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2. NO PARECE CÁNCER

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2. NO PARECE CÁNCER

Amelia

A Nick no le pareció extraño que pidiera una visita al hospital. Lo que sí hizo que me mirara por el espejo retrovisor fue escucharme mascullar maldiciones. Había olvidado las galletas en el escritorio de Zoe.

Apreté los labios en un esfuerzo sobrehumano por contener mis nuevas lágrimas. Me daba rabia no poder odiarlo a pesar de la vil traición, aunque me quedaba el consuelo de que Andrea sí pudiera odiarlo por mí.

«Te dejaré en paz pronto, cielo», pensé, intentando consolarme.

Recargué la frente contra el cristal, mirando sin prestar atención a esos edificios que parecían ser todos iguales. Aun así, deseé ser una de esas miles de personas que llenaban los cubículos de las oficinas, tener pequeños problemas de salud que desaparecieran con un poco de descanso y alguna tableta ocasional de Tylenol. Ni siquiera me habría molestado tener alergias

—Maldito cáncer —susurré.

No podía engañarme a mí misma. Ahora sabía que esa enfermedad era la causante de la ternura de Dimitri, que de otra forma jamás habría pasado de la amistad que manteníamos desde mi niñez. Muchas veces sufrí por verlo tener novias y ser tan cercano a Zoe, pero ahora todo eso era un simple dolor de cabeza comparado con la agonía del presente.

Para colmo, iba a morir sin haber conocido lo que era el amor. Cerraría los ojos por última vez sabiendo que ese hombre pensaba en Zoe mientras me dedicaba su tiempo y sus cuidados.

—Llegamos, señora —me informó Nick en el estacionamiento subterráneo del hospital—. ¿Se siente bien? ¿Quiere que llame al señor…?

—No, necesito venir sola, Nick. Tengo que acostumbrarme —dije sin disimular mi amargura.

—El señor Caldwell siempre ordena que le informe cualquier cosa que ocurra con su salud. Ya sabe que la ama demasiado.

Apreté los puños con disimulo y se me formó una sonrisa tensa. Si iba a morir, ¿por qué no darle un buen puñetazo por lo que acababa de decir?

Solté un suspiro. No. La violencia no me llevaría a ningún lado y me negaba a terminar en una celda por tentativa de homicidio contra un hombre mayor.

—Solo vine a una revisión porque quiero asegurarme de que estoy bien para la sorpresa que le tengo preparada.

—¿Entonces por qué huele a vómito?

Me olí la ropa.

—Mierda —mascullé e intenté bajarme—. Nick, ¿por qué no abre?

—El señor ordenó poner los seguros infantiles cuando viaja sola.

—Ah, sí, mi padre seguramente…

—No, su esposo —me corrigió—. Teme que la puerta se abra si damos una vuelta brusca.

Mis entrañas se contrajeron de una forma dolorosa mientras esperaba a que Nick me abriera como siempre.

De camino al consultorio, mi celular comenzó a vibrar. No era Andrea como habría deseado, sino Dimitri.

Seguro que ya había visto las galletas o sabía que los había descubierto.

Colgué la llamada y continué mi camino. Las llamadas siguieron llegando y entonces tuve la buena suerte de descubrir que mi doctor estaba de vacaciones. En su lugar me recibió una doctora muy linda.

Por alguna razón, me resultó sencillo desahogarme con ella sobre lo que había pasado.

—Lo siento muchísimo, Amelia —me respondió, realmente consternada—. Mi hermana pasó por lo mismo una vez y es horrible.

—Necesito algo que aminore los síntomas —supliqué—. Quiero sentirme bien mientras...

—Primero tenemos que confirmar que no estás embarazada. Esas náuseas podrían ser también por esa razón.

—Tengo cáncer y mi querido esposo se pone condones. Además, no me toca desde hace más de tres meses —espeté, apretando los descansabrazos de la silla—. ¿Cómo piensa que puedo estar embarazada?

—¿Cáncer?

Mi rostro se sonrojó y desvié la mirada. Me causaba cierto alivio que le interesara más la enfermedad que mi patética vida sexual. Aun así, se me había ido la lengua.

—Sí, metástasis. Ya llegó a todo el cuerpo o eso es lo que mi oncólogo dice. Estar viva es un milagro.

—Cáncer metastásico —murmuró, observándome de arriba abajo—. No lo parece.

