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11. DEBEMOS INTENTARLO

No Estoy Enferma 18+ — booknet.com · All chapters

11. DEBEMOS INTENTARLO

Amelia

Dimitri retrocedió, negando con la cabeza. Si no lo hubiera visto con Zoe en esa oficina, habría creído que la posibilidad de separarnos le aterraba.

—No, no estás hablando en serio —respondió con una risa extraña, temblorosa—. Deja de decir tonterías, Amelia. Lo único que quiero es cuidarte. Y tú, suéltala.

Reece me soltó con cuidado y empujó a Dimitri cuando él se le fue encima.

—A mi casa no se viene a pelear —le gritó—. Amelia tiene razones de sobra para separarse de ti.

—Tú lo que quieres es tenerla para ti, ¿cierto? —se burló mi esposo, mirándolo con un odio que me heló la sangre—. Por eso la ayudas con esta estupidez.

—Tienes la mente demasiado enferma —resopló Reece—. Amelia es como una hija para mí, aunque me da igual si me crees o no. La voy a proteger de ti y de cualquiera que quiera dañarla, ¿me entendiste?

—Reece, por favor —supliqué.

Andrea bajó y me abrazó por los hombros. No había soltado el bate.

—Vamos arriba, Amelia.

—Amelia, vámonos —exigió Dimitri, intentando acercarse a mí de nuevo—. Lamento hacer este escándalo, pero no puedes huir así de la casa y mucho menos decirme que quieres separarte. Eso no va a pasar.

—Vete, Dimitri —le pedí con voz débil—. Mi decisión está tomada. Es mejor que dejes de lidiar con una mujer enferma como yo.

—¿Por qué dices todo esto? Maldita sea, jamás me ha molestado cuidar de ti. Eres mi esposa, te amo.

—Ni a buen actor llegas —se rio Andrea, negando con la cabeza—. Mejor vete con…

—Andy, por favor —supliqué—. Ya no quiero escucharte, Dim. Vete. Tú quieres mantenerme postrada en una cama intentando salvar mi vida y yo ya no quiero eso.

—No puedo dejar que mueras —replicó, abandonando esa frialdad que le mostraba a Reece—. Amelia, te necesito. Hablemos, por favor.

—Ah, no, ni loca…

—Andrea, no te metas —la cortó su padre con voz grave—. Aunque nosotros queramos protegerla, es Amelia quien tiene que decidir.

—Al fin dices algo con lo que estoy de acuerdo —gruñó Dimitri—. Amelia, por favor…

—Vamos al despacho —dije mientras me limpiaba las lágrimas—. No me pienso ir de aquí, te lo advierto, pero al menos podemos discutir mis razones.

—¿Estás segura, cielo? —preguntó mi amiga—. Bien, mi bate y yo nos quedaremos cerca.

—El despacho está abierto, cariño —me dijo Reece—. Llámame si necesitas algo.

—No será necesario —contestó Dimitri por mí—. Y te exijo que no la llames de esa manera.

—Reece es como mi segundo padre —lo defendí—. Él puede llamarme como quiera.

—Amelia…

—Hablemos como dos personas civilizadas.

No esperé a que me siguiera y avancé con paso firme hacia el despacho. Mi corazón latió desbocado al escuchar cómo mi esposo cerraba la puerta.

—Dimitri…

Nada más girarme hacia él, Dimitri se lanzó sobre mí como una fiera hambrienta. Sus labios no tenían ninguna piedad conmigo y sus brazos me apretaban como nunca, sin miedo a hacerme daño. Abrí los ojos de par en par y, de forma inevitable, los cerré al sentir la excitación fluyendo por mis venas.

Mi cuerpo era incapaz de percibirlo como una amenaza, aunque mi cabeza ya comenzara a hacerlo.

—No nos vamos a divorciar —me dijo mientras me sentaba sobre el escritorio para seguir besándome—. No te irás de casa. No puedes abandonarme.

—Dim… Tenemos que…

—Te amo, Amelia —susurró, dejando un reguero de besos desde mi mandíbula hasta mi cuello—. Ya pronto vamos a cumplir cinco años. Quiero muchos más.

—Mi amor —gemí.

Me aferré a su espalda, tensa por la excitación y la fuerza que ejercía en mí.

—No quiero hablar. Quiero llevarte conmigo —dijo con voz ronca.

Me tensé al sentir la punta de su miembro en mi sexo. ¿Cuándo me había apartado la ropa interior?

—No te rechacé por falta de deseo —confesó con los ojos oscurecidos—. Temía lastimarte o que algo te pasara.

Entró en mí de una sola estocada y tuve que morderle el hombro para no gritar.

—Carajo —jadeó mi esposo, que tomó mi rostro entre sus manos—. Estás tan mojada. Quería esto, sentirte así. No pienso parar ahora. Grita, Amelia, que le quede claro a ese idiota que eres mía. No vuelvo a hacerte el amor con condón. Maldita sea, seré yo quien muera.

—Sal, Dimitri —le pedí con voz estrangulada—. No quiero.

—Pero…

—Te he dicho que pares —exigí en contra de lo que mi cuerpo deseaba, y lo empujé.

Por un segundo pude ver su enorme miembro empapado y aparté la vista antes de arrepentirme de no seguir. Tenía que recordar lo ocurrido en la sala de juntas, cuando deseaba hacerle el amor a Zoe.

—¿Qué te está pasando, Amelia? —me preguntó con tono dulce, sin parecer molesto—. ¿Te sientes mal?

