Vínculo
Arlet cerró la puerta de madera pesada del estudio con una fuerza que habría astillado los huesos de cualquier humano. El golpe seco y rotundo reverberó por la recepción vacía, haciendo vibrar los marcos de las fotografías colgadas en las paredes.
—Insufrible —masculló, liberando el aire atrapado en sus pulmones.
Dejó el termo metálico sobre el mostrador de recepción con un chasquido sordo y avanzó directamente hacia su oficina, necesitaba refugiarse en su santuario. Necesitaba editar la última sesión, revisar las cláusulas de algunos contratos, responder la marea de correos pendientes y, sobre todo, arrancar de su mente la imagen de cierto híbrido arrogante que parecía tener un desprecio absoluto por la palabra, no.
Lo peor de todo no era su persistencia. Lo peor era que, mientras cruzaba el pasillo, Arlet sintió una ligera tensión en las comisuras de sus labios. Se detuvo en seco frente a la puerta de cristal de su despacho privado.
—¿Estoy... sonriendo? —susurró para sí misma, con la voz cargada de un horror genuino.
Se llevó una mano a la boca, como si acabara de detectar una traición de su propio cuerpo. De inmediato, forzó a sus músculos faciales a adoptar la máscara de imperturbabilidad que perfeccionado durante décadas.
—No. No estoy sonriendo. No tengo motivos para hacerlo.
Pero su reflejo mentía. Sus ojos claros tenían un brillo inusual, un destello de vitalidad que detestaba admitir. Era profundamente irritante. Llevaba menos de veinticuatro horas conociendo a aquel hombre, si es que se le podía llamar así a una tormenta con forma humana y ya había conseguido desmantelar una rutina de aislamiento que a ella le había tomado años estructurar a la perfección.
Entró en su despacho, se dejó caer en la silla de cuero, encendió el ordenador con un toque rápido y abrió la sesión fotográfica de la semana pasada.
La distracción funcionó durante exactamente treinta y siete segundos. Entonces, la pantalla pareció desvanecerse para dar paso al recuerdo de la sonrisa descarada de Aslan, cerró los ojos y apretó los puños sobre el escritorio.
—Concéntrate —se ordenó— Eres la princesa de los vampiros, no una adolescente impresionable».
Inhaló el aire fresco del despacho, buscando el olor a ozono y papel viejo para anclarse a la realidad. Volvió a abrir los ojos y fijó la vista en la pantalla. Dos minutos después, los rostros de los modelos en la foto fueron reemplazados por el recuerdo de unos ojos felinos que cambiaban de color a su antojo. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que sus colmillos rozaron su labio inferior.
Cinco minutos más tarde, el silencio de la sala se llenó con el eco mental de su voz, profunda y cargada de una extraña promesa mística:
«Porque te encontré» .
—Voy a matarlo —declaró Arlet al aire, desesperada. La puerta de su oficina se abrió de golpe en ese preciso instante. Arlet levantó la vista, suavizando sus facciones en una fracción de segundo— Buenos días para ti también, reina del drama. —le dijo a Oriana que acababa de entrar, sosteniendo dos vasos humeantes de café y una expresión de curiosidad tan afilada que casi podía cortar el aire.
—Buenos días princesa del drama ¿A quién vas a matar hoy? —preguntó su amiga, deslizando uno de los vasos sobre el escritorio de madera oscura—. ¿Y por qué siento que esta vez no es una metáfora artística?
—A nadie —respondió Arlet, recuperando su tono gélido y profesional.
—Mentira.
—No miento, Oriana. No tengo tiempo para el homicidio esta mañana.
—Traigo cafeína y una insaciable necesidad de respuestas. —declaró sentándose en la silla frente al escritorio de la princesa— Esta mañana por teléfono me dejaste con la intriga a medias sobre tu "encuentro molesto" y casi me salto dos semáforos por venir a interrogarte —dijo su amiga, dejando su vaso sobre el escritorio—. Así que desembucha: ¿a quién vas a matar hoy y por qué tiene que ver con el hombre misterioso de la llamada?
—A nadie —repitió—. Y por teléfono exageré. Solo fue un contratiempo menor.
—Mentira.
—Ya dije que no miento y además no tengo tiempo para tus dramas esta mañana.
—Arlet, te conozco de toda la vida, crecimos juntas. Esa mirada de "quiero quemar el mundo y reinar sobre sus cenizas" es exactamente la misma que pones cuando estás ocultando algo que te descoloca. Y por teléfono sonabas... alterada. Tú nunca te alteras.
