmeza en su voz—. Escúchame bien, colibrí. Voy a mover a mi guardia personal desde aquí en Italia para que investiguen discretamente qué familias del consejo han estado haciendo movimientos raros o contratando rastreadores independientes en las últimas semanas. Me encargaré personalmente de cortar de raíz cualquier intento de injerencia.
—Gracias, papá.
—Por favor, no bajes la guardia en el estudio ni en el departamento —le pidió Desmond con profunda devoción paternal— Mantén a Aslan cerca y no dudes en avisarme al menor contratiempo. Nadie va a poner en riesgo la tranquilidad ni la felicidad de mis hijos, te lo prometo colibrí —reiteró permitiendo que la calidez de su faceta paternal volviera a suavizar la brusquedad de su voz— Ahora, respira tranquila y disfruta de tu mañana. Dale un saludo a Aslan de mi parte.
—Lo haré, papá. Muchas gracias. Cuídate mucho y dale un abrazo enorme a mamá y a mis hermanos de mi parte. Te quiero.
—Y yo a ti, mi niña. Hablamos pronto.
Tras cortar la llamada, Arlet dejó el teléfono sobre el escritorio y soltó un suspiro largo y liberador. Se reclinó en su sillón de piel, sintiendo cómo el nudo de tensión que se le había formado en la nuca desde la noche anterior comenzaba a disiparse poco a poco. Saber que contaba con el respaldo incondicional de su padre y con todo el peso de la guardia real investigando discretamente desde Italia, le devolvía la paz y la certidumbre que tanto necesitaba.
Se llevó el café a los labios y contempló la mañana londinense a través del ventanal. Una sensación de alivio y serenidad la envolvió por completo; no estaba sola, y ni ella ni Aslan iban a permitir que nada ni nadie arruinara la vida que estaban construyendo juntos.
(…)Unas semanas después en la penumbra del estudio de Edimburgo la pesadas cortinas de terciopelo sepultaban cualquier vestigio de la tarde escocesa, dejando que solo a luz tenue de unas lámparas iluminara el escritorio de caoba de Cassian. El antiguo vampiro permanecía sentado en su sillón de respaldo alto, con los dedos entrelazados sobre la madera barnizada, escuchando en silencio absoluto a su principal rastreador.
Sobre la mesa reposaba una carpeta de cuero llena de fotografías tomadas a distancia, notas escritas a mano y mapas de las calles de Londres.
—Habla —ordenó Cassian con una voz baja, gélida, que resonó en las paredes tapizadas de la estancia.
El hombre de chaqueta oscura el mismo que días atrás había sido detectado por los agudos sentidos del híbrido, dio un paso al frente y aclaró la garganta, manteniendo la vista fija en el suelo por puro instinto de supervivencia.
—Hemos completado el informe detallado de las últimas tres semanas, mi señor —comenzó el rastreador con tono rápido y sumiso—. Los objetivos han establecido una rutina fija tras su regreso de New York. El mestizo, Aslan, se ha mudado formalmente al penthouse de la princesa Arlet. Ha dejado su propio apartamento y ha trasladado todas sus pertenencias.
Cassian apretó la mandíbula; una vena delgada latía en su sien alabastrina ante la mención de la convivencia.
—Continúa —siseó.
—Su vida diaria es predecible, lo que nos ha permitido establecer sus patrones —prosiguió el espía, señalando con el índice una de las fotografías sobre el escritorio donde se veía a la pareja caminando por la acera matutina— Todas las mañanas salen juntos a pie. Ella camina hacia su estudio de fotografía; el chico la acompaña en el trayecto antes de dirigirse a pie al campus universitario. Él cursa sus estudios durante el día, están separados por un lapso de seis a ocho horas.
Cassian inclinó el cuerpo hacia adelante, tomando una de las imágenes. En ella, Arlet vestía un abrigo estructurado, con ese porte aristocrático e inalcanzable, mientras el joven híbrido le sonreía a pocos centímetros, rodeándola con un brazo sin la menor vergüenza. El antiguo vampiro arrugó el papel entre sus dedos, destruyendo la esquina de la fotografía con la fuerza de su agarre.
—¿Y sus defensas? —interrogó Cassian, clavando sus ojos oscuros en su subordinado— ¿Qué tan alerta están?
—El mestizo es un problema, señor —admitió el rastreador con evidente cautela—. Sus sentidos como Alfa Real y león son absurdamente agudos. Percibió nuestra presencia en el campus y detectó el vehículo de seguimiento, lo hemos cambiado. Es extremadamente territorial e instintivo. Sin embargo, comete un error clave: cree que la vigilancia proviene de los vampiros puristas del consejo que desaprueban la unión de la princesa con un mestizo. Sabemos que el rey a indago al respecto.
Una sonrisa maliciosa, lenta y cruel, se dibujó en los labios finos de Cassian. La aristocracia vampírica y sus obsesiones con la pureza de la sangre servían como la pantalla de humo perfecta para ocultar sus verdaderas intenciones.
—Perfecto —murmuró, dejando caer la foto arrugada sobre la mesa— Que crean que son ancianos indignados jugando a la política. Eso los mantendrá confiados y buscando en la dirección equivocada. ¿Qué hay de la princesa? ¿Ha reaccionado?
—No ha visto a nuestros hombres directamente —explicó el espía— Mantiene su rutina profesional en el estudio sin alteración aparente, aunque hemos notado que está un poco más atenta, sobre todo cuando no está con él. Lo más importante, señor, es que confirmamos que la unión aún no se ha sellado de forma definitiva. La segunda marca —la mordida de la vampira sobre el híbrido— todavía no ha sido ejecutada.
