Latidos
Aslan salió del edificio de su facultad con una sonrisa imposible de borrar.
La mañana había pasado entre clases introductorias, profesores demasiado entusiastas y estudiantes intentando parecer interesantes en su primer día de semestre. Normalmente, él habría disfrutado de todo aquello. Le gustaba la vibrante sensación de libertad y las oportunidades infinitas de meterse en problemas.
Pero esa mañana todo le parecía secundario, casi irrelevante. Porque, cada pocos minutos, el vínculo vibraba suavemente en su pecho, como un latido extra que no le pertenecía, pero que se sentía más real que el suyo propio y no podía evitar preguntarse qué estaría haciendo la vampira en ese preciso instante.
Se apoyó un momento contra una de las imponentes columnas de piedra del campus mientras revisaba su teléfono. En la pantalla brillaban varios mensajes consecutivos de Connor.
>>>¿Ya la besaste?
>>>¿Sigue viva?
>>>¿Sigues vivo tú?
Aslan soltó una carcajada que atrajo la atención de un par de personas que pasaban cerca. Escribió una respuesta rápida y concisa antes de guardarse el aparato:
<<<Eres insoportable.
Guardó el teléfono en el bolsillo de su chaqueta y levantó la mirada hacia el cielo gris de Londres. El aire de la ciudad olía a café recién tostado, a humedad de asfalto y a estudiantes estresados que corrían de un lado a otro. Y debajo de todo eso, apenas perceptible para cualquiera que no fuera él, podía oler el rastro sutil de violetas que pertenecía a ella.
Su mate.
La palabra seguía acomodándose en su mente y en su pecho, encajando como si siempre hubiera estado destinada a estar ahí, perfectamente natural.
Lo más curioso de todo era que no sentía ansiedad. No experimentaba esa urgencia desesperada que los mitos solían describir. No necesitaba salir corriendo a buscarla por cada rincón de la gran ciudad. Sabía, con una certeza absoluta, que volverían a encontrarse.
El vínculo se lo aseguraba con un murmullo constante, una certeza tan tranquila como peligrosa.
Aun así, no pudo evitar sonreír de medio lado al recordar la escena de esa mañana frente al estudio de fotografía.
La forma tan adorable en la que ella había intentado ignorar su presencia. Su indignación cuando, de la manera más natural del mundo, la había llamado hermosa. Y, sobre todo, aquella mirada intensamente asesina cuando él mencionó que sería su futuro esposo.
—Definitivamente valió la pena madrugar —murmuró para sí mismo, divertido.
Empezó a caminar a paso lento por el campus, con las manos hundidas en los bolsillos, completamente ajeno a las miradas curiosas y los murmullos de un grupo de estudiantes que pasaba a su lado. Una de las chicas se giró descaradamente para observarlo, comentando algo entre risas contenidas con sus amigas.
En cualquier otro momento, Aslan lo habría notado. Habría devuelto la mirada con un guiño o una sonrisa encantadora, alimentando su propio ego, pero hoy no. Ni siquiera se dio cuenta de su presencia. Y ese simple detalle era un cambio abismal para él.
Se detuvo frente a uno de los pequeños puestos ambulantes para comprar un café para llevar. Mientras esperaba a que el barista terminara de prepararlo, el vínculo en su pecho volvió a agitarse.
Esta vez de una forma totalmente distinta. Era una pulsación más tenue. Más confusa. Sintió una leve marea de emociones ajenas que no eran suyas: una mezcla de frustración contenida y algo que se asemejaba mucho al desconcierto. Aslan arqueó una ceja, sintiendo un calorcito agradable expandirse por su pecho.
—¿Estás pensando en mí, preciosa? —susurró al aire, casi sin darse cuenta.
El barista, que justo en ese momento le tendía el vaso de cartón, lo miró con el ceño fruncido y una expresión de absoluta extrañeza.
—¿Perdón? —preguntó el joven.
Aslan no se inmutó. Le dedicó una sonrisa brillante, desprovista del más mínimo rastro de vergüenza, y tomó el café.
