Azul
Apenas unos minutos después de las palabras de Fátima, el elevador privado del penthouse anunció la llegada de los visitantes. La puerta se abrió y Tristán e Isis cruzaron el umbral, flanqueados por dos escoltas de su absoluta confianza.
A pesar del cansancio del viaje relámpago, la postura de Tristán proyectaba la solidez imponente de su linaje, mientras que Isis avanzaba con la elegancia contenida de una madre dispuesta a todo por defender a su primogénito.
Al verlos entrar, Arlet dio un paso al frente. Isis no lo dudó un solo segundo: caminó con rapidez hacia la joven y la envolvió en un abrazo estrecho y cálido, buscando transmitirle consuelo en medio de la tormenta.
—Estás a salvo, mi niña —murmuró Isis con suavidad, apartándose apenas para tomar el rostro de Arlet entre sus manos— Lo estás haciendo muy bien. Aslan estaría profundamente orgulloso de su luna.
Tristán se acercó a ellas y apoyó una mano firme y protectora sobre el hombro de Arlet, antes de dirigir la mirada hacia Desmond y Joey, quienes aguardaban junto a la gran mesa de cristal. En el ambiente se sintió la densidad palpable de cuatro voluntades poderosas encontrándose por primera vez.
—Mamá, papá... ellos son los padres de Aslan: Tristán e Isis —presentó Arlet con la voz recuperando su aplomo, volviéndose hacia sus padres— Ellos son mis padres, Desmond y Joey, y ella es la abuela Fátima. —los presentó, sin utilizar sus títulos.
Desmond dio un paso al frente, extendiendo la mano hacia Tristán con una compostura implacable y respetuosa.
—Tristán, Isis. Lamento profundamente que nuestras familias tengan que conocerse en circunstancias tan oscuras —dijo Desmond con seriedad, estrechando la mano del padre de Aslan— Pero les aseguro que no descansaremos hasta recuperar a su hijo. Quien tocó a Aslan le declaró la guerra a nuestra familia.
—El sentimiento es mutuo, Desmond —respondió Tristán, devolviendo el firme apretón de manos con la mirada encendida— Aslan es nuestro orgullo. Les agradecemos infinitamente que hayan movilizado a su guardia con esta rapidez.
Joey se acercó a Isis, tomando sus manos con empatía sincera.
—Entiendo perfectamente el tormento que están pasando como padres —dijo Joey con voz cálida pero firme— No dejaremos a nadie en pie en esas ruinas.
Fátima, que observaba el encuentro con una leve sonrisa solemne, dio un paso hacia el centro del salón y señaló el mapa digital donde parpadeaba la ubicación exacta.
—Las presentaciones pueden esperar para tiempos más pacíficos —intervino el ser de luz, su tono recordando la urgencia de la situación— Como les decía, las ruinas del antiguo bosque de los pinos en Edimburgo son el objetivo. Puedo sentir el latido salvaje de Aslan. Está resistiendo el veneno de la magia de sangre, pero el ritual de extracción es inminente. El tiempo corre.
Tristán miró la pantalla táctil y apretó los puños, haciendo crujir los nudillos.
—Nuestros hombres coordinarán el perímetro exterior para que nadie intente escapar por el denso bosque de pinos —propuso Tristán— Su seguridad puede encabezar la entrada táctica con nosotros.
—Me parece perfecto —asintió Desmond, abrochándose la chaqueta de combate— Arlet, te quedarás en el penthouse con Oriana y...
—Ni lo pienses, papá —lo interrumpió Arlet de inmediato, dando un paso al frente con los ojos encendidos en un carmesí absoluto que no aceptaba réplica— Voy con ustedes. Soy su luna y no me pienso quedar encerrada aquí mientras rescatan a mi compañero.
Joey miró a su hija con un destello de innegable orgullo y esbozó una leve sonrisa llena de determinación.
—Ella viene con nosotros. —declaró Isis— Es la luna de mi hijo y ha demostrado tener la templanza necesaria para esta cacería.
—Estoy de acuerdo. —la secundo Joey.
Desmond miró a su hija durante un par de segundos, midiendo la inquebrantable determinación en sus ojos, antes de asentir con una mirada sombría.
—Está bien. Nos desplegamos hacia Escocia en este preciso instante.
(…)En lo más profundo de las frías y húmedas ruinas del bosque a las afueras de Edimburgo, la atmósfera era un suplicio constante.
Aslan continuaba sujeto de extremidad a extremidad a los pilares de piedra, con el cuerpo tenso y cubierto por el halo de una energía violeta que siseaba como una serpiente venenosa. Cada vez que intentaba canalizar, aunque fuera una chispa de su fuerza interior para sanar los estragos del cautiverio, el hechizo de supresión le devolvía un latigazo abrasador que le quemaba las venas y bloqueaba su regeneración.
