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Futuro

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Futuro

Fátima guardó silencio durante un instante, uniendo mentalmente las piezas del rompecabezas. La alegría por el florecer de una nueva unión en la familia se entrelazaba ahora con la amenaza invisible que había comenzado a rastrear.

—Un híbrido de Alfa Real y león... —repitió Fátima en un murmullo bajo, dejando que la serenidad de sus ojos fuera reemplazada por una sombra de profunda gravedad—. Su luz debe ser intensa, casi cegadora. Y es precisamente esa fuerza la que está atrayendo a las sombras.

Desmond y Joey borraron la sonrisa de sus labios al instante. Conocían lo suficiente a Fátima como para saber que ella jamás expresaba preocupación sin un fundamento real.

—Fátima, ¿qué es lo que has percibido exactamente? —preguntó el Rey, dando un paso al frente con la postura rígida de quien se prepara para proteger a los suyos.

—La energía oscura que sentí no proviene de celos políticos ni de disputas ordinarias entre los linajes vampíricos —explicó el ser de luz, mirando fijamente a ambos Reyes—. Es una magia de sangre antigua, rancia y corroída por la obsesión. Está tejiendo un velo sutil alrededor de Londres.

Joey se llevó una mano al pecho, sintiendo un escalofrío helado al pensar en su hija y en Aslan.

—¿Están en peligro? —inquirió la Reina con voz temblorosa pero firme.

—No lo sé al cien por ciento, pero quienquiera que esté detrás de esto no busca presionar al consejo; busca algo mucho más oscuro —advirtió Fátima.

—Si alguien cree que puede tocar a mi hija o a su compañero en Londres, voy a aplastarlo antes de que dé el primer paso —sentenció el Rey con una frialdad absoluta, apretando los puños con fuerza contenida.

—No actúes a ciegas, Desmond —pidió Fátima con tono suave pero autoritario—. Enviaré una bendición de protección sutil hacia Londres, un velo de luz que ancle los sentidos de Aslan y alerte a Arlet si la magia de sangre intenta envolverlos. Pero debes advertirles.

—Lo haré —declaró el Rey de los Vampiros.

(…)

El sol comenzaba a teñirse de tonos cobrizos y violetas sobre el cielo de Londres. Era viernes por la tarde, y el aire fresco anunciaba la llegada del fin de semana.

Afuera del edificio donde se ubicaba el estudio de fotografía de Arlet, apoyado con indolencia contra su imponente motocicleta negra, Aslan esperaba la salida de su compañera. El joven vestía una chaqueta de cuero oscuro que acentuaba la amplitud de sus hombros y la firmeza de su figura, observando la entrada con la paciencia calculadora de un gran felino. A pesar del constante vaivén de peatones y vehículos por la acera, varias personas no podían evitar girar la cabeza para mirarlo, atraídas por el aura magnética y la confianza natural que emanaba del Alfa Real.

Sin embargo, para él, la única presencia que importaba en toda la ciudad estaba a punto de cruzar las puertas de cristal. Cuando Arlet finalmente apareció en la acera, luciendo un abrigo largo de corte impecable, botas altas y su elegancia intacta tras una larga jornada de trabajo, el rostro del híbrido se transformó por completo. La seriedad con la que mantenía a raya el entorno se disipó al instante, reemplazada por esa sonrisa coqueta y descarada que tanto la cautivaba.

—Llegas justo a tiempo, Inyanga —anunció Aslan, poniéndose de pie en un movimiento fluido y acortando la distancia entre ellos con paso decidido.

Arlet se detuvo a un par de metros, alzando una ceja con esa mezcla de gracia e incredulidad al notar el vehículo aparcado en la acera.

—¿Y esto, cachorro? —preguntó cruzándose de brazos, examinando la máquina brillante antes de fijar la vista en su compañero—. Pensé que iríamos caminando hacia el penthouse.

Aslan soltó una risa baja, rodeando su cintura con naturalidad para pegarla contra su cuerpo tibio y robarle un beso rápido, firme y posesivo en los labios antes de que ella pudiera protestar.

