Episodio 7: Gatuno
DiabloSentir cómo Pandora se corría alrededor de mi miembro, era, completamente, adictivo.
Pero, supe que debía darle un descanso, cuando cayó inconsciente después de llegar al clímax.
Su respiración había pasado de estar agitada a pausada, su cuerpo desnudo reposaba en mi cama y su olor invadía las sábanas.
Era un maldito privilegio poder embriagarme de su olor.
Acaricié su desnudez con la yema de mis dedos, deseando postergar este efímero momento eternamente, pero dado el estado de Pandora; lo más responsable era darle de comer.
Me levanté de la cama con cuidado de no despertarla y fui al armario a vestirme.
No planeaba quedarme mucho tiempo con la ropa puesta, así que, vestí casual.
De pronto, mi celular comenzó a sonar y tomé la llamada antes de interrumpir el descanso de Pandora.
—¿Qué coño quieres? —le pregunté a mi asistente.
—S-señor —balbuceó la tonta con voz temblorosa—. Su foto está…
—Ya lo sé y quiero que siga así —ordené teniendo en cuenta que, si la noticia de mi romance misterioso paraba, mi cerecita se iría.
—¿Quiere que la prensa siga hablando de usted? —cuestionó la inútil y su voz se fue apagando por la incredulidad.
—Sí, es exacto lo que te he ordenado.
—Vale, pensé que estaría molesto… —Escuché cómo exhalaba con fuerza—. Bueno, también creí que, era gay y que Maximiliam era su pareja. Es que, pasan mucho tiempo juntos, incluso…
—¡Cállate! —gruñí molesto interrumpiendo la sarta de estupideces que salían de su boca—. No me interesa lo que tú o medio país crea que sabe, solo haz tu maldito trabajo.
Colgué la llamada y tiré el teléfono sobre la mesa.
Me asomé detrás del closet y respiré aliviado al confirmar que, Pandora seguía profundamente, dormida.
«Perfecto, solo debo bajar por comida y pedir que las cosas de ella fuesen pasadas a mi habitación. No, creo que, mejor pido servicio a la habitación y voy por sus cosas»; analicé en mi cabeza terminando de ponerme la camisa.
Regresé a la cama y cerré los ojos. Aspiré profundamente y disfruté ver cómo los cabellos rojos de Pandora adornaban mis almohadas. Era encantador ver sus pecas entre mis sábanas.
Fui hasta la puerta dispuesto a irme, aunque, me detuve mucho antes de tocar el picaporte.
«¿Qué pasaría si ella despertaba y yo no estaba en la habitación?», me pregunté y me di la vuelta.
Fácilmente, se podía poner algo de mi ropa e irse, una vez afuera, yo… no podría detenerla.
Obvio sí podía, pero no sería del modo caballeroso.
Suspiré y fui a mi mesa de noche, la abrí y saqué unas esposas.
Con cuidado de no despertar a la bella durmiente; esposé una de sus manos a la cabecera de la cama.
Ahora, era casi imposible irse de aquí.
Sonreí satisfecho y salí de la habitación.
Bajé al vestíbulo para pedir la información del cuarto de Pandora y para ordenar la comida.
—Me preguntaba dónde o con quién te habías metido. —Me recibió Max, apenas las puertas del elevador se abrieron.
—Eso no te importa.
—Vale, por lo que leí en los periódicos, antes de verte con esa mujer, éramos una confortable pareja gay que estaba esperando el momento ideal para salir del closet —continuó hablando Max. Sin prestarle atención seguí avanzando por el vestíbulo hasta el mostrador—. Con honestidad, me cuesta creer que la hayas metido en tu cama.
—Huele bien —repliqué llegando a la recepción.
Allí estaba un muchacho, con cara de idiota y sonrisa de imbécil.
—¿Puedo ayudarle en algo? —indagó sonriendo ampliamente.
—La habitación de Pandora —ordené apretando los dientes en un vano intento de mantener a raya mi irritación.
—¿Pandora, qué? —preguntó el cretino detrás de la barra.
—¿Cuántas Pandoras hay hospedadas en el hotel? —cuestioné de manera mordaz.
El idiota tecleó y me miró:
—Solo hay una. —La sonrisa seguía en su estúpido rostro, lo que me parecía una invitación a golpearlo
—Habitación —insistí sintiendo cómo mi temperamento se iba descontrolando.
—No sé si deba… —Lo tomé del cuello de la camisa y lo subí al mostrador.
—¿Acaso estás jugando conmigo o solo tienes ganas de morir? —pregunté clavando los ojos en el tipejo ese.
Sabía que, solo, estaba haciendo su trabajo, pero no debía interponerse entre mi Cerecita y yo.
—Por favor, cálmate —intervino Max, noté por el rabillo del ojo cómo pasaba la mirada por el lugar esperando no ser visto—. Solo dale la información.
