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Sangre y luz

Mi Luna Azul 18+ — booknet.com · All chapters

Sangre y luz

—Está sufriendo... Aslan... —repetía Arlet, mientras la luz azul zafiro recorría su piel como relámpagos cautivos bajo su tez pálida.

Desmond se acercó a su lado en un movimiento fluido, colocando una mano firme sobre su hombro. El Rey de los Vampiros contempló con una mezcla de conmoción y reverencia el fulgor azul que destilaba la sangre de su hija, reconociendo la magnitud del lazo que la unía al joven Alfa Real.

—Llegamos a tiempo, colibrí —sentenció Desmond, con la mirada carmesí clavada en la espesura del bosque— Tristán, Isis... sus hombres tienen el perímetro. Mis guardias abren paso por el centro.

Tristán soltó un gruñido gutural que resonó en el pecho de todos los presentes. Sus ojos brillaron con el rubí intenso característico de su Alfa Real.

—Nuestros rastreadores ya detectaron las patrullas de Cassian —declaró Tristán con voz helada— No dejaremos a uno solo con vida.

—Arlet, mírame —pidió Joey frente a su hija, tomando su rostro iluminado entre sus manos— Usa esa conexión. Si puedes sentir su dolor, también puedes guiar nuestro camino directamente hacia donde lo tienen cautivo. No dejes que la magia oscura te confunda.

Arlet asintió despacio. Ya no temblaba. El dolor punzante en su pecho se había transformado en una brújula de fuego azul que marcaba la dirección exacta. La rabia de la Princesa de los Vampiros eclipsó cualquier sombra de miedo.

—Está en las ruinas de piedra, en el corazón del bosque —pronunció Fatima, con una voz resonante por la vibración del lazo de los jóvenes— El suelo está bebiendo su sangre, pero él sigue luchando. ¡Vamos!

Sin esperar un segundo más, Arlet se lanzó hacia la espesura del bosque, avanzando a una velocidad sobrehumana entre los pinos centenarios. La luz azul zafiro que recorría sus venas abría una estela luminosa a través de la penumbra y la neblina. A su lado, Desmond y Joey avanzaban como sombras letales, flanqueados por Tristán e Isis, cuyo poder hacía crujir la vegetación a cada paso. La guardia táctica de los reyes vampiros y los rastreadores se desplegaron en abanico, cubriendo los flancos con precisión militar.

No tardaron en tropezar con la primera línea de defensa de Cassian. En medio de los árboles, una docena de mercenarios y vampiros renegados surgieron de la bruma con armas desenfundadas.

—¡Limpien el camino! —ordenó Desmond con una frialdad implacable.

El choque fue brutal y silenciador. Tristán e Isis se abalanzaron sobre los centinelas con la ferocidad de dos depredadores legendarios, derribando a sus oponentes antes de que estos pudieran siquiera reaccionar. Joey avanzaba protegida por Oriana, los guardias reales aseguraban el perímetro con disparos precisos, mientras Fátima, desde el centro del grupo, alzaba sus manos para disipar cualquier trampa rúnica que intentara frenar el paso.

Arlet ni siquiera se detuvo a pelear. Su mirada estaba fija en la estructura de piedra ruinosa que emergía en la lejanía entre los árboles. Guiada por la pulsación agónica de su propia sangre, sorteó a los enemigos derrumbados y llegó a la última barrera justo cuando la escolta terminaba de neutralizar el perímetro exterior y se agrupaba a su espalda.

Allí, bloqueando el acceso a las ruinas, se levantaba una última barrera: un muro invisible de magia de sangre rancia que vibraba con un tono violeta enfermizo y repulsivo, proyectado directamente por el hechicero desde el interior.

Apenas se detuvieron, una última oleada de vampiros rebeldes y mercenarios renegados emergió de entre los antiguo arboles, abalanzándose sobre ellos para ganar tiempo.

—¡Protejan a Fátima! —ordenó Desmond con voz de mando.