—Nada importante, gracias. —dijo para luego darse la vuelta y reanudó su caminata.
Resultaba fascinante experimentar esas pequeñas ráfagas de emociones a través del vínculo. Era como descubrir las primeras palabras de un idioma completamente nuevo y secreto.
Y si aquello significaba que Arlet también podía percibir lo que él sentía... bueno, la idea de que ella se hubiera percatado de lo estúpidamente feliz que él se encontraba esa mañana era algo peligrosamente divertido.
—Oh, eso la habrá enfurecido muchísimo —dijo para sí, soltando una risita— Oh, sí. Definitivamente la había molestado.
Podía imaginársela a la perfección: frunciendo el ceño de esa manera tan suya, cruzándose de brazos y jurando mentalmente que lo asesinaría en cuanto tuviera la oportunidad. La sola imagen mental le pareció la cosa más adorable del mundo.
Mientras avanzaba entre los edificios de la universidad, una idea clara comenzó a estructurarse en su mente. No iba a presionarla. Bueno... tal vez solo un poco, lo justo para mantener las cosas interesantes, pero no pensaba forzar absolutamente nada. Sabía que los vampiros eran seres orgullosos así que ella debía ser una mujer orgullosa, inteligente y que estaba haciendo un esfuerzo monumental por mantener el control de una situación que la descolocaba. Empujar con demasiada fuerza solo provocaría que ella levantara muros aún más altos y difíciles de escalar.
No iba a cometer ese error, lo haría a su manera, con paciencia, con humor y con la absoluta e inquebrantable seguridad de que, tarde o temprano, ella dejaría de luchar contra un destino que ambos ya sabían inevitable.
Aslan dio un último sorbo a su café caliente, clavando la mirada en el horizonte grisáceo y brumoso de la capital inglesa.
—Tenemos toda la eternidad, Inyanga (Luna) —murmuró, y el apodo se sintió cálido en sus labios—Y yo soy un hombre sumamente paciente cuando se trata de conseguir lo que quiero.
Mentira. No tenía ni un ápice de paciencia en su cuerpo, pero por ella, estaba más que dispuesto a aprender a tenerla.
(…)Para la vampira el resto de la mañana transcurrió con una normalidad que agradeció desesperadamente. O, al menos, eso era lo que intentaba convencerse a sí misma de sentir.
Sentada frente a las enormes pantallas de alta resolución de su estudio de edición, revisaba minuciosamente una sesión fotográfica que había realizado días atrás para una importante revista de moda internacional. Las imágenes eran impecables. La iluminación rozaba la perfección matemática, los colores estaban perfectamente equilibrados y la modelo, con su mirada lánguida y felina, parecía salida de un sueño de alta costura.
Y, aun así, Arlet llevaba observando la misma jodida fotografía durante casi cinco minutos. Sin mover un solo cursor. Sin editar absolutamente nada. Dejó escapar un suspiro cansado, apoyó la frente contra el dorso de su mano y cerró los ojos, sintiendo el frío de su propia piel.
—Esto es ridículo —murmuró para el vacío del estudio.
Normalmente, cuando se colocaba frente al monitor o sostenía una cámara, el resto del mundo simplemente dejaba de existir. La fotografía siempre había sido eso para ella: un santuario, tal como su madre le habia enseñado, pero hoy, la paz se le escapaba entre los dedos como arena fina y la culpa la tenía ese maldito vínculo.
No era una presencia dolorosa, ni tampoco una intrusión violenta que intentara doblegar su mente. Era algo mucho peor, porque resultaba sutil. Aparecía de la nada, justo cuando creía haber recuperado el control de sus pensamientos: una calidez repentina que florecía en el centro de su pecho, un levísimo tirón invisible, una marea silenciosa que le traía la certeza absoluta de que él estaba en alguna parte de la ciudad y que, por supuesto, se encontraba perfectamente bien.