La vampira hizo una mueca de disgusto, dando un sorbo al café para calentar sus dedos repentinamente fríos.
—Solo… —suspiró— Me crucé con alguien insolente de camino aquí. Muy ruidoso.
—¿El mismo del que hablamos en nuestra llamada matutina?
—No hablamos de ninguno ene nuestra llamada.
—Pero callaste y el que calla otorga, asi que supongo que es el mismo, solo tienes que admitirlo.
—Bien, es el mismo. Es insoportable, descarado, coqueto. —bufó Arlet.
Oriana la observó con los ojos entrecerrados y una sonrisa lenta comenzó a dibujarse en su rostro.
—Entonces es jodidamente guapo. —declaró su mejor amiga y Arlet casi se atragantó con el líquido caliente. Tosió levemente, maldiciendo su falta de compostura.
—¿Qué? ¿De qué demonios estás hablando?
—Siempre funciona así contigo —dijo Oriana, apoyando la barbilla en su mano, visiblemente divertida—. Cuando un hombre te resulta indiferente, ni lo mencionas. Pero hoy estas quejándote de un tipo y déjame decirte que es demasiado temprano. —dijo con tono listillo— Hay tracción, querida.
—No hay ninguna tracción —siseó Arlet—. Solo hay un obstáculo que planeo remover de mi camino.
—Claro que sí, reina del hielo. Sigue diciéndote eso.
—Oriana... —suspiró cerrando los ojos un instante, frotándose las sienes. Por todos los dioses del inframundo. Ahora hasta sus conversaciones reales parecían estar infectadas por el ritmo caótico que Aslan imponía a su alrededor.
Oriana, que no perdía detalle de los microgestos de la vampira, abrió mucho los ojos. Su respiración se aceleró un poco por la emoción.
—Oh.
—¿Qué? No pongas esa cara. —le pidió.
—Oh, esto es muchísimo más interesante de lo que pensé. Estás realmente afectada. Tu ritmo cardíaco acaba de subir dos pulsaciones. Y para ser una vampira nacida de linaje real, que tu corazón se mueva así es prácticamente un milagro de la naturaleza.
—Es el café —mintió sin parpadear.
—¿Es humano? —inquirió Oriana, ignorando su excusa.
—No.
—¿Vampiro??
—No.
—¿Un brujo?
—Tampoco.
—¿Un hada? ¿De la corte de invierno? ¿o del verano? Estos son candentes..
—Oriana, detente —la interrumpió Arlet, guardando un silencio tenso mientras fijaba la mirada en el café.
La sonrisa de su amiga se ensanchó tanto que Arlet temió que se le partiera la cara.
—¡Es un cambiaformas! ¡O algo peor! ¡Es del mundo sobrenatural salvaje!
—No voy a alimentar tus delirios románticos. No hay un mundo sobrenatural salvaje. —dijo con exasperación— No hay nada de qué hablar.
—¡Arlet! No puedes dejarme con lo que me contaste por teléfono y ahora esto —suplicó Oriana, inclinándose sobre el escritorio—. ¿Cómo se llama? Al menos dime su nombre.
—No te conté nada por teléfono.
—Pero se leerte amiga, dime ¿Cómo se llama? —exigió.
La pregunta cayó como una losa de piedra en la habitación, provocando un silencio incómodo y repentino. Oriana parpadeó, esperando. Arlet clavó la vista en un punto indefinido de la pared, negándose a sostenerle la mirada. Oriana volvió a parpadear, uniendo las piezas del rompecabezas en su mente.
—No me digas...
—Cállate.
—¿No sabes cómo se llama? —el tono de Oriana era una mezcla de incredulidad y absoluto deleite.
—¡Sí sé cómo se llama! —replicó Arlet, sintiendo una inusual oleada de calor subir por su cuello—. Se llama Aslan.
—Vaya, nombre de rey africano. ¿Y? ¿Qué más?
—No voy a darte más detalles. No es relevante.
—Espera... —Oriana frunció el ceño, analizando la dinámica—. Si tú sabes su nombre, pero estás tan molesta... Oh, no. No me digas que tú no le dijiste el tuyo.
Arlet apartó la mirada de inmediato, concentrándose intensamente en la textura de la taza de papel. Oriana soltó una carcajada limpia y sonora que resonó en el despacho.
—¡No le dijiste tu nombre! ¡Le diste esa imagen fría de vampira de la realeza intocable! —exclamó entre risas.
—No tenía por qué dárselo —se defendió la vampira, cruzándose de brazos—. Es un desconocido. Un intruso.
