El silencio del lazo
En el ambiente tranquilo del estudio de fotografía, la luz suave del atardecer filtraba los últimos destellos del día sobre el escritorio de Arlet. La vampira repasaba con paciencia las impresiones de la última sesión de moda, haciendo algunos ajustes finales en su pantalla antes de guardar el trabajo del día. Sin embargo, al echarle un vistazo al reloj de pared, frunció levemente el ceño.
La aguja ya marcaba casi media hora de retraso. Aslan solía ser impecablemente puntual cuando pasaba por ella tras sus clases en la universidad; incluso si algo lo entretenía, siempre le enviaba un mensaje o la llamaba antes de salir.
Arlet apagó la pantalla, tomó su bolso y salió de la oficina. El elevador estaba ocupado asi que descendió por las escaleras hasta la recepción del estudio, esperando encontrar al joven recargado con su habitual soltura en la entrada o conversando con el personal mientras la esperaba, pero el vestíbulo estaba tranquilo y la puerta de cristal permanecía desierta.
Fue exactamente en ese instante cuando el aire en sus pulmones pareció congelarse. Una sacudida violenta y helada atravesó su pecho. El lazo que la unía a Aslan, esa vibración cálida, constante y llena de vida que sentía resonar en su interior a cada segundo se tensó bruscamente antes de apagarse en un silencio sordo e impenetrable. Era como si una pared de piedra hubiera caído de golpe sobre el hilo que los conectaba.
El pánico la invadió en una fracción de segundo. Arlet dio un paso en falso, llevándose una mano al pecho con fuerza mientras su respiración se volvía agitada. El autocontrol que la caracterizaban se desvaneció al instante; la naturaleza vampiresa de su sangre reaccionó ante la amenaza y sus ojos se tiñeron de un rojo carmesí brillante e intenso.
En ese preciso momento, su mejor amiga cruzó las puertas de cristal de la entrada. Al ver la postura de la princesa y el destello peligroso en su mirada, Oriana se detuvo en seco, cambiando su expresión a una de profunda preocupación.
—¡Arlet! —exclamó, acercándose rápidamente a ella para sostenerla por los hombros— ¿Qué pasa? Tus ojos... Dios mío, Arlet, ¿estás bien?
La vampira apretó la tela de su blusa a la altura del corazón, sintiendo un vacío abrumador y aterrador que le erizaba la piel. Miró a su amiga con los ojos desorbitados por la angustia y el pánico contenido.
—No siento a Aslan... —respondió Arlet en un hilo de voz tembloroso, mientras el carmesí de sus ojos brillaba con una furia desesperada— El lazo se… cortó… No lo siento.
—¿Cómo que no lo sientes? ¿A qué te refieres, Arlet? —preguntó Oriana con los ojos muy abiertos, totalmente desconcertada por las palabras y la reacción de la princesa.
—¡El lazo, Oriana! —exclamó Arlet, alzando la voz por primera vez mientras la angustia y el carmesí de sus ojos amenazaban con desbordarla— ¡Se cortó de golpe! No está... algo le pasó. ¡Tengo que ir a buscarlo!
Sin esperar un segundo más ni dar explicaciones, Arlet se giró y echó a correr hacia la salida. Cruzó las puertas de cristal a toda prisa, saliendo a la acera en medio del flujo de peatones de por la tarde. Oriana, sin dudarlo, salió corriendo tras ella.
—¡Arlet, espera! ¡Voy contigo! —gritó Oriana, alcanzándola mientras la vampira avanzaba a pasos agigantados hacia la ruta que Aslan recorría a diario desde el campus.
Mientras avanzaban a gran velocidad por las aceras de Londres, Arlet sacó el teléfono de su bolsillo con manos temblorosas. Marcó el número de Aslan y se llevó el aparato al oído. El tono de llamada sonaba una, otra y otra vez, pero nadie respondía.
—Contesta, por favor, responde... cachorro, contesta —suplicó Arlet en un murmullo desesperado, apretando el teléfono contra su oreja mientras cruzaban las esquinas.
Llegaron al tramo final de la calle principal y se adentraron en las callejuelas más tranquilas que conectaban directamente con la universidad. Arlet agudizó sus sentidos al máximo, buscando desesperadamente el aroma cálido de su compañero. Oriana la seguía de cerca, mirando a ambos lados de la calle, preocupada por el estado de frenesí de su amiga.
Recorrieron metro a metro el camino completo hasta llegar a las puertas del campus universitario. La zona estaba llena de estudiantes entrando y saliendo, pero la figura imponente de Aslan no estaban por ninguna parte.
