Convergencia
La imponente residencia de la familia real, rodeada por hectáreas de viñedos que se extendían bajo el cielo estrellado de Barolo parecía contener la respiración. En el amplio despacho de ventanales altos que daban hacia las colinas, Desmond caminaba de un lado a otro con pasos pesados, con la chaqueta del traje ligeramente desabrochada y los ojos destellando en un rojo carmesí que delataba la furia contenida tras la llamada de su hija.
Joey, estaba de pie junto a la gran mesa donde reposaba una tableta táctil con mapas satelitales de las islas británicas, coordinaba la logística de los vuelos privados. A su lado, Fátima, el ser de luz permanecía sentada en un sillón de cuero, con los ojos cerrados y las manos extendidas sobre un cuenco de cerámica artesanal lleno de agua y hierbas. Una tenue estela de luz blanca brotaba de sus dedos, intentando abrirse paso a través de la interferencia que el brujo de Edimburgo había tejido sobre Aslan.
—La interferencia es densa —advirtió Fátima en un murmullo solemne, abriendo lentamente los ojos— Han anclado el ritual con magia de sangre rancia, un recurso oscuro para cegar cualquier intento de localización directa. Pero no podrán sostenerlo por mucho tiempo. El rastro del Alfa Real es demasiado luminoso; arde como una antorcha en medio de la niebla.
—No necesito que lo busquen por una eternidad, Fátima —interrumpió Desmond, deteniendo su marcha y apoyando ambas manos sobre la mesa con una fuerza que hizo vibrar las pantallas— Solo dame una coordenada aproximada. Si están en Escocia, en Inglaterra o en el confín del continente, mi guardia privada se encargará de rastrear cada rincón hasta dar con ellos.
—Desmond, la ira no debe cegarnos, pero comparto cada una de tus palabras —intervino Joey con voz firme, levantando la mirada para encontrarse con la de su esposo.
—Han cruzado una línea que ningún linaje se había atrevido a tocar en mucho tiempo. —Declaró el rey de los Vampiros— Atacar a un miembro de nuestra familia en plena capital británica es una declaración de guerra abierta contra nosotros.
—Lo sé, mi amor, pero no podemos perder el control ahora. —dijo su humana mirandolo fijamente con sus intensos ojos oscuros.
—Tienes razón —admitió y en ese momento, su jefe de seguridad entro al despacho.
—Señor, los vehículos y la guardia de seguridad privada ya están desplegados hacia el hangar privado —anunció.
—Tomaremos el jet hacia Londres esta misma noche. —declaró Demond con una frialdad matemática, ajustándose los puños de la camisa.
Fátima se puso de pie despacio, tomando un pañuelo de seda para limpiarse las manos antes de recoger su amuleto de protección.
—Y yo voy con ustedes —declaró el ser de luz con una templanza inquebrantable que no admitía objeciones— Esa magia negra intentará dispersar sus sentidos en cuanto pisen suelo británico. Necesitarán mi luz cerca para romper el velo en tiempo real y guiar a la guardia.
Joey miró a Fátima con profunda gratitud y asintió solemnemente.
—Preparen todo. Volamos hacia Londres de inmediato —sentenció el Rey con una calma aterradora.
(…)Mientras tanto, en el penthouse de Londres, la atmósfera era un contraste absoluto entre el dolor y el despertar de una tempestad.
El departamento estaba sumido en una penumbra silenciosa, apenas iluminado por los faroles de la ciudad que se filtraban a través de los ventanales de cristal. Arlet estaba sentada en el borde de la cama de su habitación, con las piernas encogidas contra el pecho y la mochila de Aslan fuertemente abrazada a su torso. Las lágrimas ya no brotaban con la misma intensidad del principio, pero el rastro seco sobre sus mejillas pálidas dejaba constancia de la devastación que la consumía por dentro. El vacío en su pecho, la ausencia de ese eco cálido y constante que era el lazo con su compañero, se sentía como una herida abierta que se negaba a cerrar.
Oriana entró a la habitación con paso silencioso, trayendo una taza humeante de té que dejó sobre la mesa de noche antes de sentarse con infinita delicadeza a su lado.
—Arlet... tienes que intentar mantenerte firme —susurró Oriana con voz suave, colocando una mano cálida sobre el hombro de su amiga— Tu papá, tu mamá y Fátima ya vienen en camino con su gente. Van a encontrarlo.
Arlet levantó lentamente la vista. Sus ojos, que habían permanecido teñidos de un rojo carmesí brillante durante horas, comenzaron a estabilizarse, pero el brillo que albergaban en su interior había cambiado por completo. La tristeza y el pánico puro que la habían paralizado en el callejón se estaban desvaneciendo, reemplazados poco a poco por una frialdad glacial, metódica y profundamente peligrosa.
—No voy a quedarme de brazos cruzados esperando a que mi padre rescate a mi compañero, Oriana —dijo Arlet, con la voz firme, cargada de una resolución inquebrantable— Nunca he sido una espectadora, y mucho menos lo seré ahora que se han llevado a Aslan de mi lado.