—¿Andabas de incógnito después de que él te insistiera tanto? Por teléfono me dijiste que era un testarudo.
—No te dije nada por teléfono. —repitió.
—Pero lo es, contigo los hombres tienen que se testarudos. Asi que no mientas y admite que insistió.
—Varias veces —admitió Arlet de mala gana—. Con una insistencia que raya en el acoso.
—¿Y se lo negaste sistemáticamente?
—Cada una de esas veces.
—Pobre hombre —suspiró Oriana, dramatizando con una mano en el pecho—. Cualquiera habría huido a la otra punta del continente después de la segunda amenaza de muerte con esa mirada tuya.
—Debería haberlo hecho —murmuró, aunque en el fondo de su mente, una pequeña y oscura parte de ella se regocijaba en el hecho de que él no se hubiera acobardado—. Claramente tiene un instinto de supervivencia defectuoso.
—O claramente le encantas. Y sabe que detrás de esa fachada de hielo hay un volcán deseando despertar.
—No me gusta tu teoría. Es ridícula, carece de base científica y es sumamente molesta. —siseó.
—A mí me encanta. Es como una novela gótica, pero con mejor iluminación.
Arlet estaba a punto de responder con una réplica mordaz sobre la esperanza de vida de las amigas entrometidas cuando, de repente, algo vibró con fuerza justo en el centro de su pecho.
Se quedó rígida, con la taza a medio camino de los labios.
La sensación no fue física, sino espiritual. Fue sutil, pero ineludible: una corriente cálida, dorada y salvaje que atravesó el cielo y golpeó directamente el incipiente vínculo que apenas el día anterior había comenzado a esbozarse entre sus almas. Era una energía que apestaba a sol, a bosque húmedo y a la indomable fuerza de un Alfa Real.
Su expresión cambió por completo; la molestia superficial fue reemplazada por una estupefacción absoluta. Su respiración se detuvo por completo.
—¿Arlet? —la voz de Oriana sonó lejana, perdiendo todo tono de broma al notar el cambio drástico en su amiga—. ¿Qué pasa? Te has puesto... más pálida de lo normal.
La vampira no respondió. No podía. A través de esa invisible hebra dorada que ahora la conectaba con Aslan, le llegaba un eco de su estado emocional. No sabía dónde estaba. No sabía qué estaba haciendo en ese momento, ni con quién. No sabía prácticamente nada sobre la compleja naturaleza de ese híbrido, pero podía sentirlo.
Estaba feliz. Ridículamente feliz. Una oleada de regocijo y triunfo salvaje fluyó a través del lazo, tan vívida que Arlet casi pudo visualizar la sonrisa de colmillos de Aslan bajo el sol. Era la emoción de un cazador que sabe que su presa ya está acorralada, aunque ella aún crea que puede escapar.
La sensación física desapareció tan rápido como había llegado, dejándola con una extraña sensación de vacío en el pecho y el pulso tembloroso.
—Arlet... me estás asustando. Habla conmigo.
La vampira parpadeó, regresando a la realidad de su despacho. Se aclaró la garganta, tratando de recomponer su armadura de frialdad, aunque por dentro todo su ser continuaba vibrando.
—Estoy bien. Solo... un espasmo. Un eco del territorio.
—No pareces estar bien. Pareces alguien que acaba de ver a un fantasma. O a su destino.
—Estaré bien —insistió Arlet, colocándose de pie y dándole la espalda para organizar unos archivadores que no necesitaban orden alguno.
Oriana la observó desde atrás, con una sospecha que ya no tenía nada de divertida y sí mucho de mística.
—Esto tiene que ver con el hombre misterioso de la llamada, ¿verdad? Con Aslan.
Arlet tardó varios segundos en responder. El silencio en el despacho se volvió denso, casi reverente.
—Ojalá no —susurró finalmente.
—Arlet Carter, ese misterioso Aslan es tu destinado. —declaró y la princesa de los vampiros no se movio—¡Oh, por dios! ¡Lo es!
—No, no lo es.
—Mentirosa, eres una mentirosa. —declaró con seguridad su mejor amiga, porque sabía al igual que la princesa que por primera vez en sus treinta años de una existencia perfectamente controlada, Arlet Carter tenía un problema que ninguna cámara fotográfica, ningún viaje de huida y ninguna cantidad de trabajo acumulado parecía capaz de solucionar.
Y ese problema tenía garras de lobo, el rugido de un león, una sonrisa insoportable y la peligrosa costumbre de empezar a habitar dentro de su propio pecho sin haber pedido permiso…