Resistencia
Arlet continuó caminando con paso firme por la acera, llevaba los dedos envueltos alrededor de su termo metálico, buscando el calor del café recién hecho mientras se dirigía a su estudio de fotografía, al menos, esa era su firme intención.
Porque el híbrido seguía a su lado, moviéndose con una gracia felina y desportillada, con una mochila al hombro y la ropa ligeramente informal de quien va de camino a la universidad. Parecía haber nacido con el único propósito de agotar su paciencia.
—Entonces... —dijo Aslan, metiéndose las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero—. ¿Cómo te llamas?
—No.
—¿No? —él ladeó la cabeza, divertido por el tono cortante de la vampira.
—No voy a decirte mi nombre.
—¿Por qué?
—Porque no quiero.
—Excelente respuesta. Lógica, implacable y muy madrugadora. —señaló con una sonrisa felina en los labios.
Arlet apretó el paso, clavando la mirada en los imponentes edificios victorianos del frente mientras sus botas resonaban rítmicamente contra el pavimento.
—Me alegra que te guste.
—Me encanta, por cierto, soy Aslan Mackay- Driscol, pero tú puedes decirme Aslan o si te gusta más mi amor. —se presentó con un pequeño ronroneó provocando que la vampira contuviera un suspiro y de inmediato giró el rostro solo lo suficiente para fulminarlo con sus ojos, que amenazaban con destellar en un tono rojizo bajo la luz tamizada del cielo gris de Londres.
—¿Te encanta que no te diga mi nombre? —preguntó, ignorando que ahora ya sabía cual era el nombre del cachorro híbrido.
—No. —negó con un movimiento rápido de cabeza— Me encanta que seas complicada.
—No soy complicada. —lo contradijo.
—Llevamos diez minutos caminando entre estudiantes con prisa y ya me has amenazado de muerte tres veces. Con lujo de detalles artísticos, debo añadir.
—Eso no es ser complicada. Eso es establecer límites saludables en el espacio público.
—Tienes razón —concedió, deteniendo un segundo su andar para dejar pasar a un grupo de universitarios que reían ruidosamente antes de volver a emparejarse con ella—. Eso es ser aterradora. Y extrañamente atractiva a las ocho de la mañana.
Arlet puso los ojos en blanco, aunque el sutil cambio en el ritmo cardíaco de Aslan, ese latido fuerte, rápido y cálido que sus oídos de vampira percibían con demasiada claridad por encima del ruido del tráfico la distrajo por un instante.
—Vete, Aslan. Tienes clases a las que llegar tarde.
—No.
—Tengo un estudio que abrir y trabajo que hacer.
—Yo también tengo responsabilidades ¿Estudio de qué? —quiso saber.
—Entonces hazlas. Ve a tu facultad. —le ordenó ignorando la pregunta.
—Lo estoy haciendo.
—¿Molestarme?
—Conocerte de camino. Es mi hora libre.
—Eso no está ocurriendo.
—Claro que sí —replicó con una sonrisa lobuna—. Ya sé que odias las preguntas matutinas, que necesitas aferrarte a ese termo de café como si fuera un escudo y que tu mandíbula se tensa cuando intentas no reírte de mis chistes.
Ella aceleró el paso, cruzando la calle hacia la zona de los estudios de arte y fotografía. Aslan, sin el menor esfuerzo físico y con la mochila balanceándose en su hombro, mantuvo la distancia con una zancada perezosa.
—¿Siempre eres tan terco? —cuestionó mirándolo de reojo.
—Sí. Viene en el mapa genético de mis ancestros, los leones y lobos son así. —comentó encogiéndose de hombros.
—Lo imaginaba. —dijo intentando no mostrar ningún gesto al enterarse la clase de híbrido que era, los leones eran muy raros, pensó, pero no dijo nada.
—¿Siempre eres tan hermosa cuando estás a punto de usarme como sujeto de pruebas para tus fotos de terror? —cuestionó y Arlet se detuvo en seco en medio de la acera.
—¿No te cansas?
—Todavía no —Aslan se detuvo a un paso de ella, acortando la distancia con una confianza desarmadora que olía a juventud y vitalidad.
—Yo sí.
—Eso es porque estás gastando demasiada energía luchando contra algo inevitable, preciosa.
—No hay nada inevitable aquí. —contradijo y miró como el híbrido arqueó una ceja, sus ojos brillaron con un matiz dorado que la luz del día no lograba apagar.
—¿En serio?
—Sí.
—Entonces explícame por qué sigues caminando conmigo en lugar de usar tu velocidad de vampira para desaparecer en la boca del metro o en cualquier callejón oscuro.
—Porque no puedo matarte a plena luz del día en mitad de Londres.
—Ah. —asintió moviendo lentamente la cabeza, sin borrar la sonrisa.
