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14. TE AMO CON LOCURA

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14. TE AMO CON LOCURA

Amelia

El efecto del alcohol se me pasó de inmediato al ser arrastrada por mi marido afuera del bar. Los hombres que llevaba impidieron que los demás intervinieran e incluso derribaron a los dos guardias de Reece que estaban cuidándonos.

—¡Suéltame! —le grité furiosa, resistiéndome a que me sacara del bar.

Dimitri apenas pudo llevarme hasta la recepción antes de arrodillarse y abrazarse a mí.

—Perdóname —suplicó con la voz rota—. Eso es todo lo que puedo decirte. No pondré excusas para lo que hice. Yo estaba equivocado.

—No te creo —sollocé—. Los escuché a ambos. Se aman y están esperando a que me muera para estar juntos.

—No, no digas eso —suplicó antes de empezar a besar mis piernas—. Yo no quiero que mueras, Amelia. Te lo he dicho mil veces. No voy a dejarte por ella, créeme. Te amo a ti, tienes que creerme. Me enloquece la idea de perderte.

—No te creo.

—Pues entonces me encargaré de que lo hagas.

Dimitri se puso de pie de un salto y me besó sin esperar a que le diera el permiso. Sus brazos posesivos formaron una enredadera alrededor de mi cuerpo y se convirtieron en una prisión de la que nadie podía salvarme.

Se estaba volviendo loco al verse descubierto.

—No me dejarás nunca —susurró entre besos mientras me llevaba con él fuera del lugar—. Te amo, Amelia. Te amo con locura.

—Suéltame —jadeé, esforzándome por no rendirme—. No quiero…

—No te voy a dar el divorcio —sentenció—. Tienes que escucharme.

—Te escuché ese día. No necesito más —repliqué—. ¿De verdad piensas que creeré que te enamoraste de mí de la nada? Hace menos de dos días le decías a ella que la amabas.

—No me dejes —volvió a rogar—. La enviaré a otro lugar, la alejaré de nosotros. Tú tienes que…

—El que tiene que soltarme eres tú. A pesar de que te amo, me di cuenta de que no te necesito. Lo siento, la separación es un hecho y ya no tienes por qué esconder lo que tienes con Zoe. Les deseo que sean muy felices.

—De ninguna manera.

—¿Qué haces? —le reclamé.

Dimitri me alzó de golpe, me echó sobre su hombro y se puso a correr conmigo. Le golpeé la espalda para que me bajara, pero él me ignoró y siguió llevándome hasta que entramos en un callejón.

—Olvida todo lo que oíste en ese momento —imploró mientras me acorralaba contra la pared—. Ella ya no significa nada para mí.

—No mientas —supliqué—. No me vas a matar con la verdad. Me matas con tus mentiras. No me amas y te juro que no te odiaré porque lo reconozcas. Solo déjame seguir con mi vida, el poco o mucho tiempo que me quede. No seas egoísta. No puedes tenernos a las dos.

—Amelia, entiende que…

—Lo único que entiendo es que crees que puedes seguir haciéndome caer y no es así —lo corté—. Te regreso tu libertad y…

—Bien, hazlo —se rio de forma irónica—. De igual manera, la usaré para volver a ti.

—Déjame…

—Eso nunca —siseó—. Eres mi maldita esposa.

Su erección presionó mi entrepierna y me mordí los labios con fuerza para resistir. Tenerlo tan cerca no ayudaba nada a la causa de olvidarlo. Seguía volviéndome loca con esa mirada furiosa e imponiéndose sobre mí con su gran altura.

—Todavía. Algún día…

—Eso no va a cambiar. Y mucho menos volverás a bailarle a otros hombres. A menos que quieras que los borre del mapa.

—¿Qué?

—Que mañana mismo sabré quién es ese imbécil y le destruiré la vida si te atreves a separarte de mí.

—Al fin estoy viendo tu verdadera cara.

—Y yo también —dijo agitado—. ¿No quieres que te trate como enferma? Está bien. Hoy vas a tenerme por completo, te vas a olvidar de toda esta estupidez de separarnos. Eso no va a pasar, ¿me oyes? Será imposible librarte de mí.

—¿Por qué tienes que ser tan cruel? —le recriminé—. Te estoy dejando en libertad, vete con…

—Nunca. A quien amo es a ti.

Dimitri empezó a volverse loco besándome de nuevo y, de paso, me arrastró con él. Atrapó mis manos y las colocó a ambos lados de mi cabeza sin importar que los ladrillos lastimaran mi piel.

Se desataba justo en el momento equivocado.

—¡Déjame! —grité, empujándolo cuando intentó alzarme una pierna—. No quiero que me toques.

Me quité los tacones y corrí lo más rápido que pude de regreso al lugar. Los hombres de Dimitri me rodearon, pero también Andrea y su chófer.

—¿Estás bien, nena? —preguntó—. Tuvimos que llamar a la policía para que esos idiotas nos dejaran salir.

—Quiero irme —gimoteé—. Ya no soporto esta situación.

