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Episodio 5: Las llamas del infierno

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Episodio 5: Las llamas del infierno

Diablo.

Pegué a la deliciosa cerecita a la pared, mientras deslizaba la pulsera magnética por la cerradura de la puerta.

Desde que subimos al ascensor no había podido parar de besarla, tocarla y olerla.

Con solo aspirar su aroma sabía que: se había duchado hace varias horas; no usaba perfume. No fue al bar para tener sexo, pero al verme se excitó, incluso, podía saber qué jabón vaginal utilizaba o la marca de crema para afeitar que usó para rasurarse.

Fue la primera vez que, vi esta maldición como algo positivo.

El cuerpo humano es capaz de secretar ciertas sustancias químicas cuando tenemos miedo, estamos felices o tristes.

Imperceptibles para un olfato ordinario, pero no para mí. Desde que nací, tuve la capacidad de oler muchas cosas que, nadie más podía oler.

Era esa misma capacidad la que me había otorgado el apodo de El Diablo. No solo porque era despiadado, frío, estricto o cruel, no, era porque usaba sus emociones en su contra.

Pero ahora…

Oler cómo el aroma a tequila se mezclaba con el sudor de ella; cómo la excitación llenaba cada célula de su cuerpo, me llevaba a mi límite haciéndome perder la cordura.

Podía jurar que, ella era lo mejor que había olido en mi vida.

La puerta, al fin, se abrió.

Un segundo más y me la follaba en el pasillo.

La tomé en mis brazos y la alcé del suelo, sus piernas se enrollaron en mi cuerpo y encajamos a la perfección.

Di una zancada al interior y con el pie cerré la puerta, ya nada me impedía perder el control.

La pegué a la pared y la seguí besando.

Sus manos me acariciaban con el mismo desespero que tenía yo por tocarla, en pocos, segundos, mi camisa estaba fuera de mi cuerpo y sus dedos recorrían mi piel.

Cada inhalación, cada exhalación cargaba todavía más el ambiente de deseo.

Metí mi lengua hasta lo más profundo de su boca y me aseguré de no dejar ni un centímetro sin recorrer.

Deslicé mis manos por el interior de ese pecaminoso vestido y la escuché gemir sobre mis labios.

Dejé a la pelirroja en el suelo y clavé la mirada en ella, sus labios estaban rojos e hinchados. Su respiración estaba agitada y todavía no había comenzado a cogerla como tenía pensado.

Me puse de rodillas y le bajé delicadamente, su ropa interior.

Me acerqué a su vagina y aspiré profundamente.

Mi polla saltó dentro de mis pantalones; estaba tan duro que comenzaba a dolerme.

Me puse de pie, tomé el vestido y lo destrocé bajo mis manos.

—Lo siento, no puedo seguir esperando —hablé con la voz cargada de lujuria.

Ella no dijo nada, pero olí como empezaba a ponerse nerviosa.

No, no dejaría que, se arrepintiera de subir conmigo.

Me pegué a su cuerpo y la besé suavemente, mientras mis dedos jugaban con la humedad en su vagina, cuando la sentí más tranquila, deslicé mis dedos en su interior.

Ella gimió y sus manos se aferraron a mi camisa.

Pegué mi frente a la de ella y profundicé mi intrusión.

Arrugué la frente, al sentir que, incluso con mis dedos ella estaba apretada. La subí a la mesa que teníamos al lado y la abrí de piernas.

Su rozado coño quedó completamente expuesto ante mí y sin pensarlo, llevé mi boca a su vagina.

Mi lengua se deslizó entre sus pliegues arrancando gemidos y jadeos de placer.

—Dios… —gritó ella arqueando su espalda.

«Si tan solo…», imploró mi cabeza.

—Nixon.

—¿Qué? —preguntó mi cerecita con la cabeza perdida.

—Si debes dar créditos a tus orgasmos, al menos, dáselos a quien lame tu coño.

Ella asintió procesando la información.

—Nixon —jadeó acelerando mis latidos—. Nixon.

Moví los dedos en su interior y tomé su clítoris con mis labios.

No solo olía maravillosamente, también sabía jodidamente, bien. Succioné con suavidad, sintiendo las pequeñas contracciones en su interior.

Ella se aferraba a la mesa, pero podía notar que, no estaba del todo cómoda.