—¿Qué estás pensando hacer? —preguntó Oriana, retrocediendo un instante al notar la intensidad calculadora en el rostro de la princesa.
Arlet apartó la mochila con cuidado, la dejó sobre la cama y se puso de pie con una elegancia decidida. Caminó hacia el escritorio que tenía en la esquina de la habitación, donde guardaba su ordenador portátil y carpetas privadas con investigaciones sobre los linajes antiguos.
—No voy a quedarme de brazos cruzados esperando a que mi padre rescate a mi compañero, Oriana —dijo Arlet, con la voz firme, rota apenas por el desgaste, pero cargada de una resolución inquebrantable—. Me negué a ser una espectadora antes, y mucho menos lo seré ahora que se han llevado a Aslan de mi lado.
Repentinamente, un pensamiento penetró la bruma de su mente: sus padres. Los padres de Aslan, líderes de su manada, no tenían idea de la tragedia que acababa de ocurrir. Ocultarles el secuestro de su hijo no solo sería una falta de respeto hacia su linaje, sino un error imperdonable. Como su luna y compañera, Arlet sabía que era su deber darles la cara y pedirles su apoyo.
—Tengo que llamar a sus padres, Oriana —declaró tomando su teléfono con manos temblorosas pero decididas— Ellos necesitan saberlo inmediatamente. No puedo dejar que se enteren por terceros ni ocultarles que se llevaron a su hijo.
—¿Estás segura, Arlet? Apenas pueden con la conmoción —preguntó Oriana, preocupada.
—Es el hijo de un Alfa y una luna, y es mi compañero. Tienen derecho a saber que estamos bajo ataque y que voy a mover cielo y tierra junto a mi familia para traerlo de vuelta. —declaró antes de buscar el contacto de los padres de Aslan y marcó.
(…)A cientos de millas de allí, en lo más profundo de las ruinas boscosas a las afueras de Edimburgo, el aire se volvió aún más pesado cuando la pesada puerta de madera de la cripta cedió con un crujido metálico.
Dos figuras emergieron de las sombras proyectadas por las antorchas moribundas. Al frente caminaba Cassian, con un impecable abrigo de corte moderno en tono oscuro y una sonrisa de satisfacción macabra dibujada en sus finos labios. Tras él, el hechicero de sangre avanzaba con pasos sigilosos, sosteniendo un cetro de hueso tallado con runas que aún destilaban un rastro de energía violeta.
Se detuvieron a pocos metros de Aslan, quien continuaba encadenado de brazos y piernas a los pilares de piedra. El híbrido respiraba con dificultad, con el pecho musculoso subiendo y bajando de manera irregular mientras luchaba contra el veneno que intentaba sofocar su pulso. Al notar su presencias, Aslan levantó lentamente la cabeza. Sus ojos, encendidos en un rojo rubí salvaje, lo atravesaron con una hostilidad tan pura que el propio Cassian sintió un escalofrío recorrer su columna.
—Vaya, vaya... el gran Alfa Real, reducido a un animal acorralado en la mugre de unas ruinas olvidadas —se burló Cassian, dando un par de pasos alrededor de la estructura de hierro mientras examinaba la transformación parcial del híbrido con desdén— Debo admitir que tienes a todo para que la pequeña princesa de los Vampiros realmente cayera rendida ante ti, debo felicitarte eres el primero que lo logra.
Aslan soltó un gruñido gutural desde lo más profundo de su garganta, haciendo vibrar los grilletes con tanta fuerza que el metal gimió bajo la tensión.
—Si crees que estas cadenas van a detenerme, viejo decrepito, es que estás más ciego de lo que parece —respondió Aslan con la voz ronca, un hilo de sangre brotándole por la comisura de los labios mientras mostraba los colmillos en una mueca de pura furia depredadora— Cuando me quite esto de encima, lo primero que voy a hacer es arrancarte la cabeza.
La sonrisa de Cassian se ensanchó, lejos de intimidarse ante la amenaza del híbrido. Se acercó un poco más, ignorando el peligro evidente que emanaba de su prisionero.
—Amenazas vacías de una criatura que no comprende el tablero en el que está jugando —respondió Cassian con frialdad— No te secuestré por simple placer ni por una venganza barata contra la familia real, muchacho. Tu sangre, esa mezcla entre el linaje más puro de los licántropos reales y la furia de los grandes felinos, posee una resonancia única. Eres la llave perfecta.
Aslan frunció el ceño, sintiendo cómo una punzada de mal presagio atravesaba la bruma de dolor que la magia violeta le provocaba.
—¿De qué estás hablando? —escupió con desdén.
—Hablo de romper los sellos ancestrales que la familia Carter lleva siglos custodiando —explicó Cassian con una suficiencia siniestra en los ojos— Un sacrificio de sangre de tu estirpe, combinada con un ritual de eclipse, desatará una marea de poder antiguo que reducirá a cenizas la influencia de Desmond y devolverá a los verdaderos linajes oscuros el control absoluto. Eres el sacrificio y la herramienta al mismo tiempo. Sin contar que me quedare con la pequeña princesa para mí.
