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13. DOS COPAS DE APEROL

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13. DOS COPAS DE APEROL

Amelia

La fidelidad que siempre le había tenido a Dimitri me hacía cuestionarme lo que estaba haciendo. Salir a un bar a beber algo justo el día en que casi hicimos el amor me parecía una falta de respeto total hacia mi matrimonio.

Andrea me había convencido, desde luego. Por más doloroso que fuera, tenía que recordar que Dimitri había fallado primero. Fuera sexo o no, nuestro matrimonio era una mentira y él pasaba tiempo conmigo anhelando los jueves.

—Te ves hermosa —me dijo mi amiga cuando terminó de arreglarme—. Si no te viera como mi hermana, te besaría ahora mismo.

—Loca —reí.

—Es en serio. Jamás he podido entender por qué, a pesar de que eres la chica más hermosa que he visto, no me siento atraída de esa forma —murmuró mientras se sentaba en su cama—. Es raro, ¿no?

—¿Será porque crecimos juntas? —me encogí de hombros.

Tomé un cepillo para terminar de acomodarme algunos mechones. Por el espejo observé a mi amiga, que seguía con expresión pensativa.

—No creo que sea eso. Yo me besé y hasta tuve sexo con Antonella. Somos amigas desde el preescolar.

—¡¿Cómo?! —jadeé, girándome hacia ella—. ¿Y cuándo…?

—Porque pasó hace unos cuatro días —confesó con una risita—. Si te soy sincera, tampoco me gustó tanto. A ella no le gusta usar juguetes. Creo que volveré a ser hetero; las mujeres me están aburriendo.

—¿No será que simplemente quieres rebelarte? —propuse—. Tú te mueres por los hombres, Andy. No lo niegues.

—No lo vamos a negar —suspiró—. En realidad, quisiera encontrar el amor en un hombre, aunque después de ver a tu maldito marido ya estoy perdiendo la fe en ello.

—No tienes por qué, nena —repuse mientras me acercaba a ella—. Dimitri resultó ser un hombre diferente al que pensaba, pero eso no significa que todos sean iguales.

—Vaya, amiga, tú sí que eres madura —se rio—. ¿Cómo puedes soportar semejante dolor sin querer matar a todo ser con pene que exista?

—Porque sé que existen hombres como Reece.

—Bah, no lo pongas de ejemplo. Ese tipo se come todo lo que tenga vulva.

—Recuerda que es soltero y que se detuvo en cuanto tú te quejaste. ¿Eso no habla bien de él? —lo defendí—. Yo estoy segura de que será como un Golden retriever en cuanto se enamore.

—¿Sí? —sonrió—. Oh, tenemos que empezar la operación ya mismo. Quiero una madrastra que lo ponga en cintura.

—Creo que tienes que calmarte un poco. A él le llegará el amor cuando tenga que ser.

—¿No podemos ayudarlo ni un poquito?

—No, hija, no quiero que me consigas mujer —gruñó Reece, que entró a la habitación.

Las dos nos levantamos y él nos miró de arriba abajo.

—Se ven preciosas, mis nenitas —nos dijo con una sonrisa, que perdió casi de inmediato—. Esperen, ¿a dónde creen que van?

—A tomar algo, papá —le respondió Andrea—. Amelia necesita divertirse un rato.

—En eso estoy de acuerdo, pero…

—Vamos a regresar temprano —le prometí—. De verdad necesito salir a distraerme.

Reece asintió. Aun así, parecía preocupado.

—¿Pueden ir con los guardias? Me preocupa que Dimitri…

—Sí, tienes razón —dijo Andrea, de pronto seria—. Ese perro sarnoso podría enterarse de que salimos.

—Vaya, hasta que me escuchas —se rio Reece—. Ya, no me pongas esa cara. Ya empiezas a parecerte a Nyla.

—Por cierto, ¿dónde está? —indagó mi amiga.

—En mi habitación. Ella es la chica con la que dormiré ahora —respondió Reece, bostezando—. Maldita sea, hoy fueron muchas emociones. No sé cómo tienen energía para salir.