Coloqué sus piernas sobre mis hombros y la sujeté con fuerza. No existía un mejor lugar para lamer coños que en la lujosa cama de un hotel.

Mi cerecita se tensó y se aferró a mi cabello. Solo cuando la dejé sobre el colchón, relajó su agarre.

—Con el cabello no preciosa —susurré besando la cara interna de sus muslos.

—Lo siento, no todos los días me agarran así.

—Ya me encargaré de enseñarte cómo trata un hombre a una dama. —Me bajé el pantalón liberando mi erección.

Los ojos de ella se abrieron llenos de sorpresa y algo de miedo.

—¡Wow! Espera un segundo. —Ella se sentó en la cama y observó mi polla por varios segundos.

Su cuerpo tembló y sonreí:

—Mírame, preciosa. No deseo compartir tu atención.

Tomé sus piernas y la acomodé en el borde del colchón, me arrodillé y regresé a su vagina, mientras con mi mano acariciaba mi polla.

La pelirroja gimió con fuerza y sus manos regresaron a mi cabello, pero esta vez, no me molestó. Al contrario, me ayudaba a saber qué le gustaba y qué la volvía loca.

Estuve disfrutando de su coño rosado y delicioso, entonces, sentí como su interior se tensaba y me detuve.

—Todavía no —le ordené clavando la mirada en ella.

—Lo siento, y-yo no… —Metí mis dedos en su boca.

—Quiero que te corras, pero alrededor de mi polla mientras te lleno de mi leche. —Me puse de pie y acaricié su vagina con mi pene.

Ella cerró los ojos y chupó mis dedos haciéndome perder el control.

Saqué un preservativo de mi pantalón y lo deslicé en mi pene.

«¿Con cuántos hombres habrá estado?», pensé con celos. Todos esos que estuvieron antes de mí, eran afortunados por estar antes, pero me encargaría de cazarlos y asesinarlos.

Con los celos mezclándose en mis venas con el deseo. Sujeté su cadera y la penetré con fuerza, asegurándome de llegar hasta lo más profundo de su interior. Borrando la huella de cualquier otro hombre.

Ella soltó un grito y la observé con detenimiento.

Su cuerpo estaba tenso, su respiración bastante agitada y sus manos tocaban mi pecho. ¿Cómo no me di cuenta antes?

—¿Eres virgen? —pregunté y para crédito de ella estaba genuinamente sorprendido.

—Lo era —murmuró ella.

¿Acaso podía ser más perfecta?

—¿Deseas continuar? —indagué sin salirme de su interior.

Ella me miró y asintió.

»¿Segura? Después de esto no habrá marcha atrás.

—Estoy segura de que quiero coger contigo —soltó ella atravesándome con la mirada.

Me salí de ella, retiré el condón y lo tiré al suelo.

—Cerecita, veamos como tu sangre mancha mi polla. —Regresé a su interior, pero esta vez fui más delicado. La contemplé dándole un par de segundos para que se adaptara al tamaño de mi verga.

La sentí relajar un poco su cuerpo y presioné más fuerte en su interior.

Ella gruñó y sus manos apretaron las sábanas.

Empecé a moverme suavemente, adentro y fuera de su cuerpo, contemplando cómo sus pechos se unían a nuestro vaivén.

Era un tanto sorprendente, como esta mujer tenía el cuerpo repleto de pecas.

Comenzaban en sus hombros, salpicaban sus tetas y bajaban por su abdomen hasta a su vagina. Aunque, no se detenían allí, pues, en sus piernas también había unas cuantas machas.

Me urgía conocer su nombre, saber cómo debía llamar a la mujer que me tenía hechizado.

Me incliné sobre ella y lamí sus pechos.

Uno por uno dándome un festín con ellos. Pasé mi lengua por sus pezones, mientras seguía embistiéndola con vigor.

Deslicé mi nariz por su cuerpo hasta llegar a su cuello y atrapé sus labios con los míos.

Su sabor y olor eran adictivos.

Ella gruñó y sus manos apretaron las sábanas.

Me salí de ella y la giré sobre la cama.

Su culo quedó, completamente, expuesto ante mí. Fui al minibar y tomé una botella de tequila.

Regresé con ella y dejé caer un poco del licor en su culo. Acerqué mi boca y bebí de su cuerpo, mi linda cerecita gimió y movió su pelvis deseando aquello que le había dado de probar.

