Episodio 10: Un hasta luego
Pandora.La cabeza me daba vueltas y luchaba por mantener mi mente despejada; para recordar que, estaba entre dos columnas que estaban al fondo del área de ascensores.
Es decir: estábamos en un sitio transitado y poco privado.
Pero, por mucho que me resistiera, perdía la sensatez y dejándome llevar por el vaivén de los dedos del Diablo en mi interior.
Aunque, se sentía divino, estaba mal y debía ponerle un punto final a esto.
Nixon debió notar mis dudas, porque no solo hundió más sus dedos, sino que sus arremetidas se hicieron más consecutivas.
—Por favor —terminé suplicando moviendo las caderas con desespero.
Abrí los ojos, sorprendida por mi arrebato de lujuria.
«¿Qué demonios pasaba conmigo?», cuestioné topándome con la mirada del Diablo; sus pupilas estaban tan dilatadas que casi no se podía percibir el color azul de su iris.
—Deja de pensar y siente cómo te follo con mis dedos —ordenó Nixon.
Negué con la cabeza.
»Por favor, no te resistas —susurró Nixon enloqueciéndome.
Mi nivel de excitación era tan alto que, sentía mi piel arder bajo el rudo tacto del Diablo.
—Nixon —jadeé aferrándome a su camisa.
—Quiero sentir cómo te corres en mis dedos… ¿O prefieres córrete en mi polla?
«¡Tu polla!», gritó mi cabeza, pero de alguna forma, la sensatez se había abierto paso en mi camino y terminé diciendo:
—Para, debes parar.
El Diablo hundió sus dedos con fuerza, mientras su otra mano me tomó del rostro obligándome a verlo.
—Pararé cuando me regales un orgasmo —sentenció el Diablo.
—Por favor, debes parar —repetí en tono de súplica.
Obvio él no se detuvo, sino que aumentó el ritmo de sus movimientos. Mi respiración se volvió trabajosa, mi cuerpo estaba, completamente, entregado al placer de los dedos del Diablo, pero en lo más profundo de mi mente, estaba el hecho de que estábamos en un lugar público.
—¡Maldición, nos van a ver! —exclamé desesperada.
Aunque, no sabía si era para que se detuviera o para que me diera más duro.
—¿Qué nos observen te excita? —indagó Nixon con la voz ronca, se acercó y pasó su lengua por mi cuello, para terminar susurrando—. A mí me calienta que vean cómo te cojo.
Me tomó en sus brazos y me alzó del suelo, por instinto mis piernas rodearon su cuerpo. Haciendo que el vestido se subiera por mis muslos.
En un veloz movimiento, Nixon sacó su verga y me penetró con fuerza.
—Demonios, extrañaba estar dentro de ti —gruñó el Diablo hundiéndose con fuerza en mi interior.
Me tensé, pues, todavía no me adaptaba a su enorme tamaño. Por suerte, el Diablo era consciente de eso y siempre esperaba a que mi cuerpo estuviera listo para él.
Poco a poco, Nixon empezó a mover su pelvis, haciendo chocar mi espalda con la pared.
»Dulzura será un polvo rápido, pero de calidad.
Sus palabras me envolvieron como si fueran un escudo de protección; mordí su cuello para no hacer ruido y evitar ser vistos.
Me avergonzaba mi actitud, pero se sentía demasiado bien, tener su polla empujando dentro de mí.
Con las últimas actividades de estos días, mi vagina se sentía algo irritada, pero esa sensación lejos de desagradarme, me excitaba, incluso, más.
No sabía cómo el Diablo era capaz de penetrarme con tanta fuerza, pero no quería que se detuviera, al menos, no todavía.
—Me gusta lo caliente y apretada de tu vagina. —Nixon pegó su frente a la mía y siguió arremetiendo contra mí sin piedad.
Tampoco era que la quisiera o la fuera a reclamar.
Sin embargo, el estar aquí en un lugar público, con la polla del Diablo presionando en mi interior, era algo que, en realidad, lograba excitarme.
