Sonrojo
—Aslan. —dijo abriendo los ojos centellando en escarlata, como una amenaza.
—¿Sí, preciosa? —preguntó el Alfa Real encantando con el color de sus ojos, por supuesto para él no era ninguna amenaza.
—Vete.
—No.
Arlet cerró la tapa del portátil con una lentitud deliberada, permitiendo que el chasquido del plástico sirviera como un precario dique de contención para el impulso de arrojárselo a la cabeza. Apenas habían transcurrido veinticuatro horas desde que aquel hombre había irrumpido en su espacio, y ya contemplaba la posibilidad del homicidio no como un crimen, sino como una simple medida de higiene mental.
—¿No tienes nada mejor que hacer? —preguntó la vampira controlando la vibración de su voz.
—Tengo una lista interminable de deberes —replicó sin moverse un milímetro—. Pero ninguno promete ser tan entretenido como desquiciarte.
La sonrisa que acompañó sus palabras fue de una franqueza tan descarada que Arlet sintió una punzada física de irritación. Y algo más. Un calor sutil e imprevisto que amenazaba con romper la quietud helada que solía reinar bajo su piel.
—¿No tienes clases? —cuestionó mientras sus ojos volvían a su azul trasparente habitual.
—Terminaron hace una hora.
—¿Amigos con los que perder el tiempo?
—Aún no he seleccionado a las víctimas. —respondió con descaro.
—¿Tareas pendientes?
—Es el primer día del semestre, Arlet. Nadie es tan cruel.
—¿Familia a la que molestar?
—A miles de kilómetros de distancia. Así que estás atrapada conmigo.
Arlet apretó los dientes, sintiendo la dureza de sus propios colmillos rozar el interior del labio.
—No soy un pasatiempo, Aslan.
—No, no lo eres —coincidió, y su tono descendió un octavo, perdiendo parte de su ligereza—. Eres una obsesión de una categoría completamente diferente.
—¡Aslan! —exclamó.
Él soltó una carcajada limpia, un sonido que pareció reverberar en las paredes del estudio de fotografía. Antes de que ella pudiera articular una sola palabra de protesta, el muchacho arrastró una silla de madera y se sentó justo frente a su escritorio. Lo hizo sin pedir permiso, desprovisto de cualquier atisbo de vergüenza o del más elemental instinto de supervivencia. Se acomodó en el asiento con la soltura de quien se sabe dueño de la habitación: dejo la mochila en el piso, cruzó una pierna, apoyó un brazo sobre el respaldo y la contempló con una fijeza desconcertante.
—Mucho mejor —declaró.
—¿Se puede saber qué estás haciendo?
—Sentándome.
—Eso puedo verlo por mí misma.
—Entonces tu pregunta era un recurso retórico para ganar tiempo. —señaló con una sonrisa descarada.
—Te estoy echando. —declaró Arlet fulminándolo con la mirada, intentando que la frialdad de sus ojos azules fuera suficiente para congelarlo en el sitio.
—Y yo estoy ejerciendo mi derecho a ignorarte, Inyanga (Luna).
—No puedes irrumpir en mi lugar de trabajo y pretender quedarte aquí como un mueble.
—Acabo de demostrarte que sí puedo.
—Aslan.
—Arlet Carter. —dijo mirándola con los ojos entrecerrados.
El silencio se desplomó entre los dos, denso y repentino. La vampira se quedó completamente inmóvil. En su pecho, la ausencia de latido acentuaba la fijeza de su postura. Sus ojos se entrecerraron apenas, buscando alguna grieta en la fachada del intruso.
—¿Cómo has dicho? —inquirió, con una voz que había perdido toda calidez.
La sonrisa de Aslan se transformó. Se volvió más lenta, cargada de una satisfacción casi felina.
—Arlet.
Ella experimentó una extraña tensión en la boca del estómago, un eco de una alerta antigua.
—¿Quién te ha dado mi nombre completo?
—Nadie.
—Entonces...
—Tengo buen oído. Lo escuché hace unos diez minutos.
Arlet giró la cabeza con una parsimonia casi amenazante hacia el pasillo lateral. Al fondo, a través del cristal de la oficina de revelado, distinguió a una de sus asistentes escapando a paso apresurado, con la urgencia de quien acaba de comprender que su esperanza de vida se ha reducido drásticamente.
Aslan leyó la transición de sus pensamientos con una diversión que no se molestó en disimular.
—Arlet Carter —repitió el nombre una vez más, saboreando las consonantes como si se tratara de un licor caro—. Es un nombre precioso. Te queda bien.
—No te he dado permiso para usarlo.