El sonido de unos pasos lentos y deliberados resonó sobre el suelo de piedra. El hechicero de sangre emergió de la penumbra, sosteniendo un cuenco de peltre negro y una daga ceremonial de filo translúcido que brillaba con una pátina verdosa y tóxica. Detrás de él, Cassian cruzó los brazos con una sonrisa de absoluta suficiencia, observando a su presa como un coleccionista que está a punto de obtener su pieza más preciada.
—El tiempo de espera ha terminado, muchacho —anunció el hechicero con una voz rasposa y monocorde, deteniéndose a pocos centímetros del híbrido— La noche ha alcanzado su punto idóneo para sintonizar el primer sello.
Aslan levantó pesadamente la cabeza. Sus ojos carmesí de Alfa Real quemaban con una hostilidad indomable, perforando al hechicero con una furia tan cruda que el subordinado de Cassian dio un involuntario paso hacia atrás.
—Vas a tener que cortarme la garganta si quieres una sola gota que te sirva de algo, maldito farsante —escupió Aslan con la voz ronca, mostrando los colmillos mientras un hilo de sangre fresca se deslizaba por su barbilla— Porque lo único que vas a despertar con tu pequeño ritual es tu propia tumba.
—Tu insolencia es tan entretenida como inservible —intervino Cassian, dando un paso al frente y ladeando la cabeza con desdén— Disfruta de tus últimos momentos de orgullo. Cuando la hoja afilada cruce tu piel, tu sangre abrirá el camino que nos devolverá el poder que nos fue arrebatado.
El hechicero se arrodilló junto al costado de Aslan, con los ojos blancos vueltos hacia arriba mientras su garganta comenzaba a vibrar con un sonido grave, metálico y antiguo. De sus labios brotaron cánticos en un dialecto olvidado por los siglos, palabras ásperas y discordantes que resonaron en las paredes de piedra como un lamento de ultratumba:
—Zul-kaor... vash-tar... ka-lahal ek-zart...El aire en la cripta se volvió denso y pesado, cargado de un olor a azufre y tierra mojada que dificultaba la respiración. Con una mano temblorosa pero firme, el hechicero alzó la daga ceremonial, cuyas runas grabadas comenzaron a parpadear con un brillo fosforescente y enfermizo.
Aslan tensó cada músculo de su cuerpo, sintiendo cómo la energía violeta de las cadenas intentaba doblegarlo, pero mantuvo la mirada fija en su verdugo con una fiereza depredadora. El frío implacable del filo rozó el costado de su torso desnudo, deteniéndose justo sobre las costillas, listo para trazar el primer corte ritual sobre la piel del híbrido y arrancar la sangre que el sello exigía.
La hoja ceremonial finalmente presionó la piel de Aslan, rasgando el tejido con un siseo cáustico. La sangre comenzó a brotar, deslizándose hacia el suelo donde las runas grabadas aguardaban el sacrificio.
Sin embargo, al entrar en contacto directo el fluido vital con la primera línea de la inscripción ancestral, la magia del ritual reaccionó de una forma inesperada. En lugar de someterse al veneno del brujo, una vibración subterránea sacudió la cripta y un destello de luz azul zafiro, místico y brillante, brotó de la herida. Esa energía misteriosa colisionó contra el sello, provocando una sobrecarga en la estructura del hechizo y agrietando una de las runas principales en el suelo de piedra.
Esa sola falla en el flujo mágico disolvió por una fracción de segundo la presión violeta que atenazaba las venas de Aslan.
Fue todo lo que el híbrido necesitó.
Con un rugido atronador que hizo temblar las ruinas, Aslan canalizó esa ráfaga de fuerza y tiró de sus extremidades. Las cadenas incrustadas en el pilar de la derecha cedieron con un estallido de metal y piedra, liberando su brazo. Sin perder un solo milisegundo, Aslan extendió sus garras afiladas y se abalanzó directamente contra el hechicero de sangre para aplastarle la garganta y cortar el cántico de raíz.
Pero Cassian reaccionó con la velocidad letal de un vampiro ancestral.
Antes de que las garras de Aslan alcanzaran el cuello del brujo, Cassian se interpuso en la trayectoria, interceptando el golpe con el antebrazo. El impacto resonó en la estancia como un chasquido seco. Cassian empujó a Aslan con fuerza brutal hacia la pared, sujetándolo firmemente para evitar que destrozara al hechicero y arruinara la alineación del sello.
—¡Continúa el cántico, idiota! —rugió el vampiro sin quitarle los ojos de encima al prisionero, mientras la magia violeta intentaba reactivarse bruscamente para sofocar de nuevo al híbrido— ¡No permitas que la sangre se enfríe!
Aslan, aún con un brazo libre y los ojos encendidos en un rojo rubí implacable, escupió sangre a los pies de Cassian y mostró los colmillos con una sonrisa salvaje, sintiendo aún el eco distante de ese destello azul recorriéndole las venas.
—Te dije que lo único que ibas a despertar era tu propia tumba, anciano —masculló Aslan, afianzando el pie sobre la piedra rota mientras buscaba el punto débil de las ataduras restantes para desatar el verdadero combate.