Me llevé la botella a la boca y bebí un largo trago.

Acaricié mi pene y me acomodé entre las piernas de mi desconocida.

La penetré suavemente, hasta lo más profundo y salí por completo de ella. Volví a deslizarme en su interior y metí un dedo en su culo.

Si iba a desvirgarla, me aseguraría de ser su primer hombre en todo.

—¡Mierda! —chilló ella.

Puse una mano en su espalda y marqué un ritmo en las embestidas.

Deseaba disfrutarla y lo haría todo el tiempo que pudiese.

Detuve todos mis movimientos y volví a salirme de ella.

La tomé de la cadera y la llevé a la cabecera de la cama. Con una de las sábanas até sus manos y puse mi corbata sobre sus ojos.

—¿Qué haces? —preguntó ella y el aire se llevó del aroma de sus nervios.

Con la punta de una sábana limpié la sangre de mi pene, y me detuve a su lado.

—Gozarte, mi cerecita. —Le abrí la boca y se la llené de tequila. Después, le puse la punta de mi polla entre sus labios—. Chupa.

Ella succionó desesperada, excitada.

Cerré los ojos, embriagándome del aroma de su deseo mezclarse con el tequila y la prueba de su virginidad.

Estiré la mano y acaricié su vagina, presionando su clítoris.

Mi sexy desconocida se retorcía en la cama bajo mi tacto, y no podía ser más feliz.

De pronto, sentí cómo, se acercaba al clímax; de nuevo.

Su primer orgasmo, ese, debía arrancárselo con mi polla.

Solté sus manos, pero no le quité la venda de los ojos.

Me senté en la cama y la subí sobre mí.

—No sé qué debo hacer —balbuceó ella agarrándose de mis hombros.

—Yo te enseñaré. —Tomé su trasero y le di una nalgada—. Solo debes cabalgar.

La sujeté por los muslos, la levanté un poco y la dejé caer sobre mi polla.

—¡Carajo! —exclamó y una sonrisa se formó en su cara.

Vertí tequila en su pecho y lo lamí, mientras ella comenzaba a moverse guiada por el deseo y la necesidad de correrse.

Bajé la mirada a donde nuestros cuerpos se unían y me quedé cautivado viendo cómo mi verga entraba casi por completo en su vagina.

Si existía la perfección, seguro sería yo penetrando su lindo coño.

—Nixon —gimió ella y tuve que controlarme para no vaciarme en su interior.

—Es normal.

Tiré la botella, llevé mis manos a su cadera y arremetí contra ella sin piedad. Sabiendo que, después de mí, no dejaría que otro hombre la tocara, la oliera o la viera como yo lo estaba haciendo.

—Me duele —gimió ella.

—Aguanta un poco —gruñí arrancando la venda de sus ojos.

No podía detenerme, no quería hacerlo.

Tomé su cara y la obligué a verme.

Sus pupilas estaban dilatadas, sus mejillas sonrojadas y su sudor caía sobre mí, mezclándose.

Ojalá ella pudiera oler lo que yo olía en este momento.

—Nixon… —jadeó ella clavando sus uñas en mi hombro.

¿Era su forma de marcarme?

Llevé mi boca a su cuello y la mordí, luego succioné dejando mi huella en ella.

»Por favor —gimió y podía sentir que, no soportaría más.

La miré y apreté los dientes.

—Llenaré tu vagina con mi leche —gruñí aumentando el ritmo de mis embestidas.

—N-no puedo…

—Hazlo, mi cerecita, córrete conmigo —gemí vaciándome en su interior.

Ella pegó su frente a la mía, sus labios estaban entre abiertos, buscando, desesperadamente, de llevar aire a sus pulmones.

La abracé a mí y la acosté en la cama.

—¡Dios, mío! —expresó pasándose la mano por la frente.

—Haces bien en rezar, porque, apenas estoy comenzando. —Me incliné sobre ella y la besé dulcemente.

—¿Siempre será así de doloroso? —preguntó en voz baja separándose de mi boca.

—No, pronto te adaptarás a mi tamaño. —El olor de la sangre llegó a mí—. Tu nombre.

—Pandora.

Sonreí.

Tenía sentido que, la mujer que me volvía a hacer sentir vivo tuviera ese nombre.

Tomé a Pandora en mis brazos y la llevé al baño.

La noche apenas estaba iniciando.