—Ahora que lo conozco, no pienso dejar de pronunciarlo.
—Inténtalo y verás lo que ocurre.
—¿Es una promesa o una amenaza?
—Es una advertencia.
Arlet abrió el portátil de golpe, decidida a levantar una muralla digital entre ambos.
—Voy a trabajar —anunció, fijando la vista en la pantalla.
—Perfecto. Te observo. —dijo relajándose.
—Y voy a ignorarte por completo. —le advirtió.
—Me parece un desafío excelente.
—No pienso dirigirte la palabra.
—Veremos cuánto duras.
—Ni siquiera voy a mirarte.
—Eso es mentira. —contradijo y aquello fue demasiado para la vampira que levantó la cabeza de inmediato, con las pupilas dilatadas por la indignación.
—¿Perdón?
—¿Lo ves? —inquirió apoyando la barbilla en la palma de la mano, con los ojos dorados brillando bajo la luz del estudio— Ya has roto tu propia regla. Me estás mirando.
—Te miro porque eres la criatura más exasperante que ha pisado este edificio.
—Me miras porque te gusto. —la contradijo con descaro.
—Estás delirando.
—Puedo oler tus mentiras, Arlet. —declaró con una sonrisa triunfante.
La frase suspendió el aire en los pulmones de la vampiresa. Se congeló, con los dedos suspendidos sobre el teclado.
—¿Qué has dicho?
—Lo que has oído. Huelo cuando mientes.
—Eso es físicamente imposible.
—No para mí, no para los de mi especie —Aslan se inclinó hacia delante, invadiendo el espacio personal que ella protegía con tanto celo. Su aroma la asaltó sin piedad—. Mientes constantemente. Lo haces para protegerte, pero es un escudo bastante defectuoso.
—Yo no miento.
—Acabas de hacerlo de nuevo.
Arlet sintió que el hilo de su paciencia, normalmente indestructible tras décadas de existencia, se rompía.
—¿Y se puede saber en qué estoy mintiendo exactamente, según tu vasto conocimiento de mi psicología?
—Veamos. —dijo ladeando la cabeza, adoptando un aire de fingida reflexión— Mientes cuando aseguras que te molesta mi presencia.
—Me molesta. De hecho, me agota.
—Mentira. —la contradijo mientras la señalaba con la mano— Llevas cinco minutos observando el reflejo de mi rostro en la pantalla en lugar de editar la imagen que tienes abierta.
Arlet abrió la boca para rebatirlo, pero la verdad la golpeó antes de que pudiera formular una excusa. Él tenía razón. Maldito fuera.
—Y también mientes —continuó Aslan, bajando la voz a un susurro que parecía vibrar en la madera del escritorio— Cuando dices que deseas que me marche.
—Deseo que te trague la tierra.
—Tu cuerpo dice lo contrario.
—Mi cuerpo no dice absolutamente nada. —dijo entre dientes.
—Oh, claro que sí. Dice cosas fascinantes. Dice que estás nerviosa. Que te intrigo. Y que, a pesar de todo ese hielo que intentas proyectar, me encuentras condenadamente atractivo.
—¡No!
—Y que has pensado en mí más de lo que estás dispuesta a admitir en voz alta.
—¡He dicho que no!
—Y que te mueres por saber qué pasaría si me acerco un poco más.
El silencio subsiguiente no fue solo la ausencia de ruido; fue un vacío absoluto que pareció succionar el oxígeno de la habitación. Nadie en los últimos treinta años se había atrevido a hablarle con semejante descaro, desnudando sus reacciones con una seguridad tan aplastante.
Y entonces ocurrió lo imposible.
Arlet sintió una oleada de calor que nació en el centro de su pecho. Era una sensación extraña, casi dolorosa, como el despertar de un miembro que ha estado dormido durante demasiado tiempo. El flujo sanguíneo, comenzó a subir a presión por su cuello, extendiéndose como un incendio forestal por sus mejillas.
Aslan parpadeó una, dos veces. Sus ojos dorados, antes llenos de burla, se abrieron con una sorpresa genuina. La suficiencia desapareció de su rostro, reemplazada por una fascinación casi reverente.
—No puede ser —susurró Arlet, desconcertada por la súbita oleada de calor que le nublaba la vista, frunció el ceño.
—Te estás sonrojando.
—No digas estupideces. —dijo, aunque su rostro estaba tan rojo con un tomate maduro, de esos que comía en el verano de Italia.
—Arlet... te estás sonrojando de verdad.
Ella se quedó de piedra. Alrededor de ellos, el murmullo habitual del estudio se extinguió de golpe. El silencio ahora era de pánico. Un asistente dejó caer una carpeta de pruebas fotográficas que se desparramaron por el suelo con un sonido seco. Una de las estilistas se llevó la mano a la boca, ahogando un grito de asombro.