—Es viernes —murmuró contra su boca, con los ojos azules centelleando con emoción salvaje—. Y después de una semana entera de clases, reuniones y sesiones de fotos, nos merecemos un escape. Te voy a llevar a dar un paseo.

Arlet lo miró fijamente, sintiendo la calidez de Aslan envolverla y derretir la ligera tensión de su día. Aunque intentó mantener su expresión seria y aristocrática, una leve sonrisa terminó por traicionarla.

—Bien, pero debes conducir esa cosa con cuidado —advirtió ella con tono suave pero provocador, permitiendo que sus manos acariciaran la solapa de la chaqueta de cuero—. Recuerda a quién llevas como copiloto.

—Llevo a mi Luna —declaró sin vacilar, tomando el casco secundario para colocárselo a ella con delicadeza infinita y asegurar la correa bajo su barbilla—. Y no dejaría que te pasara nada en este mundo. Súbete, Inyanga, y abrázate fuerte a mí.

Arlet soltó una pequeña risa resignada. La idea de escapar del bullicio de la ciudad y romper la rutina del penthouse le resultaba tentadora, en especial con él al volante y la promesa de dos días enteros para ellos solos. Acomodó su abrigo largo, subió detrás de él y rodeó el torso musculoso de su compañero con los brazos, pegando su cuerpo al calor abrasador que emanaba del híbrido. El motor rugió con un sonido potente y grave que vibró en el pecho de ambos antes de incorporarse al tráfico de la tarde

Dejando atrás el asfalto acelerado y las luces del centro de Londres, la carretera comenzó a abrirse hacia el sudoeste. Con el viento nocturno acariciándolos y el paisaje urbano transformándose en colinas y senderos arbolados, Aslan aceleró con destreza hacia su destino: Rye, un pintoresco pueblo medieval en Sussex, a poco más de una hora de la capital.

Para cuando se adentraron en las callejuelas iluminadas por farolas de luz cálida, el aire olía a mar cercano, leña encendida y tierra húmeda. El híbrido detuvo la motocicleta frente a una posada boutique de fachada antigua y privacidad absoluta que había reservado con antelación. Apagó el motor y se quitó la protección, girándose sobre el asiento para mirarla con una sonrisa complacida y victoriosa.

—Llegamos, Inyanga —anunció—. ¿Qué te parece nuestro escape para el fin de semana?

—Tengo que admitir que tienes buen gusto, cachorro —murmuró Arlet al retirarse el casco, contemplando el entorno antes de deslizarse de la moto para quedar frente a él—. Un lugar tranquilo, sin ruido y a una distancia perfecta.

Aslan se bajó de un salto fluido y la rodeó por la cintura con posesiva delicadeza, pegándola contra su pecho bajo el cielo estrellado de Sussex.

—Solo lo mejor para ti —respondió buscando su boca para darle un beso cálido y profundo que dejó clara su intención de aprovechar cada segundo de ese fin de semana juntos.

Unos minutos después ya habían completado el registro en la recepción de la posada, una casona rústica del siglo XVIII de vigas expuestas y luz tenue, la encargada les entregó la llave de bronce de la habitación principal. Subieron por la escalera de madera crujiente hasta un espacio acogedor dominado por una amplia cama de doseles y una chimenea de piedra en la que ya crepitaban algunas brasas.

Arlet dejó su bolso sobre la mesa auxiliar y se quitó el abrigo largo, dejándolo sobre una silla. Fue entonces cuando miró a Aslan, que acomodaba el par de cascos sobre la cómoda, y un detalle evidente se abrió paso en su mente.

—Un momento, Aslan... —comentó arqueando una ceja mientras lo examinaba con genuina diversión—Salimos directamente del estudio en tu moto. No trajimos maletas, ni ropa para el fin de semana.

Él se giró despacio, recortando la distancia con soltura felina y una sonrisa descarada dibujada en los labios. Rodeó la cintura de la vampiresa con ambos brazos, pegándola sin miramientos a su cuerpo tibio.

—No vas a necesitar mucha ropa este fin de semana, Inyanga —murmuró con voz baja y juguetona, inclinando la cabeza para rozar sus labios contra la piel sensible de su cuello.

