Episodio 14: Estrategias ganadoras
Nixon.Solté un fuerte gruñido cuando las contracciones en la vagina de mi Cerecita me hicieron correrme.
Empujé todo lo que pude dentro de ella y me vacié en lo más profundo de su interior.
Pandora cayó sobre mi pecho con la respiración agitada, aparté su cabello de la cara y acaricié su espalda ayudándola a relajarse.
—Eso fue… —jadeó ella.
—Magnífico —concluí.
Mi Cerecita asintió con sus ojitos de almendra cerrados; bajé un poco la cara y la observé con detenimiento. Sus pestañas largas hacían sombra sobre sus pómulos, sus labios estaban ligeramente, separados; su nariz y mejillas pecosas estaban rojas por la actividad.
Me quedé en silencio sintiendo cómo la respiración de mi Cerecita se volvía profunda y calmada.
Me gustaba sentir su cabeza sobre mi pecho, su cuerpo sobre el mío.
Con cuidado de no despertar a Pandora, la acomodé en la cama y me levanté de ella.
Me quedé frente a ella viéndola dormir tan tranquila y mi corazón se aceleró.
Cerré los ojos y le di la espalda.
Estar cerca de ella me ponía más que nervioso, me asustaba que todo terminara como…
Apreté mis manos en un puño tan fuerte que mis nudillos se pusieron blancos.
Ella no era Celeste, ella no terminaría como ella, no lo iba a permitir.
Llené mis pulmones de aire y lo dejé salir lentamente. Me puse el pantalón y salí a prepararme un poco de café.
Al entrar a la cocina me topé con la compañera de Pandora, estaba en ropa deportiva y el olor asqueroso de su sudor me llegó a la nariz.
—No creí que fueran tan ruidosos —comentó y se sentó en la isla con una taza en la mano.
Me llevé la mano a mi boca y con los dedos tapé mi nariz.
»No estoy segura si lo sabes, pero ella no está pasando un buen momento…
—Lo sé —la interrumpí dando vuelta para regresarme a la habitación.
—No he terminado —me cortó ella.
—Yo sí.
Ella apareció frente a mí y la miré con odio.
—¿Eres de esos cretinos que se aprovechan de las mujeres vulnerables y luego las botan? —cuestionó cruzándose de brazos.
Me alejé de ella todo lo que pude, pero ni estando del otro lado de la cocina dejaba de detectar el olor apestoso de su sudor.
Ella avanzó un paso y estiré la mano para detenerla:
—Por favor, no te acerques —pedí mordaz—. No te debo explicaciones a ti, pero si te deja más tranquila, no es mi intención jugar con Pandora.
—Más te vale, porque de lo contrario… —Ella aplastó su puño en la palma de su mano.
Quizás su intención era asustarme, pero me dio risa verla hacer su mejor esfuerzo para intentar intimidarme para solo verse como una niña malcriada.
—Admiro que, con tan poco tiempo conociéndola tengas tanto valor para defender a Pandora, pero, lo único que me asusta es que no uses desodorante para hacer ejercicio. ¿Acaso tienes idea de lo mal que hueles?
La chica abrió los ojos y se olió las axilas.
—Es que… —Sus mejillas se pusieron rojas—. Pienso que es inútil usar desodorante, cuando al llegar me bañaré.
—Pues, no lo hagas más. —Clavé la mirada en ella—. Porque apestas.
—No huelo tan mal. —Una sonrisa se formó en su cara y no entendí, alzó los brazos—. Pandora necesita tiempo para superar su compromiso fallido. —Comenzó a caminar hacia mí—. ¿Acaso eres tan egoísta para no entenderlo?
Bajé la cara, con la tonta que tenía en frente, era la segunda mujer que me hablaba de eso del tiempo.
Tiempo era lo que debía recuperar con mi Cerecita y follarla cada hora del día.
—Entiendo el punto. —Fruncí el ceño, ella no olía a celos o envidia, tal vez, sí quería cuidar de mi Pandora—. Ahora ve a bañarte.
