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Episodio 9: Elegante retirada

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Episodio 9: Elegante retirada

Pandora, un par de días después…

Me dolía cada parte de mi cuerpo, principalmente, la vagina.

¿Cómo un hombre podía follar tanto? Me tenía como piñata en cumpleaños, a punta de palo.

Estaba un poco enojada conmigo misma, por rechazar durante tanto tiempo el sexo. Aunque, en mi defensa, no tenía el conocimiento de que coger fuera tan divino.

Sin embargo, saber eso no me ataba al macho que yacía profundamente, dormido en la cama.

Había monitoreado las noticias, aunque, seguían intrigados por la pelirroja que había entrado con él a su habitación, pero la noticia había perdido su intensidad. Había otros temas captando la atención del mundo.

La vida había seguido su curso y yo debía hacerlo también.

Era hermoso estar dentro de esta burbuja de sexo y fantasía, pero necesitaba regresar a la realidad y afrontar todo.

Salí del baño y con cuidado de no despertar a la bestia, abrí mi equipaje y empecé a vestirme.

Irónicamente, estar vestida era incómodo, me quité el pantalón y me puse un vestido. No solo por lo cómodo, sino porque dejaba a mi adolorida vagina en libertad.

Me daba mucha tristeza que, no hayan encontrado a Sombra, pero era una gatita callejera con miedo a los humanos, así que, tampoco era de extrañarse que nadie la haya visto.

Igual, tenía pensado dar una vuelta por el hotel, principalmente, cerca de la cocina y el lugar de desechos, con suerte, Sombra me vería y vendría a mí.

—¿Qué haces? —gruñó Nixon sentándose en la cama.

—Es momento de marcharme —murmuré sintiendo nostalgia.

Me crucé de brazos esperando que se levantara de la cama, golpeara su pecho y dijera algo para evitar que me fuese.

—¿Ya tienes un plan? —indagó bastante sereno.

—Sí —mentí.

La verdad, mi plan más sólido era comprarme un móvil y buscar una habitación en alquiler, mientras, me quedaría en un hotel más barato.

—No mientas —murmuró el Diablo y lo observé arrugando la frente.

¿Cómo sabía que mentía?

»Nadie te está pidiendo que te vayas —me aclaró, llevó las manos a su cabello y se desató la cola que lo sujetaba en lo alto de su cabeza.

Joder, era por mucho el hombre más sensual que había visto en mi vida.

De hecho, su aspecto me recordaba a esos vikingos todos rudos y salvajes. Así con exactitud era mi Diablo.

—Lo sé, pero debo hacerlo —concluí terminando de arreglarme.

—¿Debes hacerlo? —cuestionó Nixon atravesándome con la mirada.

—Mira, fue divertido, pero al final del día, no dejamos de ser un par de desconocidos.

—¿Crees que debemos conocernos más de lo que ya lo hemos hecho?

Suspiré, este hombre era imposible. Pero, a él, su actitud arrogante y despreocupada, le funcionaba.

—Tenemos varios días aquí y todo lo que sé de ti es que: te gusta follarme, adoras mis pecas y el olor de mi vagina. —No tenía quejas sobre sus preferencias, pero necesitaba saber más cosas antes de decidir si me quedaba o no.

—Es todo lo que debes saber —sentenció Nixon sin cambiar de postura.

—Ese es mi punto, no nos conocemos lo suficiente como para compartir más información que la superficial y está bien, porque no deseo enredarme con nadie.

Acomodé mi flequillo con mis manos y cerré mi maleta.

—Tengo algo para ti —comentó Nixon, su extraña serenidad estaba comenzando a ponerme nerviosa.

Lo observé levantarse de la cama, la sábana que cubría su desnudez cayó al suelo y este, con toda la seguridad que tenía en sí mismo, caminó por la habitación revelando su polla semi erecta.

Tragué saliva cuando ese perverso hombre pasó por mi lado, es que, hasta mi piel se erizó y mi vagina se contrajo.

Era una de las razones por la que debía poner distancia entre nosotros, no podía pasar la vida solo cogiendo. Bueno, si podía, pero no había trabajado tanto para terminar siendo la querida del Diablo.

Nixon fue hasta el armario y regresó con una pequeña bolsa de papel.

—Lamento haber dañado tu teléfono —afirmó y me dio un beso en los labios.

Fue un gesto sencillo, como si estuviera besando a la novia que se va al trabajo, pero al llegar la noche la vería de nuevo.

Abrí la bolsa y encontré una cajita dentro.

Saqué su contenido y encontré un teléfono de alta gama y de última generación.

—Gracias, aunque, no debiste hacerlo…

—Tienes mi número personal ya guardado —me interrumpió Nixon.

Asentí con una sonrisa, era claro que, su calma era solo una fachada.

