Reclamo
El golpe coordinado de Desmond y Tristán acorraló a Cassian contra las columnas de piedra. El vampiro ancestral, acorralado y con el rostro bañado en sangre oscura, intentó un último zarpazo, pero Desmond no le dio tregua. Con un movimiento felino y mortífero, el Rey de los Vampiros atravesó el corazón de Cassian con su daga, mientras Tristán lo sujetaba con la fuerza bruta de su Alfa Real.
—Esto es por mi familia, traidor —sentenció Desmond, girando la hoja con frialdad implacable.
Un grito ahogado escapó de Cassian antes de que su cuerpo se desmoronara en cenizas sobre el suelo de piedra.
Al ver caer a su líder, los mercenarios y vampiros renegados restantes perdieron el poco aliento que los sostenía; la guardia real y los hombres lobo no tardaron en neutralizarlos en cuestión de segundos.
La luz incandescente de Fátima terminó de hacer colapsar la trampa rúnica. El choque de magia celestial destruyó el cetro del hechicero en mil pedazos, disipando la barrera y dejando al brujo desprotegido.
Acorralado y acobardado en una esquina del grabado, el hechicero de sangre cayó de rodillas, temblando de puro terror al verse completamente solo frente a las dos familias. Pero no tuvo tiempo de suplicar.
Isis avanzó como una ráfaga dorada e implacable. Sin emitir una sola palabra y con los ojos encendidos en una furia salvaje, la madre de Aslan lo sujetó del cabello, le plantó la bota en la espalda y, con un movimiento seco, limpio y sin piedad, le arrancó la cabeza de un tirón, arrojando los restos lejos de la runa para vengar el sufrimiento de su primogénito.
A pesar de que el ritual había sido destruido, el brujo estaba muerto y Cassiani ya no existían, Aslan seguía agonizando. Había perdido casi la totalidad de su sangre en la extracción y el veneno rancio seguía incrustado en su organismo.
En los brazos de Arlet, el híbrido continuaba convulsionando débilmente, ahogado en una agonía atroz. Bajo su piel que normalmente era dorada ahora pálida y fría, el patrón de venas era un mapa aterrador de lucha: ramificaciones violetas y tóxicas aún se aferraban a su cuello y rostro, colisionando encarnizadamente contra los destellos azul zafiro que el lazo de Arlet intentaba inyectarle desesperadamente.
—¡Abuela, no se está curando! —gritó Arlet con la voz rota por el pánico, apretando el cuerpo helado de Aslan contra su pecho mientras sentía cómo el pulso del híbrido volvía a tambalearse peligrosamente— ¡Perdió demasiada sangre, se me está yendo!
Tristán e Isis se arrodillaron de inmediato junto a ellos, con el rostro desencajado por la angustia al ver que el poder de autocuración de su hijo seguía completamente congelado bajo la mezcla de veneno y debilidad extrema.
Aslan entreabrió pesadamente los ojos, nublados por el dolor, mirando a su luna con la respiración entrecortada.
—Inyanga... —alcanzó a musitar en un hilo de voz casi inaudible, intentando dibujar una sonrisa en los labios, pero su cuerpo temblaba por la debilidad.
Fátima avanzó despacio hacia el centro del grabado destruido. El halo incandescente que rodeaba al ser de luz comenzó a atenuarse, devolviéndole su aspecto inalterable y sereno, porque, aunque su existencia se pierde en los anales del tiempo y su sabiduría era inmemorial, su físico conservaba la eterna juventud de un ser de luz que no conocía el peso de la decadencia. En la hondura de sus ojos dorados pesaba la gravedad de siglos. Se arrodilló al lado de Arlet, cuyos brazos temblaban violentamente al sostener el torso rígido y frío de Aslan.
La mano de Fátima, tibia y tersa a pesar de los eones que guardaba su memoria, se posó sobre el pecho al desnudo del Alfa Real, justo encima de donde la energía azul zafiro y las ramificaciones violetas chocaban en una batalla silenciosa e incansable. Un murmullo bajo y cadencioso en una lengua primigenia, una sonoridad previa a los primeros reinos del mundo, suave como el susurro del agua y profunda como el eco de la piedra, brotó de los labios del ser de luz mientras cerraba los ojos para auscultar el flujo vital del joven:
—
Ael’aris vae lumini, sanguis animae vitaris... Oel'na, sil’vrae taro, amarae khael... (
Que la luz guíe el camino, la sangre sostiene la chispa de la vida...) —entonó Fátima con una devoción antigua, dejando que los trazos celestiales de sus palabras hicieran vibrar el aire sobre las heridas de Aslan—.
