10. UNA ENORME MOLESTIA
Dimitri—¡Viniste, mi amor! —exclamó Zoe antes de lanzarse a mis brazos.
—Suéltame —le exigí, bajándola de inmediato—. ¿No te das cuenta de que estamos en la…?
—Estamos solos en este piso, mi vida. No hay nadie para molestarnos —se rio con dulzura.
—¿Acaso no estabas lastimada? —Arqueé una ceja, mirándola de arriba abajo—. ¿De verdad me hiciste venir para…?
—Está bien, lo reconozco —dijo con tristeza y dio dos pasos atrás—. Esta situación empieza a cansarme, Dimitri. Las cosas materiales que me das no compensan que solo pueda tenerte los jueves. ¡Y ni siquiera esos días eres enteramente mío!
—Entonces me estás diciendo que quieres terminar.
—Si no reaccionas…
—¿Qué parte de «estoy casado con Amelia» es la que no entiendes? —gruñí, exasperado—. Ella se escapó de la casa y yo, en lugar de buscarla como debería, estoy aquí contigo. ¿Eso no es prueba de que tú me importas?
Zoe asintió con una sonrisa débil y no tuve el impulso de abrazarla como normalmente ocurría. Mi mente seguía imaginando a Amelia cerca de Reece Everhart. Daba igual que tuviera la edad para ser su padre; ese hombre iba conquista tras conquista al igual que su querida hija.
Al día siguiente, todas las revistas expondrían la clase de mujer que era. Con gusto diría que aquella humillación venía de mi parte para que ninguno de los dos deseara volver a acercarse a mi esposa.
Amelia me odiaría, pero la alejaría de todo aquello que pusiera su vida en peligro y amenazara con apartarla de mí.
—Sé que me amas a mí —respondió Zoe finalmente—. ¿No vas a abrazarme?
—No. ¿Recogiste el presupuesto preliminar? Recuerda que tienes que llevarlo a Finanzas para que revisen las proyecciones antes de la reunión del lunes.
—Dimitri, te dije que casi no puedo caminar —gruñó—. El departamento de desarrollo queda dos pisos abajo.
—¿Y acaso los ascensores no sirven? Tu sueldo no se paga solo. Has querido venir a trabajar, así que debes cumplir. Quiero ese presupuesto ya en Finanzas.
—Pero…
—Es mi última palabra.
Zoe apretó los dientes, mas no protestó y se marchó con una cojera exagerada. Aproveché su ausencia y me apresuré a encerrarme en la oficina.
Tenía que llamar a Nick para que me informara sobre lo que estaba pasando.
—Justo iba a llamarlo, señor Caldwell —me dijo él al contestar—. Buscamos a la señora en la casa de los Everhart y no está.
—¿Y Reece está? —inquirí con los dientes apretados.
—No. Él se encuentra ahora en otra residencia.
—¡¿En cuál?!
—No lo sabemos. La mujer desconfió después de la revisión que hicimos a la casa y no nos lo quiso decir. Amenazó con llamar a la policía por allanamiento de morada si no nos íbamos.
—Maldita sea —mascullé, golpeando la puerta con el puño—. Anota la dirección que te diré. Seguro está en la residencia a la que va cada verano.
—¿Qué? ¿Usted la conoce?
—Yo sé todo sobre las personas que rodean a mi mujer. Es por su seguridad —sonreí—. Además, él es mi principal competencia. ¿Por qué no sabría qué propiedades tiene?
—Eh… Sí, supongo que sí —respondió, no muy convencido—. Entonces iré a buscarla y la traeré…
—Vayan, pero no entren. Seré yo quien la lleve de regreso a casa.
—De acuerdo, señor —respondió, ya más entusiasmado—. Usted tiene que traer de regreso lo que es suyo.
***
AmeliaLa expresión de preocupación y rabia de Reece me hizo arrepentirme por un momento de haberle contado absolutamente todo lo que había vivido. Incluso fui más allá y le hablé sobre el rechazo de Dimitri.
