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Antes de la Tormenta

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Antes de la Tormenta

Al salir del pub, el frío de Sussex se sintió más nítido contra la piel, pero el calor del vino y la mano firme de Aslan entrelazada con la de Arlet mantenían a raya la noche. Caminaron en un silencio pausado de regreso a la posada boutique, donde la luz tenue de los faroles antiguos hacía brillar las calles empedradas.

Al cruzar el umbral de la habitación, el crujido de la puerta de madera pesada dejó fuera el mundo exterior. El espacio estaba sumergido en una sombra cálida, iluminado únicamente por el fuego de la chimenea que aún crepitaba con fuerza, proyectando destellos dorados sobre la amplia cama de doseles.

Arlet apenas tuvo tiempo de girarse tras cerrar la puerta cuando la figura imponente de Aslan ya estaba sobre ella. Sin romper el ritmo, la tomó por la cintura y la elevó con soltura felina, haciendo que los pies de la vampira dejaran de tocar el suelo. Un suspiro entrecortado se le escapó a Arlet justo antes de que los labios del Alfa Real reclutaran los suyos en un beso profundo, hambriento y posesivo, impregnado de la devoción que había ido acumulando durante toda la cena.

—Dijiste que no trajimos cambio de ropa, Inyanga... —murmuró Aslan contra su boca, con la voz vuelta un rasguño grave mientras la llevaba despacio hacia la cama y la depositaba con infinita delicadeza sobre las sábanas suaves.

—Y no me equivocaba, cachorro —respondió con una sonrisa seductora, enmarcándole el rostro con sus manos pálidas mientras sentía el peso tibio y musculoso de su compañero acomodarse sobre ella.

—Perfecto —sonrió, con los ojos azules centelleando en la penumbra— Porque no pienso dejar que nada se interponga entre nosotros esta noche.

Aslan esbozó una sonrisa descarada, apoyando sus antebrazos a los lados de la cabeza de la princesa mientras la miraba con los ojos azules centelleando en la penumbra.

—Entonces, desde hoy empezamos con el trabajo para hacer vampiros con garritas —anunció con total soltura y una seriedad fingida.

Arlet soltó una carcajada suave que resonó dulce en la habitación. Negó con la cabeza mientras sus manos subían despacio por el torso de su compañero, delineando la firmeza de sus hombros.

—¿Ah, sí? —inquirió sonriendo, arqueando una ceja— ¿Y qué tal si solo son vampiros?

Aslan ladeó la cabeza, contemplándola con una ternura devota que le suavizó los rasgos por completo.

—Bueno... los querré igual, aunque salgan unos vampiros aburridos —respondió el Alfa Real sin soltar un solo segundo su mirada.

Arlet volvió a reír, pero al instante arrugó levemente la nariz y entreabrió los labios, fingiendo una indignación impecable.

—¿Vampiros aburridos? —reprochó dándole un golpecito juguetón en el pecho— Te recuerdo, mi querido cachorro, que la vampiresa que tienes debajo no tiene nada de aburrida. Mucho cuidado con cómo hablas de mi linaje.

—Tienes toda la razón, mi luna—concedió Aslan con una risa baja y ronca, inclinándose para robarle un beso rápido en la punta de la nariz antes de bajar hasta su cuello— Tu linaje es perfecto... pero admito que no puedo esperar a ver una mezcla de los dos.

—Eres incorregible —suspiró Arlet en un murmullo, entregándose por completo mientras enredaba sus dedos en los risos que empezaban a formase en la cabeza de su hibrido.

Con una parsimonia provocadora, Aslan comenzó a deshacerse de su camisa, dejándola caer al suelo sin desviarle la mirada. La atmósfera juguetona dio paso a una marea de caricias lentas y quemantes. Cada beso de Aslan sobre su piel encendía una electricidad que hacía vibrar la naturaleza de la vampira. No había prisa; solo el susurro de la leña consumiéndose, los suspiros ahogados entre labios compartidos y el choque inevitable de dos fuerzas destinadas a pertenecerse.

Entregados el uno al otro bajo el dosel de madera y a la luz del fuego, la noche en Rye se convirtió en su refugio perfecto, ajenos por completo a la sombra de sangre que en ese mismo instante terminaba de tejerse en las sombras de Londres.

El resplandor suave de la mañana filtrándose por los ventanales de la habitación despertó a Arlet. La leña de la chimenea se había reducido a cenizas tibias y el aire fresco de la costa colaba un toque invernal por las rendijas. A su lado, Aslan dormía plácidamente, con el torso al descubierto y un brazo rodeando de forma posesiva la cintura de su vampiresa.

Arlet se acomodó entre sus brazos, disfrutando de la calidez casi abrasadora que emanaba del Alfa Real, cuando el vibrar insistente de un teléfono sobre la mesa auxiliar rompió la paz del dormitorio.