—Adiós, Nixon. —Tomé mi maleta y salí de su habitación.

Era estúpido, pero me dolía más dejar este sitio que, haber dejado la casa donde llevaba varios meses viviendo.

Subí al elevador y toqué el botón del vestíbulo, dejaría mi equipaje en mi auto y regresaría a ver si lograba encontrar a Sombra.

Sacudí la cabeza cuando la sensación de tristeza apretó en mi pecho. ¿Qué rayos me pasa? Fueron solo unos días interesantes, pero ya había acabado.

Salí del hotel arrastrando mi maleta y viendo en cada dirección con la esperanza de encontrarme a Sombra, pero al llegar a mi auto, seguía sin señales de mi gatita.

Abrí el maletero y dejé mi equipaje de cualquier forma allí y regresé al edificio.

Estaba atravesando el vestíbulo cuando un hombre se detuvo frente a mí:

—¿Pandora?

Entrecerré los ojos analizando su rostro, tardé un poco, pero lo terminé reconociendo.

—Pascal, ¿cuánto tiempo sin verte? —Lo saludé con una enorme sonrisa.

—Hace mucho tiempo. —Sonrió y me abrazó con cariño—. ¿Te hospedas aquí?

Negué con la cabeza.

—Solo pasé la noche. —No era del todo mentira—. ¿Tú?

—Sí, me quedaré un par de días. —Pascal vio su teléfono y suspiró—. Debo irme, me encantó verte. Antes de irme me gustaría verte de nuevo e invitarte un café.

—Seguro —contesté.

Pascal sacó su tarjeta y me la dio, pero antes de poder tomarla. Otra persona lo hizo por mí.

—No tengo idea de quién crees que eres, pero ella es mi mujer y no le permito llamar a otro hombre que no sea yo —declaró Nixon, arrugó la tarjeta y la tiró al suelo.

—¿Qué pasó con Adam? —preguntó Pascal intercalando la mirada entre Nixon y yo.

—No es tu asunto —contestó Nixon furioso.

Antes de poder decir otra cosa, Nixon tomó mi mano y me arrastró hasta el área de ascensores.

—¿De dónde conoces a ese tipo? —indagó presionando su cuerpo contra el mío.

—Ese no es tu asunto —respondí y lo miré a los ojos.

Nixon tomó mi cara con su mano y apretó un poco.

—Todo lo que tenga que ver contigo es mi maldito asunto. —Se inclinó sobre mí y preguntó rozando mis labios—: ¿Quién es ese tipo?

—Fue un cliente.

—¿Cliente? —cuestionó presionando con fuerza su mano. Se acercó a mi boca y sujetó mi labio inferior con sus dientes—. Imposible, yo te acabo de desvirgar.

Mordió y sentí el sabor metálico de la sangre invadir mi boca.

—Eres un completo cavernícola —expresé, pero no era molestia lo que estaba sintiendo presionar mi vagina.

—No te quiero hablando con otro hombre —habló el Diablo y su voz se cargó de excitación.

—Soy una mujer soltera y puedo hablar con quien se me dé la gana —determiné.

Nixon soltó mi cara y con su dorso acarició mi mejilla:

—Si deseas creer que eres soltera bien, no necesito un título porque sé qué soy en tu vida.

—Eres un hombre con el que follé varias veces, pero te aseguro que, en poco tiempo, te olvidaré en brazos de otro hombre.

—Si crees que, metiéndote con otros hombres, podrás olvidarme, ve y coge con todos, pero cada persona que te toque está firmando su sentencia de muerte. —Sus dedos bajaron por mi cuerpo—. Dime. ¿Quién era ese tipo?

Suspiré.

No estaba segura dónde estaba metida o si deseaba salir de donde estaba. Pero, este hombre era bastante posesivo. ¿Sería algo pasajero o de verdad sentía lo que decía?

—Hasta hace unos días trabajé como diseñadora de interiores, pero fui despedida.

Nixon me miró y alzó una ceja:

—¿Tan mala eras?

—Por supuesto que, no. —Le pegué en el pecho—. Mi jefe era un idiota que quiso meterme en su cama, como no acepté me despidió por “recorte” de personal.

—¿Cuál fue esa empresa? —increpó Nixon en un tono de voz bastante aterrador. Abrí la boca para responder, pero él se adelantó—. No importa, ya lo sabré.

—Métete en tus asuntos —le exigí molesta.

—Si eso quieres… —Sentí la mano de Nixon subir por dentro de mi vestido.

—Nos van a ver —musité viendo a mi alrededor.

—Dulzura, solo mírame a mí. —Sus dedos irrumpieron en mi vagina y abrí la boca en un vano intento de negarme.

Pero, terminé gimiendo:

—Nixon…