Tristán e Isis se lanzaron al frente en una demostración brutal de poder, despedazando la formación enemiga con una ferocidad letal, mientras los guardias de Barolo cubrían los flancos a disparos precisos y estocadas impecables, neutralizando a los rebeldes en cuestión de segundos.

Fátima avanzó con serenidad hacia la línea donde la protección vibraba con más fuerza, albergando en sus ojos la calidez sagrada de un ser de luz. Alzo sus manos hacia la barrera violeta, un halo de energía blanca e incandescente brotó de su figura, envolviendo el ambiente en una pureza deslumbrante. El choque entre la luz celestial de Fátima y la magia rancia del hechicero generó un chasquido electromagnético atronador, creando una onda de choque que disolvió el muro protector en mil pedazos de energía extinta.

En el interior de las ruinas, la agudeza del súper oído de Aslan, potenciada por su naturaleza híbrida de lobo y león, captó con impecable nitidez el estallido metálico de la magia al colapsar. La vibración trajo consigo el eco inconfundible de la energía de su luna.

Aterrorizado por la destrucción instantánea de su barrera, el hechicero de sangre aceleró los cánticos desordenadamente para intentar sellar el ritual antes de ser alcanzado. La neblina violeta cobró una agresividad destructiva: las inscripciones del suelo ardieron en llamas oscuras y el segundo círculo del ritual se cerró con un chasquido metálico que resonó en el cráneo de Aslan.

El veneno avanzó brutalmente. Aslan apretó los dientes hasta sentir el sabor a hierro de su propia boca mientras las venas de su cuello, torso y brazos se hinchaban bajo la piel, marcándose en un patrón monstruoso de violeta tóxico que sofocaba poco a poco la luz azul zafiro. El dolor era incalculable, un fuego líquido que intentaba borrar su conciencia y devorar su fuerza vital desde adentro. Su respiración se volvió un jadeo agónico y sus ojos rojos comenzaron a perder brillo en la penumbra.

Cassian sonrió con regodeo siniestro, incrementando la presión de su bota sobre la espalda del joven.

—Es inútil luchar, muchacho. El segundo sello está completo. Tu vida ahora le pertenece al ritual —susurró el vampiro al oído de su prisionero.

Pero justo cuando la oscuridad amenazaba con arrastrar a Aslan hacia el inconsciente, el eco de la barrera rota trajo consigo una sacudida cálida y pura que encendió de nuevo su lazo con su luna.

No era una ilusión. Era la presencia de Arlet irrumpiendo en el lugar. Una ola de luz azul zafiro brotó en su torrente sanguíneo desde lo más profundo de su pecho, colisionando contra el veneno violeta y devolviéndole un latido sordo pero poderoso a su corazón de Alfa Real. Aslan sintió la furia de su luna, sintió su absoluta cercanía y el calor inconfundible de su esencia barriendo las ruinas.

«Está aquí... «dijo su Alfa Real mientras sus ojos volvían a estar en rojo rubí.

La voz de su Alfa Real que pocas veces se presentaba, encendió una chispa de vida indomable en su interior. Clavando las garras con rabia renovada en la piedra rota del suelo, Aslan obligó a sus pulmones a llenarse de aire y levantó la cabeza. Sus ojos con un brillo salvaje y peligroso. A pesar del veneno que devoraba su cuerpo y del peso del segundo círculo, una sonrisa ensangrentada y desafiante se dibujó en sus labios mientras miraba de reojo a Cassian.

—Llegas tarde para celebrar, viejo... —masculló Aslan con la voz rasposa pero cargada de una promesa de muerte— Mi luna ya está aquí… y no viene sola.

Apenas la última sílaba desafiante escapó de los labios de Aslan, la pesada estructura de piedra que cerraba el recinto principal de las ruinas saltó en pedazos. Una ráfaga de aire helado y luz pura barrió el polvo del salón, haciendo vacilar por un instante las llamas oscuras del suelo.