—Es que todavía no cumplimos cuarenta —bromeó su hija.

—Deja de burlarte, tonta —le gruñó Reece, que se lanzó contra ella hasta tirarla en la cama.

La forma en que reían y se gritaban me hizo alejarme un poco. Mi corazón se encogió, intentando recordar si alguna vez papá y yo habíamos jugado así. Él me quería, desde luego. Me daba todo lo que necesitaba e incluso estuvo presente en muchos de mis momentos importantes. Sin embargo, nunca había tenido con él una complicidad como la que tenían Reece y Andrea.

Me sentía profundamente celosa, con una herida abierta que tal vez nunca se cerraría. Yo quería todo eso con mi propio padre y no una enorme sospecha de intento de asesinato.

—Lo siento —se disculpó Reece al verme la cara—. Amelia…

—Nena, perdona al bruto de papá —resopló mi amiga—. Ay, ya me destruiste el peinado.

—Te queda mejor el pelo suelto —le sonrió su padre.

—No tienen que disculparse por quererse —respondí con la voz temblorosa—. Yo… Será mejor que te espere abajo, amiga.

Antes de que alguno pudiera detenerme, bajé a toda prisa. Intenté contener las lágrimas, mas fue inevitable derramar un par de ellas. En el fondo, todavía no me sentía lista para comenzar una nueva vida.

—Tengo que intentarlo —susurré, abrazándome a mí misma—. Roma no se construyó en un día.

—¡Amelia! —gritó Andrea, que bajaba corriendo las escaleras—. No me odies por lo que pasó arriba, yo…

—Tranquila —la interrumpí—. Creo que soy yo la que tiene traumas. Lamento si les arruiné el momento.

—Tú jamás arruinarías nada. Fuimos los dos los que no pensamos por un momento en tus sentimientos —admitió con tristeza—. Es que me siento tan bien de reconciliarme con él que…

—Y no sabes lo mucho que me encanta.

—Recuerda que eres una más —dijo, acariciando mi hombro—. Si necesitas un abrazo de oso de cualquiera de los dos, sabes que solo tienes que pedirlo.

—Lo sé —contesté mientras le limpiaba un poco la esquina de un ojo—. Vámonos. Será mejor que me olvide de todo esto con unos buenos tragos.

—¡Sí!

—¡Me llaman si necesitan que las recoja! —nos gritó Reece desde arriba—. Y no se acerquen a cualquier idiota, ¿me entendieron? Hoy no tengo ganas de romperle la cara a nadie.

Las dos nos reímos.

—Sí, papá —respondimos al mismo tiempo, con ironía.

—Dios, eso sonó genial —dijo Reece—. Las quiero, princesitas. Vayan con cuidado.

Al subirnos a la camioneta, mis ánimos habían mejorado mucho. No tenía llamadas perdidas de Dimitri, por lo que era bastante probable que él estuviera divirtiéndose con Zoe.

—Iremos a un lugar tranquilo —me prometió Andrea—. Iremos poco a poco. Por ahora no haremos nada loco.

—Gracias —le dije, aliviada.

—Eso sí, vamos a bailar.

—¿Qué?

—El bar tiene una pista, nos vamos a divertir. Amelia, tú bailas precioso. Verte bailar ballet es de otro mundo.

—Corrección: bailaba precioso —reí con nostalgia—. Qué tiempos aquellos, ¿no? Me esforzaba demasiado y me destrocé los pies ensayando para impresionar a Dimitri. Él siempre iba a verme con Zoe. Debí haberme dado cuenta de que ellos dos tenían algo.

—Yo debí decírtelo cuando ese perro inmundo decidió confesarse pocas semanas después de tu diagnóstico.

—Yo tuve la culpa. Me dejé envolver por su buen trato y me convencí de que me quería porque jamás lo vi haciendo nada inapropiado con Zoe. Realmente creía en la amistad entre hombres y mujeres.