El hechicero de sangre dio un paso al frente, agitando el cetro de hueso para avivar la intensidad del halo violeta que envolvía el cuerpo de Aslan, provocando que un nuevo latigazo de dolor abrasador recorriera las venas del híbrido, esa energía bloqueaba su poder de curación, asi que Aslan apretó los dientes con tanta fuerza que un crujido seco resonó en la sala, pero se negó a emitir un solo grito de dolor, manteniendo su mirada clavada en Cassian con una altivez indomable.
—Puedes usar toda la magia rancia que quieras, maldito bastardo —masculló Aslan, con una sonrisa salvaje y ensangrentada torciendo sus labios mientras la energía intentaba doblegarlo sin éxito— Mi luna ya sabe que no estoy. Estoy seguro de que pronto vendrá por mí y no vendrá sola. Te juro por lo más sagrado que cuando mi gente ponga un pie en este lugar, no va a quedar ni el polvo de tu refugio para contar la historia.
El rostro de Cassian se ensombreció de golpe, perdiendo la falsa compostura divertida ante la insolencia del joven híbrido.
—Veremos cuánta arrogancia te queda cuando hayamos drenado la mitad de esa preciada sangre —ordenó el vampiro ancestral con voz helada, girándose hacia su hechicero— Prepara todo. El ritual de apertura comienza esta misma noche.
(…)Arlet apretó el teléfono contra su oreja mientras el tono de llamada resonaba. Al otro lado de la línea, la voz cálida pero imponente de la madre de Aslan respondió al segundo timbre.
—¿Arlet, Cariño? Qué alegría escucharte. ¿Pasa algo? —preguntó Isis.
El sonido de esa voz llena de afecto maternal hizo que a Arlet se le hiciera un nudo en la garganta, pero tragó saliva y mantuvo la postura.
—Señora... por favor, esta con su esposo, lo que voy a decir necesito que él tambien lo escuche. —habló con una firmeza teñida de dolor desgarrador.
Un silencio tenso se apoderó de la línea antes de que la voz grave y profunda del padre de Aslan resonara al fondo.
—Arlet, estamos aquí. ¿Qué ocurrió? —inquirió Tristán.
—Se llevaron a Aslan —soltó, dejando que las lágrimas volvieran a rodar en silencio por sus mejillas, aunque su voz no tembló— Acaban de interceptarlo cerca de la universidad. El lazo... el lazo entre nosotros se cortó de golpe. Vine a buscarlo y solo encontré su mochila en un callejón con magia de sangre rancia. No sabemos quién lo tiene.
Un rugido ahogado y gutural retumbó desde el teléfono, acompañado por el sonido de una mesa siendo golpeada con furia salvaje. El instinto del Alfa Real despertó al instante ante la amenaza a su primogénito.
—¡Malditos sean! —exclamó el padre de Aslan con una voz que vibraba con poder primario— ¿Cómo es posible que hayan burlado la seguridad en el corazón de Londres?
—Arlet, escúchame bien —intervino Isis, con la voz quebrada pero llena de una determinación felina— ¿Estás a salvo? ¿Tú estás bien?
—Estoy en el penthouse con mi amiga Oriana. Mi padre, mi madre y la abuela Fátima ya vienen volando desde Italia con la guardia real —explicó la princesa, limpiándose el rostro con rabia— Llamé porque no podía ocultárselo. Él es su hijo, es mi compañero, y voy a mover cielo y tierra para traerlo de vuelta.
—Hiciste lo correcto, Arlet. Eres su luna y actuaste como tal —declaró Tristán con voz helada— Voy a movilizar a los mejores rastreadores y guerreros de inmediatamente. Salimos hacia el Reino Unido en este mismo instante. No dejaremos ni una sola piedra en pie hasta tener a nuestro hijo de regreso.
—Nos veremos pronto. —prometió Arlet antes de cortar la llamada.
(…)Apenas dos horas después, el rugido de los motores de un jet privado atravesó el cielo nocturno de Londres.
Desmond, Joey y la abuela Fátima no perdieron un solo segundo. Escoltados por la guardia real, Vampiros de absoluta confianza equipados con armamento táctico y artefactos de supresión, irrumpieron en el penthouse de Arlet.
La puerta del departamento se abrió de par en par y Desmond cruzó el umbral. Al ver a su hija, el Rey caminó a pasos agigantados y la envolvió en un abrazo protector y firme, al que Joey se unió de inmediato acunando el rostro de Arlet entre sus manos.
—Estamos aquí, colibrí. Ya estamos aquí —murmuró Desmond, besando la frente de su hija antes de apartarse para mirarla a los ojos.
Fátima avanzó con paso sereno. Observó a Arlet y a Oriana.
—Tu temple te honra, pequeña —dijo Fátima con una sonrisa suave pero cargada de solemnidad—. Canalizaste el dolor en astucia.
—No podía quedarme esperando, abuela —respondió Arlet— Avisé a los padres de Aslan; ya viene en camino.
—Hiciste bien. —dijo su madre.
—Las ruinas del antiguo bosque de los pinos —declaró de pronto Fatima— Puedo sentir el latido salvaje de Aslan. Está resistiendo, pero el tiempo corre…