Arlet cruzó el umbral en un suspiro, con las venas palpitando en un destello azul zafiro deslumbrante. Sus ojos se fijaron al instante en la figura de Aslan atrapado bajo la bota de Cassian, se encendieron en un rojo carmesí despiadado. Detrás de ella, Desmond y Tristán irrumpieron como una fuerza de la naturaleza, seguidos de cerca por Isis, Joey, Oriana y la escolta táctica.

—¡Aparta tu sucia garra de él! —rugió Arlet con una voz que vibró con el peso sobrenatural de su linaje y la furia de su lazo.

Cassian apretó la bota contra la espalda de Aslan una última vez antes de dar un salto atrás con agilidad felina, colocándose frente al hechicero para proteger la continuidad del círculo.

—Vaya, la pequeña princesa y toda su corte —se burló el vampiro, aunque en sus ojos se reflejó una sombra de cautela al medir la presencia combinada del Rey de los vampiro y el Alfa Real— Llegaron justo a tiempo para presenciar el final.

—No habrá ningún final, Cassian —sentenció Desmond, avanzando a pasos pesados mientras desenfundaba su espada de aleación táctica— Salvo el tuyo.

Tristán e Isis ni siquiera perdieron tiempo en palabras. Al ver el torso sangrante de su hijo y las venas violáceas que amenazaban con sofocarlo, el padre de Aslan soltó un rugido que sacudió la piedra de las ruinas y se lanzó directamente contra Cassian a una velocidad devastadora, obligando al vampiro a desplegar toda su fuerza para contener el primer embate, mientras Isis flanqueaba el espacio con la gracia mortífera de una leona en cacería.

Un nuevo estruendo seco y violento sacudió la piedra de las ruinas, esto detuvo a todos. Las inscripciones del suelo ardieron en un tono púrpura abrasador y elsiguiente círculo del ritual se cerró con un chasquido metálico, dejando solo un último sello pendiente para la consumación total.

El impacto en el cuerpo de Aslan fue devastador. Casi toda su sangre limpia había sido arrastrada y consumida por las runas del suelo, dejándolo al borde del colapso absoluto. Un jadeo agónico se le escapó del pecho mientras la neblina violeta se extendía como un veneno voraz por su cuello y rostro. El híbrido cayó pesadamente sobre la piedra helada, con los músculos temblando por la sobrecarga y la conciencia amenazando con apagarse en la penumbra.

—¡El tercer círculo está listo! —gritó el hechicero con una sonrisa desquiciada, alzando el cetro para iniciar el cuarto y definitivo cántico— ¡Falta solo un sello para que la extracción sea irreversible!

—Llegaron tarde —se burló el vampiro ancestral mirando a los padres del hibrido— Le queda un hilo de vida.

Sin embargo, antes de que el hechicero pudiera articular la primera palabra del último cántico, Arlet se proyectó en línea recta hacia la estructura del sello. El hechicero de sangre, desesperado, levantó el cetro para dirigir una ráfaga de fuego violeta directamente a su pecho, pero Fátima intervino desde la entrada, canalizando un escudo de luz incandescente que absorbió el ataque y dejó al brujo al descubierto.

La princesa de los vampiros llegó al centro del grabado rúnico. Ignorando la energía rancia que siseaba contra sus pies, se dejó caer de rodillas al lado de Aslan. Sus manos temblorosas pero firmes buscaron de inmediato el rostro de su compañero.

—¡Aslan! —exclamó con la voz rota, acunando su rostro pálido y ensangrentado entre sus manos temblorosas— Aslan... mírame.

Al contacto directo de sus pieles, el lazo místico en el pecho de ambos no solo respondió, sino que estalló en un latido torrencial. Una ola de luz azul zafiro, deslumbrante y pura, brotó del pecho de Arlet y se transfirió al cuerpo exhausto de Aslan. La energía azul colisionó de frente contra el veneno violeta del tercer círculo, creando un pulso místico que detuvo en seco la hemorragia y evitó que su corazón se detuviera.

