Episodio 4: Señor Diablo
Pandora.Entré al night-club siendo muy consciente de lo corto de mi vestido. Del escote en mi espalda y de las miradas lascivas que, viajaban por mi cuerpo.
Tristemente, no había venido a conocer hombres, pasarla bien o reírme como idiota de sus chistes.
Vine a recoger los pedazos de mi corazón roto.
Caminé directo a la barra y me senté en uno de esos banquillos altos.
Una chica de cabello corto y oscuro, con aspecto roquero, se me acercó con un trago y me lo puso en frente:
—Oficialmente, has roto el récord de la bebida enviada por un hombre.
—Gracias, pero no la quiero —dije sin siquiera ver al idiota que, pensaba que, con un par de tragos, me llevaría a su cama—. Por favor, sírveme un whisky.
—¿Seco, o en las rocas? —Alcé las cejas sin tener idea de lo que me estaba preguntando—. ¿Lo prefieres con soda o con agua de coco?
—Seco —musité con inseguridad. La verdad no tenía idea de lo que estaba pidiendo, así que, me fui por lo que más conocía—. Mejor dame un tequila.
—Ok. —La chica puso un vasito frente a mí, lo llenó con un líquido transparente. Luego colocó un bote de sal y un plato con varias rodajas de limón.
La miré y maldije por no tener idea de lo que estaba haciendo.
»Ponte un poco de sal en la lengua, tomas el tequila y muerdes el limón —explicó la muchacha con gentileza—. No visitas estos lugares con frecuencia. ¿Verdad?
—Hoy es un día fuera de lo común. —Hice lo que me dijo y arrugué la cara sintiendo el líquido quemar mi garganta—. Otro, por favor.
—Parece que, no fue un gran día.
Me quedé en silencio observándola.
—No, no lo fue. —Bebí el siguiente trago agradecida por el picor.
—De acuerdo. —La muchacha llenó de nuevo la copita—. ¿Beberás algo más?
Exhalé lentamente el aire de mis pulmones.
—Margarita. —Puse mi teléfono en la mesa y agregué—. Sin importar qué, mantén mi copa llena.
La chica asintió, estaba por irse cuando añadí:
»Otro favor, rechaza todos los tragos que me envíen.
—Vale, tendré una noche ocupada. —Me regaló una sonrisa y se marchó.
Desbloqueé mi teléfono y me metí en mi galería de fotos.
Estaba realmente, dolida con todo lo que había pasado, pero en el fondo, muy en el fondo, estaba agradecida de cómo me enteré de todo.
En el supuesto caso de que Adam me hubiera confesado su infidelidad, lo hubiera tomado como un error humano y lo hubiera perdonado.
Pero, verlo cogiéndose a Molly, mi dizque mejor amiga, en mi cama y lo peor, dejarla embarazada, fue un golpe realmente duro de superar.
Lo más difícil era que mi corazón entendiera que, Adam nos había traicionado.
Pues, él realmente, fue bueno conmigo. Siempre me entendió y me apoyó.
Nunca me trató mal, ni me hizo sentir menos. Todo el tiempo fue comprensivo y respetuoso.
Maldita sea, creí que, entendería mi postura de llegar virgen al matrimonio y por eso se controlaría, cuando la realidad, era que, saciaba su necesidad de tener sexo con Molly.
Fui eliminando las fotos de mi galería, mientras bebía para soportar el dolor.
En un 80% de mis fotos salíamos los tres y no podía evitar preguntarme si para ese momento ya cogían.
¿Cuánto tiempo tenían viéndome la cara de idiota?
¿Solo follaban o también se contaban sus intimidades?
En un acto de completa impulsividad, seleccioné todas las fotos, videos y los borré.
—Te odio, maldito trozo de basura —le dije a la pantalla de mi teléfono donde una foto de nosotros estaba de fondo.
Entré a la configuración y la borré.
Bebí cada trago más rápido que el anterior y pronto sentí mi mente nublada.
Me levanté del banquillo y casi me caigo al suelo, pero en lugar de asustarme, solo me reí.
Con paso torpe me fui abriendo paso hacia la pista de baile y sin importarme las miradas que me seguían por el lugar, comencé a bailar.
Había pasado parte de mi vida queriendo pasar por desapercibida, deseando ser invisible. Incluso odiando parecerme a mi difunta madre.
Sin embargo, ser alta, pecosa y pelirroja, no me ayudó a pasar inadvertida.
Que me pusieran toda clase de apodos, tampoco ayudó a mi autoestima y sin desearlo me escondí en mí misma.
Pero, hoy justo aquí,
No me molestaba ser alta, pecosa y pelirroja.
No me importaba que cada hombre en este lugar estuviera viéndome, lo único que me importaba era sacarme este sentimiento de vacío de mi pecho.
Estaba cansada de anteponer a los demás y sus necesidades ante mí.
Jeff había llegado a ser el jefe, porque no me postulé para el cargo. No porque no lo quisiera, sino porque él me dijo que su novia estaba embarazada y necesitaba el ascenso.
Pues, después de ser nombrado jefe, su novia, convenientemente, le dijo que, era una falsa alarma, pero él ya era el jefe y uno bien mierda.
Molly era una chica guapa. Una morena de cabello largo, con buen cuerpo. Ella traía a toda la universidad de cabeza. Tenía unos padres amorosos y protectores, pero ella, decidió meterse con mi prometido sabiendo lo que me costaba confiar en los hombres y lo mucho que duré en aceptar su invitación.
Adam, sin duda era el peor.
Me había hecho creer que, era un hombre fiel, interesado en mí. Que era gentil y respetuoso, él me hizo soñar con un futuro y luego me lo arrebató de la peor manera.
En serio, por varios años de mi vida, creí que, éramos la pareja perfecta.