—Es un idiota —soltó después de largos minutos mascullando maldiciones—. Es…
—Un perro sarnoso —gruñó Andrea, que le dio un sorbo a su té—. No, es algo peor. Es de esas criaturas que, teniendo deliciosa comida, prefieren comer de la basura o incluso su propia mierda.
Nyla, su perrita Shih Tzu, se fue de la sala. Parecía ofendida por el comentario.
—¡No hablaba de ti, cariño! —le gritó Andrea, que luego negó con la cabeza—. Menos mal se le quitó ese hábito horrible.
—En cambio, parece que a ciertas personas eso no les pasa —farfulló su padre—. Amelia, lo siento mucho. Con lo que me cuentas, tienes motivos de sobra para pedir el divorcio.
—¿Y la anulación?
—Mi especialidad no es el derecho canónico, así que voy a consultarlo con un colega. Él se especializa en ello.
—Te lo agradecería muchísimo —sonreí—. Lamento decir que todavía amo a mi esposo, pero quiero estar lejos de él lo antes posible. Necesito rehacer mi vida, dejarlo libre para que pueda ser feliz con Zoe.
—Espera, ¿no quieres acabar con él? —Reece me miraba como si hubiera perdido todos los tornillos—. Hija, casarse contigo sin amor…
—Lo hizo por piedad, se ha sacrificado. Pronto le quitaré la culpa de encima.
—Gran sacrificio —resopló Andrea—. El pobrecito solo le mete la lengua en la boca a su mejor amiga en lugar de la…
—Hija, basta —la cortó su padre—. No digas esas cosas delante de Amelia.
—No importa —suspiré—. Es una realidad. Si se contiene de tener relaciones con la mujer que ama, es por consideración a mí. Y si él quiere hacerlo, yo no puedo detenerlo. Este matrimonio empezó como un engaño, así que debería poder quedar nulo.
—Con respecto a tu matrimonio civil, tenemos todo resuelto incluso si no estuvieras embarazada. Aquí, en Massachusetts, puedes…
—No estoy embarazada —lo corté—. Acaban de realizarme una prueba y no he estado con Dimitri recientemente.
—Bien —asintió con tono profesional—. Eso es un punto a favor. No vas a tener nada que te una a Dimitri.
—Y no quiero recibir pensión alguna por el divorcio.
—Pero…
—Sé que mi padre no va a heredarme nada y que me voy a quedar sin dinero. Aun así, prefiero ganarme la vida de manera honrada, alquilar algo y…
—De ninguna manera —me interrumpió—. Esta es tu casa, Amelia. No voy a permitir que te vayas a otro lado estando tan vulnerable. Una vez que pasemos todo el proceso, pensaremos en algo. De momento, te quedas aquí.
—Reece…
—Acepta, cariño —me pidió Andrea, tomándome de la mano—. No puedes estar sola ahora que corres peligro.
—¿No tienes el nombre del medicamento que iba a suministrarte? —inquirió Reece—. O al menos el que tenías antes.
—Sí, ese sí lo tengo —murmuré, buscando el frasco entre mis cosas—. Lo metí esta mañana en el bolso. Está vacío.
Reece se inclinó y comenzó a analizar el frasco con los ojos entrecerrados. Apreté los dientes, temiendo alguna conclusión fatalista que terminara por convertir a mi padre en un criminal.
—Este parece ser un tratamiento oncológico oral, aunque no estoy seguro. ¿Me permites quedarme con él? Queda una tableta.
—Sí, la escupí cuando mi tía me la dio —confesé—. No lo hice por sospechar, simplemente porque quería sentirme mejor antes de mi aniversario con Dimitri.
—Bien, la mandaré a analizar. Andrea, ¿podrías decirle a Leonor que prepare una habitación para Amelia?
—¡A la orden, capitán! —exclamó mi amiga, levantándose de un salto—. Gracias, papi. Sabía que ibas a ayudar a mi amiga.
—No es nada, mi amor —respondió él con una hermosa sonrisa—. Las dos son mis princesitas desde siempre. No podría dejar que a ninguna de las dos le pasara nada.