Sostenido por esa ráfaga invisible de fuerza que le regalaba su luna, Aslan obligó a sus pulmones a inhalar aire. Aunque sumamente débil, sin fuerzas para ponerse en pie y con el cuerpo consumido por el sacrificio, el brillo carmesí de su Alfa Real resurgió en sus ojos.

Tosió un hilo de sangre, pero logró apretar los dedos de Arlet con la débil presión que le quedaba, sosteniéndole la mirada con una devoción inquebrantable.

—Mi luna —alcanzó a murmurar Aslan con la voz rota por el agotamiento, dibujando una leve y exhausta sonrisa.

Cassian apretó los dientes al ver cómo la luz azul zafiro comenzaba a estabilizar el pulso agónico de Aslan. Con un siseo cargado de furia, el vampiro agarre del Alfa Real y se abalanzó directamente hacia Arlet, extendiendo sus garras para arrancarla del centro del grabado.

—¡No voy a permitir que arruines esto, pequeña sabandija! —rugió Cassian, buscando sujetarla por el cuello para cortar la transferencia de energía.

Pero no alcanzó a rozarle un solo mechón de cabello. Antes de que sus dedos tocaran a la princesa, Tristán e Isis cayeron sobre él como dos meteoros de furia salvaje. El padre de Aslan lo tacleó del torso con un impacto que hizo crujir el aire, lanzando a Cassian violentamente contra los pilares de la pared opuesta. Isis, con los ojos ardiendo en rojo y los colmillos afuera, se interpuso entre el enemigo y los jóvenes, sirviendo de escudo impenetrable.

—¡Ni se te ocurra volver a ponerle una mano encima a la luna de mi hijo! —rugió Isis con una fiereza que hizo temblar la piedra.

En ese mismo instante, una docena más de vampiros renegados irrumpieron por las brechas laterales de las ruinas, atendiendo al llamado desesperado de su líder. Desmond, junto a los hombres lobos y su escolta táctica se desplegaron al instante, formando un muro de acero y fuego para contener la oleada y evitar que cualquiera se aproximara a la pareja. El lugar se convirtió en un caos absoluto de golpes, disparos y garras.

Mientras el combate se encendía, el hechicero de sangre, viendo que su señor era acorralado, intentó aprovechar la distracción para alzar el cetro una vez más y pronunciar la sílaba final del cuarto sello. Pero Fátima avanzó con pasos aguiles hasta el borde de la runa.

El ser de luz alzó sus manos y liberó un torrente de energía blanca incandescente. El hechicero respondió levantando un látigo de fuego violeta rancio. Ambas fuerzas chocaron en el centro de la sala, desatando un duelo de magias que congeló el aire y provocó chispas que quemaban la piedra al caer. Fátima mantenía al brujo completamente acorralado en un estira y afloja espiritual, impidiéndole completar el último cántico.

En medio del estruendo de la batalla, el mundo se redujo únicamente a Arlet y Aslan.

La princesa sostenía el cuerpo débil de su compañero contra su pecho. La piel de Aslan normalmente caliente estaba helada por la sangría del ritual y el veneno violeta aún luchaba encarnizadamente contra la luz azul debajo de sus venas. Aunque la transferencia le devolvía un latido sordo, el esfuerzo estaba consumiendo a Arlet, cuya propia luz azul parpadeaba al ritmo agónico del corazón del híbrido.

—Quédate conmigo, Aslan... por favor, no te vayas —suplicó Arlet en un susurro desesperado, pegando su frente a la del joven mientras sus lágrimas caían sobre las mejillas ensangrentadas de su compañero.

Aslan, con la vista nublada y la respiración volviéndose cada vez más lenta, luchó contra la pesadez que intentaba arrastrarlo a la oscuridad.

—Inyanga… —musitó, apretando con el último aliento de sus fuerzas los dedos de Arlet, buscando fijar su conciencia en la voz de su luna mientras a su alrededor Desmond y Tristán acorralaban finalmente a Cassian para darle el golpe de gracia...