—Hay demasiados estudiantes de tu universidad mirando. Y cámaras de seguridad en cada esquina.
—Qué alivio. —suspiró— Mi chaqueta favorita se salva de las manchas un día más.
Arlet apretó la mandíbula, dando un sorbo a su termo para evitar gritarle. Era imposible. Absolutamente imposible. En todos sus años de existencia, jamás había conocido a alguien tan desesperadamente irritante.
—¿Sabes qué creo? —continuó el Alfa Real dando un paso más, lo suficiente para que Arlet pudiera oler con más intensidad el aroma a bosque y la sabana africana que desprendía la piel de híbrido, un contraste exquisito con el aroma del café de ella.
—No me interesa. —respondió.
—Creo que te gusto.
—¡Estás delirando! —exclamó indignada— Te afectó demasiado la luna de anoche.
—Un poco —admitió, sin perder la sonrisa—. Pero, aun así, creo que te gusto.
—Tienes una confianza ridícula. —señaló antes de soltar una risa incrédula, sosteniendo el termo con ambas manos para crear una barrera física entre ambos.
—Tengo buen instinto salvaje.
—No lo tienes.
—Lo tengo.
—No.
—Sí.
—No.
—Definitivamente sí.
Arlet exhaló un suspiro dramático y lo barrió con la mirada de arriba abajo.
—¿Cuántos años tienes? —le preguntó.
—¿Por qué? —fingió timidez—. ¿Vas a pedirme el carné de estudiante antes de invitarme a pasar a tu estudio de fotografía?
—Necesito saber si sigo hablando con un adolescente que acaba de entrar en la universidad y tiene las hormonas alteradas.
—Eso fue cruel. Directo al expediente académico. —dijo de forma dramática llevando una mano a su pecho.
—Fue una pregunta legítima.
—Y tú sigues esquivando la mía. Sigues sin decirme tu nombre.
—Porque no quiero.
—Eso solo te hace más interesante, Inyanga (Luna).
—¿Interesante? No soy una de tus asignaturas de historia para que me estudies, híbrido.
—Mucho más que eso.
Arlet soltó un resoplido e intentó reanudar la marcha hacia la puerta acristalada de su estudio de fotografía, visible ya a unos metros. Pero la mano de Aslan se interpuso en su camino, sin llegar a tocarla, pero deteniéndola por la pura inercia de su presencia física.
—No necesito ser interesante para ti —susurró la vampira, su voz perdiendo un poco de agresividad.
—Demasiado tarde.
—¿Por qué?
Aslan la observó durante unos segundos que parecieron congelar el ajetreado ritmo de la mañana londinense. Esta vez no había rastro de bromas en su rostro. Desaparecieron las sonrisas fáciles del estudiante universitario y el descaro de su postura.
—Porque te encontré. —declaró con sus ojos fijos en los de ella, parpadeando hasta mostrar el rojo magnético de sus alfas por unos segundos, la gravedad en su voz la tomó completamente desprevenida.
Por un instante, el ruido de los autobuses de dos pisos y el murmullo de los jóvenes que subían por la avenida parecieron apagarse por completo. El aire entre ellos se volvió denso, casi eléctrico. El vínculo vibró suavemente en el pecho de Arlet, una pulsación cálida, invisible y terca que contrastaba con el frío del metal de su termo. Aquella sensación que desafiaba toda su lógica de vampira. Aquella certeza que ambos reconocían en el silencio, pero que solo uno de los dos tenía el valor de admitir bajo la luz del sol.
Arlet fue la primera en apartar la mirada, sintiendo que, si se quedaba un segundo más atrapada en sus ojos, acabaría tirando el café al suelo y dejándose llevar.
—Eso no significa nada. Las leyendas mienten. —declaró recobrando la compostura.
—Mentirosa.
—¿Perdón? —inquirió la vampira volviéndose a girarse con brusquedad y la indignación acudiendo al rescate de su orgullo.
—He dicho que eres una mentirosa. O una cobarde, lo que prefieras Inyanga (Luna) .
—Ten cuidado con lo que dices —advirtió la vampira en un susurro áspero, enseñando apenas la punta de sus colmillos detrás del borde del termo en una muda promesa de violencia.
—No puedes negar lo que sentiste anoche cuando nos encontramos. —dijo sin miedo— Tu lado de depredador quería drenarme, pero tu otra mitad... quería algo muy diferente.
—Claro que puedo negarlo.
—No puedes.
—Sí puedo.
—No.
—¿Vas a seguir contradiciéndome hasta mi lugar de trabajo?
—Probablemente. —sonrió con descaro— Es mi mejor asignatura de este semestre.
Arlet apretó los puños alrededor del termo, tratando de recuperar el control de su respiración fría.
—No somos nada, Aslan. —declaró.
—Somos destinados. —la contradijo de inmediato.
