3. NO PUEDE DEJARME
Dimitri—Tienes que calmarte, mi amor —me pidió Zoe en voz baja cuando colgué la llamada y me vio golpear el escritorio—. Estoy segura de que...
—Tengo que ir a buscarla —espeté. Ella frunció el ceño—. No pongas esa cara, tengo que hacerlo. Mi esposa es muy débil y me necesita.
Aunque no había sonado para nada débil al bromear sobre enamorarse de uno de los doctores del hospital. A pesar de estar convencido de que lo único que sentía por ella era cariño y compasión, algo dentro de mí se agitó ante esa posibilidad.
—Sí —asintió.
La tomé por el mentón y deposité un suave beso en sus labios.
—Pronto —susurré—. Cuando ella muera, nos casaremos. Lamentablemente, no creo que falte demasiado.
—¿Lamentablemente?
—No me gustaría que muriera, siempre lo has sabido.
—Tal vez exista alguna cura y entonces puedas decirle la verdad.
—Sí, ojalá eso sucediera. Entonces ella podría...
—Sí, rehacer su vida con alguien que la ame. Se lo merece porque siempre ha sido una buena persona
Esbocé una sonrisa tensa. Por algún motivo, no podía imaginarla con alguien más. No era esa clase de mujer. Ella sufriría si le decía la verdad e incluso me atrevía a afirmar que haría todo lo que estuviera en sus manos para salvar el matrimonio.
Era mejor que muriera creyendo en ese amor que tal vez habría sentido por ella si Zoe no hubiera aparecido en mi vida.
—¿Te molestaría que eso pasara? —inquirió Zoe con un destello de angustia en la mirada—. ¿Tú…?
—No sé a dónde se dirigen tus pensamientos, pero olvídalo. La única mujer a la que amo es a ti.
—Sí…
—A ella la quiero y haré lo que sea por cuidarla hasta el último momento, así que no quiero que me reclames nada. Juré ante el altar…
—Sí, ya sé lo que juraste, aunque a veces tengo dudas por cómo la tratas —gruñó y se alejó varios pasos—. En fin, ve a buscarla. Tengo el presentimiento de que debe necesitarte si tuvo que ir al hospital sola.
—Más tarde llegará algo a tu casa, no te enfades —le pedí.
Ella sonrió. Parecía estar mejor de su absurdo ataque de celos.
—De acuerdo, amor.
Salí de la oficina sin ordenar mis cosas, confiando en que Zoe se encargaría del asunto. Con el costoso regalo que le llegaría, la tendría complaciente y sin molestar mientras yo me encargaba de averiguar qué le ocurría a mi esposa.
«Pueden ser náuseas normales porque no está tomándose el tratamiento», pensé, intentando encontrar una explicación lógica.
Aspiré hondo al percibir el aroma de Amelia flotando en el aire. Ella se ponía esa loción cuando se arreglaba.
—No, no puede ser. Ella nunca viene los jueves —murmuré y salí con paso atropellado del ascensor.
—¿Se va, señor Caldwell? —me preguntó Candace en la recepción.
El olor a mantequilla me hizo voltear hacia ella. Estaba comiéndose unas galletas.
—¿Qué estás haciendo? —la interrogué al asomarme por el mostrador.
—Comiendo un poco, señor —sonrió—. Lo siento, no me pude resistir. Las galletas que me obsequió su mujer están deliciosas.
Mi corazón se detuvo.
—¿Mi esposa estuvo aquí? ¡¿En qué momento y por qué no me lo dijiste?! —bramé.
Todos los empleados se quedaron en silencio, con las miradas fijas en nosotros. Candace se encogió de hombros.
—Sí, e inclusive se metió al ascensor, pero empezó a sentirse mal y salió para vomitar. Me dejó las galletas y me dijo que las disfrutara.
—No puede ser —mascullé—. ¿Estás segura de que no…?
—Ella no subió —me tranquilizó—. Ahora, si me disculpa, voy a seguir…
—No.
No lo pensé demasiado. Simplemente le arrebaté el plato y me fui a toda prisa. Maldije entre dientes al notar que ya casi no quedaba nada. Esa mujer se las había comido casi todas.
Podía parecer una estupidez, mas no lo era. Esas galletas eran solo mías. Amelia las preparaba para mí y había jurado que nunca se las daría a nadie más.
La idea del doctor cada vez cobraba más sentido.