—Me siento mejor que nunca y por eso me niego a que me inyecten otra vez. Además, ya no tiene caso que siga con el tratamiento. De nada servirá.

—¿Qué estás queriendo decir?

Dimitri se acercó y me sujetó por los hombros. Fruncí el ceño, desconcertada ante el terror que inundaba sus ojos.

—Responde, ¿qué te dijo la doctora? ¿De verdad…?

—El tiempo se está terminando, Dimitri —susurré—. No puedo ni quiero atarte a mí. Lo único que tú pretendes es darme una vida llena de medicamentos, dolor y sufrimiento. Es mejor que…

—Tienes que volver al tratamiento —imploró—. Amelia, te lo pido. ¿No piensas en mí? ¿No te importa abandonarme?

No pude evitar echarme a llorar a pesar de saber que él me mentía, que en realidad esperaba que me muriera.

—Tendrás una vida por delante —respondí entre sollozos.

—No, mi vida se acabaría contigo —negó mientras me estrechaba entre sus brazos—. Amelia, me niego a que este sea el final. Desde que me casé contigo, no he deseado otra cosa más que verte sana.

—Te creo —dije con un nudo en la garganta—. Aun así, quiero hacerme a un lado para que no tengas que…

—No —me interrumpió—. No te vas a ir de mi lado. Vas a volver a casa.

—No quiero más tratamientos, los odio —gimoteé—. Déjame, Dimitri.

—Bien, hagamos algo. Podemos intentar encontrar otra solución. Podemos hablar con esa doctora, buscar otra cosa. Le diré a Landon que no interfiera, pero intentemos.

Me di la media vuelta y mi respiración se volvió casi tan pesada como en mis peores crisis. ¿Qué demonios ganaba con mantenerme viva si amaba a otra mujer? ¿El negocio? Yo tenía acceso a toda su información financiera porque él me la había mostrado y no parecía ser el caso. La fortuna de mi padre equivalía a lo que su desarrolladora inmobiliaria ganaba en un mes.

—Puedes ser feliz con alguien que pueda darte una familia —murmuré—. No hace falta que te quedes aquí por compasión.

—Amelia…

—Sé que me quieres, no tengo dudas. Es solo que…

—Piénsalo —suplicó, acariciando mis hombros—. Vayamos a Europa, busquemos soluciones. Estoy seguro de que…

—No, ya no quiero intentar nada. Al menos déjame pensarlo —mentí—. Sí, tengo que decidir si quiero seguir con esto.

—¿A qué te refieres, cariño? —indagó en un susurro—. Lo del tratamiento puedo entenderlo. Lo que no entiendo es que quieras separarte de mí. Volvamos a casa.

—Dije que no —respondí—. Por Reece no te preocupes, me conoce desde que era una niña.

—Confío en ti. En él no. ¿O acaso no lo vemos con una mujer diferente cada vez?

—Eso va a cambiar —murmuré—. Andrea ya habló con él y…

—Entonces mucho menos quiero que te quedes aquí.

—No tienes ningún derecho a tener celos —gruñí, apartándome con brusquedad de él—. Jamás te he dado motivos para que desconfíes.

—Y más vale que no empieces a dármelos ahora —masculló—. Amelia, no puedes quedarte aquí. Me da lo mismo que tú lo veas como parte de tu familia. Sigue siendo un hombre.

—¿Y eso qué? No, no vas a lograr convencerme. Me niego a que papá me meta más sustancias horribles al cuerpo. Si regreso, entonces…

—No le permitiré que vuelva —juró—. Vamos a casa, por favor.

—Dije que no.

Corrí hacia el otro lado del escritorio. Mi esposo seguía agitado, con una mirada llena de determinación que comenzaba a inquietarme. No parecía dispuesto a rendirse.

—Debemos intentarlo —insistió, apoyando ambas manos en el escritorio—. Sé que es difícil para ti someterte a tantos tratamientos, pero hazlo por mí.

—¿Y tú qué ganas con eso? —pregunté con frialdad—. No…

—A ti —respondió, y mi corazón se estrujó.

Parecía sincero. Sus dotes de actuación eran las mejores del mundo, sin duda. De no conocer la verdad, habría creído ciegamente que me amaba, que enloquecía ante la idea de perderme.

—¿A mí?

—¿Qué otra cosa podría desear? Quiero que vivas, que estés toda la vida a mi lado. Lo haremos, Amelia. Incluso tendremos hijos.

—Hijos —reí—. ¿Te das cuenta de las cosas que dices? ¿Cómo puedes ser tan cruel?

—Adoptaremos hijos, mascotas, incluso plantas. Haré lo que sea para seguir a tu lado.

Me mordí el labio inferior, dudosa. Por suerte, el recuerdo de lo ocurrido con Zoe asaltó mi mente y me permitió recobrar la fortaleza. Verlo actuar así me dolía como nada en la vida, tanto por mí como por él.

Tenía que poner fin a su sacrificio a como diera lugar.

—Me quedaré aquí unos días —le informé—. No me pidas que regrese, porque no lo haré.

—Amelia…

—Déjame pensar con calma, Dimitri —lo interrumpí—. Tengo muchas dudas.

—¿Dudas? —jadeó—. ¿No estás insinuando que…?

—Sí, Dimitri, tengo dudas sobre nuestro matrimonio. Anoche terminé de confirmarlo —espeté—. Algo se rompió dentro de mí con tu rechazo, con estos tres meses en los que evitaste tocarme.

—No, Amelia, prometo…

—No es necesario que prometas nada. —Solté un suspiro—. Ahora soy yo la que quiere mantenerse alejada de ti.