Arlet apretó los dientes, sintiendo una punzada de frustración. Aquello debía molestarle. De verdad debía enfurecerla y lo hacía. Oh, claro que la ponía de los nervios, pero en el fondo, muy en el fondo de su naturaleza inmortal, existía una pequeña y traicionera parte que se sentía extrañamente reconfortada. Y esa era la parte que más odiaba de todo este asunto.
Estaba acostumbrada a la soledad del poder. Había vivido treinta años dependiendo exclusivamente de sus propias fuerzas. Tenía amigos leales, una familia poderosa y una carrera profesional que había construido con su propio esfuerzo, sin usar su apellido. No necesitaba que un lazo dictado por el destino apareciera de repente a decirle que ya no estaba sola.
Y, sin embargo, el lazo seguía allí. Como una presencia que aguardara pacientemente al otro lado de una puerta abierta. Sin hacer ruido. Sin exigir nada. Simplemente estando.
Sacudió la cabeza, decidida a no dejarse arrastrar por la melancolía, y volvió a concentrarse en la pantalla. Esta vez logró trabajar con fluidez durante casi veinte minutos, perdiéndose en el ajuste de las sombras y el contraste de una de las tomas.
Hasta que la sensación regresó, pero esta vez no traía calma. Traía una oleada vibrante y dorada de pura diversión. La mano de Arlet se congeló sobre la tableta gráfica.
—No —susurró, entornando los ojos.
La emoción ajena persistió en su pecho, ligera, cálida e irritantemente contagiosa. Era la viva representación de una sonrisa burlona y brillante.
Arlet soltó un quejido de pura exasperación y se dejó caer pesadamente contra el respaldo de su silla de cuero.
—¿Te estás riendo de mí? ¿En serio? —le reclamó al aire, sabiendo que era absurdo.
No hubo una respuesta con palabras, por supuesto. Solo esa pulsación lejana, alegre y descarada que ya empezaba a reconocer como la firma personal de la energía de Aslan. Le molestaba admitir que, tras haber pasado solo unas horas con él esa mañana, ya fuera capaz de identificar su firma emocional con tanta precisión.
Giró la silla para quedar de frente a los ventanales del estudio. Desde esa altura, Londres se desplegaba bajo un manto de nubes plomizas y neblina. Había millones de personas allá abajo, moviéndose como hormigas por las calles mojadas.
Millones de almas. Y el destino había tenido el pésimo gusto de atarla al híbrido más insoportable del continente.
—Qué mala suerte la mía —susurró, aunque sus labios temblaron con el amago de una sonrisa que se apresuró a borrar.
El zumbido de su teléfono sobre el escritorio de madera la sacó de sus pensamientos. Lo tomó con rapidez, esperando que fuera alguna confirmación de su agente o un cambio de última hora para la portada de la próxima semana.
En su lugar, el nombre en la pantalla la hizo suspirar con una mezcla de cariño y resignación. Su abuela. Fátima.
>>>¿Vas a venir a verme hoy o tendré que ir yo misma a arrastrarte fuera de ese estudio?
Arlet no pudo evitar que una pequeña sonrisa, esta vez real, apareciera en su rostro. Su abuela tenía un sexto sentido aterrador para saber exactamente cuándo su mundo se estaba poniendo patas arriba.
<<<Estoy trabajando, abuela. Tengo entregas pendientes.
La respuesta llegó casi en el acto.
>>>Entonces ven después.
Arlet entornó los ojos, sospechando de la insistencia de la matriarca.
<<<¿Por qué tanta prisa?
Esta vez, el indicador de escritura tardó un poco más en aparecer, como si la otra mujer estuviera disfrutando del suspenso.
<<<Porque quiero ver a mi nieta favorita, por supuesto.
Mentira. Una mentira monumental y deliciosa. Fátima jamás hacía algo por simple capricho o mera cortesía. Si insistía tanto en verla, después de lo que había ocurrido esa mañana frente al estudio de fotografía, era porque ya se había enterado de la existencia de Aslan. Lo que significaba que probablemente llevaba horas divirtiéndose a su costa desde su pequeña casa. Arlet dejó caer el teléfono sobre el escritorio con un golpe seco.