—Admito que casi te dejo de hablar cuando nos elegiste a ambas como damas de honor. ¿Cómo carajo…?

—Pensé que sería un lindo gesto hacia Dim. Él me pidió que no lo hiciera y yo insistí —susurré, frunciendo el ceño—. Dios mío, ¿cómo pude estar tan ciega? Otra vez estoy empezando a sospechar que sí estoy muy enferma.

—Estás enferma de amor por él, aunque eso ya se te va a pasar —me consoló—. Ahora dejemos de pensar en cosas tristes y disfrutemos la noche.

—¡Como ordene la capitana!

—Dios, cómo te amo —dijo entre risas.

Llegamos al exclusivo establecimiento de dos plantas quince minutos más tarde. El lugar, por suerte, no estaba tan concurrido como me había imaginado. Andrea había cumplido con su palabra.

—Iremos poco a poco —me susurró ella antes de entrar.

Ser una Wycliffe y luego esposa de Dimitri Caldwell nunca me había abierto las puertas de lugares como aquel. Mi padre me sobreprotegía de esa clase de cosas y mi marido siempre decía que odiaba la idea de que yo captara miradas masculinas, como había sucedido el día de nuestra boda.

¿Cómo pude ignorar que tras sus celos se escondía la infidelidad? No había evidencia de encuentros públicos con Zoe, pero estaba más que segura de que él había salido con ella en alguna ocasión.

Un amable empleado se hizo cargo de nuestras gabardinas y nos guio dentro del lugar.

Una vez que atravesamos la puerta de cristal del lugar y bajamos los cuatro escalones, me relajé. El bar, de luces tenues y mesas con suficiente distancia para mantener una conversación, se encontraba separado de la pista de baile ubicada en el segundo piso. Podríamos estar tranquilas antes de la diversión.

—¿Y si vamos a tomar algo para entrar en calor? —me preguntó Andrea, tomándome de la mano—. Necesitas esto para bailar.

—Está bien. Me dejaré guiar por ti esta noche. Eso sí, quiero algo suave, ¿me entendiste? No puedo embriagarme en mi primera noche libre.

Andrea captó de inmediato la atención de la gente con su carcajada. Decidí no reprenderla y juntas nos dirigimos a la barra.

—Un Aperol Spritz para mi amiga, por favor —pidió al barman, que le sonrió con galantería—. Y un Cosmopolitan para mí. Queremos alegrarnos sin perder la dignidad. Somos todas unas damas de sociedad.

El estómago se me contrajo. No conocía ni una mierda de bebidas alcohólicas, únicamente el Cosmopolitan y porque Andrea siempre lo pedía. Dimitri no tenía ninguna botella en casa para que no apareciera la tentación.

—Relájate, parece que estás estreñida —se burló mi amiga—. Te aseguro que la bebida te va a gustar.

Relajé los hombros y suspiré. El líquido naranja y la humedad de la copa me hicieron agua la boca. Tenía mucha sed y no me había enterado hasta ese momento.

—Anda, pruébalo —me instó después de darle un sorbo a su bebida.

Bebí un poco. No pude evitar toser al sentir el gas bajando por mi garganta. Aun así, sentí que era lo mejor que había probado en mi vida.

—Esos hijos de puta no te dejaban tomar gaseosas —gruñó Andrea—. ¿Qué tal?

—Está delicioso —dije, con los ojos inundados de lágrimas—. Tenías razón, no es tan fuerte. Creo que pediré otro en un rato para entrar un poco en calor.

—Sí, bebé. Aquí vinimos a divertirnos.

Las dos nos quedamos en la barra, disfrutando de nuestras bebidas, hasta que dos hombres se nos acercaron. Uno de ellos era el doctor Yoshida, cuya atención estaba puesta en Andrea.

Con traje se veía incluso mejor. El negro acentuaba su masculinidad.

—Uy, doctor, ¿qué está haciendo usted aquí? —le preguntó mi amiga con tono coqueto.

—Lo mismo me pregunto yo —le respondió él, que me dedicó una breve mirada—. Parece que están celebrando la buena noticia.