—117, cuarto 117 —dijo el tipo apretando los dientes. Lo solté con un empujón—. Pero, no puedo darle la llave…
—¿Piensas que la necesito? —Levanté la mano y le mostré mi brazalete—. Idiota, al menos, investiga para quién trabajas, así sabrás qué culo debes besar.
—Calma, solo vamos. —Max puso su mano en mi pecho evitando que le diera una lección al imbécil detrás de la barra—. Vaya, sí, que debe oler bien.
—Ni te imaginas.
—A mí, no me fue mal, dos chicas y una larga noche. —Max suspiró y se rascó la cabeza—. Necesito que la maldita junta directiva apruebe los siguientes proyectos, pero me tienen atados de las bolas.
—¿Qué opina tu padre? —indagué entrando al restaurante.
—Él se mantiene al margen, pienso que, desea ver mis capacidades en el manejo del negocio. —Max apretó su mano hasta convertirlo en un puño—. Odio tener que explicar cada maldito paso que doy. No debería cuestionar mis decisiones.
—Conoces muy bien a Rupert, así que, no esperes mucho de él. —La voz se me cargó de odio y desprecio solo al pronunciar ese nombre.
—Creo que lo entiendo, él desea dejarme un legado, pero la junta espera que cometa un error para echarme de mi puesto y de lo que me toca por nacimiento. —Max se puso a jugar con un menú.
Aproveché su silencio y ordené el desayuno, luego planifiqué el almuerzo y la cena.
Ya que, una vez dentro de esa habitación, no quería ser molestado.
—¿Cuándo te vas? —preguntó Max acompañándome al elevador.
—No lo sé —contesté con honestidad y subí dentro del ascensor.
—¿Cómo que no lo sabes? —Max se cruzó de brazos—. ¿Te gusta esa chica?
—No lo entenderías.
—A ver, Inténtalo —insistió Max alzando una ceja.
—Pandora me hace sentir y no quiero dejar de sentir.
—Literal, tienes menos de 24 horas conociéndola —se burló Max.
—Lo sé, por eso quiero conocerla mejor. —Bajé del elevador y caminé a la habitación que me había dicho el imbécil de recepción.
—Oficialmente, el Diablo me ha sorprendido.
—¿Cuándo te vas tú? —Cambié de tema.
Las personas no eran capaces de entenderme y ya no me molestaba en tratar de explicarles.
—Salgo dentro de un rato, mi asistente renunció.
—¿Cuánto duró? ¿2 días? —me burlé.
—Prefiero no tener nada a tener a un idiota llamándome para preguntarme cada cosa que debe hacer. ¿Qué tan difícil es llevar una agenda?
Pasé la llave magnética por la puerta y esta se abrió.
—¿Qué piensas hacer? —investigué entrando al cuarto y notando que, Pandora, era una persona organizada.
—Seguiré sin asistente, hasta que, la junta o mi padre intenten poner a otro espía a trabajar conmigo.
De la nada, un horrible olor llegó a mi nariz.
Saqué de mi bolsillo uno de los tapones con filtro que había creado y pasé la mirada por toda la habitación.
—¿Qué mierda huele así? —gruñí con asco.
—Miau, miau. —escuché a un gato aullar.
Miré a la cama y una bola de pelos negra se estiraba como si fuera el dueño y señor del lugar.
—¿Cuántas sorpresas se guardan en la caja de Pandora? —preguntó Max con sarcasmo.
—Toma al gato y dale un baño —le ordené.
—¿Yo? Ni loco. —Max negó con la cabeza y retrocedió—. ¿Al menos sabemos que es de ella?
—Da igual de quién puta sea, huele horrible…
—Pues, encárgate tú —soltó Max.
—Enfrentamos pelotones armados y un gato te da miedo —cuestioné acercándome al animal.
—A ti te dicen el Diablo, pues… hazte cargo.
Estiré la mano y tomé por el pescuezo al animal.
Este insolente me mostró los dientes y trató de arañarme.
—Mal agradecido, trato de hacerte un favor. —Me quedé en silencio cuando noté un tibio líquido mojar mi camisa—. ¡Maldito animal!
—Creo que, es una gata —dijo Max soltando una carcajada.
Lo mataría y luego lo asaría en un pincho, hasta que, su carne quede tostada y crujiente.
—Ya que te da tanta risa. —Fui hasta él y se lo dejé en la cabeza—. Encárgate.
—A no, no, no. A ti te pagan con sexo. ¿Yo qué gano con esto? —Max dejó el gato en el suelo.
—Dices que, eres mi mejor amigo, pues… —Miré cómo el gato en un veloz movimiento se echaba a correr—. ¿Cerraste la puerta cuando entraste?
Max negó con la cabeza.
—Debemos atrapar a ese maldito gato —determiné corriendo fuera de la habitación.
Pero, ya no había señales del minino.
—Hermano, estás realmente, jodido. —Max puso su mano en mi hombro.