—Traidora —murmuró, refiriéndose a su abuela, el ser de luz mas poderoso sobre la faz de la tierra.
En ese preciso instante, el vínculo en su pecho volvió a agitarse. Y, para su absoluta indignación, esta vez le llegó una ráfaga de pura satisfacción victoriosa, como si el maldito híbrido hubiera escuchado la conversación y compartiera la broma con Fátima.
Arlet cerró los ojos lentamente, respirando hondo para calmar los latidos de su corazón.
—Juro que, si esto sigue así, voy a terminar arrancándole la cabeza de un mordisco.
Lo dijo en voz alta, buscando que sus propias palabras sonaran letales y definitivas. El problema era que, incluso para sus propios oídos de vampira, la amenaza ya no tenía la misma fuerza gélida de antes y eso era un problema mucho más grave de lo que estaba dispuesta a admitir.
Suspiro e intento concentrase en su trabajo, y al parecer funcionó pues consiguió avanzar bastante con el trabajo de edición, pero no sin que el lazo místico hiciera acto de presencia cada cierto tiempo, vibrando de forma intermitente como un suave recordatorio físico de que cierto cachorro híbrido insoportable seguía respirando el mismo aire de su ciudad.
Para cuando el reloj de pared marcó las seis y media, el ritmo del estudio comenzó a desacelerar notablemente. Los asistentes de fotografía enrollaban cables y guardaban con cuidado los sofisticados flashes en sus estuches rígidos. Los editores apagaban los ordenadores secundarios, despidiéndose en voz baja. Una a una, las luces de los sets de rodaje adyacentes comenzaron a apagarse, dejando el amplio espacio sumido en una penumbra cálida.
A través de los grandes ventanales, Londres se teñía lentamente con los tonos dorados, púrpuras y azulados del atardecer.
Arlet estaba concentrada en los últimos retoques de contraste cuando un leve murmullo de movimiento llegó desde la recepción. No le prestó atención. En un estudio de ese tamaño, era habitual que el movimiento continuara hasta tarde: algún mensajero de última hora con material de imprenta, un cliente despistado o simplemente su equipo de seguridad haciendo el cambio de turno.
Continuó trabajando en silencio. Mientras tanto, en la entrada principal del estudio, la recepcionista levantó la vista de su pantalla y se quedó de piedra, olvidando por completo la frase que estaba a punto de escribir.
Literalmente.
El hombre que acababa de cruzar la puerta de cristal parecía haber sido arrancado directamente de una campaña publicitaria de alta costura parisina.
Era alto. Ridículamente alto. Sus hombros anchos apenas parecían caber con comodidad en la chaqueta oscura que llevaba abierta sobre una camiseta sencilla. Tenía el cabello rapado, y unos ojos tan azules como el mar, esos ojos recorrieron el vestíbulo con una curiosidad brillante y pícara.
A su paso, el ambiente del estudio pareció sufrir una extraña distorsión. Una maquilladora que organizaba sus brochas dejó caer un pincel al suelo. Uno de los asistentes de iluminación chocó torpemente contra el respaldo de una silla de oficina al intentar no perderlo de vista. Incluso un cliente que revisaba un contrato en una mesa cercana levantó la cabeza de golpe. Era imposible no hacerlo.
Aslan poseía esa clase de magnetismo animal e innato que no requería de esfuerzo alguno para hacerse notar. No era que intentara llamar la atención; simplemente, el espacio a su alrededor parecía moldearse para encajar con su presencia.
La recepcionista tardó unos segundos más de lo profesionalmente aceptable en recuperar el habla.
—¿Puedo... ayudarte en algo? —preguntó finalmente, aclarándose la garganta.
Aslan se detuvo frente al mostrador y le regaló una sonrisa sumamente cordial. Grave error, la pobre mujer olvidó el mecanismo básico de la respiración durante tres segundos enteros.
—Busco a alguien —respondió el Alfa Real, con una voz baja y melodiosa.