Duo animae, una vita... sed vinculum fractum est. (Dos almas, una sola vida... pero el lazo está incompleto)Los hilos incandescentes de la voz de Fátima se entrelazaron por un instante con las venas azul zafiro, buscando trazar la ruta de la sangre y el alma del híbrido. Durante un par de segundos eternos, el único sonido en las ruinas fue el eco de esa oración mística, el chasquido del viento helado entre los pinos y la respiración fatigada de los Reyes y los guardias, que observaban la escena con el aliento contenido. Tristán e Isis, arrodillados al otro lado de su hijo, no apartaban la mirada del rostro pálido de Aslan. Isis apretaba la mano helada de su primogénito contra su mejilla, ahogando un sollozo, mientras Tristán mantenía los puños cerrados con tanta fuerza que sus garras traspasaban su propia piel.
Fátima abrió los ojos y dejó escapar un largo suspiro cargado de pesadumbre.
—La magia en su sangre destruyó su reserva biológica casi por completo, mi niña —habló Fátima, dirigiéndose a Arlet con una voz baja pero firme, que resonó clara en medio del silencio del templo— Aslan no está usando su propio corazón para latir. Tampoco es su poder de Alfa Real el que lo sostiene en este plano. Lo único que evita que su alma cruce el umbral en este preciso instante es la fuerza pura y desmedida de tu lazo. Él está viviendo literalmente de tu vida, Arlet.
Arlet apretó más a Aslan contra su regazo, pegando sus labios a la sien del híbrido mientras sentía el temblor errático de sus músculos.
—¡Entonces le daré toda la energía que necesite! —declaró la princesa con voz rota pero feroz, sintiendo cómo las venas de sus propios brazos volvían a brillar con el destello azul zafiro— No me importa cuánta sangre o cuánta fuerza tenga que transmitirle. No voy a dejar que se muera, abuela. ¡Hagan algo!
—No entiendes, colibrí —intervino Fátima, colocando una mano sobre la frente sudorosa de Arlet para calmar el torbellino de su aura— Transmitirle energía a través del canal espiritual solo está prolongando su agonía. Tu luz azul inmoviliza el veneno violeta, sí, pero no puede expulsarlo. Tampoco puede obligar a su cuerpo a fabricar la sangre que perdió, porque el canal por el que fluye esa fuerza está incompleto.
Arlet se congeló. Levantó la cabeza bruscamente para mirar a Fátima con los ojos carmesí encendidos en una mezcla de confusión y rechazo.
—¿Incompleto? ¿De qué estás hablando? —replicó Arlet, negando con la cabeza rápidamente— Eso es imposible. Aslan me marcó. Él me reclamó como su luna, el me presentó a su familia como su luna y se presentó ante la mía como mi compañero. Acepté su marca en mi cuello, acepté su esencia y la unión de nuestras almas. El lazo existe, lo siento latir en mi pecho a cada segundo. ¡Mira cómo responde mi sangre a la suya! —gritó mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
Joey y Desmond dieron un paso al frente, intercambiando una mirada de profunda estupefacción. Isis levantó la vista hacia Fátima, con la angustia marcada en cada rasgo de su rostro noble.
—Escúchame con atención, mi niña —retomó Fátima con absoluta ternura, tomando las manos de Arlet que continuaban afianzadas a las mejillas de Aslan— Lo que ustedes tienen es un vínculo del destino, una unión de almas tan profunda y rara que movió la energía mística del universo para protegerlos. La marca de Aslan en tu piel es real, y tu aceptación fue genuina. Si fueras una mujer loba, o si pertenecieras a cualquier otra estirpe de la tierra con sangre de cánido o felino, esa mordida habría sellado el lazo biológico de forma definitiva. Tu cuerpo y el suyo serían un solo organismo místico.
Fátima hizo una breve pausa y deslizó sus dedos sobre el hombro de Arlet, donde la luz azul zafiro parpadeaba al ritmo agónico del corazón del joven Alfa Real.
—Pero tú no eres una mujer loba, Arlet —continuó el ser de luz, bajando el tono con solemnidad—. Eres una Princesa Vampiro. Tu naturaleza de origen inmortal, de sangre fría y predadora, mientras que la de Aslan es una amalgama primigenia de fuego de Alfa Real y sangre salvaje. Cuando un híbrido o un licántropo marca a una vampira, la marca espiritual se asienta, pero el puente de sangre biológico queda cerrado a la mitad. Para la naturaleza de su especie, tú lo aceptaste en el espíritu, pero tu linaje no le ha entregado su esencia en la carne.