—¿Es lo que creo que es? —susurró alguien al fondo.
—¿Se ha puesto roja? ¿Eso es biológicamente posible para nosotros?
—Ella es una vampira nacida de una humana, seguramente si puede hacerlo, bueno evidentemente puede hacerlo. —dijo otro más.
Arlet desvió la mirada hacia el espejo de marco dorado que colgaba en la pared lateral del estudio. Lo que vio la dejó sin aliento. Su reflejo, habitualmente de una palidez aristocrática, mostraba un rubor encendido, violento, del color de los tomates maduros.
—¿Qué demonios...? —murmuró, tocándose la mejilla templada con dedos trémulos.
—Esto es absolutamente maravilloso —la voz de Aslan vibró con una delicia casi infantil.
—Cállate. No digas una sola palabra más.
—Es lo más hermoso que he visto en toda mi vida. —declaró sin inmutarse.
—Aslan, te lo advierto...
—¿Sabías que tu cuerpo podía hacer eso?
—No —admitió ella, con la voz rota por la confusión.
—Pues me alegro de haber sido el primero en provocarlo. Creo que ahora me gustas el doble.
—Voy a acabar contigo.
—Lo sé —dijo el Alfa Real, sin dejar de mirarla con devoción—. Pero ha valido la pena cada segundo.
Arlet cerró los ojos, respirando un aire que no necesitaba, mientras sentía las miradas incrédulas de toda su plantilla clavadas en su nuca. Para una criatura como ella que nunca en sus tres décadas de vida habia mostrado algo asi, aquel rubor no era solo un síntoma de vergüenza; era sin duda algo nuevo.
Le bastaron tres segundos exactos para trazar un plan de retirada.
Tres segundos bajo el fuego cruzado de los cuchicheos mal disimulados de sus empleados. Tres segundos sosteniendo la mirada insoportablemente triunfante de Aslan, y tres segundos asimilando que aquel estúpido calor seguía latiendo rebelde en sus pómulos.
—Se acabó —declaró, levantándose de la silla con toda la dignidad que pudo reunir.
—¿Mi visita? —cuestionó Aslan ladeando de nuevo la cabeza, como un cachorro divertido por el repentino despliegue de energía.
—Mi paciencia. Y mi jornada laboral —corrigió la vampira, colgándose el bolso de cuero al hombro—. Nos vamos.
La sorpresa cruzó fugazmente los ojos del híbrido que habían vuelto a su color azul habitual, antes de dar paso a una complacencia peligrosa.
—¿Me estás echando de tu estudio para llevarme contigo? Eso ha sido lo más romántico que me has dicho hoy. —dijo poniéndose de pie.
—No te confundas. Solo te saco de aquí antes de que provoques un incidente con mis fotógrafos —replicó Arlet, dándole la espalda para ocultar que el rubor amenazaba con reavivarse—. Camina.
—A tus órdenes, Inyanga (Luna). Sabía que no te resistirías a invitarme a salir.
—No es una cita —masculló, cruzando el estudio a zancadas elegantes, ignorando deliberadamente cómo sus asistentes fingían estar sumamente interesados en enfocar cámaras apagadas y ordenar cables ya ordenados.
Atravesaron el vestíbulo hasta la zona de los elevadores privados. Al deslizar su tarjeta de acceso, las puertas metálicas se abrieron de inmediato, ofreciéndoles un refugio temporal. El silencio que se instaló entre ellos al cerrarse las puertas fue breve; Aslan parecía padecer una alergia crónica a la ausencia de ruido.
—Tengo una duda de carácter puramente científico —comenzó, apoyando un hombro contra la pared del cubículo de acero.
—Qué novedad. Adelante. —dijo Arlet manteniendo la vista fija en los números digitales que descendían lentamente.
—¿Los de tu especie comen comida normal? Es decir... ¿pizza, hamburguesas, helado? ¿O las películas nos han mentido con un exceso de drama gótico?
La vampiresa suspiró, permitiendo que la rigidez de sus hombros disminuyera un milímetro.
—Las películas son absurdas. Comemos, sí. El sistema digestivo de un vampiro es como el de cualquier humano.
—Qué decepción —Aslan chasqueó la lengua, fingiendo una desolación infantil—. Me hacía ilusión la idea de que te alimentaras únicamente del pavor y las almas en pena de tus enemigos.