—Oh —fue todo lo que la recepcionista logró articular. Aslan contuvo una risa divertida, intentando ser respetuoso— ¿Trabaja aquí? —preguntó, recuperando un poco la compostura.
—Algo así —dijo él, apoyando un brazo sobre el mostrador de recepción con total naturalidad.
—¿Eres modelo? —inquirió la mujer, analizándolo de arriba abajo con ojo clínico—. Porque si no estás firmado con ninguna agencia, déjame decirte que estás perdiendo el tiempo. Deberías serlo.
Una asistente de vestuario que pasaba por el pasillo con un perchero lleno de ropa se detuvo en seco, asintiendo con absoluta solemnidad.
—Definitivamente —secundó la asistente.
—Cien por ciento de acuerdo —añadió otra voz desde el fondo.
Aslan soltó una carcajada limpia y sincera que resonó con calidez en el vestíbulo.
—No, solo soy un estudiante universitario.
—Qué desperdicio de genes —suspiró la recepcionista dramáticamente, ganándose una sonrisa aún más brillante del híbrido—. En fin, ¿a quién buscas exactamente?
—A una fotógrafa.
Los ojos de la mujer brillaron con una chispa de astuta comprensión.
—¿Alta? —preguntó.
—Sí —asintió Aslan.
—¿Hermosa?
—Mucho.
—¿Con un carácter que podría congelar el mismísimo infierno si la miras mal?
Aslan ensanchó su sonrisa, sus ojos azules destellando con pura diversión.
—Muchísimo.
La recepcionista sonrió de vuelta, visiblemente entusiasmada.
—Ah. Ya sé perfectamente de quién estás hablando.
—Sospechaba que la descripción sería suficiente —admitió él.
—Ven conmigo.
La mujer tomó una tarjeta de acceso magnética de su escritorio y salió de detrás del mostrador con paso decidido.
A medida que avanzaban por los pasillos interiores del estudio, varias cabezas se giraron a su paso. Era evidente para cualquiera que trabajara allí que aquel chico no pertenecía al mundillo superficial de la moda, pero al mismo tiempo se movía con una seguridad tan aplastante que parecía el dueño del edificio.
—¿Eres el novio de la señorita Arlet? —le preguntó la recepcionista mirandolo de reojo, incapaz de contener la curiosidad.
La pregunta directa hizo que Aslan se atragantara ligeramente con su propia saliva. Soltó una tos rápida antes de responder.
—No.
—¿Pretendiente?
—Tampoco —dijo, aunque una chispa de travesura cruzó por su mirada.
—¿Un ex que viene a pedir perdón con esa cara de ángel?
—Definitivamente no.
—Qué extraño —murmuró la mujer mientras doblaban una esquina.
—¿Por qué?
La recepcionista se detuvo antes de entrar a la zona de edición principal y le sonrió con picardía.
—Porque llevo tres años trabajando aquí y es la primera vez que veo a un hombre venir a buscarla en persona al estudio. Y créeme, candidatos no le faltan. —le contó y aquello le gustó a Aslan. Le gustó muchísimo más de lo que lógicamente debería haberle gustado— Llegamos —anunció, señalando con la barbilla hacia el fondo del espacio abierto.
Arlet seguía sentada frente a la enorme pantalla de edición, completamente ajena al revuelo que se había formado a pocos metros de distancia. Su largo cabello oscuro caía en cascada sobre uno de sus hombros mientras utilizaba el lápiz óptico con movimientos precisos. La luz azulada del monitor iluminaba de perfil sus facciones perfectas.
Aslan se detuvo en seco, simplemente observándola. Hermosa, pensó. Parecía que el universo se deleitaba en recordarle constantemente lo afortunado y lo jodido que estaba por estar atado a ella.
La recepcionista siguió la dirección de su mirada y dejó escapar un suspiro de disimulada simpatía.
—Sí... ya veo cuál es el problema —comentó en voz baja.
Aslan desvió la vista hacia ella por un segundo, curioso.
—¿Qué problema?
—Que, si yo fuera tú, también habría cruzado todo Londres solo para verla un minuto. Buena suerte, chico. La vas a necesitar.