—¿Qué significa eso? —interrumpió Desmond, con la voz grave y autoritaria de un rey que exige respuestas inmediatas para salvar a los suyos— Habla claro, Fátima. ¿Qué necesita ese muchacho para no morirse aquí mismo?
Fátima miró al Rey de los Vampiros y luego fijó sus ojos en Arlet.
—Significa que el lazo actual funciona únicamente como un cable de energía unidireccional que Arlet está sobrecargando —explicó el ser de luz— Si intentas meter sangre de vampiro común en sus venas vacías, su inmunidad de Alfa Real la rechazará como un veneno más y colapsará en segundos. Y si solo le sigues enviando luz mística, tu propio cuerpo se agotará hasta que ambos caigan en un paro cardiorespiratorio simultáneo.
Aslan dejó escapar un gemido agónico en ese momento. Un arco de dolor cruzó su rostro pálido y sus dedos, que sujetaban la mano de Arlet, perdieron fuerza gradualmente, cayendo sobre el suelo de piedra. Las venas violetas de su cuello comenzaron a oscurecerse de nuevo, ganando terreno sobre la luz azul que parpadeaba débilmente.
—In...yanga... —alcanzó a musitar Aslan, con los labios secos y agrietados, apenas consciente del mundo a su alrededor— Frío... tengo mucho frío...
—¡Aslan! ¡No, no cierres los ojos! —suplicó Arlet, inclinándose sobre él para besar su frente helada mientras las lágrimas caían libremente por sus mejillas— Abuela, dime qué tengo que hacer. Dímelo ya, no me importa lo que cueste.
—Para completar el lazo entre dos especies eternamente opuestas y salvar su vida, la entrega tiene que ser bidireccional y sagrada —decretó Fátima, mirando fijamente la mordida en el cuello de Arlet— No basta con que el Alfa te haya marcado a ti. La estirpe de los vampiros exige que la Princesa pruebe la sangre al Alfa y reclame su vida como suya. Tienes que morderlo, Arlet.
Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. Tristán e Isis abrieron los ojos con asombro, mientras Joey llevaba una mano a su boca, comprendiendo al instante la magnitud de lo que sucedía.
—Si muerdes a Aslan en este estado y bebes el último hilo de su esencia mientras le inyectas la tuya directamente a su corazón, el lazo biológico se sellará de forma definitiva —reveló Fátima con voz potente y sagrada— Al cerrar el círculo de ambas especies, tu sangre real purificará el veneno violeta desde adentro y la de él reconocerá tu esencia como su nuevo motor. Crearán un lazo de sangre único, una simbiosis que la magia rancia no podrá romper jamás. Pero debes hacerlo con la intención pura de reclamarlo como tu compañero eterno. Si dudas un solo milisegundo al clavar tus colmillos, absorberás el veneno de su cuerpo y morirán los dos.
Arlet miró el rostro agónico de Aslan. El joven híbrido que había arriesgado todo por ella, el hombre que la llamaba su luna y que prefería morir antes que dejar que la tocaran, estaba perdiendo el último aliento de vida en su regazo. La rabia, la duda y el pánico desaparecieron por completo del pecho de la Princesa de los Vampiros, dejando únicamente un amor desmedido, protector e indomable.
Arlet se erigió sobre sus rodillas. Sus ojos brillaron en un carmesí absoluto y majestuoso, mientras dos colmillos afilados y perfectos emergieron de sus encías, centelleando bajo la luz azul zafiro que recorría su piel.
—No tengo ninguna duda —pronunció Arlet con una voz firme y soberana que heló el aire de las ruinas—. Él es mi compañero. Él es mi Alfa, y yo soy su Luna.
Tristán miró a Desmond, y el Rey Vampiro asintió con una mezcla de orgullo y solemnidad absoluta hacia su hija. Isis tomó la mano de Joey, uniendo a ambas familias en una plegaria silenciosa mientras Fátima retrocedía un paso para otorgarles espacio.
Arlet inclinó la cabeza hacia el cuello expuesto y ensangrentado de Aslan. Apoyó una mano sobre su pecho latiendo agónicamente y la otra en su nuca, sintiendo la piel fría del híbrido.
—Escúchame, Aslan —susurró Arlet al oído del joven, con una dulzura infinita mezclada con el poder inquebrantable de su linaje— Vuelve a mí. Te estoy reclamando como mío…
Continuará...