—Tienes que escucharme, Amelia —insistió Dimitri—. Las cosas no se pueden quedar así.

—¡Vete al puto infierno, perro sarnoso! —le gritó Andrea, que me abrazó con más fuerza—. Me alegra que mi amiga los haya visto. Por fin se le cayó la venda de los ojos.

—Amelia, por favor —imploró Dimitri, que no la insultó como habría esperado—. Acepto mis errores, que ambas me insulten, pero tenemos que hablar. No puedes evadirme. Tú eres mi esposa, te amo a ti.

—Tienes que empezar por respetarme —mascullé—. Si ni siquiera puedes hacer eso, ¿cómo esperas que te crea?

—Ya la escuchaste —gruñó Andrea—. Al menos deja de agobiarla esta noche. Ahora que ya sabes por qué se fue de tu casa, deberías tener más consideración con ella.

—Amelia, podemos ir a otro lado —dijo Dimitri—. No volvamos a casa si no quieres, pero…

—Solo quiero que me dejes en paz.

Me separé de Andrea y, sin mirar a nadie, corrí hacia el auto. Dentro me cubrí los oídos y me balanceé de adelante hacia atrás, sollozando. Mi corazón quería creer en sus palabras, creer que ante la idea de perderme él por fin había reaccionado. Otra parte de mí, mi dignidad, me repetía que eso no era posible.

Él amaba a Zoe y simplemente su orgullo no le permitía dejarme.

—Ya nos vamos —me susurró mi amiga cuando se subió al auto—. Logré convencer a Dimitri de que hablen mañana, cuando los dos estén más calmados.

—¿Qué?

—Perdón, pensé que eso era lo mejor que podía hacer —se disculpó—. De todos modos, ese perro infiel va a seguir buscándote. Es mejor que sea en casa, ¿no es así? Así papá puede frenarlo.

—Te quiero.

—Y yo a ti —me contestó—. Pase lo que pase y decidas lo que decidas, siempre te voy a apoyar. Por supuesto, preferiría que no lo eligieras. Brillas mucho sin él.

—No lo siento así —admití justo cuando el chófer encendía el auto—. Aunque disfruté el baile, todo el tiempo estuve pensando en Dimitri. Espero que no le haya hecho daño a Connor.

—No te preocupes. Él está bien —me aseguró—. Lo que no sé es si esos dos querrán volver a vernos después del escándalo.

—Mejor que no, porque no podría ni verlos a la cara —farfullé.

—Ya, tranquila —me consoló mientras me abrazaba—. Esta solo fue la primera noche. Ya tendremos oportunidad de otras.

—Está bien.

Ya no lloré durante el camino. Lo que sí hice fue recordar con un grado de explicitud impresionante los besos que Dimitri me había dado en el callejón, lo excitado que parecía ante la idea de poseerme ahí mismo y esas afirmaciones sobre Zoe. ¿De verdad ya no la quería? ¿Se había dado cuenta de que me amaba a mí?

No compartí aquellas dudas con Andrea, que me preparó un espacio en su cama y me ayudó a vestirme. Reece estaba muy preocupado, pero no hizo intento de cuestionarme. Seguramente su hija se lo diría en cuanto tuviera oportunidad y lo prefería así.

En ese momento no estaba para darle explicaciones a nadie.

Esa noche logré dormir, no sin recordar una y otra vez los besos de mi esposo, su aspecto salvaje y esas ganas que me invadían de que todo fuera real.

Por desgracia, no era así. Por la mañana no tenía llamadas suyas y el día transcurrió sin que nadie me molestara. La única que hizo alboroto a mi alrededor fue Nyla, que terminó tomando una siesta conmigo en la sala.

—Hija, ya casi es hora de la cena —me susurró Reece, sentándose a mi lado—. ¿Te sientes mejor?

—No todavía —admití con desgana, acariciando a la perrita sentada en mi regazo—. No te preocupes. Supongo que con el tiempo esto se me va a pasar.

—Sí, te aseguro que así será —replicó—. Nosotros estamos aquí para ayudarte. Por cierto, ya consulté con mi colega. Por lo pronto, puedo decirte que es casi seguro que puedas solicitar la anulación del matrimonio religioso.

—¿De verdad? —cuestioné sin mostrar alegría—. Sí, bueno…

—Eso es algo que tienes que decidir con Dimitri. No solo venía a buscarte para lo de la cena. Él está afuera, esperando hablar contigo.

Mi corazón se aceleró de golpe y me levanté del sofá. Al hacerlo, me dio un mareo y Reece tuvo que sostenerme.

—Tranquila, Amelia —me pidió.

—No puedo verlo —dije sin aliento—. No quiero que les cause problemas. Yo…

—Te aseguro que no dejaré que eso suceda —prometió—. Además, viene en son de paz. Debo admitir que en ningún momento se alteró por mis reproches. Ahora ya sabe que no tiene derecho alguno a hacernos reclamos.

—Le dije que ya lo sabía —confesé.

—Hiciste bien. Parece que eso lo cambió.

