12. ELLA ES MI ESPOSA
DimitriDetener mis planes me hacía hervir la sangre. Sin embargo, atacar a Andrea en ese momento era la peor de las estrategias y ya conocía lo suficiente a Amelia como para saber que se largaría a otro lado.
—Amelia —susurré mientras aumentaba la velocidad de mi mano.
Estaba a punto de correrme. No pensaba en sus pechos ni en cualquier otra parte erótica de su cuerpo que me volvía loco, sino en su mirada, en la humedad de su interior y en esa forma en la que me envolvió.
Exploté al completar la escena en mi cabeza: ella gimiendo de gusto, besándome con locura y prometiendo volver a casa. Por desgracia, poco me duró el gusto. La realidad volvió a golpearme tras limpiarme los restos de semen.
—¿Qué me está pasando, maldita sea? —susurré mientras me ponía de pie.
Me acerqué al espejo del baño y no solo me lavé las manos, sino también la cara. Descargarme en el baño de la oficina servía poco o nada para apagar el fuego que mi esposa había encendido. Y no era un fuego agradable, sino uno cruel, capaz de reducirme a cenizas.
Sin darme cuenta, me había enamorado de ella. Que se fuera de casa era el golpe de realidad que necesitaba. Ninguna de las palabras que le había dicho a Amelia era mentira y lo descubrí tan pronto como las pronuncié.
Me negaba a perderla, ya fuera por la muerte o por su despecho.
—No puedo perderla —susurré—. ¿Por qué no me di cuenta antes? Yo…
—Dimitri, amor, ¿estás allí? —preguntó Zoe, intentando abrir la puerta—. ¿Te encerraste?
—No te necesito ahora. Vete —le dije—. Es más, puedes irte a tu casa.
—¿Y no me vas a llevar? —preguntó con extrañeza.
—No. Dile a uno de los chóferes que te lleve. Ahora no puedo.
—¿Por qué te fuiste hace un rato? ¿Fuiste a buscarla? ¿De verdad…?
—Te dije que podías irte —repetí—. Necesito arreglar algunas cosas y no puedo atenderte.
—Mi amor…
—No me llames así —exigí—. Vete, Zoe. No quiero hablar con nadie.
—Está bien. Te espero esta noche en casa, ¿sí? Esta vez quiero estar contigo.
—De acuerdo, te veo por la noche —respondí.
Cerré los ojos y suspiré. No sería nada sencillo decirle que quería terminar. De cualquier forma, tenía que hacerlo. Para bien o para mal, prefería seguir al lado de Amelia e impedir que muriera.
Y, desde luego, cortar cualquier lazo entre los Everhart y ella.
—Tienes el escritorio hecho un desastre —se quejó—. ¿Y esta factura?
Salí del baño de forma apresurada. Zoe tenía en las manos la factura del regalo que le había comprado a Amelia.
—¿Me tienes un regalo? —me preguntó antes de que se la arrebatara.
—No tienes por qué meterte en mis asuntos —espeté—. Te dije que te fueras.
—Pero…
—¡Largo! —grité.
Zoe sollozó y se fue a toda prisa, haciéndome dudar de que realmente estuviera lastimada. ¿Con qué clase de manipuladora me estaba metiendo?
Negué con la cabeza y me apreté el puente de la nariz. No, ella no tenía la culpa. La tenía yo por involucrarme con ella, ilusionarla con una idea que antes era real y que en ese momento ya no tenía validez alguna para mí.
Casarme con Amelia sin sentir remordimiento alguno debió haber sido la primera señal. Ese día fui feliz al verla tan enamorada de mí, ilusionada ante una nueva vida. Ahora caía en cuenta de que no había imaginado ni una sola vez a Zoe a pesar de tenerla tan cerca por ser dama de honor.
—Regresarás a casa, Amelia —susurré, mirando el portarretrato sobre mi escritorio—. Esta vez te haré feliz de verdad y no a medias.
Guardé la factura en el cajón con llave junto con el regalo que iba a hacerle. Tendría que soportar que Amelia pasara la noche allí si quería ganar puntos. No le creía cuando decía que quería mantenerse alejada de mí.
Ella me seguía amando. Sus besos y su excitación no mentían. Solo estaba molesta por nuestra abstinencia de tres meses.
Al llegar a la casa, Landon estaba tomándose un café en la sala. Siempre había ignorado la irritación que me causaba verlo disponer de la casa como si fuera suya, pero ya no estaba dispuesto a soportarlo. Mi matrimonio estaba en juego y haría lo que fuera necesario para que Amelia no volviera a huir.
—¿Qué pasa? —me preguntó mi suegro al darse cuenta de que llevaba varios segundos mirándolo—. ¿Lograste convencer a mi hija de regresar?