Abrí los ojos y me topé con la mirada de un hombre.
No lograba distinguirlo bien, solo podía notar que, era un hombre fornido, parecía tener el cabello largo, casi como un vikingo y me observaba fijamente.
Sonreí moviendo mis caderas.
Por alguna loca razón, sentir su intensa mirada sobre mí, me había hecho sentir deseada, incluso excitada.
Era solo un juego, pero por varios segundos; más bien diría: minutos, deseé terminar la noche en sus brazos.
Pasé las manos por mi cuerpo de forma sensual, sin romper el contacto visual con el hombre misterioso.
Sonreí fascinada por el remolino de sensaciones que se formaban en mi cuerpo, especialmente, en mi vagina, esa que, parecía haber estado dormida todo este tiempo.
¿Será que, al decidir no tener sexo de alguna forma anulé mi libido?
Pero, entonces, eso quería decir que: ¿estaba lista para tener sexo?
Cerré mis ojos y me entregué a la música sabiendo que, ese hombre no dejaba de mirarme.
Mordí mi labio, mientras meneaba las caderas y los hombros al ritmo de la melodía.
Abrí los ojos esperando ver a mi misterioso admirador, pero no fui capaz de verlo.
Disimuladamente, lo busqué con la mirada. Al no encontrarlo, supe que, el juego había llegado a su fin.
La luz se volvió más tenue y la música un poco más lenta.
Para ese punto, mi mente estaba deliciosamente nublada, así que, seguí bailando, imaginando que, ese hombre me observaba.
De pronto, unas fuertes y gigantescas manos me sujetaron de la cintura. Quise voltearme a ver quién demonios se atrevía a tocarme, pero sentí cómo el cuerpo de un hombre se pegaba tanto al mío que, por un segundo creí que, nos volveríamos una sola persona.
Las manos de él viajaron por mi cuerpo y su tacto dejó un ardiente camino por mi piel.
—No deberías estar aquí, bailando sola expuesta a la mirada de cualquiera. —Su voz era tan jodidamente, masculina que, mis piernas temblaron.
El hombre me giró y me quedé completamente atónita ante su gélida mirada.
Yo era alta, pero este hombre era más alto que yo. Como lo había visto, tenía el cabello largo, pero lo tenía atado detrás de su cabeza, aunque, varios mechones caían dándole un aspecto de vikingo.
Para completar, olía divinamente, bien.
—¿Dónde debería hacerlo? —cuestioné con osadía.
El hombre levantó su mano y sus dedos trazaron el contorno de mi rostro, luego, llevó mi cabello detrás de la oreja.
Fue un gesto tan íntimo que, me sonrojé.
—Sobre mí, siendo adorada por mis manos y alabada por mis labios. —Se inclinó sobre mí y aspiró el aroma de mi cuello.
Tragué saliva, este hombre era una completa tentación y me hacía dudar de mis criterios.
—¿Piensas que, con un par de palabras bonitas, me abriré de piernas? —indagué ingenuamente, pensando que, era más lista que el hombre frente a mí.
El hombre apretó su cuerpo contra el mío y se movió al ritmo de la música.
—Opino que, deberíamos buscar un lugar privado, aunque, no tengo problemas en follarte aquí mismo. —La seguridad en sus palabras aceleró mi corazón, pero lo que palpitó con fuerza fue mi vagina.
Levanté la cabeza y lo miré.
Sus pupilas estaban tan dilatadas que, pude observarme a través de sus ojos. Estaba sudada, con las mejillas sonrojadas y la respiración agitada.
La verdad, estaba excitada y necesitada de abrir esa puerta al placer.
Sonreí.
Muchos imaginaban a Lucifer rojo, con enormes cachos y un tridente, pero contemplando al hombre frente a mí, llegué a la conclusión de que, fácilmente, podría ser el Diablo en persona.
Con esos ojos azules atravesándome con deseo, estaba segura de que era el Diablo.
—¿Por qué piensas que, quiero coger contigo? —indagué detallando la cara del hombre frente a mí. Parecía haber sido tallada por los mismos dioses—. Señor, Diablo.
Una sonrisa se formó en su atractivo rostro y me sentí intimidada por su belleza y altura.
El hombre sin mediar palabras deslizó su mano dentro de mi vestido y llegó a mi vagina. Sus dedos acariciaron mi sexo haciéndome gemir suavemente.
—La humedad de tu coño, me dice cerecita que, deseas arder en el infierno conmigo. —Sacó su mano y se metió el dedo en la boca.
Agradecí que, su brazo me tuviera bien sujetada.
Mordí mi labio.
Era cierto, este hombre me tenía completamente, hechizada, excitada y anhelando ser tomada con brusquedad.
El Diablo tuvo que, ver la duda cruzar mi cara, ya que, su mano fue a la parte de atrás de mi cabeza y me empujó a sus labios.
En ese momento, perdí el control de mis acciones.
Mi mano se aferró a su camisa, mientras mis labios se separaban dejando que, la lengua del intruso entrara y recorriera mi boca.
Mi lengua, tímidamente, salió a su encuentro y quedó atrapada en la experiencia y la lujuria de este hombre.
Su mano libre subió por mi trasero y me apretó hacia él, haciéndome notar la dureza de su erección.
»¿Qué dices, mi habitación o te cojo aquí mismo? —susurró el hombre despegando sus labios lo suficiente para hablar y dejarme recuperar el aliento.
Maldita sea, no quería parecer una mujer fácil, pero la verdad, nunca había estado tan excitada como ahora.
Evalué al hombre frente a mí y concluí que, parecía de esos hombres que, solo buscan diversión por una noche y justo ahora, era lo que yo también buscaba.
—Tu habitación —afirmé regresando a sus labios.