Arlet inclinó levemente la cabeza hacia atrás, entregándole espacio mientras sentía la respiración ardiente de su híbrido erizarle la piel. Soltó una risita suave y contenida, acariciándole la nuca.

—Eres un cachorro verdaderamente caliente, Aslan —reprochó con afectuosa ironía.

—Solo por ti, mi luna —respondió sin la menor vergüenza, sellando la promesa con un beso firme y prolongado sobre su marca que le sacó un suspiro entrecortado a la princesa.

—Sí que lo eres —correspondió Arlet, dándole un golpecito cariñoso en el pecho para poner un mínimo de distancia, aunque conservando la mirada complacida—. Pero ahora vamos a caminar. Quiero recorrer el pueblo y ver qué encontramos para comer; este viaje me abrió el apetito.

—Tus deseos son órdenes, mi reina —aceptó él con un guiño.

Le extendió la mano con firmeza y Arlet entrelazó sus dedos con los cálidos del Alfa Real. Salieron de la habitación y abandonaron la posada para adentrarse en la noche de Rye.

Las calles empedradas lucían casi desiertas a esa hora, iluminadas por el brillo dorado de los faroles antiguos. El aire fresco traía consigo una brisa marina lejana que contrastaba con el aroma a leña quemada que salía de las chimeneas de los pubs locales. Caminaron tomados de la mano, disfrutando del silencio y de la compañía mutua, lejos del ruido de Londres y de cualquier mirada indiscreta, mientras buscaban un rincón acogedor para cenar.

(…)

Mientras la calma reinaba en Sussex, la oscuridad en el estudio de Edimburgo se espesaba con una tensión opresiva.

El hechicero de sangre irrumpió en el despacho de Cassian, dejando ver sus pupilas dilatadas y bañado en un sudor frío.

—¿Qué ocurre? —exigió el vampiro con voz glacial, entrecerrando sus ojos oscuros al verlo entrar.

—Sintieron nuestra marca sutil... —murmuró el hechicero, limpiándose apresuradamente la frente con la manga de su camisa—. Un destello de energía pura y blanca acaba de cruzar las corrientes espirituales desde Italia hacia Londres. No fue una simple inspección de la guardia real ni una corazonada del rey Desmond. Es un ser de luz.

El rostro de Cassian se contrajo en una mueca de visceral desprecio.

—Fátima —siseó el nombre con asco, pronunciándolo como si fuera un veneno—. Esa entidad entrometida siempre metiendo sus manos entre la familia real.

—Nos ha detectado, Cassian —advirtió el brujo, dando un paso hacia el escritorio mientras el tono de su voz delataba una urgencia real—. No sabe con exactitud quiénes somos ni de dónde proviene el hilo de magia de sangre, pero ya sintió la vibración de nuestro ritual. Si le damos tiempo para tejer un velo de protección sobre el híbrido o si Desmond envía a Fátima directamente a Londres, la barrera que se levantará a su alrededor será impenetrable. Toda nuestra ventaja táctica se destruirá. Si pretendemos actuar, debemos hacerlo de inmediato.

Cassian permaneció en silencio durante un par de segundos que parecieron eternos. Su mirada descendió hacia las fotografías sobre la mesa: la ruta diaria de Aslan hacia la universidad, sus horarios marcados en rojo y la vulnerabilidad de su trayecto en solitario. La sola idea de que una entidad de luz arruinara meses de paciente rastreo encendió una furia implacable en su interior.

—No les daré el margen de maniobra para reaccionar —sentenció Cassian, enderezándose con una elegancia siniestra y letal—. Fátima cometió el error de avisarles antes de actuar directamente, y Desmond tardará días en mover a su guardia sin levantar sospechas ante el consejo. —declaró apretando la mano en un puño cerrado sobre el mapa de la capital— Ejecutaremos el plan esta misma semana —ordenó con una voz helada que no admitía réplica alguna—. Prepara los talismanes de ocultación y reúne a los rastreadores. En cuanto el cachorro este solo y ponga un pie en la universidad este lunes, lo aislaremos antes de que se dé cuenta de que la sombra ya cayó sobre él.