—No, no lo hice. Y tal vez, por ahora, sea más seguro que se quede allí —respondí—. Tú y yo tenemos que hablar, Landon.
—¿De qué? —inquirió, levantándose con lentitud—. ¿Estás en desacuerdo con el tratamiento? ¡Esto podría salvarle la vida!
—Yo ya no estoy tan seguro.
Landon frunció el ceño y el ritmo de su respiración cambió.
—¿Cómo que no estás seguro? ¿Crees que le daría algo a mi hija que la perjudique? ¡Alguien le está metiendo ideas en la cabeza!
—Sí, eso último es verdad. Sin embargo, es bastante extraño que Amelia sea otra cuando no toma nada de lo que tú le das. La vi correr, Landon, correr como cuando era una niña.
—Eso puede ser adrenalina —resopló.
—No, eso es que el medicamento le está haciendo daño y tú no haces nada para…
—¡Claro que lo hago! ¡Por eso busqué otro! —me gritó.
Me acerqué con paso decidido y él retrocedió por reflejo.
—Hijo, yo quiero lo mejor para Amelia. Ella es lo único que me queda de mi esposa. ¿Por qué le haría daño?
—Hay cosas que no me cuadran. Amelia es otra mujer cuando abandona los tratamientos y quiero saber por qué. Ella me asegura que su tiempo se está agotando cuando en realidad luce más sana que tú y yo juntos.
—El cáncer es así —repuso, encogiéndose de hombros—. Estoy seguro de que con el tratamiento que le traje va a mejorar. Es…
—¿Sí? Pues quiero verlo —lo interrumpí mientras extendía la mano—. Ahora seré yo quien se encargue de su medicación.
—Tú no tienes tiempo para eso —se rio—. Eres un hombre muy ocupado.
—Siempre tengo tiempo para mi mujer.
—¿Ah, sí? —se burló—. Pues no se nota. No estabas aquí para evitar que se largara.
—Iba a regresar para estar con ella —confesé—. A partir de ahora, me mantendré cerca de Amelia para ayudarla a sanar. Dame el medicamento para consultar con su doctor.
—De ese asunto me encargo yo. Solo tienes que cuidarla —respondió con seriedad—. Lo siento, no confío ni siquiera en ti para eso. Tú finges amarla y te acuestas con otra mujer.
—No le he faltado de esa manera a tu hija, y, aunque lo hiciera, la voy a cuidar e intentaré mantenerla con vida hasta el final. No me hagas perder más tiempo y dame el medicamento, Landon. No pienso repetirlo.
—He dicho que no.
—¿Qué pasa aquí? —inquirió Inés, que llevaba una taza humeante en las manos—. Dimitri, ¿lograste encontrar a mi niña? ¿En dónde está?
—En la residencia de verano de los Everhart —gruñí—. Ella se quedará por hoy para tranquilizarse. Mañana haré que regrese.
—Dios mío, ¿ya viste lo que provocas, Landon? Ella tiene que estar aquí, en su casa. La ahuyentaste con…
—No soy yo quien la ahuyentó. Es alguien más quien le está lavando el cerebro a mi hija —replicó él—. Y estoy seguro de que fue esa tal Andrea quien lo hizo. Esa amistad jamás me ha gustado.
—Tampoco me gusta a mí, aunque eso no es lo que estamos discutiendo ahora —contesté—. Dame el medicamento ya mismo. Si no lo haces, no accederé a que se le aplique a Amelia.
—Hijo, ¿a ti también te metieron ideas en la cabeza? —gruñó Landon—. Vamos juntos a analizarlo si quieres, pero la salud de mi hija no se la confío a nadie.
—Amelia es mía. Es mi responsabilidad —dije con firmeza—. Si no me lo quieres dar, está bien. Solo no vuelvas a pisar esta casa y mucho menos hables con Amelia. Ella ya tuvo suficiente, no se puede alterar más. Ahora quiere dejarme por tu culpa.
—¿Por mi culpa o por la tuya? —sonrió—. En cualquier momento pudo darse cuenta de que tienes una amante. Y no, no me trago el cuento de que no te has acostado con ella. Pensaban casarse cuando te supliqué que hicieras feliz a mi hija.
—No tengo necesidad de mentir —respondí con calma—. Si no me das el medicamento, entonces no puedes volver ni acercarte a Amelia, ¿me entiendes? De ahora en adelante, yo revisaré cada medicamento que entre en su sistema.
—Eso no…
—Sí. Sí puede ser —lo interrumpí—. Amelia es mi esposa y ahora soy yo quien decide sobre su salud. No dejaré que vuelva a pasar ninguna incomodidad más.