Cualquier cosa podía salir mal, pero aquí estaba perdida en la mirada de Nixon, mientras su verga entraba y salía de mi cuerpo, arrancando pequeños gemidos y griticos de placer.
Los labios del Diablo fueron a los míos y su lengua irrumpió en mi boca como un viejo amigo, ese que ansias ver y cuando llega no deseas que se marche.
Mi lengua salió a su encuentro y se unió a la danza de la pasión, era una batalla donde cada acción tenía una reacción igual o más contundente.
Mis manos subieron por el pecho de Nixon; se internaron en el cabello detrás de la cabeza y tiré con fuerza disfrutando del gruñido que lanzaba mi amante.
Entonces, sucedió…
Mi cuerpo se tensó preparándose para estallar y no era la única lista para correrse, pues, Nixon aumentó el ritmo de sus embestidas.
—Vamos, cerecita, déjame sentir cómo te corres —murmuró el vikingo del demonio.
—Sí, señor Diablo —gemí dándole rienda suelta al remolino en mi interior.
Cerré los ojos y dejé caer mi cabeza en el hombro de Nixon, perdida en las deliciosas contracciones de mi vagina.
Lentamente, mi respiración fue volviendo a la normalidad, con ella trajo la sensatez y la vergüenza.
Levanté la cara y vi a Nixon que, estaba sonriendo, pero no era una sonrisa que le hubiera visto antes, esta era diferente y se sentía diferente.
Con cuidado, Nixon me colocó en el suelo, al tiempo que, su mano apartaba el cabello pegado en mi frente.
—Cerecita… —Puse una mano en sus labios silenciando sus palabras.
—Me gusta follar contigo —confesé en voz alta—, pero, estoy saliendo de una larga relación y necesito tiempo para sanar. Tiempo para arreglar mis asuntos, ya sabes, poner todo en orden.
—No quiero renunciar a ti —dijo Nixon sujetando mi mano.
—No entiendo qué esperas de mí, pero no puedo dártelo. —Pasé las manos por mi vestido.
Evitaba pensar en dónde estaba y qué acababa de hacer, porque si lo hacía, sentía que, todos en el hotel, me habían visto follar con el Diablo y esa idea me asustaba.
»Necesito tiempo —mencioné con calma.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Nixon y sonó como si lo estuvieran regañando.
—No lo sé. —Me puse de puntitas y le di un casto beso en los labios—. Hasta luego, señor Diablo.
—Hasta pronto, cerecita. —Sujetó mi mano, pero no con fuerza, solo la tomó como una suave caricia.
Me alejé de Nixon sintiendo una presión en mi pecho, pero la ignoré y seguí caminando.
Fui al área de la cocina, pero por mucho que busqué, no logré dar con Sombra, lo que, me entristeció tanto que, varias lágrimas cayeron de mis ojos.
Caminé a la salida cabizbaja, viendo al suelo y casi arrastrando los pies.
¿Quién diría que venir a este hotel me cambiaría la vida?
—Hola, ¿todo bien? —me interceptó una chica.
Levanté la cara y vi a Roma frente a mí.
No iba con su traje de ejecutiva, sino con ropa deportiva.
—Casi no —revelé en un ataque de honestidad.
—¿Quieres tomar un café?
—Me gustaría, pero tengo muchas cosas por hacer y no quiero pasar más tiempo en el hotel —manifesté obligándome a no mirar para atrás.
—Vale, mira vivo a una manzana de aquí. ¿Prefieres beber algo en mi casa? —sugirió Roma.
—¿Es parte del servicio del hotel? —cuestioné viendo sus ojos color ámbar.
—Nop, pero pensé que te vendría bien una amiga.
—Amiga —mencioné con desagrado—. Ya no creo en el significado de esa palabra.
—Hay muchas palabras que pierden el significado, sobre todo, cuando la empleamos con las personas equivocadas. —Roma vio la hora en su reloj—. Mira, cuando llegué nueva a la ciudad, me hizo falta una amiga, pensé que era tu caso. Lamento si lo confundí todo.