—Aun así…

—Piénsalo, ¿sí? Nadie te va a criticar por recibirlo. Sé que te falló, pero después de hablar con él…

—No me digas que te hizo dudar.

—Jamás —gruñó—. Simplemente me parece sincero cuando dice que no quiere que mueras. Supongo que ya deberías decirle que estás sana y averígualo todo.

—No me siento lista para decírselo —susurré—. ¿Me prestas el despacho de nuevo? Hablaré con él. Tengo que hacerlo y dejar que…

—De acuerdo. Iré a abrirle.

Asentí y tomé aire antes de dirigirme al despacho. La noche anterior tenía la fortaleza necesaria para mandarlo al infierno gracias al alcohol. En ese momento solo tenía en el estómago un par de sopas y unas galletas hechas con amor. ¿Cómo endurecía mi corazón ante la persona que seguía amando como a nadie en el mundo?

—Amelia, mi amor.

Me quedé rígida al escuchar la voz rota de Dimitri y aún más cuando me abrazó por la espalda.

—¿A qué viniste? ¿A seguir mintiendo?

—Todo lo que me escuchaste decir ya no lo pienso. Tal vez nunca lo pensé de verdad —susurró—. No, no intentes voltear. Quiero decírtelo todo y me destrozaría verte la cara ahora mismo. No tengo derecho ahora.

—Dimitri…

—Sé que te mentí durante mucho tiempo, que mis jueves estaban dedicados a besarme con ella y que teníamos una relación que se vio interrumpida porque me casé contigo. Todo eso es cierto, Amelia.

—Eres un cínico —sollocé.

—Sí, tal vez. Y fui el peor de los idiotas al no darme cuenta de que todo lo que hacía por ti no era por compasión, sino por amor.

—¿Amor? ¿Cómo te atreves a llamarle amor?

—Porque eso es. Y lo descubrí cuando te fuiste de casa, cuando el miedo a perderte se volvió aún más intenso. Ya no era la muerte quien amenazaba con separarnos, sino tú misma.

—Ahora ya sabes por qué —mascullé.

—Sí, y ahora menos que nunca dejaré que nos separemos. Lo mío con ella ya se terminó, Amelia. Con quien quiero estar es contigo.

—No…

—Mañana es nuestro aniversario, mi amor —me recordó mientras me hacía girar hacia él—. Te traje algo.

Mi pecho se oprimió al verlo con los ojos enrojecidos y unas notorias ojeras bajo ellos.

—¿No dormiste nada? —inquirí, acariciando una de sus mejillas.

—No. No dejaba de pensar en ti, en lo mucho que te lastimé. Eso es lo que de verdad me duele.

—Dim…

—Yo te amo y lo digo con sinceridad —me aseguró antes de darme un corto beso que nos estremeció a ambos—. Estoy dispuesto a hacer lo que sea para reparar mi falta. Sí, tal vez me viste besándola, pero no pasó de eso.

—El sexo no es la única forma de ser infiel —dije con frialdad.

Bajé la mano para dejar de tocarlo y él la sujetó para que no lo hiciera.

—Lo sé. Como dije, no voy a justificarme. Lo que hice fue la peor estupidez que pude haber cometido. No te diré que no es lo que parece ni recurriré a ninguna de esas excusas baratas. Te fallé, Amelia, y no sabes lo arrepentido que me siento.

—Por eso creo que debería…

—No, me niego a vivir sin ti —me cortó mientras sacaba una caja de terciopelo de su saco—. Te traje esto, mi amor. Pensaba dártelo antes de que te fueras de la casa.

Cuando abrió la caja, no me encontré con alguna joya cualquiera. Era precisamente ese collar que yo había visto dos semanas atrás en la página de mi joyería favorita.

—Sé que es el que querías porque te recuerda a tu madre —dijo con una sonrisa dulce que me derritió por completo—. Deja que te lo ponga.

—No creo que…

—Sí, es necesario. No lo tomes como un intento de comprar tu amor, sino como una demostración del mío. Te amo de verdad y te juro que, a partir de ahora, haré las cosas bien. No más mentiras ni engaños.

—Dimitri…

Me giré con delicadeza y aparté el cabello de mi cuello. Mi esposo me puso el delicado collar y me besó los hombros con una devoción que desató mi llanto.

—Te dejaré en paz por hoy —musitó con sumisión—. Quiero que mañana pasemos una noche especial. Dejaré que decidas nuestro futuro y el castigo que quieras imponerme por mi falta.

—No se trata de castigarte, sino de…

—Sé que tú no eres así, pero lo merezco y yo quiero cumplir con cualquier penitencia que me impongas.

—Lo voy a pensar —susurré, cerrando los ojos—. No prometo nada, Dimitri.

—Está bien, esperaré ansioso tu respuesta. No me dejes, Amelia. Podemos resolverlo.

—No sé —dije, dubitativa—. ¿Cómo piensas reparar tantos años de engaño?

—Cuando hay amor, todo se puede —replicó antes de inclinarse hacia mi cuello y darle un sensual mordisco—. Y yo, Amelia Caldwell, te amo más allá de lo que existe.