El rostro de mi suegro enrojeció de rabia y, sin decir ni una sola palabra, se marchó a toda prisa. Inés se sobresaltó al escuchar cómo su hermano azotaba la puerta.
—¿Qué hiciste, Dimitri? —me preguntó con voz temblorosa—. ¿Y si mi niña no se salva? Ese tratamiento…
—Algo no está bien. Landon no le está dando el medicamento correcto a Amelia —le dije—. Desde ahora yo me encargaré de atenderla como es debido.
—¿Por qué? —me cuestionó—. Tú deberías…
—Es mi esposa. Esa debería ser razón suficiente para cuidarla y salvarle la vida.
—Sí, pero…
—Todo va a cambiar en cuanto Amelia vuelva a casa —prometí—. Ella tendrá lo que merece y algún día lograremos tener ese hijo que tanto deseo.
—Pensé que lo tendrías con…
—No, eso se terminó. Amelia es mi mujer, la única con la que quiero estar.
—¿Eh?
Subí al tercer piso sin decirle nada. Nada más llegar comencé a buscar los medicamentos que Amelia tomaba, mas no tuve suerte. Era como si alguien se los hubiera llevado todos.
—Maldita sea, ¿por qué no guardó nada? —me quejé.
Me senté en la cama, justo en el lugar de Amelia, y acerqué su almohada a mi nariz. Su aroma estaba intacto e incluso podía sentir su calor.
—Eres una mujer sana —susurré—. Eres una mujer sana y no te irás de mi lado. Perdóname por descubrir así cuánto te amo.
Imaginé a Amelia de nuevo entre mis brazos y sonreí. Aún no era demasiado tarde; podría llegar a convencerla de mi amor. Le daría esa noche especial que ella tanto quería sin descuidarla ni un segundo.
El resto del día la pasé entre el despacho y la habitación, averiguando qué cosas podría hacer con ella y dejando todo reluciente para recibirla.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Inés cuando me la encontré en las escaleras—. ¿A dónde vas tan formal?
—Iré a terminar con Zoe —le dije con sinceridad.
Ella arqueó ambas cejas.
—Después iré a buscar a Amelia.
—¿Por eso llegó un paquete enorme del restaurante? —preguntó sorprendida.
—Sí.
—No deberías ir con Zoe ahora —me aconsejó—. ¿Y si ella te detiene? Es que…
—Nada ni nadie me va a detener —le aseguré—. Seré amable con ella y le explicaré que no podemos seguir así. Sé que la lastimaré, pero esta situación no puede continuar.
—Me alegra que te dieras cuenta a tiempo de cuánto amas a mi pequeña —dijo con una sonrisa—. El amor es algo que no se puede ocultar.
—Sí, voy a reparar mis errores sin hacerla sufrir. Zoe me comprenderá y, si es necesario, voy a darle una indemnización muy generosa. Se lo merece por todo el tiempo que me esperó.
—Habrá que ver cómo lo toma.
—A ella le encanta el dinero —repuse con sorna—. Seguro que logrará superarme pronto.
—Las personas no son transacciones, hijo —me reprendió—. Vas a herir sus sentimientos.
—Sí, soy consciente de eso, pero no puedo seguir atrapado entre dos mujeres cuando yo ya elegí a una. Amelia es mi esposa; con ella estaré el resto de mi vida.
—Está bien. Entonces te deseo buena suerte. De verdad rezaré para que mi niña vuelva a casa. Nadie puede cuidarla como tú y yo.
—Gracias.
Bajé las escaleras, plenamente convencido de todo lo que tenía que hacer. Esa misma noche me adelantaría a cada argumento de Zoe y lograríamos un buen acuerdo para terminar la relación. Amelia sería mi única prioridad en la vida y nadie más tendría mi absoluta atención.
Ella tenía que vivir para estar a mi lado, para tener hijos, mascotas o lo que fuera, mientras fuera feliz. Su felicidad se había convertido en la mía, mucho más satisfactoria que el negocio más rentable.
—Señor, tengo que decirle algo —me dijo Nick cuando salí de la casa—. Acaba de llamarme Dylan.
Una punzada apretó mi pecho.
—¿Qué pasa? ¿Amelia se puso mal? —pregunté sin aliento.
—No, al contrario. Está tan bien que la vio irse con la señorita Everhart. Por lo que Dylan pudo ver a través de los binoculares, las dos iban muy bien arregladas, como si fueran a irse de fiesta.
—No, eso no puede ser —mascullé, apretando los puños—. No…
—Es un hecho, señor Caldwell —dijo con tono sombrío—. La señora Amelia quiere dejarlo atrás.