1. LOS JUEVES DE MI ESPOSO
AmeliaDespertar sintiéndome bien era una absoluta locura. Por fin me habían dado permiso para descansar de los medicamentos que tomaba y tenía suficiente claridad mental para levantarme de la cama.
—Me voy a trabajar, cariño —me susurró Dimitri antes de darme un beso en la frente. Solté un suspiro y llené mis pulmones con su varonil aroma.
Decían que el enamoramiento se pasaría conforme pasaran los años. Sin embargo, ya llevaba cuatro años siendo su esposa y aún sentía un millón de mariposas recorrerme el cuerpo al tenerlo cerca.
—Si quieres puedo…
—No, quédate en la cama —dijo con dulzura.
—Está bien —respondí, pensando en hacerle una sorpresa.
Sus ojos grises, siempre fríos e implacables para los demás, se iluminaron un poco. Esa ternura con la que me miraba me derretía, aunque mi mejor amiga insistiera en calificarla de lástima.
Fingí volver a dormirme y él se marchó de nuestra habitación. Al poco tiempo salté de la cama y aproveché para darme una ducha y dejar mi piel perfecta.
Ese día quería volver a hacer el amor. Dimitri casi siempre evitaba tener relaciones conmigo por miedo a dañarme y, cuando lo hacíamos, lo notaba sumamente concentrado, como si intentara pensar en otras cosas. Aun así, quería que me tocara, volver a sentir sus manos recorriendo mi cuerpo.
Quizá esa misma noche lograría que me quisiera.
—Buenos días, mi niña Amelia —me saludó la tía Inés—. ¿Cómo amaneciste?
—No le digas a nadie: amanecí perfecta —le susurré—. Quiero prepararle unas galletas a Dimitri e ir a buscarlo a la oficina para invitarlo a comer.
—Me parece bien. Eso sí, tienes que tomar las cosas con tranquilidad —me advirtió—. Recuerda que podrías recaer en cualquier momento.
—Sí, cuando vuelvan a medicarme —gruñí—. Los médicos no quieren hacerme caso ni darme nada que aminore los síntomas. Estoy harta, tía, harta de no poder vivir.
—Mi amor…
—Tal vez sea mejor disfrutar del tiempo que me quede, ¿no lo crees? —pregunté con tristeza—. Dimitri me ama, me lo demuestra todos los días. Aun así, él merece estar con alguien completo.
—Hija…
Sus ojos reflejaron esa típica tristeza que mostraba cada vez que le hablaba sobre Dim. Por alguna razón, sentía que todos sentían lo mismo que yo, que le había quitado demasiado tiempo.
Él necesitaba una familia y yo nunca podría dársela.
Desayuné algo rápido y me puse manos a la obra. Aprovecharía que papá estaba de viaje debido a que debía conseguir mis dosis. Tomar la decisión de dejar el tratamiento no sería nada fácil, pero prefería hacerlo y vivir sin miedos, sin cuidados y sin sentirme una carga con cada crisis.
Esta vez viviría de verdad hasta el último segundo.
—Hija, ¿estás segura de que quieres ir? —me preguntó mi tía cuando estaba empacando las galletas.
—Sí. Y espero que no le adelantes nada a Dimitri. Quiero sorprenderlo.
—Sabes que nunca haría tal cosa —repuso con cariño y me colocó un mechón detrás de la oreja—. Solo que no me gustaría que te sintieras mal si no te puede recibir como esperas.
—Tranquila. Igual le dejaré las galletas y volveré a casa. Dimitri jamás se ha molestado cuando lo busco. Al contrario, es el mejor esposo del mundo.
—Sí, he de admitir que ha sido muy bueno contigo —sonrió—. Y sobre todo conmigo, porque me ha permitido vivir a tu lado para que te cuide.
—Es el mejor y por eso merece todo el amor del mundo —suspiré—. Ya me voy, tía. Te amo.
—Y yo a ti, mi niña.
Le di un beso en la mejilla y me preparé para salir. Mi rostro lucía inusualmente radiante y mis labios parecían una linda cereza por el color que tenían cuando no tomaba ese asqueroso medicamento.
Mi marido me vería con otros ojos. Le dolería mi decisión, pero estaba segura de que aceptaría hacerme feliz durante el tiempo que me quedara.
—¿A dónde quiere que la lleve, señora? —me preguntó Nick, el chófer, mientras me abría la puerta—. ¿Se siente bien hoy? ¿El señor permitió que…?