—Gracias por la escolta —murmuró el hibrido con una risa suave.
La mujer se alejó con paso elegante, dejándolos solos. Bueno, todo lo solos que podían estar en un espacio donde tres asistentes y un editor de repente habían encontrado un enorme interés en ordenar carpetas vacías a menos de cinco metros de ellos, con los oídos bien abiertos.
Aslan avanzó un par de pasos, permitiendo que sus botas resonaran suavemente contra el suelo pulido.
El vínculo reaccionó al instante, enviando una pulsación cálida y vibrante a través del pecho de Arlet.
Ella lo sintió de inmediato, su espalda se tensó bajo la fina tela de su blusa. Sus dedos, que sostenían el lápiz digital, se congelaron a milímetros de la tableta de dibujo. Con una lentitud casi agónica, como si estuviera intentando convencerse de que todo era una alucinación producto del cansancio, Arlet giró la cabeza y levantó la vista.
Allí estaba.
Apoyado con una postura peligrosamente relajada contra una mesa de madera rústica, con las manos hundidas en los bolsillos de su chaqueta y una sonrisa ladeada que derrochaba una confianza absoluta.
Arlet cerró los ojos con fuerza. Contó mentalmente hasta cinco, respirando hondo. No funcionó. Cuando volvió a abrirlos, él seguía exactamente en el mismo lugar, mirándola como si no hubiera ningún otro sitio en el mundo donde prefiriera estar.
—No —dijo ella con voz gélida y la sonrisa de Aslan se ensanchó aún más.
—Hola, preciosa.
—No —repitió Arlet.
—A mí también me alegra muchísimo verte de nuevo.
Arlet soltó el lápiz óptico sobre la mesa, produciendo un chasquido seco que hizo que los asistentes cercanos dieran un respingo.
—¿Cómo demonios has encontrado mi estudio?
—Caminé contigo esta mañana, ¿recuerdas? —respondió, encogiéndose de hombros con inocencia—. No es muy difícil seguir el rastro de alguien que camina como si fuera la dueña de la ciudad. Además, tu firma emocional es bastante... radiante.
Arlet recordó con una punzada de rabia que, efectivamente, había permitido que la acompañara durante varias calles esa mañana. Se prometió mentalmente no volver a ser tan descuidada.
—Vete —ordenó, cruzándose de brazos.
—Qué recibimiento tan hostil. Y yo que pensaba que los vampiros de la alta sociedad eran más hospitalarios.
—Vete, Aslan. —ordenó de nuevo, mirando a su alrededor.
—Todavía no.
—Vete.
—No, todavía no, Arlet.
A un lado del set, dos de los asistentes de fotografía compartieron una mirada de absoluto deleite, mordiéndose los labios para no soltar una carcajada. La tensión dramática en el estudio era mejor que cualquier serie de televisión.
Arlet les dirigió una mirada tan afilada y cargada de advertencia que ambos hombres regresaron instantáneamente a sus tareas, fingiendo una concentración extrema en pantallas que estaban completamente apagadas.
Aslan dio un paso más, reduciendo la distancia entre ambos.
—Solo vine a comprobar una cosa —dijo, bajando el tono de voz para mantener la intimidad del momento.
—¿El qué? —preguntó, entrecerrando los ojos con desconfianza.
—Que sigues siendo igual de hermosa al final de tu jornada laboral.
Arlet volvió a cerrar los ojos, esta vez con pura resignación. Si los mantenía abiertos, corría el riesgo real de perder el control de su compostura y lanzarle la pantalla de edición directamente a la cabeza. Pero lo peor de todo no era su atrevimiento. Lo peor era lo que venía del otro lado del lazo.
A través del vínculo, una marea de pura, genuina y cálida felicidad la inundaba sin pedir permiso. Podía sentir el júbilo honesto de Aslan por el simple hecho de estar allí, de pie en su estudio, contemplándola. Para él, estar a su lado era la cosa más natural del mundo y contra esa calidez, Arlet no tenía ningún escudo que funcionara…