Arlet puso los ojos en blanco, incapaz de contener una pequeña mueca de ironía. El ascensor continuó su descenso. El espacio, reducido y carente de corrientes de aire, comenzó a llenarse con la presencia física de Aslan. Para Arlet, cuyos sentidos refinados registraban cada detalle del entorno, estar allí encerrada con él era una prueba de resistencia. Podía percibir el calor abrasador que emanaba de su cuerpo, una temperatura demasiado elevada para un humano común, propia de su naturaleza mestiza y ese olor a bosque húmedo y sol africano que desbarataba su compostura.
—Aunque —añadió Aslan, deslizándose un paso más cerca, su voz adquiriendo un matiz denso y sugerente— siempre podría ofrecerte una alternativa mucho más nutritiva. Mi sangre.
La insinuación golpeó a Arlet con la fuerza de un impacto físico. Se volvió hacia él, con los ojos entornados y la voz cargada de una advertencia letal.
—¿Qué has dicho?
—Lo que oyes. Es joven, caliente... y apuesto a que ridículamente deliciosa para alguien con tu paladar. Solo intento ser un buen invitado. —dijo regalándole un guiño coqueto.
—¿Siempre dejas que tu boca corra más rápido que tu cerebro, o hoy es una ocasión especial?
—Solo cuando estoy cerca de ti —admitió, y por primera vez, el brillo de burla en sus ojos dio paso a una intensidad brutal, casi magnética—. ¿Vas a decirme que no te tienta?
Arlet apretó los puños, obligándose a sostenerle la mirada sin titubear.
—No necesito tu sangre, Aslan. Ni ahora, ni nunca. No tengo la menor intención de marcarte.
La frase escapó de sus labios antes de que su mente lógica pudiera levantar una barrera.
El silencio que siguió a sus palabras fue casi sólido, solo interrumpido por el sutil zumbido del motor del ascensor. Arlet sintió que el frío habitual de su naturaleza regresaba para congelarle las entrañas. Acababa de pronunciar la palabra prohibida.
Marcar . El concepto más íntimo y definitivo del vínculo de apareamiento, un pensamiento que había intentado sepultar desde el instante en que sus miradas se cruzaron.
Aslan se quedó completamente inmóvil. La ligereza desapareció de su postura, sustituida por una rigidez felina. Una sonrisa lenta, cargada de un triunfo salvaje, se dibujó en sus labios al comprender el peso de lo que ella acababa de admitir de forma inconsciente.
Había pensado en ello. Había contemplado la idea de reclamarlo.
—No pongas esa cara —siseó ella, dando un paso atrás hasta chocar contra la pared del ascensor.
—¿Qué cara? ¿La de un hombre que acaba de descubrir que su compañera sueña con morderlo?
—La de un imbécil insoportable. No he querido decir eso. Fue una simple observación general.
—Claro. Una observación sumamente específica sobre mi cuello.
Arlet dejó escapar un gruñido bajo, un sonido puramente territorial que habría hecho retroceder a cualquier ser sobrenatural, pero Aslan, sin embargo, pareció deleitarse con la amenaza. En lo profundo de su pecho, la dualidad de su naturaleza reaccionó de inmediato. El lobo, ansioso por el reconocimiento, comenzó a dar vueltas de pura satisfacción; el león, dominante y posesivo, rugió en silencio ante la perspectiva de sumisión de su compañera. Ambas bestias reclamaban lo mismo: a su Luna. Aquel instinto primario era tan avasallador que Aslan tuvo que clavar las garras en sus propias palmas para no acortar la distancia y atraparla contra el metal.
—Bueno —dijo finalmente, con una calma que a Arlet le pareció sospechosamente artificial—, si te preocupa tanto el protocolo de las marcas, siempre podemos hacerlo al revés. Podría marcarte yo a ti.
—¿Perdón? —dijo Arlet con las pupilas dilatándose hasta casi borrar el azul de su iris.
—Solo digo que mi marca te quedaría excelente, sobre esa piel de porcelana... Sería magnífico.
—No vas a poner un solo diente sobre mí, mestizo.
—Ni siquiera me has dejado terminar la propuesta. Podría ser muy cuidadoso. Excepcionalmente delicado.
—¡Aslan!
La carcajada del híbrido, rica y vibrante llenó el cubículo justo cuando el ascensor emitía un suave pitido, anunciando la llegada al lobby del edificio.
Las puertas se abrieron, pero Arlet tardó un segundo en moverse. Su pecho, habitualmente imperturbable, experimentaba el eco sutil del vínculo que se tensaba y aflojaba al ritmo de las risas de Aslan. Y lo peor de todo, lo que realmente la aterrorizaba, era que cada vez le resultaba más difícil convencerse a sí misma de que odiaba a su compañero por destino…