El impacto metálico resonó por toda la cripta mientras la energía azul zafiro y la neblina violeta chocaban en un violento torbellino electromagnético. La magia rancia del hechicero siseaba en llamas violáceas al contacto con la luz pura y misteriosa que brotaba de la herida de Aslan, creando un aire tan cargado que las antorchas en las paredes comenzaron a parpadear frenéticamente.
A pesar de que el poder de autocuración de Aslan permanecía completamente bloqueado y la sangre caliente continuaba emanando de su costado, la fuerza primario de su linaje de Alfa Real comenzó a emerger a raudales. Sus músculos se tensaron con una potencia descomunal y sus ojos rojos brillaron con una luz feroz. Con un movimiento explosivo se liberó completamente de las cadenas, Aslan rugió con una potencia salvaje, utilizando su impulso para embestir a Cassian. El impacto tomó por sorpresa al vampiro, lanzándolo violentamente varios metros hacia atrás contra la pared de piedra, que se agrietó bajo el peso del golpe.
Sin perder un segundo, tambaleándose por la pérdida de sangre, pero impulsado por una furia indomable, Aslan avanzó torpemente hacia el hechicero. El brujo, acobardado pero desesperado, aceleró el ritmo de sus cánticos en aquel dialecto antiguo, agitando el cetro para dirigir los látigos violetas directamente a la herida abierta del híbrido.
Antes de que Aslan pudiera atrapar la garganta del brujo entre sus garras, Cassian reapareció como una sombra relampagueante. Con una velocidad cegadora, interceptó de nuevo al joven Alfa Real por la espalda, conectando un golpe brutal en su costado herido. Un rugido de dolor y rabia se le escapó a Aslan cuando su cuerpo colapsó contra el suelo helado de la cripta, justo en el centro donde las runas grabadas aguardaban sedientas.
Las gotas calientes y espesas de su sangre cayeron de golpe sobre las inscripciones. Al entrar en contacto con el fluido, la energía violeta cobró una fuerza voraz, extendiéndose como tentáculos de fuego por todo el grabado del suelo y comenzando a ganar terreno sobre el destello azul.
—¡Apresúrate, idiota! ¡El sello se está alimentando! —rugió Cassian con una voz helada y desquiciada, manteniendo una bota pesada sobre la espalda de Aslan para inmovilizarlo mientras la magia violeta envolvía al Alfa Real siendo ahora las cadenas que lo sofocaban.
Atrapado contra el suelo, sintiendo la presión aplastante del vampiro y el veneno abrasador de las runas, Aslan clavó sus garras profundamente en la piedra rota. Sacudió los hombros, levantó la cabeza con el rostro bañado en sudor y sangre, y dejó salir un rugido ensordecedor de león acorralado que hizo temblar hasta los cimientos más profundos del bosque de pinos, desafiando a la muerte misma mientras luchaba por liberarse una vez más.
En ese preciso instante, en las afueras del espeso bosque de pinos de Edimburgo, la caravana de vehículos blindados se detuvo en seco.
Fátima bajó del auto con paso firme y movio las manos mientras susurraba en una lengua antigua. Un destello incandescente de luz blanca broto de su figura, rompiendo con un estallido sonoro la primera barrera defensiva de niebla y magia rancia que Cassian había desplegado sobre el bosque.
Al momento exacto en que la defensa cedió y el primer círculo de la cripta se cerró, Arlet se llevó una mano al pecho con un jadeo de dolor desgarrador. Cayó de rodillas sobre la hierba helada, apretando los dientes mientras la conexión mística con su compañero reaccionaba violentamente.
Ante la mirada atónita de Desmond, Joey, Tristán e Isis, las venas del cuello y las manos de Arlet comenzaron a iluminarse con un fulgor azul zafiro intenso y brillante, palpitando al mismo ritmo agónico que la energía que luchaba en las venas de Aslan.
—¡Arlet! —exclamó Joey, agachándose de inmediato para sostenerla, mientras Desmond apretaba los puños con los ojos desorbitados por el asombro.
—Su sangre... el lazo está respondiendo a su Alfa —murmuró Fátima, deteniéndose a mirarla con profunda solemnidad— Están conectados más allá de cualquier sello.
Arlet levantó la cabeza, con los ojos carmesí encendidos y las venas de luz azul marcando su piel pálida con una belleza majestuosa y peligrosa.
—Está sufriendo... —susurró Arlet con una voz que ya no contenía rastro de debilidad, sino una furia pura e implacable— Aslan…
Nota.Hola, me paso a dejarles un mensajito para disculparme por no finalizar Mi luna Azul. Por cuestiones de tiempo no había podido actualizar como me hubiera gustado, pero esto significa que haba más capítulos de los que pensaba, para cerrar la historia como se debe, es probable que me tome todo el mes de octubre finalizarla. Espero que cada capítulo las emocione tanto como a mí escribirlo. ¡Un abrazo y gracias por estar siempre conmigoLuna Minage