—Oye, basta —reí—. Aunque es cierto que mi esposo es el hombre de la casa, yo también puedo decidir algunas cosas. Quiero ir a la empresa.
—De acuerdo, señora —sonrió.
Una pesadez extraña —y que nada tenía que ver con el cáncer— me invadió el estómago durante todo el camino. No era la primera vez que iba a ver a mi esposo a su oficina y estaba segura de que me dejarían pasar, aunque fuera jueves, el día en que siempre tenía más trabajo.
«Bueno, tendrá que dejar sus jornadas intensivas», pensé divertida, decidida a pedirle a Zoe, su mejor amiga y asistente, que me dejara pasar un momento.
Al llegar me entregaron una identificación de visitante. La recepcionista me advirtió que mi marido tal vez estuviera ocupado, pero me dejó ingresar.
—¿Te sientes bien? —le pregunté al percibir su tensión.
—Nada, señora Caldwell, puede pasar. Es mejor que vea cómo están las cosas en esta empresa.
—Sí, gracias —murmuré, frunciendo el ceño.
—Si necesita cualquier cosa, no dude en decírmelo, ¿está bien?
—Sí, claro.
Subí en el ascensor aún más nerviosa. Un cosquilleo desagradable se sumó a la presión y se me aceleró el pulso. Estaba acostumbrada a las taquicardias, aunque esto era diferente.
Sentía que iba a encontrarme con algo que me inquietaría o que, tal vez, Dimitri me recibiría con mala cara por primera vez.
Salí del ascensor, dispuesta a solo dejarle las galletas a Zoe. No obstante, ella no estaba en su escritorio, justo al lado de la oficina de mi esposo. Me acerqué lentamente y no vi a nadie, así que decidí dejar las galletas en el escritorio e ir a buscarlo a la sala de juntas.
Y lo que encontré unió por fin todas esas piezas que llevaba años intentando encajar.
Zoe estaba sentada sobre la mesa, con las piernas abiertas y aferradas a las caderas de mi marido, mientras él la besaba con una pasión que nunca me había demostrado a mí.
—Ya no puedo más, mi amor —gimió ella—. ¿Hasta cuándo…?
Él detuvo sus besos y la observó molesto.
—Tenemos que resistir —le dijo—. Amelia está enferma y no puedo hacerla infeliz.
—Estoy harta de no llegar más lejos —sollozó su amante—. Creí que…
—Perdóname, mi amor —susurró él, acunándole el rostro entre sus manos—. Soy muy egoísta por pedirte que no estés con nadie más.
—Yo esperaré —jadeó Zoe, intentando controlarse—. Sí, Amelia es una buena mujer y no puedes arruinarle sus últimos años de vida.
—¿De verdad vas a esperarme?
—Sí, mi amor. Te amo, no quiero perderte. Solo que a veces no me bastan los jueves.
—Ni a mí —suspiró Dimitri antes de volver a besarla—. Por momentos pienso en el divorcio, pero tengo que resistir. Hice una promesa. Jamás me perdonaría que muriera y… No, no quiero ni pensarlo.
Las lágrimas resbalaron por mis mejillas, que limpié discretamente con mis manos para no hacer ruido. Más que rabia, lo que sentía era un dolor que me atravesaba el alma.
Dimitri quería hacerme feliz y callaba su amor verdadero por lástima.
—Júrame que piensas en mí cuando le haces el amor —suplicó Zoe entre lágrimas—. Dios, me muero de celos.
Me alejé de la puerta antes de escuchar más cosas que me destruyeran. Me quedaba más que claro que él solo estaba conmigo por la enfermedad, por lástima y por ese cariño fraternal que, de la noche a la mañana, me dijeron que se había transformado en amor.
—Señora Caldwell, ¿qué le pasa? —me preguntó Candace cuando regresé a la recepción.
Caí de rodillas en el suelo y, un segundo después, estaba vomitando lo poco que había logrado desayunar. La recepcionista intentó pedir ayuda y la sostuve del brazo para detenerla.
—No, solo pide que limpien esto —murmuré—. No llames a nadie. Yo sola iré al hospital.
***
Nada que decir, solo que me duele la panza jajaja y no iba a tragarme este sentimiento sola jajaja.Pronto veremos una hermosa mujer renacer muajaja.No olvides dejar tu voto y comentario ♥️