La mujer estiró su mano frente a mí y sonrió:
—Soy Roma.
—No te tocaré.
—Eres raro. —Roma se dio la vuelta y fue a la cafetera—. Para que no digas que soy cruel.
La puso en marcha y se fue.
En pocos segundos, el aroma a café flotó por la cocina y suspiré aliviado.
Era una maldición poder oler todo, en todo momento.
Me serví una taza de café.
Era muy tarde para retroceder en mi plan, ya era dueño de la empresa donde ella trabajaba y en cualquier momento la llamarían. Sin embargo, era un hombre que sabía mover sus fichas.
—Miau. —Escuché y sentí una bola peluda pasar entre mis pies.
—¿Qué no entiendes que te quiero lejos? —le dije al saco de pulgas empujándolo un poco con el pie.
—Miau.
—Vamos, piérdete, hueles a remojado.
—Miau.
—Vale… ¿Qué quieres?
El maldito gato pareció entender lo que le dije porque me llevó a la puerta del cuarto de Pandora.
—Miau. —Aruñó la puerta.
—Pasa y deja la lloradera, que si despiertas… —El gato entró sin prestarme atención y saltó a la cama con mi Cerecita y se hizo una bolita sobre la mano de ella.
Sonreí viendo el contraste del gato con mi Pandora.
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Pandora.Gruñí con pereza cuando escuché que tocaban el timbre del departamento.
«Jo, quien viene a fastidiar», pensé bostezando.
Abrí los ojos y me senté en el colchón alterada al recordar que, estaba esperando a los chicos de la entrega.
Quizás eran ellos y yo estaba… Levanté la sábana para contemplar que, en efecto, estaba completamente desnuda.
Salté del colchón, me puse una camisa, un pantalón y unas zapatillas.
Salí corriendo a la puerta y abrí.
Me quedé de piedra al ver a puras mujeres frente a mí.
—¿Eres Pandora Hewitt? —indagó una de ellas y yo solo asentí—. Lamento la demora, hubo cambio de planes en el último segundo.
—¿Podemos pasar? —preguntó otra chica con overol que sostenía una caja de herramientas.
—Por supuesto. —Sacudí la cabeza, me hice a un lado y les señalé mi cuarto—. Es allí.
Las chicas asintieron y empezaron a pasar llevando consigo, algunos de los muebles que había comprado ayer.
—Soy, Gabriela —se presentó la que debía ser la jefa.
—Un gusto. ¿Quieres agua, café o algo? —ofrecí cruzándome de brazos para disimular que no traía ropa interior.
—Por ahora, no. —Ella sonrió—. Pero, esto tomará tiempo, así que, puedes preguntar luego.
—Seguro. —Me aclaré la garganta—. Iré a… ver si la gallina puso.
Gabriela asintió y fue con sus empleadas.
Entré a la cocina por un poco de agua, en este momento no estaba segura si Nixon había estado aquí o solo lo había imaginado todo.
Fui a la nevera, pero me detuve al ver un sobre pegado a la puerta con un imán.
Decía mi nombre, así que, lo tomé y me senté.
“Buen día, mi Cerecita.Lamento no haberme despedido de ti, pero te veías tan hermosa, desnuda en la cama que, si me acercaba, aunque sea, a darte un beso te terminaría follando.Te di una tarjeta sin límite, pero por alguna razón no le has dado uso. Sin embargo, de no hacerlo, tendré que ir y castigarte.Sé que necesitas espacio y te lo daré, pero eso no incluye nuestras visitas nocturnas, seguiré entrando a tu cama y adorando tu cuerpo, siempre que pueda.Pórtate bien y recuerda que, eres mía.Todo tuyo, Nixon”Sonreí dejando la nota en la isla. Era algo tierno que se tomara el tiempo de escribirme una carta con su puño y letra.
—Vaya, hay un ejército de mujeres —comentó Roma entrando a la cocina.
—Vinieron a armar los muebles de mi cuarto —le expliqué viendo que no estaba con su habitual uniforme.