Con cuidado de no despertar bruscamente al híbrido, deslizó la mano, tomó el dispositivo y vio el nombre de su padre en la pantalla. Deslizó el botón de respuesta y se llevó el teléfono al oído con voz baja.

—Hola, papá. Buenos días.

—Colibrí —la voz de Desmond resonó desde Barolo, pero no traía la soltura afectuosa del día anterior. Estaba cargada de una seriedad sobria e imponente— Qué bueno que me atiendes. Necesito que me escuches con mucha atención.

El cambio drástico de tono hizo que Arlet se incorporara despacio sobre la cama, apartando las sábanas. Aslan, cuyos sentidos hiperdesarrollados reaccionaban hasta al menor cambio en el pulso de su luna, abrió los ojos de inmediato, pasando de la somnolencia a un estado de alerta felina en cuestión de segundos.

—¿Qué ocurrió, papá? —preguntó Arlet, fijando su mirada en los ojos azules de su compañero.

—Tu abuela Fátima vino a visitarnos ayer a la fortaleza —explicó Desmond sin rodeos— Sintió una perturbación. Una energía oscura, está tejiendo un velo sutil alrededor de Londres.

—¿Las viejas familias del consejo? —inquirió Arlet frunciendo el ceño, sintiendo una punzada de frialdad en la espalda.

—No —interrumpió Desmond con contundencia—. Fátima está segura de que no se trata de disputas políticas de la nobleza ni de puristas indignados. Es una magia de sangre antigua y obsesiva. Quienquiera que esté enviando esas sombras no busca presionar al consejo, Arlet... busca atacarlos directamente a ustedes. A ti o a Aslan.

Aslan, escuchando la conversación sin problema, apretó la mandíbula y se sentó en la cama, pasando de la relajación a un depredador listo para el combate.

—Fátima enviará una bendición de protección hacia la ciudad —continuó el Rey de los Vampiros—, pero les pido que no bajen la guardia bajo ninguna circunstancia. Si están fuera de casa, regresen con cuidado. No se separen y mantengan los ojos bien abiertos.

—Entendido, papá. Muchas gracias por avisarnos —respondió Arlet con voz firme, recuperando su aplomo de princesa— Estaremos muy atentos.

—Cuídense mucho, mi colibrí. Hablamos pronto.

Al colgar, Arlet suspiró hondo, mirando fijamente hacia las calles empedradas de Rye. Detrás de ella, sintió el movimiento en la cama. Aslan ya se había sentado, desperezándose con la fuerza de un felino y fijando sus ojos azules en ella con tono intuitivo y protector.

—¿Quién era, Inyanga? —preguntó Aslan, poniéndose de pie para acercarse a ella, aunque ya había escuchado todo—. Te cambió el semblante.

Arlet se giró hacia él, colocando sus manos sobre el pecho de su compañero mientras lo miraba a los ojos.

—Mi padre. La abuela Fátima percibió algo en Londres, Aslan... Una magia de sangre que está buscando rastrearnos. Nos pide que no bajemos la guardia.

El rostro juguetón del Alfa Real se transformó de inmediato. Su postura se volvió rígida, sus pupilas se dilatan brevemente y un gruñido grave y contenido resonó en lo profundo de su pecho.

—Que lo intenten —sentenció Aslan con voz baja y peligrosa, apretando la cintura de Arlet contra sí—. Nadie va a tocarte a ti ni a meterse en lo nuestro.

—Lo se. —dijo recargando sur otro en el pecho tibio de su compañero, pensando quien podria hacerle daño, ella no tenía ningun enemigos y sabía que Aslan tampoco.

A pesar de la advertencia de Desmond, ni Arlet ni Aslan permitieron que la amenaza empañara el resto de su estancia en Sussex. Decidieron transformar la prudencia en una vigilancia atenta, sin renunciar al refugio cálido que habían construido juntos.

El sábado transcurrió entre el encanto pausado de Rye. Durante el día, se aventuraron por las callejuelas empedradas hasta descubrir una pintoresca boutique de moda independiente, con fachadas de madera y grandes ventanales. Con una mezcla de practicidad y complicidad juguetona, Arlet eligió un par de prendas de tonos neutros y cortes elegantes, mientras obligaba a Aslan a probarse un jersey de lana oscura que acentuaba la firmeza de sus hombros. Él protestó con una mueca burlona, pero la mirada satisfecha de su luna bastó para que terminara llevándoselo puesto.

Caminaron hasta el mirador junto a la antigua torre del castillo, donde el viento marino les traía el aroma del Canal de la Mancha. Cenaron en un pequeño bistró iluminado a la luz de las velas y, al regresar a la posada, se entregaron de nuevo a la tranquilidad de su habitación, donde el fuego de la chimenea fue testigo de su complicidad.

