4. PERRO SARNOSO
AmeliaAndrea llegó cuando estaban terminando de sacarme sangre. Su expresión no era de euforia, como habría imaginado. Respiraba con dificultad y apretaba los dientes como un perro furioso.
—¿Qué pasó? No me digas que fuiste a…
—Me encontré con el imbécil de tu marido en la sala de espera.
La enfermera que me tomaba la muestra ahogó un grito. Mantuve la mirada fija en Andrea. Se me revolvió el estómago solo de imaginar el encuentro.
—No le dijiste nada, ¿cierto?
—Nena, ¿qué te hizo? —inquirió, sentándose en la silla contigua—. Si fuiste a buscarlo hoy, entonces…
—Ahora regreso —murmuró la enfermera antes de salir con discreción de la sala.
—Amelia…
—Le llevé unas galletas a Dimitri. Hoy me sentía muy bien porque llevo semanas sin tomar el tratamiento.
—¿Lo encontraste con Zoe?
—¿Cómo lo sabes?
—Sabes que siempre lo he sospechado. No es normal que un hombre tenga una mejor amiga, que se preocupe tanto por ella, le haga regalos costosos y no tengan nada.
—Yo pensaba que sí lo era. Zoe siempre me ha tratado con respeto —susurré con voz rota y las lágrimas volvieron a brotar—. Sí, Andrea, hoy confirmé que los dos se aman, que se desean y que van a estar juntos el día en que yo me muera.
Mi amiga se levantó de un salto, con el rostro enrojecido.
—Son unos hijos de puta. Yo voy a matarlos y…
—No, Andrea —la interrumpí.
Se le desorbitaron los ojos y una sonrisa tétrica comenzó a crecer en sus labios.
—Escuché mal, ¿cierto? De ninguna manera…
—Sí, te estoy diciendo que no haremos nada —asentí—. Voy a dejarles el camino libre para que puedan amarse. Le pediré el divorcio a Dimitri esta misma noche.
—¿Dejarles el camino libre? Jamás he querido decirte nada ofensivo, pero parece que la enfermedad ya te llegó al cerebro.
—Desde hace mucho —reí mientras me limpiaba las lágrimas—. Y sé que no me vas a creer cuando te diga que ellos no me odian. Lo escuché todo. Ellos se controlan porque sigo viva, porque no quieren dañarme.
—No puedes…
—Lo escuché. Me quedé a escucharlo todo. Creo que ni siquiera han tenido relaciones.
—Sí, y yo me chupo el dedo —resopló—. Seguramente las tienen, aunque no en la oficina.
—Como sea, ellos dos se aman —murmuré con amargura—. Tengo que hacerme a un lado y empezar a vivir mi vida antes de morirme. Menos mal que me di cuenta a tiempo.
—Eh…
Las lágrimas se me volvieron a escapar. En cuanto Andrea me abrazó, me aferré a ella, sollozando de dolor y de pena. Se me venían a la mente todos esos momentos de Dim siendo lindo conmigo, haciéndome creer que me amaba cada vez que me defendía de aquellos que me hacían preguntas incómodas o cuestionaban mi enfermedad.
—¿Por qué no me ama? —gimoteé—. Yo…
—Porque es un estúpido —susurró—. Tú diste lo mejor de ti, cariño. No te culpes, ¿sí? Ya llegará alguien que sepa valorar lo que eres. Es más, el mismo Dimitri aprenderá a hacerlo cuando lo dejes.
—Lo amo tanto —musité—. Desearía que se hubiera enamorado de mí. Yo lo sentía. Pensé que era sincero cuando decía que me amaba.
Empezó a faltarme el aire y me aferré al suéter de mi amiga, que me observó con alarma.
—Hey, nena, respira, por favor.
Unos sonidos agudos escapaban de mi garganta por encima de mi respiración. No era la enfermedad, sino el inmenso dolor que me había causado la persona que más amaba en el mundo.
—Respira, bebé. No vas a dejarnos, ¿sí? Estoy contigo.
La miré a los ojos hasta que el aire volvió por completo a mis pulmones. Aun así, el dolor del desengaño, de saber que no era amada, seguía allí como una herida que nunca cerraría del todo.
—Habría preferido no saberlo —murmuré—. Yo me voy a morir y jamás fui correspondida.
—No vas a morir —respondió Andrea—. Tienes que intentar la quimio si este tratamiento asqueroso que llevas sigue sin funcionar.
—No, no tengo nada por lo que luchar.
—¿Y yo? Maldita sea, eres mi hermana.
—Tú harás tu vida —sonreí, acariciando su mejilla—. Eres tan bonita y tan sana, Andrea.
—Ahora mismo estoy enferma de rabia. Quiero matar a ese par y revivirlos para torturarlos después.
—Lo sé. Tú eres la única persona que me quiere de verdad. Bueno, también la tía Inés.
—Yo siempre he pensado que ella es cómplice —masculló.
—Sí, es posible —asentí—. Por eso quiero irme contigo. A donde sea, pero irnos juntas hasta que sea el final.
—Cuenta conmigo, nena. Aunque sé que no vas a morir, algo me lo dice.
—¿Por qué…?
La doctora entró en ese momento. Ambas volteamos hacia ella y la expresión incómoda que puso me causó una ligera arritmia.