—¿No eres de aquí? —pregunté avanzando con ella a la salida del hotel.
—No, soy de Londres, pero hace un año acepté la jugosa oferta laboral que me ofrecía el hotel y aquí estoy, esperando un increíble ascenso. —Sonreí ante el sarcasmo de Roma—. ¿Tú eres de aquí?
Me di cuenta de que ya habíamos salido del hotel, pero seguía caminando con Roma, ella parecía una buena persona y me agradaba su compañía.
—No, soy de un pequeño pueblo lejos de aquí. —Me rasqué la cabeza—. Aunque, me mudé a la capital para mejores oportunidades en la vida y terminé con un prometido infiel, con mi supuesta mejor amiga embarazada de mi ex y sin casa donde quedarme.
—Vaya, creo que, las desgracias nos persiguen —concluyó Roma deteniéndose frente a un edificio—. Aquí vivo. ¿Quieres la taza de café o damos la charla por terminada?
—Me tomaré esa taza de café.
Roma asintió y subimos por las escaleras hasta el sexto piso.
»¿Por qué no usamos el elevador? —pregunté cuando pasamos frente a uno en su piso.
—Porque soy una gorda en pausa —replicó Roma con honestidad.
—¿Qué? —cuestioné sin entender.
Roma se detuvo en la puerta de su departamento y suspiró:
—Cuando iba en el colegio estaba enamorada del chico popular. Sabía que, una chica como yo, jamás captaría su atención, pero cuando mis “amigas” sugirieron que yo le gustaba les creí. En una fiesta que daba él en su casa, subí a su dormitorio y me declaré. —Roma se quedó en silencio, se notaba que, todavía le dolía esa herida—. Él me rechazó de la manera más humillante del mundo. Al día siguiente, había fotos de mi cara en el cuerpo de un cerdito. Desde ese momento, no he parado de hacer ejercicio.
—¿Te rechazó por ser gorda? —pregunté con cautela.
—No lo sé, él siempre fue tan misterioso. —Roma abrió la puerta y me invitó a pasar—. La verdad, no tenía en claro cómo había llegado a ser el chico popular, pues, no era carismático. Incluso, evitaba todo contacto humano.
Abrí la boca para opinar, cuando escuché un maullido.
Bajé la cara y vi a Sombra.
—¡Sombra! —exclamé emocionada tomando a la pequeña gatita en mis manos—. ¿Cómo llegaste aquí?
—Lo siento, no sabía que era tu gata. —Roma acarició la cabeza de Sombra—. La encontré vagando en la cocina y me la traje a mi casa.
—Eso explica por qué no logramos encontrarla —comenté sintiendo a mi gatita ronronear.
—Iré montando el café —anunció Roma internándose en el departamento.
Observé el lugar, no era un lugar pequeño, de hecho, era bastante amplio y limpio.
Noté que, una isla dividía la cocina de la sala y que un pequeño pasillo llevaba a lo que parecía las habitaciones.
—¿Vives aquí sola? —pregunté dejando a Sombra en el suelo.
—Pues, ahora que te llevaras a la gatita, sí, vuelvo a vivir sola. —Roma se volteó y me miró—. Aunque, no estoy segura si me quedaré aquí.
—¿Por?
—Es un lindo departamento, pero la renta es algo elevada y casi no estoy aquí —explicó Roma con calma.
—Puedes conseguir un
roomie —le sugerí sonriendo—. Alguien que pague la mitad del alquiler y te ayude con los gastos del lugar.
Roma me miró y entrecerró los ojos:
—¿Ese alguien eres tú?
—Bingo. —Aplaudí varias veces—. Soy responsable, desempleada, pero con ahorros. No soy escandalosa y me gusta el orden.
Roma estiró la mano:
—Tenemos un acuerdo.
No estaba segura de qué me depararía el futuro, pero, al menos, había recuperado a Sombra y tenía un techo sobre mi cabeza.
Solo me faltaba encontrar un empleo.