—Eso es una teoría antigua. Una superstición para que las criaturas sobrenaturales no se sientan solas en este siglo. —comentó restándole importancia.
Aslan soltó una carcajada limpia y sonora que hizo que un par de estudiantes de la acera de enfrente se giraran a mirarlos.
—¿Una teoría?
—Sí.
—¿Entonces el hecho de que tu corazón parezca una batería de rock desde que me acerqué esta mañana también es una teoría medieval, preciosa? —cuestionó con presunción.
—Puedo tener taquicardia. El exceso de cafeína y el estrés laboral nos afecta a todos. —justifico.
—Claro. Súper común en los vampiros adictos al trabajo —se burló el Alfa Real, dando un paso lateral para seguir su ritmo cuando ella volvió a caminar—. Y yo puedo volar a mis clases de las nueve.
—No eres gracioso.
—Mi primo opina que soy el alma del campus.
—Tu primo claramente comparte tus delirios de grandeza.
—Probablemente. —admitió con su sonrisa habitual, brillante y confiada, devolviéndole la ligereza al ambiente, pero manteniendo la insoportable cercanía física.
—Pero sigo teniendo razón.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Eres insoportable.
—Y tú sigues aquí, a las puertas de tu estudio.
Arlet abrió la boca para soltar una réplica mordaz, pero la cerró de inmediato al mirar a su alrededor. Estaba a solo un paso del portal de su estudio de fotografía.
Odiaba admitirlo. Lo odiaba con cada fibra de su ser inmortal. Pero él tenía toda la razón. Podría haber corrido a velocidad sobrenatural en el momento en que lo vio aparecer en su calle. Podría haber tomado un desvío o haberle ignorado por completo. Poseía un arsenal de habilidades físicas que la hacían letal.
Y sin embargo, había caminado con él toda la distancia. A paso de humano. Discutiendo, respondiendo a sus provocaciones y permitiendo que su calor de híbrido alterara su gélida y rutinaria mañana.
Aslan notó el peso de su silencio. Su sonrisa se suavizó, volviéndose casi tierna mientras la observaba con la mochila al hombro.
—Lo ves.
—No veo nada. El cielo de Londres está nublado, como siempre.
—Lo acabas de admitir en tu cabeza. Te gusta mi compañía antes de empezar a trabajar.
—No puedes leer mentes y además acabo de conocerte ¿Cómo va a gustarme tu compañía antes de empezar a trabajar? no seas ridículo.
—No necesito hacerlo. Tu lenguaje corporal habla por ti.
—Qué arrogante eres.
—Solo observador.
—Presumido.
—Encantador.
—Molesto.
—Atractivo.
—Insufrible.
—Tu futuro esposo. —le regaló un guiño y Arlet se atragantó con el sorbo de café que acababa de dar, soltando una tos seca e intentando recuperar la compostura mientras la cara se le encendía de indignación.
—¿Qué?
—Vale, de acuerdo. Demasiado pronto para el primer semestre —admitió, levantando las manos en señal de rendición, aunque sus ojos bailaban de risa.
—¡Sí! ¡Definitivamente demasiado pronto! ¿Qué clase de psicópata dice algo así de camino a la universidad?
—Una optimista. Y alguien que sabe reconocer su destino cuando lo ve cruzar la calle.
La vampira lo observó entornando los ojos, midiendo mentalmente la distancia necesaria para empujarlo dentro de una de esas cabinas telefónicas rojas de la esquina. Aslan, para su absoluta desgracia, leyó la intención en su rostro y encontró aquella expresión de pura frustración increíblemente adorable.
—Definitivamente me gustas, , Inyanga (Luna)
—Voy a golpearte —amenazó, tratando de ocultar el vuelco que le había dado el corazón detrás de una máscara de frialdad y aferrándose al pomo de la puerta de su estudio.
—Eso también cuenta como contacto físico antes de mi clase de las nueve. Lo acepto.
—No cuenta.
—Cuenta para mí. Que tengas un buen día en el estudio, preciosa. —le deseó sin borrar la sonrisa.
Arlet soltó un gruñido de frustración genuina, empujando la puerta del edificio donde estaba su estudio. Aslan sonrió ampliamente, ajustándose la mochila y girándose sobre sus talones para dirigirse, por fin, a su facultad. Porque detrás de toda aquella resistencia feroz, detrás de cada mirada que prometía el infierno y de cada "no" rotundo, podía sentir la vibración constante del vínculo bajo el pálido sol londinense.
Ella lo sabía. Sabía exactamente lo mismo que él. La única diferencia era que, mientras Aslan estaba listo para saltar al vacío por aquella verdad, Arlet prefería pelear contra el destino con colmillos y todo el orgullo que su naturaleza le otorgaba.
Y, para regocijo del híbrido, eso solo hacía que su vida fuera infinitamente mejor....