—Ya se dio cuenta de que me estoy muriendo, ¿verdad? —pregunté con tono burlón.
—Leí tu expediente y, sí, parece que estás muy enferma —respondió mientras se acercaba—. De todos modos, no pienso afirmarlo ni creerlo hasta que yo misma tenga mis propios resultados. Hay muchas cosas que no cuadran, Amelia.
—Usted, doctora, sí me agrada —sonrió mi amiga—. Yo siempre he sospechado que está menos enferma de lo que le dicen.
—Llevo años haciéndome estudios con diferentes especialistas y todos me dicen lo mismo —murmuré—. Es imposible que no tenga cáncer.
—Bien, te concedo que puedas tenerlo. Aun así, dudo mucho que se haya expandido por todo tu cuerpo —dijo la doctora—. He visto muchísimos casos, incluso pacientes que lucen bien a pesar de la enfermedad, pero jamás a alguien que se viera tan saludable como tú. Por cierto, la prueba de embarazo dio negativo.
Suspiré con alivio.
—Se lo dije. No puedo estar embarazada.
—Hay otra cosa que quiero preguntarte antes de irnos a la ecografía. ¿Quieres que tu esposo esté contigo? Me abordó en el pasillo y…
—No —dije tajante.
Mi amiga me miró con orgullo.
—¿Le puede pedir que se marche? No quiero verlo.
—Es que…
—Por favor —imploré—. Ya sabe usted todo lo que me hizo. No me hace bien verlo.
—Está bien, yo...
—Si le pregunta, no vaya a decirle lo que le conté —la interrumpí—. No quiero que sospeche nada. Dígale que más tarde hablaremos. Invente que esto me da mucha vergüenza o lo que sea.
—Entendido —asintió—. Eres muy valiente, Amelia. Incluso si resulta que no estás enferma, eres de admirar.
—Esa doctora me agrada —dijo mi amiga cuando la doctora salió de la habitación—. ¿Será soltera?
—Hace tanto que no te interesaba una mujer —reí.
—Pues con esta sí me caso —bromeó con tono coqueto—. Además, los hombres me tienen harta. Odio al maldito perro sarnoso de tu marido. Debí impedir la boda, carajo.
—Sí, ojalá lo hubieras hecho —suspiré—. En fin, solo me queda resignarme, ¿no es así?
—Buenas noticias, el señor aceptó irse —me informó la doctora al volver—. Podemos seguir.
—¿De verdad se fue? —pregunté con la voz rota.
Andrea negó con la cabeza e hizo una mueca. Hasta ella, que lo odiaba, sabía lo cruel que era que él me dejara en el hospital.
—Sí, va a disfrutar del resto de sus jueves —murmuré, cabizbaja—. Vamos entonces a los estudios.
—Sí. Nos acompañará el doctor Yoshida. Es muy joven, pero sabe lo que hace.
—Sí, no pasa nada —asentí.
El doctor tan atractivo que entró hizo olvidar a Andrea su gusto por las mujeres. Además, él no parecía indiferente a ella, pues cada poco lo atrapaba sonriéndole.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó la doctora una vez que me instalaron en una habitación—. ¿Estás mareada? ¿Con náuseas?
—No —respondí con sinceridad—. Me encuentro bastante bien, en realidad.
—Es usted muy fuerte. Muchos pacientes se desesperan cuando les hacemos resonancias —comentó el doctor.
—Yo estoy más que acostumbrada —resoplé—. Y seguramente ya vio que estoy muy enferma.
El doctor Yoshida me tomó del brazo para tomarme la presión. Un cosquilleo agradable me recorrió la piel, como cada vez que alguien me trataba con cuidado.
Alguien que no fuera Dimitri, por supuesto. Cada vez que él me tocaba, ardía en llamas.
—Todo está muy bien —me felicitó—. Es…
La puerta se abrió de par en par y un torbellino de traje elegante se lanzó hacia mí.
—¿Dimitri? Te dije que no…
Mi esposo fulminó con la mirada al doctor y tomó mi rostro entre sus manos para besarme como jamás lo había hecho. Sus labios eran voraces y reclamaban lo que todavía le pertenecía.
—Vamos a casa, te tengo una sorpresa —susurró al frenar el beso—. Es por eso que me fui. Si no, de ninguna manera te habría dejado aquí sola. Te amo, Amelia.
—Suelta a mi amiga, desgraciado —le exigió Andrea, jalándolo por el saco—. Acaba de salir de sus estudios, ¿cómo te atreves?
El celular de Dimitri sonó antes de que pudiera responderle. Por la cara que puso, supe que era su verdadero amor.
—Tengo que irme —espetó con el ceño fruncido después de colgar—. Zoe tuvo un accidente.
—De acuerdo, ve —le dije con una leve sonrisa, aguantando las ganas de llorar—. Nick me llevará a casa.
—Doctor, acompáñeme —pidió mi esposo—. Es mejor que dejemos descansar a mi mujer. Y no, Amelia, yo vendré por ti.
—Sí, señor. Vamos —le dijo el doctor.
Cuando ambos hombres salieron, miré desconsolada a mi amiga, que apretaba los dientes con fuerza.
—Sí, siempre has tenido razón —le susurré—. Dimitri es un perro sarnoso.