—Eres el mejor. Lamento todas esas cosas feas que te dije.
Andrea se sentó a su lado por un momento y le dio un beso tronado en la mejilla. Reece puso los ojos en blanco y la instó a marcharse.
—Muchas gracias por todo lo que haces por mí —le dije.
Reece negó con la cabeza.
—No es nada, hija.
—Tengo miedo de que Dimitri vuelva a golpearte como aquella vez —expresé, avergonzada—. Nunca entendí por qué siente celos de ti.
—Porque las personas infieles se proyectan en sus parejas —masculló. El rencor se le notaba en la mirada—. Tú sabes bien lo que me hizo la madre de mi hija. Sé que Andrea te lo contó.
—Sí, y no sabes cuánto te entiendo ahora —suspiré—. Menos mal que yo no tengo hijos con Dimitri. Será todo más fácil.
—No será tan fácil mientras no lo saques de tu corazón —repuso con una sonrisa triste—. Esta vez no es el abogado el que te habla, sino el hombre que te vio crecer junto a mi hija y que te ve como a una Everhart más. No será sencillo, dolerá y muchas veces vas a cuestionar si lo estás haciendo bien. No obstante, siempre hay luz al final del túnel y quiero que eso se quede en tu memoria, ¿de acuerdo?
—Sí, Reece —sollocé—. No dejo de preguntarme qué me faltó para lograr enamorarlo en todos estos años. ¿Algún día dejaré de hacerlo?
—Sí, cuando empieces a comprender que tener grandes cualidades no basta para que nazca el amor. Para que exista amor hace falta más.
—Entonces yo no soy…
—Dimitri no es idiota por no enamorarse de la grandiosa mujer que eres, sino por mentirte, por jugar contigo —me cortó—. Amelia, eres mucho para él, por eso no pudo enamorarse de ti. Te confieso que sigo sin poder creerlo por la forma en la que suele mirarte, pero supongo que resultó ser un gran actor.
—El mejor de todos —musité—. Gracias de nuevo, Reece. Ahora tengo que regresar a casa para…
—No, quédate ya. Debes evitar a toda costa ponerte en peligro. Me haré cargo de comprar lo que necesites.
—Es mucha molestia y no quiero…
—Jamás serías una molestia —gruñó—. Sabes que te quiero muchísimo, que eres la hermana que me habría gustado darle a Andrea. Es más, hasta estás en mi testamento.
—¿Qué?
—Andrea estuvo de acuerdo —se rio—. Ella te adora y no le importa compartir una parte de su fortuna contigo.
—Pero…
—No hablemos más del asunto, ¿de acuerdo? Ya llegará ese hombre digno de ti, que sepa amarte como mereces.
—Está bien —asentí—. Después de todo…
—Señor, están golpeando la puerta muy fuerte —dijo Olga, otra de las empleadas, entrando en la sala.
Después de esas palabras empezaron a escucharse gritos y golpes que reconocí de inmediato. Era Dimitri.
—Dios mío —jadeé—. No, no…
—Tranquila —me pidió Reece—. Hablaré con él para evitar la pelea. Tú sube a la habitación de Andrea.
—Es mejor que ambos le pateemos el trasero a ese perro inmundo —dijo mi amiga desde el rellano de las escaleras.
Ahogué un grito al verla con un bate de béisbol en las manos.
—¡Amelia! —bramó Dimitri.
Se me volvieron a llenar los ojos de lágrimas al ver cómo la puerta temblaba.
—No vas a golpear a nadie —advirtió Reece, que me tomó del brazo para llevarme a las escaleras—. Sube con Amelia y es mi última palabra.
La enorme puerta se abrió de golpe antes de que pudiera siquiera subir el primer escalón. Dimitri entró como un torbellino, con los ojos inyectados en sangre al ver que el padre de Andrea me sostenía con firmeza por el brazo.
—¿Qué significa esto, Amelia? —me preguntó, enrojecido de rabia—. No, no…
—Que me pienso quedar aquí —dije con toda la valentía que logré reunir—. Dimitri, quiero separarme de ti.