Conduje a toda prisa y me salté todos los semáforos en rojo que pude. En la sala de espera me encontré con Nick, que sacó las manos de los bolsillos una vez que me vio.
—Qué bueno que está aquí, señor —me dijo—. Estoy muy preocupado por la señora.
—¿Qué fue lo que le pasó?
—Tuvo vómitos otra vez. Y la verdad es que no me lo explico. Esta mañana se veía radiante; incluso llevaba puesto un vestido, ese rosado que usa cuando está contenta.
—¿Por qué recuerdas lo que se pone? —le pregunté con los dientes apretados.
—Disculpe, no era mi intención…
—¿Y por qué la trajiste justamente hoy? Yo siempre he repetido que los jueves nadie puede hacerme visitas.
—Porque ella parecía confiada. Usted no se atrevería a echarla, ¿o sí?
—No, jamás, pero ese es el único día en que puedo hacer todo lo que necesito. Mis otros días están dedicados a ella. ¿Por qué precisamente…?
—Señor, no puedo responder a eso. Yo tampoco comprendo las razones de la señora para haber ido a visitarlo. Tal vez ya estamos llegando a la fase final.
—No, ella no se morirá todavía —espeté, apretándole el hombro con fuerza—. Ella no puede dejarme. ¿En qué habitación…?
—Fui a preguntar y no me lo quisieron decir. La señora Amelia está muy extraña.
La saliva se deslizó pesadamente por mi garganta.
—Y no se los van a decir, par de halcones.
Me volví enseguida hacia la dueña de aquella desagradable voz. Fruncí el ceño al verla ahora con el cabello morado y un atuendo que no combinaba para nada. A veces me preguntaba cómo una mujer tan distinguida y elegante como Amelia podía involucrarse con una tipa así.
—¿Amelia te llamó? —inquirí en un pobre intento por sonar cordial.
—Por supuesto. Ella debe estar con las personas que la queremos de verdad.
—Soy su marido y estaré con ella —repliqué—. Si sabes en qué habitación…
—Ni loca te lo diré —se burló, cruzándose de brazos—. Es más, saliendo de aquí me la llevaré para presentarle a mis primos que están de visita. Seguro alguno apreciará de verdad a mi chiquita y la hará feliz. Incluso puede que la parca decida darle muchos más años de vida para que disfrute.
—Amelia me ama a mí y nunca me dejará —sonreí, aunque por dentro ardieran mis ganas de ahorcarla—. Pierdes el tiempo intentando convertirla en una… mujer como tú.
—La belleza física no lo es todo —dijo, observándome con desprecio—. Eso es lo único que tienes para ofrecerle. ¿Tú crees que ella no está inconforme con tu desempeño en la cama? Pues si ya está en las últimas, entonces me encargaré de que disfrute de verdad. Nos vemos luego, perro inmundo.
Logré atraparla por el antebrazo antes de que pudiera escabullirse. Andrea apretó los dientes y su rostro enrojeció de rabia.
—Ella no va a dejarme, ¿me entiendes? —le advertí y la apreté aún más—. No sé qué clase de juego estás jugando ahora, pero no permitiré que sigas metiendo ideas en la cabeza a Amelia, mi esposa.
—No actúes como si la amaras —dijo y se libró de mi agarre—. Los dos sabemos a quién le pertenece tu corazón y que esperas ansiosamente a que mi amiga se muera.
—No sé de lo que estás hablando —siseé—. Así que no te atrevas a…
—No, eres tú quien no se atreverá a molestar ahora a mi amiga… —me cortó—. Anda, regresa a tu jueves de diversión, ese que hace sentir tan mal a mi amiga. Ella tal vez te crea. Yo no me trago el cuento cuando tienes a miles de empleados que podrían hasta caminar por ti.
Andrea se fue con aquel andar desagradable, como si se sintiera dueña del mundo.
—Síguela —ordené a Nick.
—No va a funcionar —respondió él—. Pero lo haré.
—Vigila a cada doctor que hable con Amelia. No les permitas acercamientos.
—¿Cómo?
—Haz lo que te pido —mascullé—. Tengo que hacer una llamada.
—De acuerdo, señor —asintió y se marchó a toda prisa.
Sin apartar la vista de él, saqué mi teléfono y marqué a Smith.
—Entrégame los archivos hoy mismo —ordené sin preámbulos.
—¿Es por el asunto de…?
—Sí —lo interrumpí—. Es hora de sacar al sol los trapos sucios de esa mujer.