Para el domingo por la tarde, tras un almuerzo tardío frente a la bahía, llegó el momento de volver a la realidad.

Aslan acomodó las compras en los pequeños compartimentos de la motocicleta, abrigó a Arlet con la delicadeza de siempre y le aseguró el casco antes de subir a la máquina. Con el rugido grave del motor abriéndose paso por la carretera, dejaron atrás la calma de Sussex y se adentraron en el flujo dinámico hacia la capital.

A medida que el paisaje de colinas se transformaba en el imponente horizonte urbano iluminado por las luces de la tarde londinense, la actitud de ambos cambió de manera casi imperceptible. La soltura del fin de semana dio paso a una atención más aguda; los ojos de la vampira repasaban los vehículos cercanos en el tráfico con serenidad calculadora, mientras que los sentidos de Alfa Real escaneaban cada vibración del entorno a través del manillar.

Al cruzar el umbral del penthouse, el ambiente familiar del departamento les devolvió una sensación de seguridad inmediata. Arlet dejó sus pertenencias sobre la consola del recibidor y se quitó el abrigo, mientras Aslan aseguraba la entrada y la rodeaba por la cintura desde atrás, pegando su pecho tibio contra la espalda de ella.

—De vuelta en casa, Inyanga —murmuró el híbrido, dejando un beso suave en la curva de su cuello.

—De vuelta en casa, cachorro —correspondió Arlet con un leve suspiro de confort, girándose entre sus brazos para mirarlo a los ojos—. Mañana empieza la semana... y ya sabemos que no podemos dar nada por sentado.

Aslan sonrió con esa mezcla de arrogancia y protección salvaje que lo caracterizaba.

—Que vengan si quieren. No voy a permitir que nadie arruine la vida que estamos construyendo aquí.

—Cachorro presumido. —dijo en un suspiro sintiéndose segura en sus brazos.

El resto de la semana transcurrió bajo una extraña y aparente calma. De lunes a jueves, ni Aslan ni Arlet percibieron la menor señal de vigilancia. El vehículo negro que solía rondar el campus no volvió a aparecer y la incómoda sensación de sentirse observados pareció disiparse por completo en las calles de Londres.

Arlet confiaba en que esa repentina tranquilidad fuera el efecto directo del velo de luz que la abuela Fátima había enviado para y protegerlos. Aslan, aunque no bajaba la guardia, comenzaba a disfrutar nuevamente de sus trayectos cotidianos sin la molestia de los rastreadores.

Sin embargo, la realidad era mucho más oscura.

En la penumbra de Edimburgo, el hechicero de sangre sopló las últimas cenizas de un recipiente de bronce esculpido con runas antiguas. El humo violáceo se expandió por el despacho antes de condensarse en una red invisible que señalaba la ubicación de Aslan en tiempo real.

—Está listo, Cassian —anunció el brujo con una sonrisa macabra—. La bendición del ser de luz nos obligó a afinar el ritual, pero el talismán de asfixia espiritual ya está anclado a su rastro de sangre. No sabrán qué los golpeó hasta que sea demasiado tarde.

—Ejecútalo hoy mismo —sentenció Cassian con frialdad implacable—. Que no llegue al final de esta tarde.

—Asi lo hare.

El viernes por la tarde, el sol comenzaba a ocultarse tras los edificios de Londres. Aslan se despidió de sus amigos para abandonar el campus universitario con el casco bajo el brazo y una ligera sonrisa en los labios, ansioso por pasar a buscar a su luna por el estudio de fotografía y dar inicio a otro fin de semana juntos.

Caminaba por una callejuela un poco más tranquila que conectaba el campus con la avenida principal cuando, de pronto, el aire a su alrededor se volvió extrañamente denso y helado.

Aslan se detuvo de golpe. Un zumbido agudo retumbó en sus oídos, acompañado por una presión aplastante sobre su pecho que sofocó su respiración. Sus agudos sentidos de Alfa Real y león intentaron reaccionar, pero la magia de sangre cayó sobre él como una red invisible de espinas, bloqueando su conexión y absorbiendo su fuerza física a una velocidad aterradora.

Su vista comenzó a nublarse con destellos oscuros y violáceos. El híbrido hincó una rodilla en el asfalto, luchando ferozmente contra el letargo mágico que intentaba someterlo.

—Inyanga ... —alcanzó a murmurar en un hilo de voz, intentando enviarle un último pensamiento a su compañera a través del lazo.

Pero la barrera de sangre cortó la comunicación por completo. Con un último esfuerzo inútil por mantenerse en pie, la fuerza del Alfa Real cedió y Aslan se desvaneció sobre la acera en completa inconsciencia, justo cuando una furgoneta oscura se detenía a pocos metros de él…