Arlet se detuvo en seco en medio de la acera, escuchando el enésimo tono sin respuesta que la mandó directamente al buzón de voz. Bajó la mano lentamente, mirando la pantalla del celular en completo pánico, mientras el vacío helado en su pecho le confirmaba la peor de sus pesadillas: Aslan había desaparecido.
Oriana la tomó firmemente por los hombros, obligando a Arlet a detenerse y mirarla a la cara. Al notar el temblor que recorría el cuerpo de su mejor amiga y el pánico puro reflejado en su mirada,
—Arlet, mírame. Necesito que te tranquilices un segundo —pidió Oriana, mirándola fijamente a los ojos carmesí— Respira. Sé que estás asustada, pero eres una vampira. Cierra los ojos, aísla el ruido de la gente y busca el aroma de tu compañero. Concentra tu instinto en él.
Arlet la miró con los ojos anegados en lágrimas, sintiendo cómo la desesperación amenazaba con ahogarla. El vacío en su pecho por el lazo cortado la hacía querer gritar, pero las palabras de su amiga lograron abrirse paso entre el pánico. Asintió torpemente, tomó una bocanada de aire y cerró los ojos, haciendo un esfuerzo sobrehumano por calmar el frenesí de su pulso.
Filtró el olor a gasolina, el perfume de los peatones, la humedad del asfalto y la polución de la ciudad. Se enfocó únicamente en la esencia a bosque lluvioso, y el aroma caliente del sol africano tan salvaje de su Alfa Real.
Entre la marea de aromas humanos, un destello tenue pero inconfundible de la esencia de Aslan rozó sus sentidos.
—Lo tengo... —murmuró Arlet, abriendo los ojos de golpe.
Sin perder un segundo, echó a andar a paso apresurado, guiada por el rastro casi imperceptible que quedaba en el aire. Oriana la siguió de cerca, protegiéndole las espaldas mientras se alejaban de la avenida principal y se adentraban en las callejuelas secundarias.
El aroma las llevó hasta la boca de un callejón estrecho y poco transitado, a pocas calles del campus. Al poner un pie en la entrada del pasaje, el aire se volvió pesado, frío y opresivo. Un tufo fétido y metálico, rancio como sangre corrupta, impregnaba las paredes de ladrillo.
Arlet se congeló en el sitio. En el suelo, junto a un charco de agua estancada, yacía la mochila de su compañero, tirada y abandonada sobre el asfalto.
La vampira cayó de rodillas frente al objeto, tomándolo entre sus manos temblorosas y pegándolo a su pecho mientras las lágrimas finalmente resbalaban por sus mejillas. El rastro de magia negra flotaba en el ambiente como una advertencia macabra.
—Se lo llevaron... —susurró Arlet con la voz quebrada por el dolor y la furia, mirando a Oriana con desesperación— Oriana, se lo llevaron.
Oriana se agachó de inmediato a su lado, rodeándole los hombros con fuerza para sostenerla. Al ver la mochila abandonada y sentir la densidad fétida y helada que aún flotaba en el callejón, a la joven se le erizó la piel, pero mantuvo la templanza que Arlet necesitaba en ese instante.
—Arlet, escúchame —dijo con firmeza, acariciándole la espalda mientras la princesa apretaba la mochila de Aslan contra su pecho— Tienes que llamar a tu padre. Ahora mismo. Tu padre sabrá qué hacer y moverá a toda la guardia. Llámalo, Arlet.
Arlet asintió torpemente, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. Con los dedos temblándole violentamente por la mezcla de furia y terror, sacó el teléfono de su abrigo y buscó el contacto de su padre. Marcó el número y pegó el dispositivo a su oreja.
Al segundo tono, la voz profunda e imponente del Rey de los Vampiros resonó desde Barolo.
—¿Colibrí?
El solo sonido de la voz de su padre disolvió el último hilo de contención que le quedaba a Arlet. Un sollozo desgarrador se le escapó de la garganta.
—¡Papá! —logró articular con la voz rota y ahogada— Papá, se lo llevaron...
Del otro lado de la línea, el silencio de Desmond duró apenas una fracción de segundo, sofocado por una tensión helada que se sintió a miles de kilómetros de distancia.
—Arlet, respira. Háblame —ordenó el Rey, su tono descendió a una gravedad absoluta y calculadora que transmitía un peligro mortal— ¿Qué ocurrió? ¿Dónde estás?