—¿Qué, ese trabajo no era hecho por hombres? —indagó ella.
—Es cierto, de hecho, creo que, es la primera vez que veo a mujeres hacer ese tipo de trabajo —comenté yendo por una tasa de café.
—Y te aseguro que lo hacemos mejor que muchos hombres —mencionó Gabriela entrando a la cocina—. Lo siento, nos las quise interrumpir, solo vine por algo de agua.
Roma señaló la nevera:
—Es curioso, pero al mismo tiempo gratificante ver a mujeres hacer un trabajo que estaba socialmente destinado a los hombres, y encima que lo hagan bien.
—Chica, me caes bien —dijo Gabriela tomando un par de botellas de agua—. En el ejército las mujeres no la tenemos tan fácil como los hombres.
Roma me miró y yo me encogí de hombros, sabía tanto como sabía ella.
—¿Ejército? —cuestioné.
Eso explicaba el uniforme y la seriedad con la que se presentaron, ahora entendía que, esos overoles, era más que un simple uniforme versátil y cómodo.
—Sí, pensé que sabías que éramos cadetes del ejército. —Gabriela miró a mi amiga, pero ella negó con la cabeza.
—¿Entonces, algunos chicos guapos vinieron con ustedes? —Roma se asomó por la entrada de la cocina, tratando de ver a un galán.
—No, para este trabajo, nos ordenaron, específicamente, no traer hombres.
Miré a mi roomie y alcé las cejas.
—¿Fue su novio? —indagó Roma.
—No es mi novio —alegué a la defensiva.
—Sí, fue su novio —confirmó Gabriela ignorando mi comentario.
Mi teléfono comenzó a sonar, pero no reconocía el remitente de la llamada. Levanté el dedo y apunté a ambas chicas.
—Debo atender esta llamada, pero él no es mi novio. —Acepté la llamada y me metí en el baño—. ¿Diga?
—¿Pandora? —preguntó una voz que me era conocida, pero no lograba ubicar.
—Sí, ¿quién me habla?
—Soy, Ennis…
—Mira, si es porque no he ido a buscar mis cosas —la interrumpí—. Iré a más tardar mañana.
—No es para eso que te llamo.
Fruncí el ceño.
«¿Qué más podría querer esa empresa conmigo?» Analicé en mi cabeza.
»El jefe quiere verte y hablar contigo —me informó Ennis con serenidad.
—No tengo nada que hablar con Jeff —le dejé en claro.
—No, Jeff ya no trabaja aquí.
—¿Ya no trabaja?
—Bueno, como ya sabes, hubo un despido masivo, su cabeza y la de muchos otros cretinos rodaron.
—Esa es una excelente noticia.
—¿Puedes venir hoy?
—Creo que, tengo chance en la tarde.
—Vale, te espero aquí a las 2.
—De acuerdo, a las 2 en tu oficina.
—Adiós, Pandora. —Ennis colgó la llamada y me quedé viendo el teléfono un par de segundos.
Esa llamada fue extraña, pero no lo más extraño que me había sucedido en lo que iba de día.
Regresé a la cocina con Roma y Gabriela.
—¿Todo bien? —preguntó mi roomie.
—No lo sé, me llamaron de mi antiguo empleo —le conté sentándome a su lado.
—Eso no es bueno —analizó Gabriela—. ¿O sí?
—No lo sé, dijeron que el jefe deseaba hablar conmigo. —Suspiré y apoyé mi cara en mi mano—. Pensaba ir a casa de mi ex a buscar el resto de mis cosas…
—Todavía podemos ir —me interrumpió Roma—. Cuando salgas de tu trabajo, yo te acompaño y llevo un bate.
Gabriela soltó una carcajada:
—No sé qué hizo, pero me apunto.
Sonreí y alcé una cerveza imaginaria.
—Salud por seguir avanzado.
Roma y Gabriela sonrieron y chocaron sus cervezas imaginarias con la mía.
No era muy fanática de los cambios, menos si eran tan radicales, pero estaba aprendiendo que, a veces, era mejor comenzar de cero.