(…)

El pub rústico que encontraron en una de las esquinas empedradas de Rye olía a madera antigua, cerveza artesanal y estofado casero. Una pequeña vela parpadeaba en el centro de la mesa de roble donde se acomodaron, creando un ambiente acogedor, sumergido en una penumbra cálida que encajaba a la perfección con la intimidad de la noche.

La mesa estaba repleta de platillos: un plato generoso de carne para Aslan, cuya naturaleza de Alfa Real y león demandaba un apetito voraz, y una copa de vino tinto junto a una pequeña tabla de quesos y carnes curadas para Arlet.

El ambiente era relajado, cargado de esa complicidad dulce que había ido creciendo entre ellos desde que dejaron Londres. De pronto, mientras Arlet saboreaba un sorbo de vino y observaba a Aslan cortar su comida con la destreza de un depredador satisfecho, el híbrido dejó los cubiertos a un lado, apoyó los codos sobre la mesa y la miró fijamente. Sus ojos azules centellearon a la luz de la vela con una chispa cargada de picardía.

—Dime una cosa, Inyanga... —comenzó Aslan, ladeando la cabeza con una sonrisa despreocupada— ¿cuántos hijos vamos a tener?

Arlet se congeló a mitad de camino, con la copa aún sostenida cerca de sus labios carmesí. Sus ojos se abrieron levemente por la sorpresa pura y, por un instante, la compostura de la Princesa de los Vampiros saltó por los aires. Bajó la copa con una lentitud calculada mientras procesaba la pregunta.

—¿Perdón? —inquirió, arqueando una ceja, entre sorprendida y divertida.

—Que cuántos cachorros vamos a tener —repitió el joven hibrido sin la menor vergüenza, inclinándose un poco más hacia ella— Es una pregunta seria, mi luna.

—Aslan, por favor... —soltó una risita suave e incrédula, negando con la cabeza mientras se acomodaba en el respaldo de su silla— Acabamos de mudarnos juntos formalmente al penthouse ¿y ya estás contando los niños? Para ser sincera, ni siquiera lo había pensado todavía. Mi vida en el estudio de fotografía ya es bastante ajetreada.

El Alfa Real dejó escapar una carcajada baja y ronca que llamó la atención de un par de comensales cercanos, aunque a él no le importó en absoluto.

—Pues deberías ir pensándolo —respondió con tono coqueto y seguro, estirando la mano sobre la mesa para entrelazar sus dedos cálidos con los de ella— Porque con la genética que tenemos, esa casa va a ser un caos maravilloso. Un par de pequeños vampiros con garras de león o unos cuantos lobitos corriendo por todas partes.

Arlet sintió cómo una calidez involuntaria le subía por el cuello, atrapada entre la sorpresa de la imaginación de su compañero y el encanto irresistible de su audacia.

—¿Un caos maravilloso? —mencionó, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar mientras una sonrisa coqueta se dibujaba en sus labios— Aslan, si un solo cachorro de diecinueve años ya me da suficiente trabajo y me quita el aliento, no me imagino a tres o cuatro versiones tuyas corriendo por el penthouse.

—Admite que te encanta la idea —retó, apretándole la mano con suavidad mientras la miraba con una intensidad devota que la hizo suspirar— Y, además, no estarías sola. Yo me encargaría de cuidarlos, entrenarlos y de recordarte todos los días lo hermosa que te ves siendo mamá.

Arlet lo miró en silencio por un segundo, sintiendo el peso sincero y lleno de amor detrás de sus palabras coquetas. La idea, que segundos antes le parecía una locura repentina, de pronto dejó un sabor dulce en su pecho.

—Eres incorregible, Aslan —murmuró la con voz suave, inclinándose hacia adelante para rozar sus labios contra los de él en un beso breve y tierno antes de volver a tomar su copa— Pero bien... lo pensaré. Aunque no te prometo una manada entera.

—Con que me des la oportunidad de convencerte día a día, me doy por servido —concluyó el Alfa Real con un guiño victorioso, volviendo a su cena con la satisfacción de haber dejado a su luna pensando en su futuro juntos…