—Estaba esperándolo en el estudio... no llegaba y el lazo se cortó de golpe, papá, ya no lo siento —explicó Arlet entre jadeos, apretando los ojos mientras Oriana la sostenía con fuerza— Vine a buscarlo con Oriana al camino de la universidad... Encontré su mochila tirada en un callejón. Huele a esa magia rancia, papá. Huele a sangre podrida. Se llevaron a Aslan.
—Escúchame muy bien, cariño —dijo Desmond con una frialdad matemática que presagiaba una tormenta— Quiero que salgas de ese callejón de inmediato. Vuelve al penthouse con Oriana y asegúrense por dentro. Hablare con Fátima para que rastree la mágica y salimos de inmediato hacia Londres. —declaró Desmond apretando el teléfono en su mano hasta hacer crujir la carcasa— Nadie toca a la familia real y vive para contarlo. Voy a encontrarlo, Arlet. Te lo juro por mi vida.
—Está bien. —sollozó la Princesa del os Vampiros.
—Mantente a salvo, colibrí —concluyó Desmond con una gravedad implacable antes de cortar la llamada.
Arlet bajó la mano despacio, dejando caer el teléfono sobre su regazo. El silencio del callejón volvió a caer sobre ellas como una losa pesada, roto únicamente por sus respiraciones agitadas y el crujido de la mochila de Aslan, que no soltaba por nada del mundo.
Oriana la tomó firmemente del brazo y por la cintura con delicadeza, pero con total determinación.
—Vamos, Arlet. De pie, con cuidado —dijo Oriana con voz suave y protectora, ayudándola a levantarse del asfalto frío— Escuchaste a tu padre. Tenemos que ir al penthouse y ponernos a salvo. Lo van a encontrar, te lo juro.
Arlet no pudo articular ni una sola palabra. El vacío físico y espiritual en su pecho la hacía sentir débil, destrozada y mareada, como si le hubieran arrancado una parte de la propia alma. Un temblor incontrolable recorría todo su cuerpo, y las lágrimas continuaban rodando sin tregua por sus mejillas pálidas, empañando su mirada carmesí.
Solo pudo asentir torpemente a las palabras de su amiga, aferrando la mochila de su Alfa Real contra su pecho como si fuera su único ancla con la realidad.
Oriana la tomó de la mano, entrelazando sus dedos con firmeza para transmitirle toda la fuerza posible, y juntas salieron del sombrío callejón. Caminaron a paso apresurado hacia la avenida principal para buscar un transporte seguro que las llevara al penthouse, mientras Arlet se sumía en un silencio doloroso, temblando por la ausencia del calor que hasta hace unas horas la hacía sentir completa.
(…)A cientos de millas de la fría y acelerada Londres, en lo más profundo de un espeso y olvidado bosque a las afueras de Edimburgo, el tiempo parecía haberse detenido bajo un dosel de pinos centenarios y neblina perpetua.
En el interior de los cimientos ruinosos de una antigua estructura de piedra, medio devorada por la maleza y el tiempo, la atmósfera era densa, pesada y cargada con el hedor acre de la magia de sangre rancia.
Aslan yacía en el centro de la estancia. Estaba encadenado de brazos y piernas a gruesos anclajes de hierro incrustados en el suelo de piedra, con el cuerpo tenso y forzado en una postura antinatural. A su alrededor, runas luminosas grabadas en el suelo pulsaban con un latido macabro.
Una densa y asfixiante energía violeta lo envolvía por completo, serpenteando por su piel como tentáculos venenosos que estrangulaban y sofocaban su fuerza vital a cada segundo. El hechizo estaba diseñado para mantener al Alfa Real al borde del colapso, suprimiendo su regeneración y bloqueando cualquier intento de escape.
Por un instante, el silencio de la cripta fue absoluto.
Luego, un gruñido profundo, gutural y salvaje retumbó en el pecho de Aslan, haciendo vibrar las piedras del suelo. Sus párpados se abrieron de golpe.
Ya no quedaba nada del joven apuesto y desenfadado de las calles de Londres; sus ojos brillaban con un rojo rubí intenso, desatados por el instinto de supervivencia de su linaje. Su cuerpo sufría una dolorosa transformación parcial, atrapado a medio camino entre su forma humana y la ferocidad desbocada de su naturaleza híbrida: garras oscuras y afiladas raspaban el suelo de piedra, los colmillos sobresalían de sus labios apretados y las facciones de su rostro se endurecían con la estampa imponente de una mezcla de león y lobo acorralado.
A pesar de las cadenas, a pesar de la energía violeta que lo consumía y del dolor abrasador que le quemaba las venas, Aslan alzó la cabeza, respirando con dificultad, con la mirada fija en la oscuridad del recinto, lista para despedazar a lo primero que se cruzara en su camino…