En ese momento, la puerta lateral del estudio se abrió y el hechicero de sangre entró en la habitación, sosteniendo un pequeño cuenco de bronce donde ardió un residuo de ceniza con resplandor violáceo.
—Una gran noticia, Cassian —intervino el hechicero, mirando las fotografías esparcidas sobre la caoba—. Esa separación diaria de seis a ocho horas es la ventana que necesitamos. El chico camina solo hacia la universidad y regresa al penthouse al caer la tarde. Sin la protección de la segunda marca y lejos de la princesa, su instinto es vulnerable a un ataque de precisión.
Cassian se puso de pie, rodeando el escritorio con elegancia depredadora. Observó el mapa de Londres, fijando su mirada en la ruta exacta que Aslan recorría a diario entre el penthouse y el campus.
—Tienen su rutina, sus horarios y la arrogancia de creerse intocables en su burbuja de amor —sentenció Cassian con voz implacable—. Ya conocemos cada paso que dan. Prepara el ritual, hechicero. En cuanto el momento sea el adecuado, aislaremos al cachorro en uno de esos trayectos y terminaremos con él antes de que Arlet siquiera note que se ha retrasado.
(…)Mientras tanto, lejos del bullicio de Londres, en la serena majestuosidad de la residencia real en Barolo, una energía sumamente pura y cálida cruzaba los jardines. Fátima, un ser de luz de presencia serena y protectora, avanzaba con la gracia etérea que la caracterizaba. La relación que mantenía con la familia real iba mucho más allá de las alianzas diplomáticas; para los hijos de Desmond y Joey, ella era sencillamente “la abuela Fátima”, una figura de sabiduría, refugio y amor incondicional a la que acudían desde antes de nacer.
Sin embargo, en las últimas horas, una vibración rancia y perturbadora había comenzado a inquietar su percepción espiritual. Una corriente de energía oscura, cargada de odio ancestral y magia prohibida, se movía silenciosa en el ambiente. Guiada por su instinto protector, Fátima decidió presentarse en la fortaleza de Barolo para asegurarse personalmente del bienestar de los Reyes antes de abordar las sombras que percibía.
Al cruzar el amplio salón principal, encontró a Desmond y a Joey compartiendo un momento de tranquilidad.
—Fátima, qué maravillosa sorpresa —saludó Desmond, poniéndose de pie de inmediato para recibirla con la calidez y el respeto que siempre le profesaba, ofreciéndole un abrazo afectuoso.
Joey, la Reina humana, le dedicó una sonrisa dulce y sincera, acercándose también para darle la bienvenida.
—Es un placer verte, querida Fátima. Sabes que esta siempre es tu casa. Dime, ¿cómo estás? —preguntó Joey con amor lleno de agradecimiento que le tenía al ser de luz.
Fátima correspondió al abrazo y observó a los Reyes con detenimiento. Al notar la serenidad en los rostros de ambos, dejó escapar un leve suspiro de alivio, confirmando que ellos se encontraban físicamente bien antes de entrar en materia.
—Estoy bien. Vine porque necesitaba verlos con mis propios ojos —respondió Fátima con voz suave pero profunda— He sentido una perturbación en las corrientes de luz, una energía oscura y pesada que intenta tejer sus hilos cerca de la familia... Pero antes de hablar de eso, veo en sus miradas una chispa diferente. ¿Ha ocurrido algo con los chicos?
Desmond y Joey se miraron, sonriendo con abierta complicidad y orgullo paternal.
—Así es —admitió Desmond, con la expresión iluminada por la dicha— Nuestra querida Arlet finalmente ha encontrado a su compañero.
Fátima alzó las cejas, sorprendida y complacida por la buena noticia.
—¿Arlet? ¡Mi princesa encontró a su compañero! —exclamó con una sonrisa tibia que iluminó el salón— Qué bendición tan grande. ¿Y quién es el afortunado que ha logrado conquistar el corazón de nuestra reservada princesa?
—Se llama Aslan —explicó Joey, tomando la palabra con la emoción brillando en sus ojos— Es un joven excepcional. Es un híbrido de Alfa Real de lobo y Alfa león. Además, pertenece a la realeza de los hombres lobo, aunque proviene de una línea secundaria.
Fátima entrecerró los ojos con verdadero interés, procesando la magnitud de la unión. La combinación de sangres en el joven era extraordinaria y de un poder descomunal.
—Un híbrido de Alfa Real y león... y de linaje real cambiante —murmuró Fátima, analizando las implicaciones con curiosidad reverente— Es una unión verdaderamente poderosa, digna de nuestra Arlet. Dime, Desmond, ¿cómo es él? ¿Cómo se han adaptado a la convivencia? ¿Y cómo es el lazo entre ellos? Sé lo exigente y reservada que puede ser mi niña con su espacio y su corazón.
—Por lo que nos contó, se han adaptado de maravilla —respondió Desmond con una sonrisa que denotaba tranquilidad— El chico tiene diecinueve años, estudia en la universidad y es sumamente protector y devoto con ella. La cuida como la princesa que es, y aunque Arlet intente mantener su porte, es evidente que ese muchacho la tiene completamente enamorada.
Fátima escuchó atentamente cada detalle, pero a medida que asimilaba la noticia, la sospecha de la energía oscura que había sentido comenzó a cobrar un sentido mucho más claro y peligroso en su mente…