—¿Qué? Sé que no tiene rayos X en los ojos, pero debió escuchar mis pulmones. Fue allí donde…

—Escuché tus pulmones perfectamente —me interrumpió—. En general, no encontré nada que me hiciera sospechar de esto durante la exploración.

Mi corazón se aceleró. ¿Ahora también el cáncer había decidido traicionarme y hacerme parecer loca?

—Puede hacerme cualquier estudio —sonreí—. Verá que soy la mujer más enferma del mundo.

—Claro. Con esa apariencia de modelo, yo diría que te quedan, como mínimo y siendo sumamente pesimista, otras seis décadas de vida —respondió con una ironía deliciosa—. Lo siento, sé que no debería hablarte así, pero creo que…

—¿Que estoy mintiendo? —Arqueé una ceja.

—No, sé que no mientes. Lo que creo es que tal vez tu enfermedad no es tan grave como te lo han dicho. ¿Me permitirías hacerte estudios?

—Yo…

—Digo, podrías encontrarte con una buena noticia —sonrió—. Si no…

—Está bien —solté—. De todos modos, no es que quiera llegar a mi casa. No tengo motivos para estar allí ni tampoco me siento bien para salir de compras. Ya verá usted que mi segundo nombre es Cáncer. Lo tengo hasta en las puntas del cabello. Y sí, tengo cabello porque no estoy haciendo quimioterapia.

—Qué resignación la tuya —soltó una risita.

Dejé que la doctora llamara a quien tuviera que llamar y me vestí con una bata para los estudios. Al revisar mi celular, vi que tenía mensajes de Andrea. Mi esposo no había vuelto a llamar.

—Demonio, digo, Dimitri, me llamó para preguntar por ti —gruñó mi amiga cuando me contestó—. ¿Qué te hizo, eh? Parecía nervioso. Ya contaminó mi hermoso celular.

—Te lo diré todo cuando nos veamos —dije en voz baja—. Ahora estoy en el hospital.

—¿Qué cosa te van a hacer ahora? —preguntó con fastidio—. Tu padre no te deja…

—En realidad, la que vino fui yo. Tuve náuseas —la interrumpí—. La doctora está segura de que no tengo cáncer, así que me haré estudios por diversión. Ya quiero verle la cara cuando vea lo jodida que estoy.

—¡¿Cómo?!

Me alejé el teléfono de la oreja. Aunque el dolor seguía latente en mi pecho, amaba escuchar la voz de quien consideraba mi hermana.

—Tengo que ir para allá —espetó—. Amiga, tiene que ser cierto. No puedes tener cáncer o, al menos, tiene que ser curable. Eres una perra inmortal, ¿me escuchaste?

Se me encogió el corazón al escucharla llorar. Andrea podía ser la persona más áspera, ruda y directa para decir las cosas, pero tenía el corazón más hermoso que hubiera conocido.

—Está bien. Ahora te necesito más que nunca —susurré—. Además, tengo que asegurarme de amarrarte para que no termines presa.

—¿Por qué? —preguntó con voz grave—. ¿Qué te hizo ese perro desgraciado? Ah, sí, seguro ya lo encontraste con las manos en la masa.

Mi silencio la hizo gritar.

—Es eso, ¿verdad? Hijo de…

—Solo ven, amiga, ¿sí? Te necesito ahora.

—Sí. Ahora mismo voy para allá.

Al colgar, volvieron a entrar las llamadas de Dimitri, que me hicieron desear estrellar el celular contra la pared.

—Respira, tú puedes —musité antes de contestar.

—¿Por qué fuiste al hospital?

Su tono no buscaba ser amenazante. Sin embargo, había un frío glacial en cada palabra. Estaba furioso o fingía muy bien estarlo.

—Por una revisión —contesté con tono neutral.

—Tu médico está de vacaciones. No me mientas.

—Ay, bueno, vine a ver a mi amante. Me enamoré de uno de los doctores —dije con sarcasmo.

—¿Qué carajo estás diciendo?

—Es una broma, cariño —reí—. Tú sabes bien por qué vengo al hospital.

—Amelia…

—Tengo que dejarte —lo interrumpí al ver la cabeza de la doctora asomarse por la puerta—. Nos vemos en casa, adiós. Hoy es jueves y no quiero molestarte.

Apagué el celular y me limpié las lágrimas. Que fingiera preocuparse por mí volvía la situación mucho más dolorosa.

—Estoy lista —le dije a la doctora—. Hágame los estudios que quiera. Nadie está esperando por mí.