Asentí mientras daba otro sorbo.

—Sí, parece ser que estoy sana y todo fue un error —le dije antes de desviar la mirada hacia su amigo.

—Él es Connor —me dijo el doctor—. Es mi primo por parte de madre. Por eso no es japonés.

Dejé mi copa y extendí la mano. Connor se inclinó y la besó, lo que me hizo reír. Cuando levantó la vista, me di cuenta de que era atractivo y tenía una linda sonrisa.

—Mucho gusto, Milagro .

—¿Milagro? —pregunté confundida.

—Sí, me dijeron que te curaste de la nada —bromeó.

—O tal vez nunca estuve enferma. Es bastante probable que mi padre termine preso por enfermarme a propósito.

Él y el doctor se quedaron serios. Preocupada, miré a Andrea, que solo se encogió de hombros y alzó su copa.

—Brindemos por la salud de Amelia, mi hermana, y por habernos encontrado.

—En realidad estuve investigándote un poco —confesó el doctor a mi amiga—. Me pareciste una chica muy hermosa en el hospital. Quería volver a verte.

—Uy, eres del tipo acosador. —Andrea se estremeció—. Aprobado. Eso me encanta.

Fruncí el ceño. ¿Desde cuándo le gustaban esas cosas? A Dimitri lo odiaba por el simple hecho de llamarme más de una vez.

Pedí otra bebida antes de subir al segundo piso. Mi acompañante y yo dejamos que esos dos conversaran y nos dedicamos a comentar cosas sobre el lugar. A pesar de lo agradable que era Connor, no podía dejar de pensar en mi esposo y en lo que diría si me viera con dos copas encima.

—¿Por qué no bailamos? —me preguntó Connor después de un rato sentados, viendo a los tortolitos—. Noto que estás un poco distraída.

—Lo siento —me disculpé, avergonzada—. Estoy separándome y ahora no soy la mejor compañía.

—Por eso mismo deberíamos bailar —sonrió—. No tienes que justificarte.

—Entonces vamos antes de que el alcohol me ponga dos piernas izquierdas.

—No te preocupes, soy bueno bailando.

—Mmm… Eso dicen los que son realmente malos.

—Mierda, me atrapaste —se rio.

A pesar de la advertencia, me levanté para bailar con él. El vestido rojo que me había puesto se adhería a mi cuerpo sin impedirme bailar con comodidad.

Las dos copas de Aperol me estaban haciendo efecto.

—Uy, qué sexi —escuché gritar a Andrea cuando me sostuve del hombro de Conor para mover las caderas y bajar lentamente—. Dios, eres fuego, amiga.

—Carajo —masculló Connor.

¿O era Dimitri?

Solté una risita estúpida, imaginando que mi marido estaba ahí, con toda su atención puesta en mí y en el baile que le estaba haciendo a otro hombre.

—¡Amelia! —gritó Andrea.

Fui separada bruscamente de Connor justo cuando subía para tratar de plantarle un beso y ensuciarme tanto como mi esposo. La gente a mi alrededor se dispersó, dando espacio para que un energúmeno lanzara a mi pareja de baile al piso con un puñetazo.

—¡¿Qué demonios estás haciendo?! —me gritó Dimitri, sujetándome por ambos hombros—. Eres mi esposa, ¿cómo puedes portarte como una…?

Antes de que terminara la frase, le asesté una bofetada que hizo callar a todos. La música aún sonaba de fondo, mas parecía haber bajado el volumen. Mi agitado esposo, ataviado con uno de sus trajes más costosos, se quedó pasmado, con la respiración entrecortada y los ojos desorbitados.

—Estoy haciendo lo mismo que tú —respondí con una sonrisa cínica y cargada de dolor—. Sí, Dimitri, ya sé toda la verdad. Ahora sé de quién son tus jueves y lo que haces en tu oficina con Zoe.

—Amelia, mi amor…

—La amas a ella —continué con la voz quebrada—. Por eso no quiero volver a saber nada de ti.